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El día de ayer, varios autos
pasaron al mismo tiempo, todos llevaban prisa y bolsas blancas en los cofres. Alguien debió ver que en los autos viajaban más de tres personas, y que cada tres metros estaban en eso de detenerse. Yo
cargaba dos bolsas llenas con azúcar valdez, chocolate
blanco, miel en polvo los molinos, servilletas, una revista de trucos
fotográficos, una caja de mentas la estación mirán y una caja de hierbas en sobre, hierbas
para infusiones con el dibujo de una mujer negra y gorda sobre la marca o
nombre del producto. No era posible mirar hacia el otro lado de la ciudad, no
solo porque ya era bastante tarde, ya todos los postes habían sido encendidos y
los autos con sus luces altas parecían bailar y hacer atrás adelante o buscar
como si se trataran de linternas; era bastante difícil pues muchas personas
caminaban al mismo tiempo, muchos hombres llevaban faldas cortas o algo en lo
que estaban envueltos y las mujeres, que parecían buscar algo y levantar los
brazos y hacer eso del cabello, se mantenían de pie sobre la acera, algunas con las dos manos en los bolsillos, otras sosteniendo a un niño o dos niñas y con un aparato
de celular pegado a la cabeza y con la cabeza como colgada del cuerpo. Yo,
que preferí mirar y ser parte de aquella corriente tuve que esperar pocos
minutos para cruzar al otro lado, a la otra acera, allí el hombre de los
periódicos, al cual por primera vez encontré tan extraño, como si fuera un hombre que estuvo en mitad de la calle y ahora lo encontraba en la acera o como un policía, cargaba aún con su maletín azul lleno de diarios y debían ser los diarios de la tarde. Nunca lo había visto a esas horas y eso era algo para preocuparse; como estar en algo o como preguntar si ya se había publicado en los diarios.
Muchos mensajes que envié no
fueron contestados, ni el día anterior ni el día de hoy, o sea, ya son o van
cuatro días sin saber nada. En la caja de roja encuentro una muffin que supongo fresco y las chispas de chocolate y esas migas cubren la
mesa y mi buzo negro y luego debo ponerme en pie para sacudir todo por la ventana. Hay vajilla y servilletas y muchos vasos vacíos y muchas envolturas que
parecen necesitar nada más que un empujón para salir desprendidas hasta caer
sobre mis pies, o sobre los zapatos y sobre la alfombra. El clima es excelente lo que equivale a aceptable,
hoy también siento que hace el tiempo ideal para ahora sí sacar a Leo a pasear, con cuidado digo, pues
hay varios autos circulando y mucho más por esa pequeña autopista y Leo a veces
quiere correr o trotar y es como si los autos lo estimularan. De ese modo
supongo que ambos podremos ejercitar lo que queda del cuerpo aunque Leo lleve
las de ganar en resistencia y edad y eso sin contar que tiene cuatro patas. El suyo, cuerpo mamífero, el mío,
algo más extraño, casi como la cola de una lagartija, una cola que está debajo
de la suela de un zapato o en la mitad de una acera, en la mitad y al medio día. Ya de paseo
Leo ladra a todo lo que se mueve y eso me parece un poco detestable y curioso,
cómico a la vez, pues son varias las personas que corren y que intentan señalar
al Leo y usan esas curiosas formas como si bendijeran o intentaran cuidarse de
algo; entonces me quedo mirándolos y luego digo tranquilo Leo, y a
las personas de las bendiciones es amistoso o
no le tenga miedo. Ayer cerca de una de las
iglesias de los brasileños hallamos un pollo arrollado, no quedaba más que un
cuerpo que parecía más bien una careta de goma; no había sangre o ésta se había
secado y luego convertido en polvo, las plumas del ave eran azules y grises. Luego de
una hora llegamos al complejo, en realidad nos detuvimos en la acera del frente
a mirar los autos entrar y a la gente bailar en uno de los salones, sería
jueves, creo, buen día para la hora y media que nos tomaba hacer la actividad. Leo estuvo bien sentado en sus dos patas y sobre su culo, sostenido
de su correa por mis manos, dentro, las personas nos miraban y ya bailaban o
nunca lo hicieron, y lucían como si escondieran algo. Nadie se atrevió
a pedirnos que pasemos o quizás deseaban que los miremos y nosotros
tampoco queríamos hacerlo, ni entrar ni quedarnos demasiado tiempo, supongo que
ahí de pie éramos náufragos o paisanos o dos perros o dos hombres con correas o algo así pero peor, o sea, algo cuatro veces, cuatro perro, cuatro hombres, cuatro cadenas, aunque por un poco del vino que parecían servir bien podía dejar a un lado las dudas y dar dos pasos y
mirar si escondían de verdad algo, pero por qué esconderían algo a la vista de
todos pues, el ventanal del complejo daba a la calle. Los autos estacionados en
su mayoría eran pequeños furgones, uno estaba lleno de adolescentes, chicos que
parecían recién duchados, con el cabello húmedo y en sandalias y mujeres que
cargaban maletas y las guardaban en el furgón con apuro; el resto de
personas estaba de pie junto a las puertas abiertas o corriendo como si tuvieran prisa o
mirándonos a Leo y a mí. Pronto vi que era mala idea seguir frente a ese
territorio y sentí como si violara eso que ellos escondían. Avanzamos tres cuadras más antes de iniciar
el regreso, claro, por la misma acera.
La noche la pasamos dentro de su
casa. Su casa es chica; si fuéramos más altos diría que estuvimos en una casa
de muñecas, es decir, faltó bien poco para no caber, poco para golpearnos las
cabezas o para meterla en una chimenea y con la llave de la ducha en las costillas y
ambos intentando llegar con la esponja y no quemarnos los ojos y el jabón
corriendo con el agua o haciendo chiiizz. Creo que dije por qué te gustan los lugares tan
chicos donde uno ni siquiera está seguro si lo que piensa lo piensa uno o acaso lo piensa otro, alguien en otra de estas cajas para zapatos
con electricidad y servicio de agua, alguien que de un modo imposible reemplaza, y sin
esfuerzos, lo que está en tu cabeza o mi cabeza por lo que acaba de recordar o lo
que estará por hacer. Luego pensé que esas
cosas pasan en la iglesias, en las reuniones de fin de año, incluso sucede en
el espacio, en esas historias donde un ordenador termina contagiado de un miedo
irracional. Luego de escucharme esas y otras no pude sino que caer de
espaldas y desear que un piano cayera también pero por partes sobre mi cabeza y sobre mis
muslos y sobre mis brazos, deseaba que cada parte, es decir, cada una de las
ochenta y cuatro teclas pesara, cada una, individualmente como el piano mismo,
lo mismo deseé para cada una de las patas, lo mismo para cada una de las cuerdas,
las cuales también deberían estirar mis brazos y mis piernas y mi cuello según
lo que iba imaginando, en eso estaba, ya con el cuerpo en la mitad de la
habitación, ya con el taburete cayendo en dirección a mi frente. Luego creí que
mi cabeza se había vuelto un piano. Varias cosas como las mesas y el suelo y
los muros parecieron crujir, entonces supe que no estaba ebrio y quizás solo
andaba en aquel espacio en el que andrésramirez encontraba el opus ni buscado de los
números. Ya en la calle encontré a conocidos y personas que al saludar
miraban su reloj o gritaban en dirección a otro rostro, y luego fuimos invitados a
continuar la noche, o empezarla o a cerrarla, es decir, detrás nuestro debía leerse un letrero con algo como apágame. Deseaba que Rayo estuviera por ahí para que me
arrastrase de regreso a mi habitación o para que me mordiera y luego me
escupiera o me arrancara las partes hasta dejarlas debajo o sobre la cama, pero
eso sería un problema, pues no hay nada me empecé a decir que pudiera contra la gran mancha que
cubrirá todo. Rayo nunca vino, a
qué iba a venir? me dije, y luego me
encontré amenazado varias veces por un tipo que estudiaba para abogado, y eso a
pesar de que uno de sus compañeros, un tipo alto como un piloto de esos
aeroplanos de un solo motor intercedía diciendo que estaban en un error. Casi
amanezco debajo de una banca de piedra, pero mejor me puse a caminar.
Cuando dio vuelta, luego del tema
con el abogado dijo eres un mentiroso.
Así escrito parece algo sin importancia, pero si lo dibujara sería más palpable
como una línea dibujada en un rectángulo de un extremo a otro, algo así como eres
un mentiroso, pero con algo como eco.
Luego, tras mi silencio dijo o añadió Es peor, no eres un mentiroso,
creo que eres más bien un farsante. Un mentiroso sabe que miente, pero un
farsante no sabe diferenciar la verdad de la mentira, lo real de lo... uhhhhhhh... de lo
que no existe. Tú, un farsante, no tienes experiencia pero eres bueno dictando, díctame! Dime quién dicta farsante? Dicta mentiroso!
Luego vi que doblaba la esquina
con la bolsa blanca en las manos y guardando al apuro y las espaldas parecían pegadas. Varios metros
después, es decir, tras caminar o flotar entre velas o cera y las
flores rojas y sobre las aceras, yo seguía sin comprender qué diablos era
todo aquello de lo real y lo fantástico; luego pensé que debía caer un piano
hacia arriba y arriba debía estar una alfombra me dije, y quería que ya fuera la navidad y que los hombres americanos de terciopopelo
cargaran con los árboles del Canadá. Entonces me vino una gran sonrisa y entonces
comprendí; supongo que me sentí menos atormentado y ya no tenía ganas de
llorar o de meterme en el cofre de todos los autos parqueados. Luego un hombre me brindó o me alcanzó un encendedor, en realidad creo que se lo había exigido y estuve dándole a un asqueroso lark, no sé que pasó con mis marlboritos,
sentado, así diez minutos sobre una de los escalones. Quise pedirle disculpas al hombre del
encendedor porque seguro le debí haber arrancado el aparato en una de las
inconsciencias célebres pero pensé que solo sería empeorar las cosas. Luego
quise decir algo pero me encontré conmigo mismo y parece que me balbuceaba
cosas sin sentido, como un hombre que levanta una espada o como alguien que
intenta guardar viento en una lona de yute o cualquier imagen irracional, como si esas cosas estuvieran flotando alrededor de los árboles, del galpón o de las personas que usaban el sitio; cosas
e imágenes anormales como tomar el teléfono con los pies o entrar de cabeza en la ecovía.
Pensé que sería bueno escribir algo en una pared, tomé un pedazo de
carbón de una vieja estufa en la mitad del jardín con el fin
de escribir mi nombre varias veces en cualquier muro, el sitio estaba lleno de
muros o era muros, algo así como A.K es un farsante porque no sabe cómo diablos
ser un mentiroso. Al pararme frente al muro
lo primero que esperé fue a quedarme solo: muro, carbón y A.K. Luego con
extrañeza y mucho pánico vi que ya me habían escrito y eso me dejó con los bolsillos llenos de quinientas cosas, creo que eran quinientas figuras mías en miniatura que miraban un muro. Sobre la pared leí: Mambrú dice que no
sabe cuándo vendrá y eso fue para el mandrake.
eresunmntiroso
eresunmntiroso
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