Hoy estoy
encontrando muy borracha a gente que generalmente suele estar borracha pero no
tanto como ahora lo están. Incluso pasó que al abrir la puerta la persona la
dejó sin cerrar y del pasillo se coló un sabor absolutamente conocido y
entonces dije: diablos, alguien acaba de
bañarse en una deliciosa tina llena con azul y apenas si ha traído
una toalla pues el pasillo empieza a marearse. Creo que estuve a punto de inventar que
salía a buscar algo y miré en mi maleta pero no había cargado mi copa larga y
tampoco el vaso de cartón que se dobla para parecer un portavasos o una libreta
de periodista. También pensé que la ansiedad de tener el cuerpo en el colchón
estaba haciendo que mi olfato inventara cosas pero luego observé que alguien en
el pasillo se tambaleaba y al mismo tiempo se paraba sobre la punta de los pies
y luego colocaba la cabeza que era como una esponja absolutamente mojada sobre
el vidrio de la puerta y yo pensé que mas bien yo tenía el deber de felicitarme.
Creo que
nadie notó lo que ocurría en el pasillo pero todo fue hecho con brevedad de
modo que luego el sitio quedó desierto. Pasó que alguien colocó una mano sobre
el hombro de aquel tipo y luego con algo de presión o algún empujón las cosas
no terminaron en pedidos y cosas como usted caballero métase en sus asuntos. Al
parecer aquel tallerista, es decir, ambos eran viejos o casi compañeros de
clase, intentaba persuadirlo y el otro no lo reconocía. Uno llevaba una chaqueta, quizás una o dos tallas más grandes y el otro
llevaba una barba de varios días que lo hacía lucir como el hombre que viaja en
el metrobus a las diez de la mañana usando gafas y oliendo a todos los hombres
que duermen en la estación mientras los autobuses son lavados con espuma y agua
caliente y a veces, ese hombre me miraba y yo me sentía su espejo, eso era en la alameda. Yo sentí que mi obligación era impedir que se lo llevaran pero
también dije que era hora de estar con los libros y con la materia reproducida
del enciclopédico océano y adentro unos talleristas conectaban el equipo para
las siguientes dos horas en que impartirían una clase sobre estrategias de
dirección en escuelas con recursos que no pasan de cinco cifras o cómo
enfrentarse a los padres de un chico que asiste a clase los días en que la
escuela está cerrada sin temor a que el gobierno se ponga de lado de ambos.
Talleres para distraer y talleres afines a lo que venía sucediendo en las
prácticas y en las reuniones de vinculación con la comunidad durante el último semestre.
Supongo que
muchos queríamos tener un puesto dentro de una institución pero dadas nuestras
avanzadas edades ya no pensábamos en dirigir o en ser parte de los grupos de
intervención y de organización, era más bien cosas para pensar en pequeños suicidios y eutanasias de los cuales
no podríamos volver. Muchos teníamos nuestras familias las cuales eran una
máquina sin manuales o instructivos, yo por ejemplo tenía dos hijos y ellos
todos los días esperaban que yo explicara las cosas que estaban descubriendo.
Habían tareas tanto en el centro como en el hogar y casi estaba arrepentido de
haber regresado al centro luego de diez años pero también estaba ya, desde hace
mucho tiempo convencido de la ciencia y sus bondades. Muchos hombres de corbata azul elevaban
sus voces como si fueran grandes gallos franceses para subrayar la
importancia de nuestra actividad y muchos incluso hacían pública su adherencia
a muchos (no demasiados) de nuestros talleristas, un ejercicio de futuros iguales o socios que se golpean para estar en forma. Se hablaba de que Paver podría
formar parte de la nueva escritura que se estaba produciendo de la mano de
jóvenes con horas de lectura, jóvenes que compartían pasiones en cuanto a las películas
de Hugo Mayo o la fotografía y la intervención en lenguas amerindias de Medardo
Silva. Otro hombre de corbata azul pensaba que debíamos especializarnos en la
parte de dirección estratégica pues, lo más común era que la función
pública escogiera a talleristas que acababan de salir del centro,
ellos, dirían, tendrán la fortaleza política de los sin partido o del tallerista
que estudia la parte histórica y su axiología y además el puesto requerirá de
jóvenes que cumplian requisitos propios del trabajo corporativo: prestancia,
competencia, capacidad de dirección, rapidez y liderazgo. No faltaban uno que otro en la
habitación que en ese momento guardaba el rostro en el regazo de alguna tallerista
y en realidad ellas no prestaban atención a estas arengas pues siempre que les
preocupaba algo empezaban con eso de L es
lo mejor o J de seguro será rector junto a U y si P también quiere para que
hagan un trío, y yo les doy mi aplauso y además como decía que dije... y que... voy a tres pajaritos en un
rincón, el del medio es bien obviamente...
Yo me
imaginaba mientras todos esperaban que la clase diera inicio y antes de correr
las cortinas que quizás sería un gran mérito terminar con el centro y luego
dedicarme a una especie de periodismo de investigación y divulgación o eso de la crítica artística. No
entendía muy bien eso de investigar pero creí que podría componer cosas a
partir de hechos irrelevantes y eso al mismo tiempo podría servirme o servir para encender
un poco las ideas y esas cosas que últimamente parecían provenir del mismo
sitio. Pensaba, debería divulgar cosas como las que guardan las alfombras entre
sus pliegues y dije que sería genial hablar del polvo o de las partículas que
estarían flotando alrededor de nosotros llenando la habitación y que a veces
solo se observaba bajo determinadas luces o bajo determinadas líneas y
reflejos. Pero pronto me desanimé porque pensé que en estas revistas y en estos
diarios donde trabajaban algunos artistas, últimamente todo estaba entregado al comercio de datos y de información y, al recuento de tablas y cifras y eso de la economía comparada y cero espacio a las
cosas del estómago. Además que medio estaría dispuesto a publicar acerca de un
cable que cuelga de un poste, una pared en ruinas, escombros de ascensores o a publicar un título como Pared ed eed o El llano hace 500 arres.
Luego sentí
pánico y el pánico es un punto en un lugar entre el corazón y la entrepierna.
Luego pensé
que los chicos en las clases simuladas intentaban que yo diera media vuelta para luego ellos
mirar la cancha por la ventana. Luego encontré que varios pares de ojos me
recorrían como si yo fuera un pedazo de tarta de manzana brillante o un sorbete y con miel en
la cubierta de la dorada piel o metido dentro de un vaso de gaseosa roja.
Luego pensé
que yo era una manzana y luego me comí a mí mismo y luego tiré las cáscaras a
las que apenas había chupado y los labios tenían un dejo de azúcar y alguien
había dejado un pedazo de hoja en el sillón junto y yo lo doblé para darle la
forma de un pequeño basurero rectangular y allí puse la piel roja de la manzana
y un hombre molesto dijo que ese no era lugar para masticar y menos cuando está
por empezar Carmen, la ópera, y luego dijo que dejáramos de hacerlo y yo volteé para
mirarlo y en verdad estaba molesto y más bien tomó lo que quedaba de piel y la
puse en el pequeño basurero de papel y se la pasé a la tallerista que se había
sentado junto y le dije toma, usa el basurero y no dije más y esperé que el
hombre la levantara del cabello, pero estábamos en un salón rojo del centro y
esas cosas aquí ya no pasan y el hombre solo se fue y todos parecíamos tener
ganas de ir tras de aquel hombre o de ser cáscara de manzana.
Luego quise
tomar un poco de leche y bajé rodando los trecientos cinco escalones y luego fui
dando saltos largos como ardilla o como liebre hacia el interior del galpón y
en el galpón las puertas estaban cerradas así que tuve que ir hacia una
ferretería, recuerdo que junto a la ferretería llamada Ferretería Gatito había
un letrero de se vende el negocio y también un almacén de calzado ofrecía
varios pares a mitad de precio pero en la ferretería me dijeron que no les
quedaba ni leche entera, ni leche descremada ni leche sin lactosa ni la rica
leche tibia que calentaba la garganta de los obreros a las seis de la mañana en
la mitad de la estación de la Marín y quizás era porque estaba por la diez de agosto. Qué hago? dije pero ya el vendedor estaba
ocupado atendiendo a una mujer que le pedía un kilo de riñón y además media
libra de clavos con punta de acero para colgar cuadros en los muros sin romper
la segunda capa de concreto.
Entonces
dije que por favor me diera dos tarros de pintura blanca y al caminar alguien
dijo que no debía tomar eso pues eso era para pintar los muros y además había
un hombre al que acababan de conocer y del que se decían cosas y esas cosas
había que escribirlas en los muros y yo ya estaba con mi moneda de veinticinco
y miraba la foto de una mujer en el tarro y en la foto la mujer lavaba un
pantalón y estaba de espaldas y el sol pegaba de lleno en su espalda y su
espalda era como un pedazo de nube o como si nunca hubiera jugado baloncesto en
el colegio y como si fuera papel bond pero eso no había en el tarro, solo lo imaginé, y tomé en
casa un jarro de porcelana y coloqué la pintura y luego coloqué colacao y luego
me fui a ver una película sobre Stomp 442 y luego me dormí y junto a mí estaba
la mujer de la espalda y su espalda era como papel bond y también dije que
dejara de salir en los tarros de pintura y ella dijo que yo era un imbécil.
También
recuerdo que eres un mentiroso dijo que yo me había vuelto un mentiroso y que dejara
de mirar las espaldas de mujeres porque en los tarros solo habían indicaciones de uso o en caso de ingerir hacer que
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