Eso de ser inmortal ya no me estaba gustando, ni flaco, pues, intentaba caer
y romperme algo pero solo lograba la inconsciencia y además pasaba noches
enteras girando en mitad de la cama, y entonces una noche descubrí que quería dormir en la
mitad del colchón, quizás entre los resortes o no lo sé, quizás con los brazos
y las piernas abiertas como el hombre de Vitrub así que hice eso de la equis sobre la cama,
pero no pude transportarme hacia el interior así que dije que sería buena idea
llamar a Leonardo, para que me fabricase un cuchillo o un destornillador o alguna cosa para abrir el colchón. De todas maneras quedaba descansar demasiado pues ya eran varias semanas
en que poco a poco, todos los talleristas nos habíamos contagiado del insomnio,
solo unos cuantos habían corrido del sitio apenas sintieron esa presencia ya inevitable.
Recuerdo una tallerista, a la que le faltaban dos créditos para terminar con su
investigación, la cual sin decir una sola palabra dio vuelta y bajó los
escalones cuando todo el sitio tenía la apariencia de siempre, y al mirarla, y tras llamarla algunos quizás solo recordásemos que caminó como si fuéramos voces en mitad
de un mar y eso era como empujarla o como cubrirla por otro otro mar. De todas maneras no era la primera en salir del sitio, pero nosotros
sí que estábamos siendo dominados a diario por la larga enfermedad. La enfermedad
empieza con síntomas de cansancio y quizás se torna y se propaga en actitudes amenazantes
que no pasan de ser juegos que parecen bromas, y que definitivamente son más
amenazantes que reales. Lo extraño, la eficacia de la enfermedad radica en su
duración; alguna vez escuché decir que las personas de cierto pueblo
habían sobrevivido tres años sin dormir; yo creía saber que la vida en los pueblos era algo similar a un
retrato oscuro matizado de días que carecen de un valor que no sea el de mantener a salvo el orgullo. Sin saberlo íbamos por un
camino similar, y varias veces nos encontrábamos unos encima de otros, tomados de
los hombros o intentando ahorcar a la otra persona usando su bufanda, usando las
piernas como tijeras, recuerdo varias veces en que al mirar al tumbado esperaba
que no cayera nada más que aquellas aguas filtradas pues no tenía otra
energía, ni siquiera la necesaria para defenderme o cubrirme. Sin embargo, siempre encontrábamos
a talleristas inconscientes en medio de la mesa aunque, quizás otros se
fabricaban técnicas para engañar a la enfermedad aunque esto, también era pensar con delirios o casi dormidos.
Nadie podía engañar a la enfermedad pero quizás lo más parecido era,
adelantarse a ella, esconderse. Parece que la primera enferma fue una
tallerista de los barrios cercanos a Amaguaña. Otros dijeron que ella, tuvo
algo pendiente en una institución de créditos donde realizó una investigación,
algo respecto a porcentajes, en todo caso algo financiero y quizás algo menos importante, tomado como algo grande, sin embargo se la
miraba llegar a deshoras, siempre con pretextos o explicaciones que nadie había
pedido pero también sería por lo evidente de sus faltas; semanas enteras por las que
los hombres de corbata azul nos preguntaban como si no lo hubieran hecho ya antes. Algunos llegamos a suponer que estaba cerca de
emprender alguna inversión de riesgo, y que esa era su verdadera profesión, un
poco manejar cosas por aquí, un poco vender y revender, chulco a baja escala. Varias tardes salimos a
comer junto a otros talleristas, pero era más lo que callaba y por un impulso,
quizás, muchos decidimos que era mejor tratar de entenderla en eso que evitaba.
Con el tiempo las cosas fueron menos esclarecedoras, o sea, poco había que descubrir, y dos años después su aspecto era algo
siniestro y en verdad asistíamos a un deterioro, ella y nosotros y la gran
habitación, y quizás eso era lo que todos queríamos y lo que ella quería para sí.
Tal vez coincidimos todos en varios asuntos al mismo tiempo, y quizás todos
estábamos más en otros sitios y esos sitios no podían salir de nuestra
habitación. La habitación fue adecuada para brindar los mejores servicios y
apenas nosotros empezábamos a adecuarnos a ella llegaban las cosas inaceptables,
y las desapariciones. Primero eran las cortinas que tras su falta ya no nos protegían
de los soles de mayo, cortinas bien pesadas que nadie explicaba cómo lavar o planchar y era que llevaban semanas desaparecidas. Luego el cambio de asientos, de lo individual a lo grupal,
entonces tuvimos que realizar trabajos aunque casi siempre, en esas bancas sillas azules
dobles, trabajaba el de la derecha, y el otro, junto, realizaba un ejercicio de aplicación, y luego el
primero comprobaba si existían avances, y luego el otro daba la vuelta a la página para desplegar cientos de preguntas y entonces se levantaba a consultar con otras parejas, dos personas podían aprobar mejor que una.
Luego estaban las desapariciones de los aparatos inalámbricos, portátiles, cables, cedes de arranque y lentes de proyección. Enumerado esto y de esta manera, se constituye en documento infamemente
histórico, pero, visto como lo haría un tallerista, en ese momento, resulta en otra lectura.
Los talleristas apenas nos estábamos acostumbrando o quizás si apenas habíamos
añadido estas informaciones y, sin aviso un día, todo fue un correr en otra dirección.
La única dirección, supongo. El centro, nos habían advertido al inscribirnos, sería sitio para el
esclarecimiento de ideas y para la práctica de diseños que podían no ser
anticipados. Entonces nació la pregunta, y en ella, a veces, para alejar el insomnio,
nos concentrábamos.
La pregunta era eso de sí acaso el gran sabotaje era una orden central.
Luego todos éramos posibles culpables, y sospechosos, y pasábamos de ser
saboteadores a delincuentes, y de empleados públicos a traidores, era como saltar de a a c y
de b hacia cualquier lado y eso era bien desgastante. De todos modos
pensamos que las desapariciones podían ser resueltas a través del circuito
cerrado de teve, pero, eso de comprobar que algunos eran o éramos funcionarios
encubiertos, necesitaba otra lógica. Sin embargo en los pasillos siempre se
encontraba a talleristas hablando de cosas y preguntando sobre trabajos,
saldos por caducar, dineros o préstamos de una o dos horas de talleres, cedes para presentaciones orales, listas llenas con firmas y números del trabajo social, y si uno se ponía a sospechar, podía inferir varios motivos y varios modos de ser íntegro sin serlo realmente. Con el tiempo aprendí a decir que no trabajaba en nada y que
tenía unos ahorros de los cinco años que viví en la embajada, en Montevideo. Luego añadía, de modo atropellado, que
si era posible nunca trabajaría en nada y que me iba a dedicar a criar animales
y a sembrar mi comida, así tendría algo de tiempo para la producción artística. De
todos modos en ese tiempo ya todos estábamos con la enfermedad y nada se quedaba en la memoria, y era como vivir en medio de una nube que salía o era el producto que quemaba en mitad de nuestro cráneo.
Es decir, quemar, y la nube, y la enfermedad, era, este momento.
Mientras más preguntábamos, más cosas inexplicables aparecían, pero, ahí éramos,
varios, los que coincidíamos con los orígenes de las cosas. Luego un día
intentamos contactar a la tallerista que alcanzó a abandonar la nave pero fue
inútil, y eso que todos manejaban bases extensas y bastante detalladas de datos; yo también había diseñado una sistema de datos pero era evidente que llevaba
otro nombre y otro avatar, y esas cosas impedían una comunicación fluida pero mi intención era
la de salvaguardarme del insomnio, aunque, ya todo seguiría siendo inútil.
La tallerista podía darnos alguna solución, aunque, era más probable que el
no tenerla hubiera motivado su escape.
Luego estaba parado frente al gran orificio pensando en cómo será eso de
sentir los huesos rotos y en eso de mantener los ojos abiertos durante algunos
minutos y luego eso de la pérdida de la luz o quizás algo como los años de vivir dentro del orificio
sin que nadie sepa algo ni nadie se lo pregunte. A un lado del gran orificio
habían, varios paneles con botones que no servían para nada y que al apretarlos
hacían un ruido como de bisagra vieja. Muchas personas caminaban sin prisa pero
tampoco con demasiada emoción pues yo estaba casi dentro del orificio, con una
pierna estirada, como si fuera a probar por mí mismo, qué tienen dentro los orificios que unen
los nueve pisos de un sitio; pero nadie decía o dijo algo como ten cuidado que puedes perder el equilibrio y entonces me
decía o me dije que quien mejor que yo para hacerme
perder el equilibrio pero ni caía, ni me volvía hacia atrás y simplemente
seguía en un centro o en equilibrio como un paracaidista, y creo que apretaba los botones y nada ocurría
y luego colocaba los dos pies en el suelo y entonces miraba a los escalones y
le gritaba al primero en aparecer que si
estaba de bajada, usara la vía rápida y mi mano le señalaba el orificio y ojalá me decía, alguno tomase el agujero para tomar el tiempo como gaseosa anaranjada y un poco para hacer algo
distinto, pues, últimamente, todo era similar, las horas, las ventanas, el insomnio que duraría un año más, como
mínimo, esas cosas a las que estábamos o estaríamos volviendo ya acostumbrados, y a las
que vivíamos o viviríamos con cierto temor y cierta irresponsabilidad. Varias habitaciones
semi vacías eran su resultado.
Eres un
mentiroso durante
algunas horas pero quizás fueron dos o diez minutos, pero ningún sonido podía
extenderse por tanto tiempo; eso de la acústica pero quizás debíamos estudiar
algo con respecto a los campos cuánticos, y, eso de las posibilidades de juntar varias
trayectorias.
Eres un
mentiroso y luego
estaba en un escalón y luego eres un
mentiroso y estaba con un marlboro y no sabía como encenderlo y eres un mentiroso y pensaba en amaguaña y en una caja con una galleta roja impresa en un cartón de trigo
y quise comprar una chaqueta en llamas, y luego una
piedra también en llamas.
Eres un
mentiroso
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