18/1/14

Papel del papel

Aquella tarde el sol reventaba sobre los cristales aunque también el cielo brillaba anaranjando lo que quería significar que apenas si luego necesitaríamos encender todas las bombillas. Yo la verdad andaba con todas las ganas de tirar piedras hacia las bombillas en la acera, así que pronto empecé a actuar de un modo ambiguo. Lo gracioso era que nadie pensaba que lo hacía en serio aunque intentaba ser y mostrar una veta violenta y más bien pronto estaba rodeado de talleristas que me metían las manos en el cabello y talleristas que se subían a mis hombros y empezaban, sobre ellos, a cantar, o gritar pero supongo que hacían una especie de llamado como el que haría un tipo de mandril, uno de esos códigos en medio de zamora o del napo, si las habitaran mandriles. Luego di varios pasos en medio de las bancas y lo hacía retirando a uno que otro tallerista que se había sentado sobre las mesas o que leía algún libro de pie, interrumpiendo el paso. Las lecturas más comunes por esos días eran los de una pequeña colección del sello tusquets, libros de autores como w. allen, h. hesse y m. kundera. La portada del libro de kundera me produjo expectativa y en realidad sentía una especie de agradecimiento para con la editorial pues al fin se había hecho algo medio decente y ya las páginas del libro no eran simple y costoso papel bond. Por lo general se podía encontrar parejas leyendo en el sitio, sentados en el piso y con la cabeza arrimada en el hombro; a veces sucedía en el piso siete, a veces en el nueve, y mirar a otros talleristas y de otras escuelas con un libro en mano era extraño. La mayoría de veces que uno caminaba entre escuelas y viceversa o desde un auto hacia otro o desde una moto o desde la estación seminario y entrando por la europa hacia la puerta principal del centro pues, raro, imposible, todos o muchos parecían talleristas excesivamente apurados o excesivamente entretenidos pero los libros no parecían ser una prioridad u objeto de ocio. Con esto de los libros me refiero a una persona que abre un texto que no sea parte del pensum de su especialización o uno propio y que haya salido de la biblioteca y mejor si no se trataba de una fotocopia. En realidad todos parecían  tener otras cosas que hacer. Creo que nuestra especialización le estaba dando una importancia casi irreal al libro de papel y era porque nosotros aún pertenecíamos a una sociedad o gueto que compraba, leía, vendía, intercambiaba, robaba, cortaba o incluso intentaba hacer sus propios libros, una especie de sociedad muda y rara que parecía disfrutar de su anonimato. 

El culto nos llegaba tras varios años de lo mismo, o sea, algo así como vivir en la costumbre. Con ratos de ocio nada como sumergirse y a veces esas cosas que uno leía se volvían bien fuertes, bien certeras que borraban el piso y uno debía someterse a una especie de caída sin momento de inicio y mucho menos de finalización o a veces era que las cosas como un piano o un ascensor parecían caerle a uno. Era bueno, pero a veces uno debía volverse una especie de araña para no ser asaltado sin previo aviso. Por ejemplo al leer cosas como la de los siete fantasmas que regresan a casa y la encuentran limpia y ordenada, uno tenía para pensar en todas las historias del hombre que se pierde o que sufre alguna especie de amnesia y entonces uno sabía que tarde o temprano terminaría salpicado por una de esas oraciones del tipo oración de aprendizaje. También era interesante pensar las historias de aquellos hombres que se terminan traicionando tras regresar a mirar hacia algo que se ha ido, cuyos cuerpos terminan intoxicados por un virus que no les deja espacio y luego son una cecina que se despedaza en 150 páginas. Eso lo ha escrito DeLillo, lo ha interpretado Bardem y lo viven muchos de los pequeños traficantes que por ahora andan comparando cosas sobre los hombres del rey y algo sobre el hombre que se dedicaba a vivir de las rentas de una máquina para hacer cómputos cuya patente y derechos se la debe a su padre, de quien también deriva el nombre de la fábrica que produce esa máquina para calcular. De todas maneras al libro lo hemos vuelto un objeto inexplicable pues al tiempo que responde ciertas cosas se da los modos para dejarnos varios agujeros.

El libro hecho de la piel de esa serpiente que se come su propia cabeza y el interior del libro es la serpiente respirando.

Yo intentaba no rodar demasiado y por ello en un momento decidí quedarme de pie y encender un marlboro y a fin de cuentas uno podía hacer muchas cosas en el sitio pero uno estaba dejando cosas para el final. También quería borrar aquellos muros en los que aparecían mis nombres acompañados de escritos repetidos de manera desordenada e irreal que pronosticaban sitios en los que pronto estaría. Uno de ellos era berlín y esa ciudad me llamaba pues sentía o creía que allá viviría algo irrepetible o, quizás también podía ser que me tocara repetir las cosas que llevaba percibiendo y que creía eran los sueños de otro. Creo que pensaba con emoción que allá sería imposible hacer muchas cosas y estaba seguro que todo iba a ser como ir en contra del mundo. Esta idea puede estar derivada de una sensación de orfandad o de un tipo de aislamiento. Recuerdo que para consultar sobre esta futura idea, llamé a X pero X dejó que mi llamada pasara al cajero automático. Su personal ATM. Luego llamé a C y C tenía la línea apagada o quizás, pensé, me ha colocado en desvío de llamadas. Luego continué llamando, en realidad a toda la fila de letras que seguían en la agenda; a x y c, y luego usando una portátil o sea era presionar en orden V B N M ; : _ shift y todos andaban en sus cosas o supose habrían cambiado sus números o dejarían la línea y las maletas y sus viandas tupperware en casa. Luego quise hacer un amigo nuevo, si aún quedaban viejos, pero mi aspecto siempre dejaba cosas y cabos por atar y en realidad uno respiraba del tamaño de dos aerostáticos y luego era mejor dormir y dejar que las cosas huyeran y luego era mirar al techo y hablarle hasta que un nuevo cansancio me contaba que no le era indiferente que le hablara cuando estaba en el techo. Cansancio que salta del cuerpo hacia el techo. Daba igual estar o respirar o bailar o tocarse el vello en los muslos y luego empecé con los cálculos pues dije que era buen momento para comprar un auto amarillo para salir todos los sábados, siempre y cuando llevara una chaqueta militar, un perro al que le guste traer cosas de vuelta y un pequeño revolver marca Schoereder.

Bajé para colocarme sobre sus hombros de líneas tan delicadas y perfectas y sobre todo rectas y creo ahí encontraba mi gusto por mirar filos y bordes de muros sobre el fondo azul del cierlo y era como si llevara un par de tijeras sobre los homóplatos y quise que me decapitara al cerrar sus brazos, tras saltar hacia una pileta pero antes diría quiero ver que hay dentro de esas dos piscinas y las piscinas tendrían varios filmes con escenas como esa en la que el ojo de la bruja tuerta muestra como un adolescente muere tras hacerse varias pajas sosteniendo una playdude de 1969 de portada blanca, letras rojas y con mis mayo tocando los tobillos y sonriendo a cámara y en las dos piscinas yo ya tenía pensado ver mi cuerpo levantando la espuma y luego la espalda doblada y formando un ángulo y el agua subiendo en un movimiento eternamente aletargado y también escenas aburridas como en esos filmes donde uno debe poner ff para que parezca un filme de velocidad normal. De todas maneras y al desplazarme sobre sus hombros, creí que buscaba algo en el suelo pues pude ver unos bordes que debían ser la acera y también unos pies que parecían avanzar con prisa. Yo quería seguir sobre los hombros mirando alrededor y el clima era casi fantástico porque el cielo era una cosa anaranjada y pensé lloverá algo dulce y levanté la boca esperando el refresco. Podía estar de ese modo durante varios días, yendo, regresando, perdiendo los sentidos en mitad de la calle o sobre una acera y contando las cosas más graciosas que podía inventar o que otros habrían vivido y eso de mirar bordes y tener la sangre bajando por el cuello hacia la frente. Luego dije, tengo uno y empecé con eso de  

Estaba una pizza llorando en el cementerio, llega otra pizza y le dice:
¿Era familiar?
No, era mediana...

Al parecer luego perdí la cabeza pero creo que fue cuando uno de los autobuses azul cerró sus compuertas.
Luego llegó eso de eres un mentiroso y quise creer que sabía los significados pero muchas cosas venían cambiando desde hace mucho tiempo y yo ya no inventaba nada y tampoco lograba asociar muy bien. Luego pensé que eres un mentiroso me conocía. Todo lo era y todo lo conocía y uno era bajo eres y cono ciento cuatro y cinco y doce. Luego repitió eres un mentiroso.

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