6/9/14

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Sorber; con seis de 
la tarde

Estuvimos discutiendo, y nuestras caras empezaban a inflamarse. Un poco supuse que de ese modo debía verse el rostro tras ser alcanzado por algún fuego, llamas de formas azules y gases como ampollas; similar a estar sentado y en discusión en el centro de un incendio.
Me miraba, y al mismo tiempo miraba al resto de talleristas; rápido, un vistazo. Pienso que llevaba un grabador de mano en los ojos, para entonces lentes capaces de registrar las cosas con verdadera prisa. Otra llevaba colgado un enorme crucifijo, me pareció haberlo visto antes y me gustaba creer que por el peso del amuleto ella caminaba como fantasma, como un dibujo en blanco y negro, y también verla me hacía pensar en la madrastra de las películas de mickeymouse; ella, me pareció, que apreciaba o disfrutaba que la miraran, que la juzgaran, detrás el cristal tenía escritos nombres sobre la película de suciedad.

Durante un congreso para cursos superiores y para capacitadores al fin pude preguntarle qué rayos hacía con la cara pintada de blanco. Fue gracioso, tenía ese color de piel irreal y una piel además no del todo suave, más bien áspera, y el tono, como de enfermedad respiratoria y mattahari. No era necesario poner demasiada atención para descubrir que en su rostro los huesos eran como bastante más afilados, marcados, como un kodiak en su funda de piel, pero también seguía siendo demasiado pálido, y con el polvo y la luz artificial -era el pasillo-, resultaba un algodón pero también como el interior de un oso, un oso con la felpa afuera.  
Sonrió, o miraba como si yo fuera una amenaza.
Recuerdo que dijo algo sobre su acné, o quizás sobre cubrirlo y a mí eso me pareció tierno, torpe pero dulce, fue como si acabara de hablar el oso, como si lo retaran por ser pardo y por tener felpa por músculo. No pude, sino, invitar a tomar unos helados y en realidad creo que esa tarde me sentí como un padre que acaba de encontrar a su hija, una hija rebelde y en frecuentes líos de la que no tenía conocimiento, como en esas series mexicanas, donde un hombre grande y corpulento y de apariencia siniestra se despide al apuro pero encantadoramente de una mujer. La mujer sobre el piso e intentando detenerlo. Unos años adelante en la historia el hombre regresa al pueblo, y la mujer, que tiene una vida relativamente ordenada, al verlo no puede evitar recordar con algo de ternura o melancolía. Así el hombre se convierte de repente en padre. Su hija adolescente lo acepta o ama instantáneamente y el vínculo es recíproco; lazos de sangre debería llamarse el episodio y creo que la serie es larosabifurcata.

Mi hija es lo más importante ahora, pero tengo esposa en la capital. En mitad de mi serie me invento que la ficción intenta la normalidad; y luego me divorcio para casarme con mi hija.
Ahora tenemos nietos-hijos como en la película de francésgaspár.
Nuestros nietos-hijos escuchan deathdanés y leen a Arthur Schwob.
No lo sabía, por dentro estoy relleno con felpa, y mañana mismo voy a retarme.
En realidad nada pasó.

Bueno, eso pasó. Dejé de mirar al resto de talleristas que tendrían preguntas a mi represo; todos habíamos escuchado los mismos temas populares, los que ahora no sonaban a todas horas pero aún se recordaba, como los comercial debonella. Creo que al ver a mi hija-esposa, tallerista de polvo en el kodiak, me sentí mejor, incluso me vi clavado de cabeza en la mitad de una tina llena con helado blanco; sintiendo, y el cerebro deteniéndose. Los ojos fueron como cristales, la lengua larga y azul como disfrutando, endureciéndose.
Vainilla, ronconpasas, eso, decíamos y las miradas como espadas cortando la electricidad y luego el teléfono entraba en nuestros muslos, eso de enviar textos, ya, debemos seguir, serían las seis pero seguro era las doce. Luego, de a poco ya estaba en ese sitio, los pies dejaban de agitarse, al fin estatuas.
En cualquiera de los museos que abrían esos días, y a todas horas, pues, empezaba noviembre, nosotros: las celebraciones y homenajes… “si ellos están de pie, la ciudad seguirá de pie”.

* Alcalde Goldie Wilson III

Sobre todo, porque no quedaba sino salir, un poco distraerse, porque en la ciudad todo el mundo estaba bien dedicado a trabajar y a esperar los días de costa, eso, cada vez que llegaba el permiso, cuando eldoctor dictaba que podían detenerse.
Entonces a perderse los unos a los otros con la ayuda del lodo; era de ver cómo llenábamos las calles, los bares, hasta dejar de hablar o hasta hablar por dentro.
  
Esqueletos con agua por dentro.

Ella miraba; y ya mis piernas que dejaron de moverse, como dos cucharas, el sirope rojo sobre la montaña de vainilla. Come, no está bien que pidas todo ese helado para echarlo a perder, para ni tocarlo. Traté de recordar un viejo chiste, contaba sobre un niño que quería comprar un sorbetto, lo pedía a diario y se enredaba cuando debía elegir sabor. En una tienda, eso, sobre un niño disléxico. O era un niño que tomaba los juguetes de su hermano y los embarraba de caramelo. O el niño se había mordido la lengua, o no sé qué, y no lo recordaba y eran las 17 horas, miraba que la tallerista jugaba con la cuchara, como en un tiempo remoto, en su caramelo sin fin; luego me miraba, quizá creyó que estaba amenazada, que pondría mis dedos dentro de su helado.
Mejor conté algo sobre la música de esos días, comió como agradecida, es decir, de nuevo miró su helado y su cuerpo ya no parecía una contorsión o una electricidad, incluso se adueñó del vacío -éramos dos y dos encargados-, estiró su dedos como despertando o saliendo de su vendaje, como al fin cómoda porque ambos al fin lo estábamos.
Luego dije que el helado había estado muy bien y ella dijo que pensaba lo mismo; quizá en ese momento debía decir hasta otro día hija.

Luego la tarde continuó su paso ilustre, los buses echaban los humos negros sobre las personas que tomaban el smog y con sus weblands lo transformaban en un tipo de combustible.
El sol quemaba los parabrisas y se escuchaba un silencio bien inusual, como si el tiempo corriera hacia el otro lado haciendo un ruido solar.
En realidad era una tarde para tomarse fotos, creo que el día se hizo más largo, un poco todo tenía una luz de cuadro de museo, las diez y ocho de la tarde, la luz de escuela de ricke: manos duras y profundos, profundos surcos.
Faltaban los perros largos corriendo tras un zorro, o la cascada de agua vaporosa, la espuma retando a detenerla. Al fondo se podía observar peces rojos, como sonriendo, como contentos con los rostros que los miraban y que al mismo tiempo los reflejaban.
Pez con sombrero y un bastón por aletas.

Había algo sobre los árboles, ruido solar que le hacía pensar a uno en corotMorocho y en eldios; luz para la foto de los dos hermanos anónimos, como si esperaran que respirara el árbol, que los retase.

Estuve varios días rodando por los escalones, eso me tenía bien molesto. Andaba por las habitaciones gritando a los otros talleristas, y ellos me sonreían. Yo pensaba que no estaba del todo mal levantar la voz o tener ese estado de ánimo. En los talleres con los chicos de educación básica las cosas no resultaron iguales: tuvieron tiempo para quejarse con uno de los inspectores, luego recibí mi primer memo. Se detallaba, en una página lánguida el manejo descuidado con que llevaba la disciplina, algo sobre el desorden en el diálogo. Me quisieron enviar a charla, texto con uno de los especialistas.
Noté que la oficina donde realizaban direccionamiento de actitud estaba con llave.
Estaba pensando en las cosas pendientes y me sentí un poco miserable porque serían semanas: decenas y diminutas tareas que parecían multiplicarse cada día, eso, excusa al dejarlas para el día siguiente.
En el bar del colegio compré agüitacarbonatada que venía dentro de un envase de color esmeralda. El envase a la vez tenía la forma de una gota de agua. Noté que esa forma era bastante singular y que ayudaba a diferenciarla de entre un poco de oferta, una gota efervescente.
Resultó inútil, dentro de mi maleta su barriga inflamada no permitía un cierre completo.

Luego compré dos galletas de veinte centavos, costaron dos rupias, y prácticamente me di por almorzado. Una compañera de corbata celeste me pidió que la acompañase; colocamos seguro en el auto, luego cargábamos con unos libros azules que acababa de corregir. La compuerta de atrás se quedaba de pie sola. Su auto era un renault y ella al verme con los brazos en alto dijo bueno está el pan.
Me dio la impresión de que revisaba las compras para su casa; en una bolsa amarilla tenía panes con queso y lechuga, o lechuga y pato, no sé qué.
Estuvo metiendo y sacando cosas, en realidad las mismas cosas una y otra vez, eso me puso nervioso. Dijo algo, un monólogo, como si hablándose adelantara el trabajo o como si enumerara el contenido de las bolsas.
Yo estaba en el cuerpo bíblico de un egipcio, como en el vídeo de thebeloved; por un momento creo que también llevé cadenas, joyas bañadas por el sol, eran las 1825. Ella, a veces detenía sus ojos sobre mi estómago, luego miraba hacia el pubis; no me sentía realmente estimulado, estaba contento de beber mi agüita carbonatada.
De todas maneras ella miraba por breves milésimas, sus ojos me recordaban a los rayos. Yo pensaba que nada era importante; y ya se terminaría el día.
Luego se terminó el siglo; luego nos caerían caballos, esos jinetes con nombres de colores.
Ella luego me dio su sánduche come, ordenó. Dije que lo haría en la noche.

Luego estuve resolviendo un cuestionario y eso me produjo catarro crónico. Para calmarme salí a fumar un marlboro y bajé con bastante cuidado para no rodar, un poco mirando las cosas, buscando un momento para trepar a sus hombros, eso. Pero no bajaba nadie; mejor y charlé con otra tallerista aunque ella no parecía muy interesada, y seguro que por eso ella se reía de las cosas serias que decía, y luego se ponía bien seria cuando yo decía cosas graciosas. Y cuando preguntó por qué lloraba yo respondí que no lloraba, que era el esfuerzo, según yo tras partirme de la risa recordando un chiste sobre un monje, algo sobre ese mono o el ex mono.
Y ella empezó con ¡violador! y en los pasillos ¡violador!, ¡violador!
Así estuvimos hasta el divorcio.

En la pared había escrito usando aerosol y una plantilla eresun mentiroso. Esa pared separaba las gradas de un departamento de estudios superiores, si uno quería observar los carteles con horarios y fechas para matrículas tenía que levantar la cabeza, o echarla hacia atrás, echarla para ver mejor como cuando uno va a mindo y luego sube las fotos pero al día siguiente.
Supongo que el muro era semitransparente pues el sol quemaba, y producía la división de la luz blanca en cuatro tonos distintos; las nubes sobre las montañas estaban redondas y anaranjadas como un pájaro y solo faltaba sorbettos, algo de curincho, y por qué no una boca sorbiendo de las nubes; como sorber fuego y gas de nube y eran quizás las seis de la tarde.

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