En algún momento, mientras rodaba por los escalones, recordaba el viaje y lo
que pasaba detrás, del otro lado de las ventanillas. Todo era almacén sony y
todos los almacenes estaban rodeados por un cerramiento mínimo pero al mismo
tiempo monumental, y el concreto colocado era como planchas o como bloques
gigantes que formaban grises muros, perfectos, como si cada bloque fuera
fabricado y llevado luego en grandes plataformas para luego ser levantados
hasta que alguien pide que las cosas salgan como en el papel, y luego las placas
formando algo similar a paneles simétricos de un gran rompecabezas rectangular hecho de
piezas rectangulares, y uno solo deseaba quedarse mirando esos muros que
rodeaban el almacén sony y uno quería quedarse en mitad de los muros y luego
sacar una fotográfica y hacerse algunos de esos retratos con las líneas tan regulares y mejor si el cielo estaba azul, cosa de que el corte, y los bordes, fueran
perfectos, derechos era como clavarse desde un trampolín a una pileta azul en cámara lenta y con toda la velocidad ralentada, dos días de caída. También quería ser una especie de borde de muro, o ser las líneas que
se recortaban sobre el cielo azul porque todo lucía fuera del mundo, era una de
esas cosas que uno espera encontrar quizás en ciertos libros impresos en papel
couché y, pensaba que era, ya, hace mucho, que no miraba con atención o por más de
diez segundos el mismo objeto, un mismo objeto. Luego el tren o el vagón avanzaba pero era un
autobús porque nos deteníamos a cada semáforo y sentía recuerdos por mis paseos
en las alcantarillas y sobre todo por el calor y la gran ola que nos empujaba
por las escaleras hasta dejarnos borrachos en las calles. Uno de los talleristas
tomaba el primer diario de uno de los puestos y, además, buscábamos sitio para
tomar un café aunque terminábamos la mayor parte de veces hablando solos y
caminando en sentidos opuestos o yo más allá pues, uno de ellos se quedaba unos
barrios antes que el mío y en el mío había mucho pochoclo y poco café y yo caminaba y el día era oscuro como los
amaneceres en la playa cuando el agua está en todos lados y entonces uno pesa más de lo
normal. Pero, ya de regreso pensaba de nuevo en que estaba cayendo por los
escalones y quizás alguien debería levantarme, pero, ya no estaba cerca, en ese
día de mañana oscura como en la costa, ni en ese otro país lleno de calles y cables y de
iglesias hechas con concreto y altas como agujas, pero si estaba cayendo y nadie
me levantaba y dije que alivio o que rabia mientras leía algo escrito en
un muro y por la velocidad y por eso de que iba cayendo no pude entender, y
luego estuve en la planta baja y varios hombres con cascos amarillos bajaban
carretillas llenas de material y muros y varillas dobladas y todo lo
amontonaban bien cerca de una puerta que ya no funcionaba y ya era más de cuatro
meses y ya debían terminar.
Luego estaba yo caminando junto, y preguntaba cosas, y yo pensé claro,
como si no me conociera y creo que eso era cierto, pues, cada vez que yo me
acercaba y ponía su mano sobre su hombro, pues, yo pensaba que sería ideal
iniciar una especie de relación, donde se sintiera algo más que nuestro dominio
en temas y tópicos y eso de all about the dead,
the local héroes and their guns, and the fabulous four sábado en calderón quizás algo que pase por el te doy un quiño, tú me das una patada, y Ramiro
cobra a quienes se rían y eso era nuevo, un invento, como lo que yo al
parecer respondía. En realidad preguntaba cosas sobre mi vida y yo no pude sino
sentirme extraño, pues, la última vez que alguien me había hecho preguntas
personales, y sobre esas cosas, ocurrió, pensé, como hace diez años. Entonces, quise creer que una persona que quería saber eso que ya no tenía
importancia era alguien a quien debía conservar, y mantener cerca, para hablar cuando la memoria empezara a irse, y eso me
motivó durante los siguientes diez años, y, la verdad, cada mañana me despertaba
pensando el cuándo fue que me preguntaron y luego ya sumarían veinte años y
algo dentro se inflamaba y luego ya estaba yo pegado al techo, y, desde allí
disparaba algo que no era necesariamente una flecha pero sí, algo capaz de
hacerme creer que todo iba a durar para siempre pero sobre todo dije viviré por siempre y eso también de al fin eres inmortal. Entonces estaba
junto y decía eso de mi vida y lo que recordaba de ella cuando era un efebo y yo hablaba y yo estaba en mis palabras y en lo que hacía en ella cuando era un efebo, y
vi que su cabeza se inclinaba como si quisiera decirme que estaba entendiendo
todo eso que yo decía, y sentí ganas de que nunca llegáramos y luego
desaparecimos, y luego los autos hicieron chu
chú chu o era que calentaban los motores,
o era que habían llenado el tanque con diesel, y octanos menores a la cantidades
de ochenta y cinco y noventa y todos llegaban con minutos a su favor por la
calidad del aire comprimido, y todas las talleristas entraban
en fila, y un hombre entregaba unos recibos con el nombre de la cooperativa que
auspiciaba el uso de aquellos transportes de color azul y muchas personas iban
por la mitad de la acera con un niño en la mano y con una o dos bolsas blancas de
las que salían los tallos de un planta blanca que remataba en algo verde, y
además algunas de ellas estaban envueltas por una banda de goma de color rojo, y
los semáforos, y nosotros y luego la calle inclinada, y nosotros levantando las
manos antes de cruzar.
Yo no quería estar en ningún sitio y sin embargo estaba ya en mitad de
cientos de personas que llevaban sus cochecitos de supermercado y miraban como
si dos cuerpos pintados con acrílico o vestidos con lonas de yute o sin zapatos
o dos sobrinos del presidente kenedy hubieran entrado, pero también éramos dos
cuerpos y dos limones del tamaño de una pelota inflable y también dos gotas de
agua que suspendidas en el aire parecían despreocupadas por caer o estallar, y
también dos integrantes, uno de NIN y otro de OQOTSA y yo dije otra vez soy inmortal y saludé y la
gente respondió son inmortales y
todo el galpón se llenó de líquido pues ellos estallaron, y nosotros cerramos los ojos
y la boca pero fue divertido, pues, eran muchos gustos y uno cree que algo así
solo puede gusto a un plato de electricidad pero fue rápido, y eran pasillos para dulces,
pasillos para detergentes, pasillos para almohadas, pasillos para pan, pasillos
para legumbres y todos también antes de mirarnos habían estado suspendidos solo
que no lo notamos.
Yo esperaba, y eso duró muchos días, y luego alguien dijo que mejor me fuera
a casa pues ya empezaba a ser muy raro que yo continuara tantos días dormido en
mitad de aquel sitio, y, además, esos días llegarían muchas personas durante
muchas horas y era ilógico y que seguro yo los haría estallar como gotas de agua. En realidad ya estaba fuera del galpón pero de todos modos seguía mirando
y buscando entre los pasillos y debajo de las bolsas de fab y de las cajas con
arena y un poco dije era de esperar porque
cada vez que nos separábamos terminábamos separados. También le pedí a una de las
personas que me guardara el puesto y esa persona era un mermarciano disfrazado de
persona porque dijo que no hay problema
pero luego dije que debía ser un pepinillo o un rábano que acaba de perder su empleo, pues, los mermarcianos suelen ser más bajos, y su barriga era redonda, y este señor era una señora, y no la
recordaba de los días en que el ocho estaba en el siete aunque acá siempre ha
estado en el cuatro, y eso es lo que dicen incluso al trepar a un auto amarillo
lléveme al canal cuatro. Luego estuvo
la historia de la búsqueda y luego una especie de lucha entre lo que está bien
y aquello que se ha vuelto nocivo, y ambos nos ahorcábamos y luego estuvimos
tirados, y luego el suelo se puso frío como los muros de los almacenes sony pero
en el suelo uno no podía contrastarlos con un fondo azul así que dije ayúdame a
girar el suelo para que quede frente al cielo azul como en el almacén sony, o sea, entre el cielo azul y
nosotros y luego las personas cayeron como en los filmes experimentales franceses, como hombrecillos azules y sin cabello o como como pequeños
soldaditos a los que se los ha desnudado y que al caer preguntan por sus fusiles, y cabello, y ropa y
luego ya no nos ahorcábamos y luego mirábamos los ingredientes de las cosas que
llevábamos.
Un hombre preguntó si alguien quería que le preparasen o le enseñasen a
preparar pan con canela y la gente tenía en sus manos unos tickets y en letras
rojas se señalaba que era turno y yo miraba el gorro o boina del hombre y sus
manos llenas de huesos y dedos y las luces eran fuertes y muchas personas
salían con sus bolsas blancas.
Un hombre manejaba los autos y los autos tenían detrás del volante a otros
hombres y era raro porque siempre anunciaban en los noticieros eso de que los robots ahora, los robots ayer y
dije me parece que ya lo habrán anunciado,
pero no me animé, y luego el hombre manejaba otros autos, demasiados en realidad
y todos giraban y se detenían para que subieran talleristas porque ya era tarde,
y ese señor me saludó, y al hacerlo los autos dejaron de moverse, y al bajar la mano los autos volvieron a eso de que estaban siendo manejados, y luego el hombre o yo me estuvo o me estuve manejando hasta dejarme sentado en un escalón.
Ambos estuvimos pegados, y luego el señor de los autos nos separó y las
espaldas se estiraban como esas máscaras en las películas de joaquín bond o creo que
era una de las misión imposible quizás la que dirigió bartolomépalma y luego estaba en
el escalón y ya no vi para dónde tomó.
Dijo eres un mentiroso. Y dijo
otras cosas que parecía conocer muy bien.
Las espaldas se estiraban como las máscaras de goma en la película de los triple espías.
1996
110 min.
PAÍS
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