7/1/14

Arquería

Al mirar no pude dejar de buscar objetos. De un modo bien rebuscado, logré transformar cada una de los nociones que tuve delante. De este modo, en unos minutos estuve al fin encontrándome en un sitio radical. Estos sitios parecen o tienen la velocidad de las aspas dentro de un vaso de cristal, aquellas cosas de acero que giran rebanando y volviendo algo en su opuesto. Si antes yo deseaba tener tiempo, ahora el tiempo buscaba la manera de rodearme, si antes yo lucía como una piedra, ahora, al girar dentro del vaso, bien podían mis palabras ser parte de un diccionario, de una hoja dentro de un portafolio en una oficina de administración y tránsito y, sobre todo, los pies dentro de un par de botas en mitad de una playa frente a la cola de una ballena blanca.

Las cosas vistas desde este sitio adquirían todas las apariencias desconocidas, así, lo evidente era transformado y dividido. Una de las muchas tardes, del cielo y las nubes ya no caían gotas, quiero decir, ya no había cielo, el ruido y todos los motores estaban dentro de la montaña, cualquiera de las imágenes que pasaban por televisión a esa hora, hora de terceras y cuartas válidas, en que debía estar en el taller se parecían a mis compañeros, a las bocas y las oraciones que llenaban las hojas del cuaderno, a los brazos y piernas y cascos y mandiles y sus martillos. Esta programación era total, era permanente, y sucedía en todos los canales. Es verdad que yo estaba en el salón o un salón pero al mismo tiempo creo que algunos pasábamos o habíamos encontrado un modo de no estar allí. Parpadeé con verdadera fuerza, intenté descubrir el origen y el diámetro de aquella fascinación. También en varios momentos miré hacia todas las direcciones procurando encontrar una huella o una señal que me dirigiese hacia la puerta. Aún sigo convencido que fue a través de una puerta el cómo ingresamos a esta situación dentro y fuera, esta especie de electricidad. También hemos procurado, lo he notado, pasar muy, de modo silencioso. Debe ser eso de la costumbre, pero creo que muchos deseamos envejecer y oxidarnos, despedasarnos en ambos espacios, de frente y de espaldas. Podría adelantarme y decir que hay un destino y una especie de vida extrema, más allá del conocimiento, creo que todos pensamos que poco a poco alcanzaremos una especie de divinidad, por qué no creerlo? Quizás ocurran diez mil años más o en la mitad de ese periodo.

Eso, pero también el objeto frío sobre las mesas y las cantidades de cosas discutidas en breves lapsos, una especie de memoria aterradora, una cosa que parecía crecer o respirar cada vez que era nombrada. Nosotros estábamos allí para reproducirla pero sobre todo para hacerla total, para encenderla. Sobre las mesas los cuadernos eran llenados con aquella materia intocable y nosotros sin saberlo éramos artesanos de un tiempo único. El trabajo era puesto y estirado, y todos reíamos con satisfacción, sobre todo sabiendo que hacíamos las cosas sin pensarlas demasiado. Decir que éramos muchas voces sería como faltar o inventar. Fuimos la misma voz, el mismo salto hacia el lodo dentro de todos los cuerpos, el único pasajero probándonos durante la jornada. 

También al ser algo neófitos era probable que nuestro viaje durara un poco más de lo previsto. Los objetos pasaban de una mano a otra. Muchos de nosotros necesitábamos cierto asesoramiento, varias veces encontramos que una de las personas en el grupo parecía haber regresado de una de las aún desconocidas misiones. Lo dijo F, lo dijo G, lo decía K cada vez que metía su rostro en las páginas. H, J, I tomaban apuntes, creo que no eran apuntes exhaustivos pero de todas maneras podían ser leídos. Creo que por un momento tuve un pánico amenazador, el paso, el ritmo, yo debía estar en otro taller quizás mirando cómo el resto iba y venía, cómo el resto hacía para desaparecer. No lo pensé en ese momento pero sí es más justo repetirlo ahora: supongo que bien podía o debía yo salir de allí y dejar las cosas en su sitio con el fin de evitar catástrofes. También pensé en un uniforme, en una arma colgando de la cintura, los brazos cruzados. D parecía saber mis cosas y pronto me alcanzó con sus preguntas pero yo seguía caminando alrededor, con los brazos cruzados. D luego pidió detenernos. Explicar todo ello y delante de todo el grupo no era una opción. Sin embargo señalé que muchas de las respuestas que habíamos anotado tenían varias diferencias, sobre todo las que se referían a fechas, varias imprecisiones. Luego, inesperadamente todos me vieron levantarme y dejar de la mesa. Luego nos encontramos bajando algunos escalones y mirando detrás de los cristales el final del sol y el incendio del cielo. Vamos, dije, luego estuvimos buscando un sitio, sin saberlo, además, no costó más que volver uno o dos pisos, entre un montón de frases inesperadas o pisándonos cada vez que intentamos señalar algo como si quisiéramos exteriorizar nuestros fluidos. Yo quería mi cuerpo en posición horizontal y deseaba tener las luces apagadas pero no deseaba tener a nadie cerca. Era extraño, pero nadie notaba mi extrañeza, quizás arriba, quizás D, aunque pienso que más fue una cuestión de la mesa y de la cantidad de páginas en aquel cuestionario.

Luego estuve bajando mucho más, casi pude hallar un sótano, un coliseo entero debajo de todo el edificio. Quizás al llegar, creo, observé una puerta o uno de esos caminos abiertos sólo por fracciones de tiempo. Quizás imaginé el camino y la compuerta, quizás ya era arrastrado por la imaginación y por los propósitos de quienes se dirigían en dirección contraria.

Luego dijo aquello y yo deseé no estar más. Sus palabras tan claras debían tener una consistencia química. Supongo que respiré aquel gas durante los segundos necesarios. Aún deseo pedir explicaciones pero también sé que no servirán de mucho y que sólo profundizarán el problema. Siempre he buscado el modo de atravesar muros y de ser una pieza inexplicable, pero, estas cosas, me han vuelto real, físico.

Tú eres en y tú revientas con. Sus ojos eran azules. Sus dedos eran diez extensiones. De los dientes colgaban gruesas gotas de un gel o un moco o algo aceitoso. Su cabeza estaba cubierta por un casco o un sombrero de goma, que no podía ser ni lo uno ni lo otro. Había oxígeno en el galpón? Quién nos dirigía? Yo escuchaba sus frases, y quería abrir su boca hasta encontrar las otras mitades, sus frases decían cosas incompletas con la energía necesaria, suficiente. Era como golpear una campana pero solo dejarla sonar durante la mitad del tiempo. Sin embargo sus palabras quizás sí fueron completas. Eres un mentiroso, eres un farsante. Eres. La fila desbordaba el galpón. Varios autos giraban alrededor de la manzana. Unos hombres señalaban la ruta usando sus linternas, otros tenían sus gorras colgadas de la cintura. Estar en aquel sitio fue estar en todos los sitios, sitios de muros como gases. Fue curioso pensar que ya en el taller sabían de mí. También fue doloroso. Odiaba esa convicción. Odiaba que el taller estuviera junto, que allí desearan mi regreso. Todos los sitios son talleres desbordados por personas que llevan bolsas blancas en las manos. Muchas de las opciones no son más que felicidades breves e intensas. Una de esas brevedades hecha canción habla sobre la felicidad de tener entre las manos un arma tibia. Extraña puntería que hace blafff. Lo rojo. Su frase alcanzando el cuerpo a cinco minutos de distancia. Es decir, dos situaciones separadas. Siempre. Cada vez que doy la espalda observo sobre mi hombro. No es necesario apuntar. Ni siquiera es necesario cargar, no hacen falta proyectiles. Supongo que su poder y su influencia es superior, pues, sobre muchos muros vi escrito mi nombre, incluso mi tipo de sangre, incluso el contenido de mi estómago, todo, sin una sola falta ortográfica, en muros tan pulcros, en paredes lisas. No tardó ni un minuto, Qué eficacia! y sin hacer una sola llamada, sin usar un proveedor o un aparato inteligente.

Muro: eres un mentiroso.

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