8/1/14

develoved

Yo solo repetía las cosas que estaba por hacer, y ya esperaba estar bajando hacia el galpón. De todos modos olvidé el maletín y no quería importunar y menos que alguno de los talleristas regresaran a mirar y luego que uno de ellos se agarrara de mi cuello y al bajar fuera mostrándome todas las casas en las que había dejado la luz encendida o algo sobre cambiar bombillas por luces ahorradoras. Desde los cristales se observaba brillar aquella esfera perfecta y roja, yo limpié mis ojos hasta que las yemas empezaron a dejar marcas sobre la piel, unas marcas como de delgados cables o monedas, de todas formas reí, y casi deseé colocar mis dedos debajo de los pies, que gusto y que total sería eso de quitarse los pies y reptar un poco y sentir la humedad del césped eso del greengreengrass. Igual estaba muy apretado así que esperé a que todo se desinflara.

En esas situaciones uno debe llevar siempre algo, pinzas, un alicate, una aguja hipodérmica, una cinta de primus en bigdayout y un cassette con la música de Sweet Harmony. Al entrar pude observar todos sus deseos, habían demasiados uniformes apilados sobre un gran sillón reclinable, horas y relojes detenidos sobre los muros; dentro hice un vuelo raso, descubrí que sus botones no encendían al ser presionados. En algunos sitios menos excéntricos la mayoría de las veces recibía la ayuda y las atenciones de los dueños y me traían toallas limpias. Sus sitios, este sitio en realidad, me recuerda a lo que seremos tras terminar los talleres, escombros y varios hombres con cascos amarillos, nosotros, reconstruyéndonos. La finalidad de los talleres era mostrada sobre telas gigantes que colgaban en uno de los muros del edificio. No eran el orgullo del mismo, pero tranquilamente, podían serlo, algo rectangular y con dimensiones desproporcionadas cubriendo un muro de un edificio nunca puede pasar de modo desapercibido y ya me imaginaba presumiendo a la gente sí lee la tela, sí, pues detrás es donde cursamos... También cada habitación tenía su rectángulo a escala, un poster de metro y medio por algunos centímetros con una impresión con eso de nuestros objetivos y de lo que un día pondríamos en la cabeza de alguien. Había mucha confianza en que las cosas jamás cambiaran, en que todos, incluidos los últimos talleristas, nos oxidáramos mirando los cielos anaranjados y pidiendo que el fuego de la montaña terminase con todo, un poco eso del naturalismo intrínseco de los latinoamericanos. Por lo menos estaba claro que aquello era lo que estaba aprendiendo, por lo menos estaba bien seguro de volverme una especie de roca sagrada a la cual muchas personas se arrimarían o en la que se frotarían para ser fecundadas con la risa y el misterio de las cosas inexplicables que se vuelven claras, como un rayo en mitad de un concierto de los australianos. De modo extraño todos recibíamos las lecturas sin estar en aquel sitio. Nuestros ojos que cambiaban con la luz del día, miraban siempre en una sola dirección, pero aquel sitio contenía un orificio por el cual se accedía a otras habitaciones. Nadie lo sabía, nadie debe saberlo, ahora quizás sea inútil puesto que no sucederá sin que se cumplan determinadas condiciones. Las nuestras eran ideales, nosotros veníamos con la lengua atada a la suela de los zapatos, y nuestras manos apenas si descubrían el material en que se había convertido el oxígeno o la luz. De ese modo y al echar la cabeza hacia atrás uno observaba estos portales, nuestros rostros literalmente siendo absorvidos hacia un orifico y hacia otras habitaciones pero sobre todo mirando en primera persona lo que hacíamos, nosotros mismos, en tercera persona. Supongo, supuse, pero esto tampoco se lo dije a nadie que el tamaño o la altura del sitio era premeditado. Cómo sino, en un habitación con la mitad de la altura podía uno bailar con la cinta de Harmony?

Yo llevaba años persiguiendo uno de esos ascensores. De hecho, puedo decir que conocí la vida dentro de uno. La primera vez, la primera de todas las cosas, sucedió en espacios llenos de espejos, llenos de botones, lugares tibios y sospechosamente o circunstancialmente llenos. La primera vez que tuve los brazos en el suelo ya pude advertir de que se trataba la cosa. Luego recuerdo que éramos cientos, un millón de hombres uniformados y yo mirando desde sus ombligos, mirando que ellos miraban un ombligo invisible, un poco más, ligeramente más alto que ellos, ahora que lo pienso dentro de ese ascensor éramos un millón más dos. Arriba, millones y abajo. También recuerdo la música y las cantidades de horas que los loops daban vuelta una y otra vez y las orquestas de hombres midi con sus melodías en tono midi. Eso ocurrió en los años ochenta, de eso estoy seguro como que eran excelentes años para imprimir mujeres suecas con sombreros delante de playas o de palmeras encima de las fechas que se irían arrancando como cuando termina marz y uno cambia la página hacia abril cuando ya está el día por junio. La música midi está hecha con ordenadores y parece basada en una programación que reduce al máximo la electricidad y el sustain de los instrumentos. Lo que sonaría como una trompeta más un bongó y a ambos sumado un xilófono, midi por medio suena como una frase en clave morse, claro, una melodía donde se destaca uno de los principales instrumentos como en esas máquinas contestadoras de los bancos y de las empresas del gobierno. Nadie canta en midi pero al hacer llamadas una grabadora nos dejaba colgados sobre la electricidad del tono de espera y uno del otro lado tras diez minutos pedía a la electricidad hablar con algo, con alguien. El midi también se impondría unos años después en los bares y sería el centro de atención en las reuniones antes de chocar o destruir los jeeps de mamá con eso de mevoyal sobre.

La diferencia es abismal, y no es solo tecnológica. Acá se siguen construyendo las cosas por dentro, como si nadie quisiera que las vieran. Por ejemplo recuerdo unos galpones gigantescos y llenos de mujeres con zapatos dorados y bolsos también dorados colgando de sus huesos, de unos hombros casi cadavéricos, pero me refiero a que aquellos muros eran inexistentes, lugares para bailar madonna o algo de sweetharmony. Uno apagaba la visión de rayos y observaba pliegues y colores. Yo mismo subí hasta uno de los sombreros, uno con plumas reales pero doradas y dejé que me pasearan dentro de aquella tormenta, los hombros, mis hombros, los hombros. Supongo que esas intenciones de fabricar agua o de levantar muros de agua debió molestar a uno de los pescados sagrados y fue por eso que aplicó una tormenta infinit, algo para volar las plumas y luego todos éramos balsas y luego los bolsos hundidos como rocas. 

En esos sitios cercanos al mar donde solo hay páramos los botones hacen un ruido distinto al ser presionados. También las puertas son infinitamente más grandes, quizás se deba a la cantidad de gente que llega montada en sus caballos o manejando grandes camiones rojos, quizás camiones para apagar el fuego, muchos con las escaleras elevadas y con uno o dos pequeños hombrecitos sujetándose fuertemente de sus chalecos rojos y sus cascos rojos. Corría un rumor pero jamás lo observé, no pude conocerlo. De regreso pregunté si existía esa posibilidad pero acá sentí que me tenían por una persona que gustaba de hacer bromas, bromas que estarían buenas para una tarde de domingo, una tarde cualquier día pero ahora estaba en el galpón. Allá alguien habló o hablaba sobre la importancia de mantener con vida cosas que pronto dejarían de existir. Aquí alguien dijo que debajo del galpón aún tenían con vida a varios calicotéridos de lago Fagnano.También escuché muchas cosas, demasiadas palabras que parecían buscar una hoja o una cinta sobre la cual quedar grabadas y a la cual violar, como toma papel que debo ir al auto. Acá nadie, aunque tampoco conocía a muchas personas, estaba intentando volverse eterno o hacerse necesario. Ocurría sí que la electricidad estaba en todas partes y que cada vez habían menos reuniones en una casa para pedir prestado un teléfono. Las personas empezaban a lanzar las puertas con tanto gusto que pronto las casas sonaban como maderas que se estiraban o como pisos que por la noche tenían algun tipo de vida secreta. O sea que apenas si empezábamos a tener el sobrepeso característido de comer las veces que deseáramos a la hora que deseáramos de la mano de mujeres grandes como ataudes y en mesas rectangulares y de piedra oscura sobre platos en forma de triángulo. Supongo que pronto dejaría de importar que sirvieran manzanas masticadas y papas fritas lamidas, como si de caramelos de trataran.

Cómo hacen los bebés?

Claro que el orificio no hablaba, y claro que era inútil presionar los espacios donde antes estaban y pronto deberían brillar nuevos botones, pero, rayos, la maldita caja mecánica cubierta por dentro de espejos debía estar por llegar y es que el maldito edificio ya llevaba meses, quizás demasiadas semanas en reparaciones y todos caminábamos dentro con un casco amarillo y azul y de todos los colores como si perteneciéramos a un voluntariado de bandera multicolor?¿ Luego miré una vez más durante varias horas ese espacio hecho con paredes irregulares y dentro de cual colgaba un cable de acero absolutamente templado, cable gris y firme. Luego estuve girando tomado del cable como una de esas cancangirls haciendo aquello del pol pero luego mis manos se resintieron y aunque busqué había dejado en casa la lana para tejerme unos guantes, mientras algunos talleristas fumaban sus marlboros y mientras el cielo quería consumirse o dejarnos en manos de la electricidad. Todo eso ocurría sin prisas aunque yo subía y bajaba del cable como un verdadero primate y me faltaba hacer ah ah ah ah uh uh uh uh! Creo que también oriné en la terraza, pues, al final del cable había una ventolera, o un espacio quizás para colocar un aire acondicionado o una calefacción. Como he bajado de peso pude entrar con algo de trabajo. Entrar fue salir porque la terraza había sido pintada de amarillo y no encontré más que una especie de manual, una nomenclatura pegado a uno de los muros que pedía hallar los sitios que quedaban por pintar.


También escuché su frase y creo se grabó de una forma única. Creo que ya no tengo cerebro y sí creo que tengo un orificio más grande que el del sitio a donde también hay personas esperando con las manos en los botones. No sé quién habrá instalado el sistema eléctrico pero estoy seguro que tiene alguna falla, quizá hay filtraciones, pues ocurren cosas extrañas, chispazos. Por ejemplo además del sistema eléctrico parece que se han instalado varios sistemas de avisos o de carteles nocturnos. Como dentro de la cabeza todo es un mar de oscuridades y muros, estos carteles tienen o tendrían el fin de señalar direcciones o pasajes o discursos con extrema brevedad. No tengo prisa y sin embargo ahora tengo instalado estas series de cronómetros que parecen los marcadores del estadio de Nayón. Cada vez que quiero pensar, su frase, la frase ocupa la mitad de la casa, del orificio. La gente que vive cerca debe estar somnolienta con tanta luz y con tanto gas. Amo el neón pero esto esta fuera de mis órdenes y deseos. Un día dormí dentro de un colchón, a la siguiente noche también funcionó pero a la tercera los resortes rompieron la lámpara del velador y eso más el gas hicieron un poco de boom. El diario de la ciudad no publicó nada, pero si yo hubiera sido un periodista con algo de mala leche para lavar las caras huiera publicado un titular referente a la pirotecnia y eso de los octavos días antes de que termine otro año. Dormir dentro de un colchón es similar a tener dos ataudes encima o dos camas o dos somiers y también debajo de uno. Supongo que también pueden ser dos árboles y dos refrigeradoras encima, y debajo. Básicamente dormí en posición hombre de Vitrubio con los dedos en cada una de las esquinas. Mejor si es una cosa plaza y media o dos. Sin embargo en las noticias y en el programa donde durante las tres horas la gente se pasa bailando y mirando cómo otros bailan, ya estaban hablando sobre alguien que era mentiroso y mientras decían que eres mentiroso no dejaban de bailar, mientras también otros estaban bailando.

No hay comentarios: