10/1/14

una lata con una arveja

Ese día queríamos que sucediera de una vez la revolución, la lobosurión. No sucedió, pasó más bien que hablamos sobre las cosas que alguna vez encontramos tiradas en el suelo al dar largas u obligadas caminatas. Una tallerista descargaba su decepción contándonos cómo un día ella maldijo a su celular maldito celular había dicho, y también contó cómo luego no lo encontró en su maleta. Dijo también que esa tarde o mañana, no estaba segura, había salido durante diez segundos de su casa y al ver pasar a alguien cree, dijo, haber tirado intencionadamente el aparato. Antes de dormir, antes del día de talleres, tuve un sueño en que encontraba, en una calle en la que nunca había estado, un aparato celular, similar al que tengo ahora, al que uso diariamente. Lo extraño fue que en el sueño sentía profunda alegría ya que mi celular, el actual, había desaparecido. En el sueño también sentí un poco de pánico pues no quería encontrarme con el dueño, dueña, del aparato que yo suponía andaba cerca, e incluso me reconfortaba pensando debe estar en casa. Luego dos hombres vestidos con bolsas plásticas y zapatos grandes, como si fueran de otra persona, bajaban por la acerca contraria, no muy animados pero la mirada de uno era como un cuchillo. Luego yo daba algunos pasos y ellos parecían hablar de las cosas y sonaban como si me estuvieran siguiendo.

Entraron varios talleristas y muchos dejaban sus maletas colgadas o sobre las mesas y luego abrían sus portátiles o algunos con los ojos casi cerrados colocaban el rostro sobre las mesas. Alguien dijo que debíamos ir a cancelar el taller del día o que buscáramos al profesor para explicarle que debíamos repasar para unos exámenes bien definitorios, supongo que se trataban de tareas no hechas, pero nadie dejó las sillas y los talleristas con las caras sobre las mesas apenas parecieron temblar o conmoverse, como si un escalofrío diminuto los hubiera alcanzado. Alguien me empujó hacia el pasillo y como no tenía nada que hacer o por el contrario no sabía por cual empezar, tomé el pasillo en busca de la corbata azul. A veces y desde la habitación sonaba como si el pasillo estaba lleno de talleristas pero al caminarlos uno se encontrara con silencio y la luz de dos bombillas; además de los cuadros apoyados en el suelo y del suelo roto que estaba en trabajos y bajo escombros. Dos puertas amarillas servían para entrar en las habitaciones de administración. En ellas había una televisión o una radio encendida, casi todas las tardes, desde fuera no se notaba pero a veces sonaban temas pop que por esos días estaban siendo bien repetidos en la radio. I dijo que el profesor no llegaba, y era mejor asustar a los demás con eso de está por llegar y dijo que escriban los nombres en las hojas. Luego me puse a jugar con el dial de la radio, luego I dijo que no había problema, dije tu turno, I cambió de emisora y yo salí sin decir nada. Afuera habían talleristas que miraban los horarios y consultaban u ordenaban unas carpetas con hojas sueltas y apuntes. Para volver a la habitación tuve que empujar y levantar los brazos, sentí que varios hombros o codos se empotraban en mis pulmones y luego hice lo mismo pero creo que me pasé porque alguien dijo que había pisado sus dedos. En la habitación tomé uno de los libros que llevaba en la maleta y luego subrayé la frase Entonces va, y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entrados, moran allí; y son peores las postrimerías del tal hombre que las antípodas. Luego quise dormir y al mismo tiempo quise nadar sobre algo líquido. Luego leí y mientras leía pensaba que me había dormido.

Mientras lo hacía recordé que alguien estaba enfurecido y que al mismo tiempo e inutilmente yo lo desafiaba. Dentro de la habitación habían unos diez talleristas y todos tenían la cabeza echada un poco sobre la mesa y sobre sus apuntes o sobre sus portátiles. Luego el profesor apareció y alguien dijo que los demás estaban por llegar y luego escuché que esperaríamos hasta estar completos. El profesor tomó algo del escritorio o lo hizo a un lado para colocar un maletín grande pero algo vacío, de cuero y de color bordó. El maletín parecía le entusiasmaba a uno como para en un futuro cargar con muchos documentos, todos clasificados y subrayados, luego el profesor mandó a buscar unas fotocopias y yo quise que me mandara a mí para mirar los archivos pero cuando pensaba eso alguien estaba ya en el pasillo así que para confortarme me felicité y luego O dijo que lo acompañe, era que O había vuelto del pasillo y al salir F me miró y U que estaba junto a F se tomó del brazo de O y yo me quedé esperando que alguien más saliera y una mujer, una desconocida, que llevaba un chal rojo bien bonito se colgó de mi espalda y regaba café frío de un vaso de cartón sobre mis pies y yo pensaba que luego alguien estaría con los paños quitando la mancha así que dejé que el café cayera al suelo y luego ella decía que no era ningún problema y yo me pegaba hacia el muro para dejar espacio libre y ella ya tenía unos paños amarillos y por suerte no pisé ese enchastre pero seguro que luego todo iba a ser como el piso de los cines, como en la inauguración en latacunga.

La segunda ocasión fue extraña y yo ya no tenía ganas de salir pero como igual me arranqué de la silla azul y G venía junto a nosotros cacareando que debíamos buscarle un cigarro y yo sabía aquello pero igual me dije piloteala pero al revés así que seguí derecho. Sobre un muro estuvimos con la colilla apuntando hacia el sol que quería y ya había iniciado con eso de incendiar las nubes justo encima de la boca deforme de la montaña. Para no aburrirme dirigí al sol hacia la montaña y su circunferencia calzaba perfecta en aquella boca y luego jugué a que la montaña vomitaba o hipaba al sol, y el sol se enojó y quemó algunas nubes hasta que estas se volvieron rojas y luego ya no quiso salir y supongo que encontró el modo de ser montaña y eso debía tomarle máximo doce horas, no, me dije y me pregunté, ya que debía aparecer al día siguiente, y estuve preocupado como si nunca más fuera a salir. Al salir de la habitación todos me aporrearon y luego pensé que estaba en secundaria aunque en verdad nunca antes me habían aporreado, así que dije dejen de tirar malaonda y luego todos rieron y yo no sé qué chuchas era gracioso pues, un minuto me tiran cosas y luego se ríen, e incluso se callan y luego parecen estudiar y consultar cosas bien trascendentes. Al igual que el hombre de corbata azul que me ha alcanzado la revista, esa publicación impresa en papel couché y apenas la vi recordé a la chica chaleco nelsón y luego anoté en número o el mail del director para recomendarles sobre eso del CS5. Pensaba en pólvora y madrugadas en medio de un círculo de coyotes y nunca antes había visto a un coyote. Luego dejé la revista en manos de otro tallerista, pedí disculpas y también quise quedarme pero ya estaba bajando los escalones y el profesor se había adelantado y estaba ya en el piso seis y luego también en el quinto y luego lo ví o lo vimos de espaldas frente al cielo incendiado, con la mano levantada y creo que estaba dirigiendo al sol hacia la boca de la montaña y luego no lo vi más pero el orificio empezó a decir algo y yo miré hacia los escalones y unas luces parpadeaban en la patria, o sería la río de janeiro.

Estaba recogiendo algunos jirones de la chaqueta y luego la frase empezó a temblarme como entre las costillas y luego yo pensé que sería una idea genial el volverla algo diminuto hasta que desapareciera pero tan solo logré convertirla en algo del tamaño de una arveja y la arveja, de la que yo estaba seguro era verde, se paseaba por todo el cuerpo y flotaba sobre la roja y pude luego ver algo brillante entre las uñas y luego debajo de las uñas pero dentro de los zapatos y de verdad sentí horror y creí que las personas que no habían entrado en la iglesia por que la iglesia tenía las salas llenas y el museo lleno de turistas y muchos habían preferido saltar desde un trampolín hacia unas aguas verdes y humeantes y para eso se tomaban, como para cumplir, unas fotos al apuro, estarían dirigiéndome hacia el orificio, hacia la terraza o quizás me pondrían a administrar un galpón en mitad de Carapungo. Luego la arveja se quedó quieta pero ahora que lo pienso bien vivo con una arveja sobre el colchón. Luego escuché de nuevo eso de eres un mentiroso pero era raro y yo no sabía y me pregunté dónde estaba, supongo que estaba entre los árboles o frente a los autos masticando las barras que había adquirido tras terminar la fila pero también creía que la barras estaban siendo aplastadas, como esas pelotas amarillas de goma mientras hacía caminatas o casi trotes y mientras, decía eso de eres un mentiroso pero yo no sabía dónde estaba y quería acercarme para pedirle que no aplastara las barras por que luego tendría que buscarse una barra de jabón para quitarse el dulce si no quería que las manos se le llenaran de pelusas. Entonces comprendí que mentir era creer en todo y extrañamente no era capaz de reconocer de dónde salieron las barras, menos en qué momento habían llegdo aunque observé un auto que venía y quizás traía reflejadas las barras en el parabrisas o era el reflejo de eres un mentiroso pero me dije o dije deja de decir que eres un mentiroso porque estás mintiendo, y luego dije que qué era un mentiroso y luego pensé que quien había dicho que soy un mentiroso era el número impreso en la barra, quizás el número que indicaba el mes de abril y el hombre de uniforme amablemente preguntaba si necesitábamos que alguien fuera a nuestra casa a enseñarnos a preparar pan con canela, o ron con limón, seguro lo último no lo dijo.

Como no entendía mucho me busqué un rato sobre los escalones y sobre algunas talleristas que caminaban de la mano de otros talleristas y entre los tres, o cuatro, porque quizás estaba allí entre ellos, escribímos cosas en los muros pero luego nos volvímos gases o árboles porque el invierno se acercaba y porque los escalones habían desparecido y todo el suelo parecía un pedazo de san andrés. 

Nos hicimos gas y callamos eres un mentiroso.


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