Ninguna cosa estaba en su lugar original. Parecía una alucinación. Mis dedos eran muchísimo, bien cortos. Los pisos de cada una de la plantas estaban fuera de posición, en palabras técnicas desnivelados; a qué hora sucedió? Quizás llevaba ocurriendo ya varios meses y como uno es bueno con los números y con eso de contar las cosas diría que quizás se trataban de dosmil o tresmil horas, suficiente, dije o pensé, pero, y extrañamente, el edificio, entero, seguía, era parte del gran rizoma gris y alargado que se extendía en forma de ciudad.
Quise que dijera alguna cosa sorpredente, algo similar a las frases que uno lee mientras viaja dentro del gusano rojo, de pie o arrimado. Cosas como de tu pánico y de tu tristeza depende mi felicidad. Sé, por experiencia que esas cosas solo se pueden observar en los baños o en los muros de lugares extremadamente lumpenescos, quien sabe, abajo, junto al teatro Uv. Quizás pueden aparecer grabados sobre la madera de las puertas de una iglesia, con letras grandes, como si se tratara de un edicto y del desafío a la majestad y a sus impuestos. Como los muros lucían libres o pulcros decidí escribir la frase en la mitad de dos pisos, en el sitio en que se unen o parecen juntarse por obra de las gradas y los pasamanos. Luego verifiqué y apenas si hacía falta girar la cabeza y observar las letras hechas con grafitos brillantes y grises, letras alargadas como huesos o como los dedos de un dibujo animado que dentro de un horno eléctrico ha empezado a derretirse. Si por mí fuera, si de mí dependiera habría esperado toda la tarde a observar cuántos hombres de corbata azul y cuántos de los talleristas se detenían. En realidad esperaba que alguien saltara por la ventana, una ventana cubierta por un marco con forma de cruz o incluso y ya en el clímax de lo absurdo creí que alguien empezaría a llorar y a buscar a quien abrazar con fuerza, con toda la carne fuera tras leer el muro. Apenas terminé de escribir y bajé uno o dos peldaños para observar la obra y fue que alguien que parecía uno de los hombres de corbata amarilla se detuvo a dos pasos de mi espalda. Con una característica y desconocida flexibilidad hice como si nada ocurriera e incluso tras girar, me permití decir algo inteligente como buenas tardes subinspector, ya el taller de ciencias ha entrado. De todos modos luego estuve trepado sobre los hombros de alguien intentando girar su cuello pero esto debió suceder al hacer fila en el galpón. Alguna cosa atemporal como esas imágenes de las cabezas de otros logró entrar en nuestras retinas o quizás se coló en el piso a través del orificio y luego yo estaba de nuevo con dos pisos o dos momentos similares pero poco entretenidos y supongo eran dos edificios en sitios opuestos o quizás era la terraza y el basement. Intenté encontrar la parte cómica de ser una especie de pan en medio de dos panes o de piso entre dos pisos e intenté reír pero no logré contagiarme por mi propio humor extraño. Mientras sucedía ya habían dado vuelta y ya llevaban varios minutos tomados de la barra o del marco de otra ventana, esperando que el edificio siguiera en pie o quizás dando pequeños golpes para que todo dejara de sacudirse hacia los tumbados, supongo que empezó mientras bajaba en los hombros de alguien. También quise decir algo inteligente para escuchar alguna respuesta tonta o poco pensada, algo como que día espléndido y eso que parece septiembre o algo como más sabe el hombre de los zapatos que los zapatos de un pescado. Supongo su cabeza estaba llena de arena y agua y en realidad quería escuchar que alguien también dijera mi cabeza está ocupada por una gran burbuja que parece inflada por el jabón ya que anoche me lavé los dientes con cloro y cepillé mi cabello con la esponja de la cocina.
Las cosas sorprendentes ocurren cuando caes hacia el tumbado y observas que todos tienen ojos y narices y corbatas y un estampado de los calzoncillos rojos de mickeymouse, idéntico a uno que acababas de lavar o dibujar y camas y alimentos en lata dentro de bolsas plásticas en la mitad del refrigerador y entonces te dan ganas de tener las medias y los pantalones planchados y la alfombra aspirada y varios niños conduciendo autos de supermercado, siguiéndote no en fila, sino, en un desorden como si fueran abejas o las bolas en una mesa de billar que provoca, a su paso, la desaparición de las personas que han ocupado las filas y que conducen los coches en el gran galpón. Una especie de piara de cerdos negros o de caballos de páramo o esa cosa autonombrada la guerrilla no negocia con ningún gobierno. Imagino los uniformes rojos y un rehén (yo) en el frente y atado sobre los coches de ruedas y acero y secuestrado y torturado (comillas) por esas pequeñas manos, manos que amenazan con hacer un nuevo orificio y esas cosas de niños siendo grandes.
El orificio del sitio tenía décadas de antiguedad. Así como el sitio. Más que el sitio. Se notaba la ausencia de controles y sobre todo el abandono. Sin embargo alrededor, cada fin de semana, los talleristas novatos continuaban sus combates sobre una pileta que ocupaba casi una hectárea del sitio, en la parte cercana a los hospitales y la estación del metro. Esa construcción tenía un sistema que mantenía el fluido constante del agua, flujos de pequeños chorros, cientos, que giraban a través y alrededor de un juego de luces submarinas. Una ocasión casi a medianoche algunos talleristas nuevos estuvimos metidos en aquellas aguas y caminando sobre las luces submarinas, sin ropa, abrazados o mirando como orinábamos, con los cristales llenos de una bébida tibia o a veces demasiado caliente, mirando también como bobos como las luces giraban y entendiendo y comparando a los hombres y luego pidiendo que llegara un taxi. Luego alguien metió un taxi en el sitio y todos fuimos arrinconados detrás de una cámara de vídeo y luego todos perdimos la memoria por lo menos dos años. El orificio seguía vivo o esperando las cajas o como si necesitara
un severo choque eléctrico como cuando uno de los futuros autobots encuentra el cadaver del viejo Prime. Claro, todos pestañábamos al recordar el agua a media noche vista al medio día, y eso sería luego de los dos años de amnesia.
un severo choque eléctrico como cuando uno de los futuros autobots encuentra el cadaver del viejo Prime. Claro, todos pestañábamos al recordar el agua a media noche vista al medio día, y eso sería luego de los dos años de amnesia.
Ayer intenté hablar con esos muros pero solo recibí una descarga similar a una explosión y era como escuchar que vibraran o era que tenían algo dentro. También era como si el aire apenas fuera perturbado. También pregunté casi gritando dentro de una habitación que había sido desarmada si sabría qué esperábamos. Llevábamos horas y todos aprovechamos para desatender nuestras obligaciones y pronto muchos talleristas llegaron de la mano o la cola de pescados a medio cocer. El profesor miraba la situación pero también pasaba brevemente las páginas de una publicación que alguien había colocado sobre su escritorio. Una de esas revistas impresas en los talleres de los centros de educación avanzada, algo que contenía eso de Las investigaciones dominadas por el discurso de la opinión y la traducción. Cosas hechas para olvidar que hay cuerpos húmedos y sin brazos sentados arrimados sobre las sillas y con lápiz en la mano, o en las colas. Más bien olvidé todo y traté de formar mesa y el trabajo giró en torno a las varias fotocopias que apenas empezábamos a resolver. Preguntas sobre el uso del latín o sobre Giros en los textos sagrados durante los siglos XV y XVI. La verdad es que nuestras caras luchaban por no quedar pegadas en el tumbado como si se trataran de sombreros que acaban de volar como en las caricaturas de Pepo donde un viento inesperado parece empujar a los muñecos de lápiz hacia el otro lado del cuadro o hacia la siguiente viñeta. Nuestra viñeta difería de esta broma porque en realidad nuestras caras luchaban por parecer rostros humanos o como si acabaran de despegarse de las mesas.
Preguntamos al unísono la veinteydos, la veinteyseis, la treinta, la cuarenta y dos, y por poco logramos mantener las cosas en su sitio. Los borradores de goma volvían como avesmensajeras trayendo firmas y números extranjeros sobre sus lomos y yo los pasaba a mi agenda y las sillas aunque reclinadas nos dejaban alcanzar sitios inesperados como la fila del centro. Así también resultamos ilesos frente a las colaboraciones inesperadas del resto de talleristas quienes tiraban sus fotocopias en nuestras mesas sugiriendo que si las resolvíamos (sus cuestionarios) terminaríamos bien pronto.
Al ponerme de pie todos hicieron lo mismo y procuraron devolver las fotocopias pero sin lanzarlas pero los demás esperaban en el pasillo. Eso quizás lo imaginé porque en realidad estuve rodando sobre los escalones y luego flotando o sostenido por la mano de uno los fabulosostennenbaum que también había colocado un esparadrapo en mi frente. Cuando la alarma suene, dijo estarás perdido. Yo pensé, con algo metido o colgado entre las piernas, que se refería a la música de esa canción llamada Perdido en mí, luego eso que estaba colgado o metido entre las piernas apareció o brilló en el marco de una de las ventanas, quizás en el piso número cuatro.
Al escuchar sus cosas me dieron ganas de salir y tomar un colectivo hasta su casa para que tomara el volante o para que lleváramos al autobus a dar algunas vueltas sobre la línea del tren que acababan de inaugurar y eso sería el viernes o eso sería pasando lasso. Quise que tomara tres o más días subir hacia la cima de aquella montaña salvaje o gibesca en medio de Riobamba y quise que todos los hombres ocuparan los vagones y todos humedecieran las galletas y el bizcocho en una taza rebosante de cocoa hirviente. Imaginaba a hombres antiguos con rostros zurcados por líneas como grandes mapas de alto o bajo relieve, cubiertos por sus ponchos rojos con los dientes ya podridos y con las galletas, cubiertas por chispitas, saliendo por las comisuras, las migas. Los miré sonriendo y con los ojos encendidos pero a la vez grises y quise que en ese viaje ellos comieran mis brazos y mi cuerpo como en esas novelas donde una especie de hombre sin dientes decide oler mejor que todas las cosas, mejor incluso que el ano de un caballo y termina dentro del estómago de uno yl uego pensé que no sería justo intoxicar a esas personas que debían saber poco de trenes y mucho del tiempo y poco de sombreros negros y de vendajes negros en una mano quemada por algo a gas, como la mujer en la novela de márquez y mucho sobre filas para trocar una cabeza de lechuga por una caja de jeringuillas cubiertas con números y vocales con dos o más tildes. Además pensé que un cuerpo inservible como el mío, además, lleno de cosas inservibles como palabras y signos de puntuación saltando por los ojos, sólo serviría para iniciar una especie de teoría sobre un monolito y sobre los monitos cuando empezaban a comunicarse. Mientras todos subían la montaña, y eso era a mitad de la costa o de la sierra o de ambos, yo miraba uno de los muros cerca del agujero donde poco a poco iban apareciendo las frases que ya conocía. Duró mucho menos de lo que esperaba y fue en silencio o en medio del ruido de los hombres sorbiendo la cocoa. Luego el monolito se dirigió de un impulso hacia el sol y luego lo traspasó como un dardo a una tira de queso pero antes nos dejó cerca del sitio, y yo miraba el agujero y luego siguió hacia el sol o ya venía de regreso y leí de nuevo eso de eres un metiroso.
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