Las sillas estaban cubiertas por maletas y ordenadas como las perchas de un supermercado. Luego fueron ocupadas por los talleristas que vestían pantalones acampanados y sombreros largos y oscuros como los de los hechiceros. Yo había dejado sobre la maleta mis lentes y una caja de marlboros. También esperaba que nadie notase el parche que había cosido la tarde anterior al tirante de mi maleta, un parche redondo que decía Flúor de Charles y que sólo yo entendía, intento de parodia del autor y el título de ese texto de mediados del siglo XIX. Varias personas de talleres similares empezaron con una discusión en la puerta del salón. Hace pocas semanas la puerta había sido cambiada por una de maderas más fuertes o mucho más fuertes, también costaba un poco más cerrarla o abrirla y a veces podía quedarse en la mitad de camino, es decir, abierta o cerrada o las dos cosas. La discusión trataba sobre temas domésticos, alguien comparaba la casa de un relato con la sala de un aeropuerto. Vivir en aeropuertos no es nada complicado, uno abre un libro y luego la gente desaparece. Por el contrario los baños se vuelven populares y suelen ocurrir charlas enormes que a veces tras días siguen como al comienzo. Algo en la discusión se refería a la señalización o como estos sitios colaboran de modo que uno jamás pierde ni su tiempo ni sus maletas. Quise acotar algo sobre mi padre el escritor que suele viajar todos los meses a un punto distinto y así explicar que algunas cosas como eso de perderse dentro de una cafetería y eso de mirar teve en la sala de una aerolínea privada y eso de leer revistas que no va a comprar sucede justamente porque no leemos la señalización y si un vuelo se retrasa es porque ni siquiera leímos el itinerario. Una casa es como viajar dormido pero un aeropuerto sería lo que miramos mientras dormimos, para no decir el sueño digamos que es la materia del sueño, llamadas, tomar un cortado, mirar las maletas en el piso y eso no impide que el aeropuerto siga o desaparezca. Para vivir en un aeropuerto uno debería ser una maleta, una de esas que se pierden y que son enviadas a portugal por accidente. La casa es para los pasajeros y las azafatas y si pudo ser para un pasajero y una azafata y el contenido de la maleta que apareció en lisboa. Luego toda esa gente que había leído lo de la casa empezó a decir que los aeropuertos tenían sobre la pista algunas casas, yo Tomé mis cosas, es decir, regresé a la mesa y las guardé y decidí esperar a que cualquier cosa pasara, en realidad esperaba al hombre de corbata azul.
Varios hombres llegaron uno junto a otro y eran grandes como ataúdes y también eran como un grupo de detectives. Todos llevaban trajes oscuros y corbatas oscuras, no como la del hombres de corbata azul, sino unas que parecían la lengua de un animal, quizás un pez y eran rojas y pensé que esos hombres trabajaban cortando y pesando carne porque en las carnicerías cuelgan otras partes rojas y oscuras. De pie nos miraban como esperando que la sala se ordenara y parecía que la sala esperara que ellos la ordenaran. Así pasaron algunos minutos y por la ventana pude ver el sol bajar y perderse hasta salir por el otro lado, tal vez no lo ví, pero sí vi el sol subiendo por el lado anterior, eran las seis pasadas de la tarde. Yo esperaba que la clase empezara y luego un tallerista pidió permiso a los hombres de traje y dejó una revista o un folio sobre el escritorio. Ahí estuvo hasta que un hombre de corbata oscura levantó la revista pero no la pudo mirar ya que llevaba una bolsa plástica.
Los hombres hablaron de temas importantes para el centro de investigaciones. Luego permanecieron en su charla o exposión por algunos minutos sin detenerse, a veces colocaban las manos juntas sobre el pecho cuando hablaban de lo importante que era el centro de idiomas y también se acomodaban los anteojos o nos miraban sobre sus marcos. No regresé a mirar a las personas que estaban atrás, y era como si durmieran o como si supieran lo que estaban por decir. Quizás la atención era total. Luego algunos hombres que parecían roperos de pie hicieron un movimiento como inclinándose hacia nosotros y alguien alargó un corto aplauso que luego estalló, como un fósforo, en abrazos cortos o palmadas en la espalda, dos o tres, ahí recorde un filme bien antiguo en un barrio bien caro donde un hombre es palmeado por una mujer y él parece molestarse. El hombre suda y tiene los ojos como enterrados, las palmadas parecerían despertarlo aunque sus ojos se quedan en el mismo sitio, dentro de unas oscuras órbitas. En el filme hay música de trentreznor, eso no sucedió en la habitación pero igual lo recordé o asocié. Luego algún tallerista quiso hacer preguntas pero dijeron que no y luego como sin otra opción, el hombre de traje, un hombre pequeño de cabello blanco decidió contestar pero también dijo que por favor lo entendieran.
Horas después todos despegábamos los rostros de las mesas. Algunos tenían sus lápices de gel dentro de los bolsillos al igual que sus manos y era del mismo modo que tenían caumales y caramelos de menta dentro de las maletas. Al salir algo, una porción de los brazos y las piernas se habían quedado adheridas y al salir con prisa se habían roto, de modo que sobre el piso en el pasillo habían jirones de carne que luego se mezclaron al ser pisadas con lo que quedaba de suelo, el suelo que era subsuelo. Supongo que con los nuevos pisos esos miembros se volveran o volverían miembros desaparecidos. En el pasillo habían cuadros o ilustraciones de Alonso Quijano apoyados contra los muros. En esos cuadros se intentaba dotar al Quijano de un aura o de un aspecto noble, como quien va por la vida decidiendo o separando la paja de las libras de trigo. Una leyenda escrita con carbocillo explicaba que aquel hombre que parecía tan culto y peligroso a la vez, se había vuelto loco tras leer todos los libros de caballería. En otro cuadro se observaba un Quijano similar aunque más delgado, una sombra sobre el rocín y con lanza en mano. En proporción era similar al del cuadro anterior, sin embargo ahora el dibujo tenía unos trazos gruesos, como apurados, trazas y varias manchas de colores; parecía uno de esos empastes hechos por los niños. Detrás de él y del rocín corría un sendero que terminaba en lo blanco o el vacío, quizás la cartulina y sobre el sendero habían huellas, las pisadas del rocín. Me parecía o quizás era una mancha, pero creí observar una huella nueva. La huella de un paso que aún no habían dado el caballero y su rocín. Quizás solo era una mancha, la huella de un dedo. La pared donde colgaba el cuadro había sido recién pintada, solo estaba el clavo cubierto por pintura. La huella pertenecía a la pata izquierda y en proporción, por estar más cerca del observador también parecía más grande, apenas, que las anteriores.
Abajo buscamos un marlboro, yo quise pero también en el fondo no tenía ganas de volver, en realidad me dije, no regresaría nunca. Luego estuvimos junto a una ventana mirando la ciudad o mirándonos con caras de y tú qué me ves? Toda esa situación me dio pie para pensar en otras cosas y en otras actividades, como fumar dentro de un baño, como fumar sobre un yate en medio del pacífico, como fumar debajo de una cornisa y escampando de un torrencial día y mirando los buses y a las personas corriendo con las bolsas blancas en las manos. Tanto pensar empecé con eso de los muros y luego un muro me invitó a jugar que yo era su rocinante. No sé quien fue pero ya alguien o algo estaba sobre mi hombro dirigiéndome hacia los escalones y también parecía que habíamos saltado pues sentí el aire y el sobrevuelo y la turbina de tres cohetes que alguien acababa de lanzar a júpiter, cohete europa era uno de ellos y algo había de botones que no encendían y de agujeros dentro de otros agujeros. Los cohetes se detuvieron para echarme un aventón y yo dije que mejor me echaran unos litros de aceite para hombros porque pensé que administraba un spá o algo así porque siempre estaba con el tema de los hombros y luego estuve contando el número de escalones que me quedaban antes de llegar a la planta baja.
Luego el hombre de cabello blanco empezó con eso de que aquí está el AK luego pensé que alguien había encendido una radio y luego faltó poco para que la gente empezara a bailar y a corear esos temas pegajosos de aquí está el AK con las manos en las caderas y con los pies girando y con las cabezas hechas por dentro uno o dos trompos y luego eso de psfff o como sea que hace una club. Como no entendí nada de lo que decía, el hombre bajó de su escenario y luego de abrir sin esfuerzo mi cabeza colocó el aquíestáelak en algunos rincones como si fueran pizcas de azúcar y el cerebro tenía un tono amarillo y era un poco duro y aceitoso como la nuez. Luego yo estuve repitiendo el mismo recorrido, del décimo piso que aún no existía a la planta baja, eso varias veces durante el mes de septiembre o era marzo mientras me preguntaba el significado de eres un mentiroso o de aquíestáelak. También miré al interior del gran orificio pero de allí solo salían sillas amarillas y mesas de tres patas. Luego escuché un estruendo y supuse eran las cuartas patas. También por el orificio cayó mi maleta y entonces volví a caminar de la planta baja hacia el décimo piso que aún no había sido construido preguntándome si ya sabía que significaba eres un mentiroso y aquíestáelak.
Dentro del orificio estuve contestando llamadas durante lo que quedaba del día. El sol ya había incendiado a las nubes y ya los autos empezaban a encenderse solos y a estacionarse sobre los árboles y sobre los pies de la gente fuera del galpón. Eso no lo ví pero supuse que si lo miraba en ese muro inerte era porque estaba ocurriendo. Todos querían saber si eso ocurrió. Luego empecé una historia fantástica donde dos hombres discuten por un castillo. Ambos tienen dinero y quieren comprarlo pero el vendedor les pone varias condiciones. Cuando el vendedor accede, sin que lo sepan, ambos son dueños del mismo castillo, a la mañana están frente a la puerta con una llave dorada similar en las manos. Luego gastan una fortuna y tras algunos años reconocen que el vendedor ha desaparecido. Al regresar al castillo las llaves se han vuelto inservibles, en realidad nunca las habían probado pues aquella mañana frente a la iniciaron la búsqueda. Tras tocar, un hombre aparece tras la pesada puerta pidiendo que expliquen quiénes diablos eran los caballeros. Luego el hombre, sin dejarlos mirar termina de explicar que el sitio le pertenece desde hace dos años y añade que busca un jardinero y que además cuide el ganado.
Una de las últimas llamadas me preguntó si yo no deseaba comprarle una terraza amarilla en un sitio cercano. Dijo que acababa de pintarla con un material impermeable y que aunque no lo creyera parecía que el mismo dios había escupido sobre la terraza. Cuál dios, el dios sol pregunté.
Dentro del orificio estuve contestando llamadas durante lo que quedaba del día. El sol ya había incendiado a las nubes y ya los autos empezaban a encenderse solos y a estacionarse sobre los árboles y sobre los pies de la gente fuera del galpón. Eso no lo ví pero supuse que si lo miraba en ese muro inerte era porque estaba ocurriendo. Todos querían saber si eso ocurrió. Luego empecé una historia fantástica donde dos hombres discuten por un castillo. Ambos tienen dinero y quieren comprarlo pero el vendedor les pone varias condiciones. Cuando el vendedor accede, sin que lo sepan, ambos son dueños del mismo castillo, a la mañana están frente a la puerta con una llave dorada similar en las manos. Luego gastan una fortuna y tras algunos años reconocen que el vendedor ha desaparecido. Al regresar al castillo las llaves se han vuelto inservibles, en realidad nunca las habían probado pues aquella mañana frente a la iniciaron la búsqueda. Tras tocar, un hombre aparece tras la pesada puerta pidiendo que expliquen quiénes diablos eran los caballeros. Luego el hombre, sin dejarlos mirar termina de explicar que el sitio le pertenece desde hace dos años y añade que busca un jardinero y que además cuide el ganado.
Una de las últimas llamadas me preguntó si yo no deseaba comprarle una terraza amarilla en un sitio cercano. Dijo que acababa de pintarla con un material impermeable y que aunque no lo creyera parecía que el mismo dios había escupido sobre la terraza. Cuál dios, el dios sol pregunté.
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