Muchas han sido las horas que hemos perdido de vista el vuelo de pequeñas aves alrededor de los muros. El sitio al medio. Supongo que sus picos ahora escarbarán en sitios menos ocupados o sobre los terrenos fértiles donde suelen celebrarse reuniones masivas, reuniones cercadas por hombres de cascos y cinturones anchos que miran cuerpos alargados y atrofiados. No nos sentimos apenados, de hecho a veces uno encuentra o más bien se encuentra en las miradas y los gestos de los otros, por ejemplo en el modo en que a veces parecemos reírnos de nosotros mismos mordiéndonos uno de nuestros labios con unos dientes tan blancos, tan brillantes que recuerdan a una nube, una nube cortada por una de aquellas bandadas, bandada en picada al terreno oscuro, no existe, creo, quizás ya volaron por la mañana, en realidad nosotros somos las aves, los hombres y los gusanos.
Si este sitio diera una vuelta, si se recostara sobre el suelo oscuro, sería un enorme barco, una cosa sobrevolada quizás por grandes aves marinas nacidas o que salen del ojo de una neblina. El sitio cruzando el concreto y sus rizomas, una vez al día.
Luego estuvimos caminando sobre la terraza que había sido pintada con un color amarillo. Uno puede llegar a ver el sol pensando que ha bajado y a través de su fuerza se ha estampado, se ha vuelto de una materia visible sobre aquel suelo. No usamos lentes especiales para mirarlo directamente pero nos falta muy poco para arrodillarnos, casi estamos seguros de hablarle y pedirle que nos dote de recursos o que nos dé una vida larga y sobre todo apasionada. Yo mismo hago eso, desde un sitio detrás de un pupitre en ruinas, pido, mirando a esa terraza amarilla que no es eldios ni una fuerza divina, que me dote con su física para dirigir el sitio hacia el espacio y si es posible luego hacia su desintegración. El suelo o la terraza amarilla parece responderme incendiándose un poco, casi como si decidiera favorecerme brillando como la cáscara de una pepa dorada. Mis compañeros talleristas han colocado muchas viandas y muchas cajas de cartón rebosantes de alimentos calientes. Hay platos plásticos llenos de cabezas de pescado y cubiertas por salsas hechas con granos, hay piernas de conejo o de ardilla, doradas y oscuras, de piel crujiente y reventada acompañadas con hojas de lechuga junto a un montículo de arroz. Al fondo, pero en el centro, yo estoy de pie sobre filo del sitio, una tallerista levanta una copa dorada y bebe, echa la cabeza hacia atrás para que su garganta se llene de algo que no alcanzo a observar pero que es como oro fundido. Luego ella sonríe pero mira al suelo y sus dientes rebota la luz, quizás le sonríe a la terraza, el dios personal que poco a poco se volverá anaranjado.
Personalmente no me incluyo en aquel buffet que en realidad no lo es, y luego son cientos de platos y huesos que empiezan a llenar el centro de los círculos. En realidad no logro combinar o entender la asociación entre una y otra cosa. Quiero decir que me mantengo en un margen ya que temo corromper el secreto lazo que me une al sol. Luego me siento sobre el filo del sitio y tomo una de las plumas de aquella bandada o quizás una pluma de mi anterior transformación. Una cosa corta, con vetas grises y anaranjadas. No me parece algo espectacular, incluso siento que el ave dueña de aquella pieza debe ser ágil para planear con el viento sobre espacios infinitos y horizontales y al mismo tiempo torpe, aunque la palabra ideal sería complicada, aveágilchullala. Imagino a todas ellas saltando sobre un mismo pez o sobre un pequeño gusano escarbando en un parque y frente al sitio y las pienso observando a hombres de edad avanzada, como si las aves grabaran los surcos y los caminos de esos rostros. Dejo también caer aquella pluma mientras una corriente de aire la levanta sobre mi cabeza hasta ponerla durante varios segundos frente a mis ojos, suspendida. La pluma gira como en aquellos almacenes donde tras un cristal uno observa radios y reproductores y joyas girar en todas las direcciones. Luego la pluma cae y yo la tomo con la punta de los dedos. También uso la pluma como un pequeño remo y ya estoy lejos de la terraza sobrevolando a los talleristas, con una vista horizontal y magnígfica y muchos ventanales han sido abiertos, quizás al mismo tiempo y también abajo hay demasiados autos dirigiéndose hacia el galpón y mucha gente de pie en las aceras sin moverse o caminando hacia los buses y llevando bolsas blancas y tomadas de la mano de los niños.
Al entrar lo hago por un cristal roto. Luego todos estamos riendo a carcajadas, luego todos recordamos como había sido el día anterior en comparación con hoy. En realidad nos burlamos del día, casi lo dejamos al nivel de lo inerte. H empieza con eso de imitarlo y se pone a bailar sobre una de las mesas un ritmo torpe y desagradable que incluye mover el torso y también acercarlo al rostro de los talleristas que formamos un círculo como si nos diera algo para luego de nuevo quitárnoslo. Nos da el día, ese día contorsionado que su baile intenta representar. J también se une a la broma, grita mientras explica algo sobre las cosas que intentan volver. Luego ambos se abrazan como personas ebrias y caminan y cojean y a veces se caen intencionalmente y en el suelo levantan la mano gritando que se llaman jueves pero que nadie los verá en miércoles y luego lanzan patadas al aire o a quienes se han detenido para levantarlos y luego siguen su camino de cojera abrazados y balbuceando. Yo debería estar llorando y yo debería ser uno de esos días que nunca volverán pero solo tengo una maleta llena de páginas que a su vez están llenas de frases que hablan sobre peces y peces que explican la manera de bajar hacia el fondo de un río de corriente baja por la tarde y sin usar zapatos. Acerco mi boca hacia el marco de la puerta para percibir el rumor pero ya ellos deben estar rodando los escalones con sus cabezas abiertas. Momento para llorar digo pero no me sale más que aceite y además sale por los dedos.
Luego estamos contando las cosas que nos sucedieron durante los últimos diez minutos, cosas sin importancia y dado nuestro misterioso desbordamiento, casi todo el diálogo se vuelve cortado, casi estamos pisándonos todo el tiempo. Hablamos y eso parece saludable y al mismo tiempo siento que cada tanto entramos y desde el hombro de uno u otro controlamos lo que está por suceder, lo que vendrá. Varias veces durante esos momentos digo cosas o alguien dice lo que estoy a punto de decir pero también me digo interiormente que qué bueno que lo haya dicho por que ya no iba a compartirlo. Se evidencia cierto malestar o es que el marlboro se ha tomado ya los rincones donde antes había algo de aquella terraza, humo sobre dorado, de aquel sol tomado hace algunas horas. No es mi intención pero al quedarme de pie en cierto sitio frente a la ventana cubro parte de la luz y una sombra larga nos acompaña. Se dibujan nuestros perfiles suavemente recortados en el piso que sigue siendo cambiando, es decir, sobre un subsuelo que pronto será cubierto, ya son meses de arreglos. También las habitaciones parecen desocupadas. En uno de los muros un número cuatro nos recuerda donde estamos, dentro de toda esa vejez aquel número grabado en bronce recuerda un siglo de opulencia o cosas que se han desmadejado. Quiero el secreto, vivir cien días seguidos, cien números para fabricar cien años, cien veces contarte. Esas cosas las dice o están escritas en un muro pero yo las oigo mientras bajo colgado del cuello o los hombros de alguien con el rostro pintado de un azul que no es eléctrico ni tampoco tan profundo como el azul de esos filmes donde la noche lo cubre todo dejando solo siluetas o luces brillantes de autos que se acercan hasta apagar los motores. Luego estoy cayendo sobre un escalón hasta cuando me toman o me levantan para no hacerme daño y tampoco abrirme la cabeza con uno de los bordes y luego camino como dentro de un pantalón oscuro o debajo de un sombrero tibio que cubre mis ojos pues me encuentro al caminar tropenzando varias veces y pisando mesas y escritorios y chatarra y ruinas fuera de las habitaciones. En realidad no sé hacia dónde me dirijo.
En una de las filas me explican que el hombre de uniforme blanco ha preguntado a varias personas pero nadie se ha decidido. Luego me mantengo de pie pero también una gran ola nos cubre y casi siento que la sal se disuelve y llena mis encías. Luego me veo de pie, entero y no puedo dejar de extrañar que mi cuerpo no se haya disuelto tras los litros y tras el agua carbonatada y el gas de los congeladores. Entonces sucede y también recuerdo que alguien me había levantado para no abrirme la cabeza al caer cerca de un gran escalón y sus manos eran suaves pero más cuando aplastaron mis testículos y más cuando entraron en los dientes como si fueran un gel. En un reflejo observé que esto último no había pasado pero por el contrario, otro yo, uno de aspecto siniestro ese momento colocaba varias bolsas en uno de esos autos o coches de acero y luego las paseaba en el galpón. En una mano sostenía mis ojos como si fueran un pescado, un esqueleto en todo caso. Al voltear no miré a nadie, solo a personas con gruesos abrigos y con trajes planos, ropas que parecían cartón. Todos lucíamos de manera similar pero también teníamos once dedos y algunos hasta tres brazos.
Afuera los autos daban vueltas y solo faltaba que alguien encendiera una fogata o un gran fogón dentro de un viejo basurero de acero y luego pensé que Madmax o Rayloriga llegarían en un auto con el motor a la vista con eso de que han hallado un pozo infinito a tres días de viaje. En realidad esas cosas ocurrían en uno de los televisores que reproducía una de esas cintas y la traducción dejaba escuchar los quejidos cada vez que alguien era alcanzado por una bala aunque la mayor parte de tiempo se tiraban flechas o dardos y uno de los hombres usaba un bumerang que era un pieza de madera con forma de letra v. Luego el hombre tiró el bumerang y al regresar le cortó todos los dedos de su mano. Un niño con una máscara o quizás era la cabeza de un coyote que usaba como sombrero o como máscara recogío los dedos y el bumerang para después aullar con felicidad y dar dos giros de esos que se llamaba mortales. Afuera gritaban sobre los días rojos y sobre la nieve que no era tóxica. Varios hombres habían sembrado un bosque de árboles miniatura que brilllaban como si estuvieran hechos del pétroleo que cada día llegaba en forma de electricidad a las casas del barrio y también al sitio, estábamos todos muy cerca y los árboles verdes nos hablaban. Intenté buscar la tierra pero eso árboles debían estar sembrados en el aire como eso de lo hidropónico. Luego me arrepentí de no haber cursado un taller de genealogía de bosques y luego me convertí en una maceta de barro al caer sobre el filo de un coche. También pensaba que estaba un poco cansado de tener un cuerpo hecho de un material que se disolvía pero esto no sé si lo pensé y tampoco recuerdo haber tenido un árbol metido o cruzado cuando fui una maceta.
En los muros estaban escritas esas cosas con letras verdes o azules y con aerosoles y luego pensé que todos pueden darse un baño de aerosol y que debería ganar mucho dinero anunciando por televisión las bondades que ni yo mismo conocía de los baños de aerosol. Una de las paredes empezó a llamarme pero yo estaba buscando algún peldaño sobre el cual colocar los huesos y la carne y el marlboro pero todos los pisos habían sido bajados o nivelados como si alguien quisiera que yo no me sentara con mis huesos o que nadie levantara los pies, la cosa horizontal pero luego pensé que cómo diablos iban a alcanzar los pisos superiores pero recordé el gran orificio y la caja futura. La caja futura estaba claro que sería un sitio ascéptico pero aún no existía. Por eso mismo observé como las paredes se llenaban con mis nombres y con eso de que yo era un mentiroso y casi me emocioné hasta que la garganta quiso tomar un taxi, observando con dudas como mi nombre era bien conocido, mejor me dije, de lo que yo mismo me conozco, pero luego pensé que eso era imposible porque ya hace mucho tiempo había decidido que no quería ya conocer nada. Así estuve durante quince minutos que bien contados fueron tres horas con la cabeza abierta y con los muros contándome sobre misioneros y ríos y peces y sobre despertarme en la madrugada. También me quedé dormido abrazado a una piedra creyendo que era un escalón y en el sueño caminaba hacia el taller, en el camino cambiaba la primera letra y luego las paredes mostraban bentiroso, pentiroso, fentiroso, y no sé si soñaba o eran las siete pero alguien tenía la maleta sobre una silla azul y luego eres un mentiroso.
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