Luego llegaron sus cosas o eran los autos y eso de primera y retro y luego retro y hacer luces. Luego todo parecía salir desde la mitad de la calle y luego estuvimos cruzando junto a la tienda y a uno o dos bazares. Muchas personas cargaban bolsas y juguetes y muchas de ellas sonreían y otras se mordían los labios. Llegué a contar siete personas, hombres y mujeres, con la mitad del labio dentro de su boca y con una fila de dientes aprisionando la carne. Hice algo, creo que imité sus gestos, pensé que la próxima pondría más atención observando hacia donde dirigían sus miradas al morderse, o mordían con los ojos cerrados. Luego dejé de contar personas y empecé con los postes pero luego pensé que más divertido sería leer o memorizar y recordar el nombre de las calles. Como no sabía o no recordaba o no encontré los nombres las empecé a inventar, así estuve durante algunos minutos atareado y buscando palabras que sonaran distintas o impronunciables pero cercanas al castellano. Luego me di cuenta que no tenía ganas de caminar más así que me detuve al hallar un escalón donde fumarme un marlboro. El cigarro tenía un sabor demasiado suave como cuando uno escucha una canción llena con loops o baterías pero también cree haber dejado la puerta de casa sin candado. Luego llamé a WQ y WQ dijo que ese momento no estaba y dijo algo sobre mi nombre escrito en una pared cerca de su casa y de casa de QW, su pariente o novia o novio o mascota o médico. Alcancé a escuchar que oprimía las teclas de su aparato del diablo, o quizás le hablaba a su aparato recordándole que lo iba a mandar al diablo si volvía a oprimir el seis y aparecía un cinco?¿. Luego estuve algunos minutos observando unas hormigas correr de un lado a otro y luego vi mis pies llevando zapatos y mis piernas cubiertas por pantalones. En la ventana, una de la muchas que habían sido abiertas, estaba escrito algo con pintura blanca. Yo estaba seguro de que la persona que había hecho eso debía usar zapatos y pantalones iguales a los de Mickeymouse, pero también pensé que era más probable que aquella persona fuera vestido de forma más ligera, quizás como Santro, el hombre de las patillas largas y oscuras, con esas camisas de lino o seda o terciopelo y con anillos de plata en las manos.
Luego pude ver a un tallerista que llevaba una corbata de un azul que no era ni azul eléctrico ni ese azul profundo capaz de tragarlo todo, como en las películas que recrean escenas nocturnas, con luces y mitades de cabezas o solo perfiles en la pantalla. Muchas veces encontraba en el camino personas que bajaban atadas las manos a sus espaldas, atadas mientras recitaban alguno de los textos o alguna de la leyes que se habían puesto en circulación, en las manos llevaban unas fotocopias y supongo iban a sacar más fotocopias. Luego no sé por qué creí que las leyes se publicaban a sí mismas. Esa tarde luego de dejar a las hormigas o sacudirlas pues subían por mi pantalón, coloqué las manos tras mi espalda esperando que una de las leyes se publicara frente a mi rostro. Un artículo ciento ocho, apareció detrás de uno de los antiguos motores, esas cajas eléctricas listas para irse en un barco pero antes en el piso de un camión con llantas nuevas. Luego tuve que memorizar el artículo o lo que sea que estaba en mis narices puesto que el único modo de tener las manos libres era recitar o repetir durante diez segundos parte de la ley. Como no estaba atado tomé el artículo que era como una nube suave y algo húmeda, pero antes le pregunté si le gustaba ser ley. Varias personas miraban desde uno de los balcones y observé que ellos habían atado sus artículos a las barras de uno de los pasamanos. Eran como las nubes de los cómics pero sin diálogos. Al dar unos pasos hacia atrás casi choco con un auto que venía en reversa, el conductor levantó sus manos, no sé si saludaba o trataba de decir que me detenga igual ví a un hombre de corbata azul con una revista en las manos. Debí decir guau o burf o ladrar. En realidad observé que otro hombre, uno que nunca antes había estado en nuestro taller, guardaba una pequeña lata de acero, una lata de pintura que podía ser blanca. Alcé la vista y el balcón parecía un barco y los artículos flotaban amarrados y las personas sacaban objetos de sus maletas y luego dejaban volar algunas aves o quizás eran ardillas, o quizás fotocopias, y uno de ellos se acercó a uno de los autos y encendió las plumas y luego alguien quizás del taller de ciencias dijo algo sobre las cosas de las que uno no se ríe, y usándose como ejemplo nos mostró el lugar dónde debía estar su ombligo. Todo eso creía yo estar viendo o presenciando pero en realidad pensé que podían ser las hormigas que terminaban su trabajo y empezaban a buscar problemas, quizás las tenía en una fila larga a través de mis oídos, luego me topé el ombligo y noté que allí estaba, en su sitio y también estaba cubierto por una remera, o polo, o camiseta con el estampado de un terrón de azucar que se derretía, un terrón de color anaranjado. Pensé que un dado o un cubo de hielo o un cubo de piedra pómez o mármol serían materiales más artísticos y entonces el estampado cambió pero yo ya no quería mirar nada y me dispuse a subir todos los escalones, al otro lado, o frente al balcón. El viento corría en todas las direcciones y era que todas las ventanas habían sido abiertas al mismo tiempo.
Luego el agujero se llenó de las frases y entonces el botón encendió un letrero que aún no estaba instalado. El letrero ocupaba cada uno de los nueve pisos, en cada uno señalaba la posición de la caja, el número del piso al que pertenecía el letrero y la dirección a la que uno debería dirigirse. Lo raro fue que no pude encontrar botones para dirigirme hacia los lados o de un modo distinto, como la dirección de un rayo o la de un relámpago o como para caer en medio de un concierto de esa banda de australianos que hablan sobre los siete días de la creación en medio de una iglesia de la ciudad de Perthaustralia. Un hombre con carril en la espalda y con un traje diminuto se detuvo a limpiar algo blanco, quizás pintura, o vómito de ave, que había caído sobre sus zapatos formando algo como si el tumbado goteara, o como si en realidad el hombre fuera una materia suave, quizás corcho y era ya hombre derretido. Luego el agujero dejó que las frases o sonidos ocuparan los pisos y los talleres hasta que las orejas de los talleristas empezaron a inflarse y llenar el piso y cubrir las mesas y las sillas azules. Claro que en otras habitaciones los pisos eran distintos, incluso algunos antes habían sido barridos y también las sillas parecían venir de un sitio más lejano, como si las hubieran importado con más tiempo. Muchas personas sonreían mientras los pisos se llenaban y quizás la falta de oxígeno o de pañuelos para quitar el polvo de los cristales hacían que muchos bajaran y que otros hicieran fila frente a los botones, bajaban con las narices cubiertas con sus mangas o con bufandas. El agujero no era un lugar popular y pronto las cosas dejaron de salir, un objeto quizás impediría el paso. Yo buscaba algo escrito en el fondo, pero necesité una luz y esas cosas nunca las he cargado, también presioné uno de los orificios donde antes colgaba un botón (me refiero al antiguo sistema eléctrico) esperando que el orificio se encendiera, luego esperé a ver si me tiraba un luz o aunque sea una vela o un destornillador pero luego me arrepentí puesto que tampoco tenía con qué encenderla, así que debía el agujero tirarme las velas y los fósforos. En realidad me di cuenta o creí que yo era el muro, y que ya tenía escritas todas esas cosas en la ropa y en las uñas y en los mensajes que estaba a punto de recibir en mi pequeño bb. Esas palabras tan extensas como si estuvieran escritas con varias enes y con ocho o diez vocales. Luego encontré una oficina con una máquina para archivar folders y carpetas y cuadernos y la agenda con la lista y las notas y en una bandeja debían haber dos resmas de hojas en blanco, pero de un blanco distinto, no como el que había caído sobre los zapatos del hombre con carril en la espalda, abajo en la planta baja. La palabra xerox se repetía sobre las resmas, también hacía mucho calor pero esa habitación tenía una sola puerta. En la ventana del pasillo aparecían los trazos de la ciudad y las luces del galpón pero eso me lo contó uno de los talleristas de geografías justo cuando yo empezaba a cansarme de cargar las resmas y cuando tenía los pies en los escalones, o peldaños y creo iba rodando hacia arriba o hacia abajo y entonces eres un mentiroso.
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