3/1/14

Pozo que llena el tumbado del sexto piso

De algún modo me veo desde esta silla persiguiendo cosas que no pueden verse, es decir, corriendo tras mis pasos. Al tirar hacia un lado el aire se vuelve un metal, ya sabe, esas cosas capaces de golpear e imposibles de levantar; pienso en similares, placas, bloques o grandes muros de hormigón como para cubrir un sitio. De alguna manera me veo corriendo detrás de algo que lleva dos o tres pasos de ventaja, es decir, al dar vuelta sus pasos que estaban ya han sido borrados y al volverlos a descubrir ya la tarde se ha vuelto un cielo anaranjado, una nube rosada y brillante, algo fantástico pero al mismo tiempo siniestro. Qué ocurre cuando algo de aquel gas baja hasta llenar las pupilas y hasta volverse sólido y pesado e incapaz de ser levantado por los delgados brazos? Ocurre, sucede que toda la voluntad se diluye hasta correr entre los dedos de forma que uno parece cargar en los pies con un charco, algo similar a lo que sucede con niños o con ancianos que cubiertos con una toalla dejan la pileta, el lago, o una ducha; la mancha, el charco, el líquido bajando, derramado, filtrado.

A pesar de la imposibilidad de mirarlo, el charco da prueba de su existencia. Antes, hace tres semanas yo estaba seguro de que las filtraciones en los tumbados se debían a tuberías y quizás al reacomodamiento de los pisos, para nadie es extraño que llevemos más de dos meses en un estado de semidesintegración con polvo, acero y varios kilos de escombros que parecen ocupar muchas de las aulas y las habitaciones, supongo que pronto realizaríamos un taller detallado sobre rocas, a fin de cuentas arriba quedan laboratorios de biología, de edafología, quien sabe tanto muro roto sirva para elaborar algún tipo de componente igual de sólido pero reciclado. De todas formas pensaba que las filtraciones y los continuos charcos debajo del alfeizar o debajo de los escritorios de las habitaciones administrativas tenían un origen estructural, y ers cosa de los primeros hombres de casco amarillo en los años cincuenta. Luego uno se va dando cuenta de la horrible responsabilidad de caminar durante seis u ocho horas alrededor de aquella planta. Nos hemos detenido frente a uno de los pequeños puestos de caramelos y he dicho algo sobre llevar dos y he sacado un montón de monedas que no alcanzarían ni para un cigarrillo y sin embargo en las manos tenemos ya un encendedor y algunas mentas dentro de envolturas azules. También hemos encendido nuestros cigarros y hemos dicho algunas cosas sin movernos o arrastrando los pies como si no quisiéramos ir hacia ningún lugar, esto es común pero al mismo tiempo nuevo, sorprendente pues, por lo general pasamos más tiempo yendo de arriba a abajo o entrando a las oficinas solo para perturbar o para pedir cosas que no necesitamos. Antes de bajar por ejemplo dejamos un poco de algún charco en el piso de madera del salón más grande del quinto piso. Luego está esa ceguera a la que me aproximo, quiero decir, quizás son años ya de cargar con aquella poma agujereada por la cual los tumbados andan inundados y gracias a la que los pisos inferiores se han convertido en una especie de cuevas, a las que ya solo faltan murciélagos y quizás algunas estalactitas... cosas creciendo de abajo hacia arriba y quien sabe, por el modo como se agita el edificio y la ciudad cada vez que algo grande ronca, de derecha a izquierda o de un lado hacia otro. Ahora ya da lo mismo inundar algo o nadar con peces del tamaño de una ascensor, imagino que aquellas cajas de acero bien podrían flotar o ser llevados por alguna corriente subterránea de manera hermética. Dos o tres personas dentro de ellas consumiendo el oxígeno hasta que se vuelva necesario buscar uno de aquellos lugares altos, muy altos, donde el sol ha sido cubierto y solo se observan nubes grises y relámpagos reventando en sitios inalcanzables, de alguna manera observo tres rostros o varios pares de ojos que parecerían esperar la mano que los levante, los alimente y los coloque sobre sillas reclinadas frente a un sol rojo que extrañamente calienta sin quemar, un sol que al mismo tiempo parece estar a tan solo unos kilómetros de la tierra. Imagino que aquellas cajas pesadas sobre el agua no son más que hojas de papel o incluso pequeños troncos o virutas o acaso cortezas de un árbol que lleno de musgo o líquenes ha sido atrapado en el fondo de aquel aún inexistente océano. Si sucediera, y eso nadie esperaría, abajo me abrazaría a aquel tronco hasta transformarme en uno de sus líquenes. Ya estoy convencido, es imposible levantar una de esas cajas, el hormigón se encargará de volver mis huesos en el legendario polvo.

Cajas con paneles de botones que no encienden.

Lo ha dicho del modo más sincero posible, en realidad lo ha dicho de varios modos y todos parecen querer decir lo mismo, lo ha dicho de espaldas, mirando hacia la calle y hacia los autos o quizás mirando hacia uno de esos lugares a los cuales uno se la pasa la vida evitando pensar y mucho menos ir y mucho menos hallar por accidente. Varios negocios sobre la acera repiten exactamente las mismas ofertas, luces parpadeantes dentro de pequeñas cajas de cartón o figuras de mazapán con los brazos en alto o en posición de recibir una bomba, como si arrodilladas esperaran la caída del sol amarillo que está a punto de despedirse y el cielo anaranjado. Aunque lo haya dicho una sola vez, en mi cabeza pareciera haberse formado una de esas cadenas largas, dentro de las cuales varias semanas son apretadas y ordenadas en una insoportable cortina de retazos. Varias veces y desde distintas posiciones, yo mirando una boca que parece a punto de tragarse toda la cuadra tras haber quedado vacía, una mano llena de muchos dedos, dedos hinchados y casi azules moviéndose con la agilidad de un caracol aunque más cercana es la idea de una de esas babosas comunes en esta época de lluvia, intentando llegar hacia un sitio más oscuro, sus dedos, liberando al resto del cuerpo como si se trataran de enfermos contorsionándose en mitad del estacionamiento, dedos dentro de un monedero. Supongo que mientras esto sucedía y mientras escuchaba que repetía aquella frase desgastada y desconocida varias personas terminaron bajo las ruedas de los muchos, de los millones de autos detenidos en una fila que duraría más de diez años, un hombre de pie en mitad de ellos parecía conducirlos. Imagino a esas personas sosteniendo sus bolsas blancas y tomadas de los guardachoques a fin de ser llevados o alcanzados hacia un lugar cerca de sus casas o de sus trabajos, quién no aprovecharía ser arrollado para de paso recibir uno de esos aventones? Lo que observé fue la mitad de su rostro, un rostro recortado casi con un rotulador de una manera tan eficiente, de modo que todo detrás no fueran más que sombras o siluetas sin forma, desenfocadas y delante sus huesos y sus esquinas. Recuerdo esas cosas que no duran más de dos segundos, menos, imágenes recurrentes, todo aquello antes de escuchar lo que yo ignoraba. Supongo que lo habrá pensado en aquel momento y todo detrás ya era una sola mancha oscura y blanca y brillante o gris al mismo tiempo, de ahí que uno pensaría vino o llegó la fuerza necesaria, como si para decir lo siguiente fuera necesario quitarle el color al gran mercado alrededor y al hacerlo añadirle el combustible del millón de autos sobre los cuatro millones de brazos y piernas que sostenían las bolsas blancas.

Quizás un hombre vestido con un uniforme blanco y una boina blanca preguntaba si alguien deseaba aprender cómo hacer panes de canela.

Eso fue lo que dijo. Eso estuvo dentro de cada una de las bolsas y mantenía llenos los tanques de los fiat de los compradores que hacían filas y que miraban las pantallas donde varios hombres de verde firmaban documentos y viajaban sobre una caja en forma de ascensor. Todo aquello también parecía estar escrito en algún sitio al que ahora ya no parece posible volver. Cómo diablos debe ser ese sitio? Eso me pregunto, pero también recuerdo que tras escuchar sus cosas, o mis cosas, muchas, demasiadas y desordenadas preguntas hacen fila o columna, siempre una nueva intenta colarse en una de las filas columnas a las cuales veo detrás de una ventanilla de cristal, con la cara de una persona que desea ir a almorzar o salir a fumarse un malboro o un parliament o quizás también volverse pregunta y también hacer fila o hacer columna. Una sola vez parece haber dicho aquello, pero aquello parece haberse vuelto una cosa total y múltiple, algo que parece no conocer fin, sino, que parece en sí el relleno de las cosas, queso y ritz. Luego creo caminar cubierto de aquel centro, atractivo de algún modo, centro que vuelve las calles y las aceras en sitios oscuros pero le da a uno la apariencia de esos seres fosforescentes y heróicos. Lo mismo sucede al pasar a través  de la garganta, todos los órganos se inflan o se inflaman volviendo más fuerte, más intensa la experiencia de exhalar o el tomar asiento en el autobus. De eso se trata, eso es exactamente, ese es el Ki, frases que entran para quedarse e interiores que inmediatamente, casi activados por un botón se vuelven la fotografía, la piel misma. Ahora no es hoy, con solo dejar de respirar el aire se vuelve agua y el sol deja de quemar hasta que la boca lo mastica y le arranca la superficie que de lejos, y tras las mordidas ha dejado de ser regular. Luego escuchar la misma frase, luego dejar que el cuerpo se transforme en uno de los libros y que de los pies comiencen a brotar ramas y hojas hasta ser cubierto por el charco. Y luego brillar azul en la punta de los dedos. Y luego eresunmentiroso.

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