Corpiños con ralladura
de naranja y Peky
enojado
porque
andamos
muy bazuco
y
culiando
deportivamente
Un día
intenté escuchar a los otros talleristas; por lo general yo llegaba, miraba
hacia el interior, luego colocaba mi maleta sobre una de las mesas, por lo
general a una o dos mesas de distancia de la que estuviera ocupada y luego
volvía salir, no sin antes haber dicho alguna cosa casi entredientes, o
creyendo que el resto se reía de la broma que acababa de ocurrírseme, bromas
que en realidad eran observaciones sobre el calor que hacía, sobre las tareas
que el resto apenas terminaba o sobre la posibilidad de quedarnos encerrados,
como víctimas y sin más opciones: ya regreso, voy por una llave y un televisor
en caso de quedarnos encerrados mucho tiempo.
Luego
ponía Sumo a toda puta, y me largaba a los pasillos a jugar a que me
paraba sobre una tabla, que las personas y lo andantes eran una especie de
ola; jugaba a montar la cresta y entonces cada tallerista era una oportunidad
para girar, hacer algo de splashhh y luego mostrar un poco mi tabla y un
poco el desinterés y respeto y temor que sentía por ese océano que se supone era
una motivación o una razón de mi deporte invisible. En el ipod estaba el loco
depetinatto quemándose la boca, los labios rojos en llamas mientras el
pelado hablaba de la mujer, el tornado, el jardín primitivo y uno podía llegar a convencerse, tras ese
fuego rozando los ojos, que ya todo estaba hecho y que no tenía sentido tomar
las cosas, una por una, jugar a darles un orden.
En
realidad nada estaba hecho y uno estaba largo y tan huérfano como siempre solo
que medio estimulado por la velocidad, y eso pasa siempre que el mar revienta
sobre la arena, y creo que estábamos aprendiendo a dominar el mar, pero, también
aprendiendo a ser agua, espuma, sal, tornado, el jardín primitivo y un poco la
tabla y las piernas, y la sensación de correr, de montar el viento; y qué ganas
ya siendo mar, de echarse a uno mismo desde la tabla para hacerlo rodar,
hundirlo hasta volverlo espuma.
Si el
octavo piso erafinlandia, el sitio
era un islote y ese islote parecía reducirse cada día, un poco como un cubo de
azúcar rodeado de agua roja. Quizás por eso los talleristas faltaban a menudo y
otros ya no regresaron nunca; supongo que un día llegarían sus ropas o sus
viandas tupperware rotas o dobladas por el calor eléctrico, o con las
tapas cambiadas, eso, junto a sus libros o sus cuadernos escritos y llenos con
gel verde. Una de ellas, y cada vez que volvía y encontraba a G, lo abrazaba, y
decía cosas como sigues papáoso.
Recuerdo
que algunos talleristas habíamos perdido la memoria, pues, saludaban, y
nosotros levantábamos la mano, más por educación o compromiso pero sus rostros
nos provocaban un desconcierto intenso. Muchos ahora se buscaban la vida y
otros levantaron negocios en las afueras de la ciudad.
Me parece
que tener algo fuera dequito es
necesario, siendo que la ciudad crece como una raíz incluso en los estómagos,
evidencia el que uno mismo tambalea al sentir las bases rotas, los brazos
enrollándose en los pies, es decir, queriendo creer que la parte salvaje del
campo ya no existe, dando solo paseos en bicicleta y oliendo la boñiga debajo
de la cama, en las botas y en las bastas. De todas maneras las cosas parecían
achicarse, y era como si los muros respiraran sobre uno, y como si los muros
fueran la decoración de un día de reyes o ya un día para celebrar inocentes,
una celebración inocente.
A veces
los onomásticos, y dos o tres cumpleaños, y alguien llevaba una tarta preparada
de manera artesanal; también vasos plásticos, y también bebidas, y cocacolita de naranja, pero siempre,
siempre faltaban las servilletas blancas. En esas ocasiones los talleristas
aprovechaban para darse a conocer, sobre todo aquellos que en clase mantenían
silencios de asesinato de masas y de tubo o probeta de ensayo. Aparecía lafilósofía doble, en carne y en
retórica, y sobre todo un puñado de bardos que parecían preparados para
continuar por horas, tipos que debían estar en la teve, que sabían de memoria
diálogos enteros de dibujos como cósmico, mucho de los plop del pájaro
chileno, sacaban voces, dominaban la jerga y el código de bienes. Entonces,
mientras la gente mordía la tarta, y algunos ya repetían, y algunos aun estaban
fuera aún animándose a pasar, era, entonces, lugar y silencio, con los brazos altos
como para echar a volar, la habitación como iglesia, fe eléctrica. Y luego
estaban con eso de los niños disléxicos, con eso de la isla para ocho personas,
un conde perdido en un callejón, no sé qué ocurrencias que nos tenían con los
ojos grandes, con las bocas como platos.
También era
que la gente comía en silencio; y casi fuera comprensible que uno no estaba
allí por la broma ni el pastel; detrás de la idea cómoda, un hecho circunstancial,
eso, algo que uno no atrae.
Me venían
a la mente frases; y era cierto que no teníamos idea de lo que hacíamos, ni de dónde
estábamos o quiénes éramos o seríamos, motivo al que había suscrito un hombre
de corbata azul, un tipo expulsado del centro: no saben ni conjugarse.
Entonces,
esa noche no estábamos, pero éramos o estábamos, y no éramos, y quizás yo era
uno y también dejaba estar en al otro
o en lo otro, y me preguntaba si era, si soy o estoy.
El centro
no sabe conjugar el verbo ser.
Supongo
que hay que estar para luego dejar el ser.
Luego el
cumpleañero mordía la tarta, y luego lo tiramos por la ventana y al día
siguiente se hablaba de lo bien que estuvo con sus bracitos y ya planeábamos el
siguiente onomástico. Siempre respondía que el mío había pasado; nos tomaba dos
días volver a ser los mismos, es decir, a jugar al mar, las olas, y de nuevo
Sumo echaba por los auriculares a toda puta, pero también estaba dentro, entre
los auriculares.
Amigos de
tartas cayendo y de chistes sobre ventanas contadas por arqueros pasados en
merca.
A veces
yo bajaba los escalones para ir un poco a fumar un marlboro, y últimamente no lo
hacía llenarme de tensión y cansancio, era cosa de disfrutar el alquitrán, la
hoja madura de tabaco, la sensación de breve adrenalina, y en eso estaba,
drogándome con tanasa de manera legal, desconectando los sensores como haciendo
eso de resetear, estamos en mantenimiento,
como con el sitio dentro. Por lo general iba hasta el tercer piso y luego
buscaba un lugar seguro, un lugar donde hubiera personas detenidas o estáticas
o donde se cruzara sin hacer demasiado caso. De necesitar una canción para ese
momento, en mitad de un piso y con hombres de casco amarillo alrededor, bien
alto el discobabydisco y en coro la parte de diecinueve corpiños a la madrugada. Un poco de misterio y
mala leche, el pelado retando no te acerques demasiado, como si también
pasaran las cosas que uno quiere que le pasen.
De todos
modos el cigarro entre varios talleristas, y a veces nos entusiasmaba hablar de
las cosas por hacer; descubríamos que pocos tocaron alguna vez a sus primos y
primas, pero en realidad creo que jugábamos bien a ser tipos indeseables, las
talleristas presumiendo de entrar una
entrepierna, de lamer una boca, y esas cosas. No sé si las decíamos para
llenar un poco el tiempo o porque nos resultaba excesivamente gracioso
imaginarnos, nuestra imagen distaba,
de hecho, no parábamos de reír, risa que espantaba la carcajada siniestra.
Pensamos
conocernos mejor hablando de cosas vergonzosas, los tesoros y los juguetes oxidados.
Tesoros oxidados, título para una tesis, titular vendedor. Supongo en ese libro
explicarían el valor de las cosas que nadie quiere mostrar; una serie de
cuentos sobre jóvenes que desaparecen sin dejar rastros y por cuyos amigos se
presume su desaparición.
En medio
de uno de esos pisos sentía que podía volverme humo y me gustaba esa sensación
de no tener peso, y un poco me disgustaba no sentirme importante, o valioso,
pero igual me volvía pseudogas, y según yo, visitaba otras habitaciones y
entraba en los ojos de otros talleristas; eso me hacía sentir importante, de un
modo secreto. Creo que cada vez que encendía un cigarrilo era para entrar y
arder en las encías, para obligar a otros a tirarse por el gran agujero o por
las ventanas.
El sol
quemaba y el cielo anaranjado parecía un incendio. Uno también quería tocar con
las manos las nubes o beber un poco de ese gas azul.
Cuando
preguntó qué sucedía solo alcancé a decir algo que había preparado en dos o
tres noches antes: he perdido la cabeza, la cabeza me permitía
asociar y llevar un sombrero para no quemarme, he perdido la cabeza y el sol a
partir de las seis aeme.
Era
cierto, y nadie sabía bien como darme una mano; luego tuve que inventar cosas
sobre la sordera, la ceguera y sobre los sentidos atrofiados e invité a que
observaran unos vídeos de gusanos fuera de la tierra retorciéndose, los dedos,
y eso era como asistir a un laboratorio y un poco yo quería que todos
llevásemos un microscopio.
Mi cabeza
no debía estar muy lejos y quizás yo la andaba perdiendo por puro gusto, para
ejercitar la memoria antes de entrar en esas edades terminales pero, también
era uno de mis vicios, desarmar y extraviar cada parte del cuerpo.
Quitarse
la cabeza es sencillo y complejo a la vez, uno necesita cinta doble faz, una
antena de recepción que puede ser un celular, una radio a pilas sanyo o el control
remoto de cnt.
Bastante
básico, bastante cyberpunk, y uno anda con ese aparato tapado, pegado,
adherido en las costillas, y claro, si se mira con atención otro puede notar
que uno ya es medio robot.
Quitarse la cabeza ayuda a pensar en menos cosas y a ser más gas, casi como el aterrizaje de una mosca sobre un plato con miel. Luego uno anda clavado en mitad del plato con las piernas o patas en los aires, agitándose, y con la boca llena de dulce y los ojos cerrados y eso es como si el muñeco de una torta de matrimonio fuera intencionalmente clavado de cabeza en el tercer piso de la tarta, entre los merengues azules, pero luego uno puede volver a hacer las cosas nada peligrosas de antes, necesita un disco de recuperación.
Muy
sencillo todo, nada que el DOS (deoese) no haya hecho antes.
/eresunmentiroso
//eresunmentiroso
//eresunmentiroso.dll
Mi cara
brillaba, yo soy con un monitor conectado a un sistema 386 y el disco floppy y biszzzzz.
Todoondacyberpunk y al revés, o sea, de los 80tas a los dosmiles y de los dosmiles a los ochentas dentro de un sanremoazul y luzaomernas un ed ortned satnehco sol a selimssod sol ed y selimsod sol a sat08 sol ed ,aes o ,séver al y knuprebycadnoodoT.
Luego eres
unmentiroso.
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