Sorber;
con seis de
la tarde
la tarde
Estuvimos
discutiendo, y nuestras caras empezaban a inflamarse. Un poco supuse que de ese
modo debía verse el rostro tras ser alcanzado por algún fuego, llamas de formas
azules y gases como ampollas; similar a estar sentado y en discusión en el
centro de un incendio.
Me
miraba, y al mismo tiempo miraba al resto de talleristas; rápido, un vistazo. Pienso
que llevaba un grabador de mano en los ojos, para entonces lentes capaces de
registrar las cosas con verdadera prisa. Otra llevaba colgado un enorme
crucifijo, me pareció haberlo visto antes y me gustaba creer que por el peso
del amuleto ella caminaba como fantasma, como un dibujo en blanco y negro, y
también verla me hacía pensar en la madrastra de las películas de mickeymouse; ella, me pareció, que
apreciaba o disfrutaba que la miraran, que la juzgaran, detrás el cristal tenía
escritos nombres sobre la película de suciedad.
Durante
un congreso para cursos superiores y para capacitadores al fin pude preguntarle
qué rayos hacía con la cara pintada de blanco. Fue gracioso, tenía ese color de
piel irreal y una piel además no del todo suave, más bien áspera, y el tono,
como de enfermedad respiratoria y mattahari.
No era necesario poner demasiada atención para descubrir que en su rostro los huesos
eran como bastante más afilados, marcados, como un kodiak en su funda de piel, pero también seguía siendo demasiado
pálido, y con el polvo y la luz artificial -era el pasillo-, resultaba un
algodón pero también como el interior de un oso, un oso con la felpa afuera.
Sonrió, o
miraba como si yo fuera una amenaza.
Recuerdo
que dijo algo sobre su acné, o quizás sobre cubrirlo y a mí eso me pareció tierno,
torpe pero dulce, fue como si acabara de hablar el oso, como si lo retaran por
ser pardo y por tener felpa por músculo. No pude, sino, invitar a tomar unos
helados y en realidad creo que esa tarde me sentí como un padre que acaba de
encontrar a su hija, una hija rebelde y en frecuentes líos de la que no tenía
conocimiento, como en esas series mexicanas, donde un hombre grande y corpulento
y de apariencia siniestra se despide al apuro pero encantadoramente de una
mujer. La mujer sobre el piso e
intentando detenerlo. Unos años adelante en la historia el hombre regresa
al pueblo, y la mujer, que tiene una vida relativamente ordenada, al verlo no
puede evitar recordar con algo de ternura o melancolía. Así el hombre se
convierte de repente en padre. Su hija adolescente lo acepta o ama instantáneamente
y el vínculo es recíproco; lazos de sangre debería llamarse el episodio y creo
que la serie es larosabifurcata.
Mi hija es lo más importante ahora,
pero tengo esposa en la capital. En mitad de mi serie me invento que la ficción intenta
la normalidad; y luego me divorcio para casarme con mi hija.
Ahora
tenemos nietos-hijos como en la película de francésgaspár.
Nuestros nietos-hijos
escuchan deathdanés y leen a Arthur Schwob.
No lo
sabía, por dentro estoy relleno con felpa, y mañana mismo voy a retarme.
En
realidad nada pasó.
Bueno,
eso pasó. Dejé de mirar al resto de talleristas que tendrían preguntas a mi
represo; todos habíamos escuchado los mismos temas populares, los que ahora no sonaban
a todas horas pero aún se recordaba, como los comercial debonella. Creo que al ver a mi hija-esposa, tallerista de polvo en
el kodiak, me sentí mejor, incluso me
vi clavado de cabeza en la mitad de una tina llena con helado blanco; sintiendo,
y el cerebro deteniéndose. Los ojos fueron como cristales, la lengua larga y
azul como disfrutando, endureciéndose.
Vainilla,
ronconpasas, eso, decíamos y las miradas como espadas cortando la electricidad
y luego el teléfono entraba en nuestros muslos, eso de enviar textos, ya, debemos seguir, serían las seis pero
seguro era las doce. Luego, de a poco ya estaba en ese sitio, los pies dejaban
de agitarse, al fin estatuas.
En cualquiera
de los museos que abrían esos días, y a todas horas, pues, empezaba noviembre, nosotros:
las celebraciones y homenajes… “si ellos
están de pie, la ciudad seguirá de pie”.
* Alcalde Goldie Wilson III
Sobre
todo, porque no quedaba sino salir, un poco distraerse, porque en la ciudad
todo el mundo estaba bien dedicado a trabajar y a esperar los días de costa,
eso, cada vez que llegaba el permiso, cuando eldoctor dictaba que podían detenerse.
Entonces a
perderse los unos a los otros con la ayuda del lodo; era de ver cómo llenábamos
las calles, los bares, hasta dejar de hablar o hasta hablar por dentro.
Esqueletos con agua por dentro.
Ella
miraba; y ya mis piernas que dejaron de moverse, como dos cucharas, el sirope rojo
sobre la montaña de vainilla. Come, no
está bien que pidas todo ese helado para echarlo a perder, para ni tocarlo.
Traté de recordar un viejo chiste, contaba sobre un niño que quería comprar un sorbetto, lo pedía a diario y se
enredaba cuando debía elegir sabor. En una tienda, eso, sobre un niño
disléxico. O era un niño que tomaba los juguetes de su hermano y los embarraba
de caramelo. O el niño se había mordido la lengua, o no sé qué, y no lo
recordaba y eran las 17 horas, miraba que la tallerista jugaba con la cuchara, como
en un tiempo remoto, en su caramelo sin fin; luego me miraba, quizá creyó que estaba
amenazada, que pondría mis dedos dentro de su helado.
Mejor conté
algo sobre la música de esos días, comió como agradecida, es decir, de nuevo
miró su helado y su cuerpo ya no parecía una contorsión o una electricidad,
incluso se adueñó del vacío -éramos dos y dos encargados-, estiró su dedos como
despertando o saliendo de su vendaje, como al fin cómoda porque ambos al fin lo
estábamos.
Luego
dije que el helado había estado muy bien y ella dijo que pensaba lo mismo;
quizá en ese momento debía decir hasta otro día hija.
Luego la tarde
continuó su paso ilustre, los buses echaban los humos negros sobre las personas
que tomaban el smog y con sus weblands
lo transformaban en un tipo de combustible.
El sol
quemaba los parabrisas y se escuchaba un silencio bien inusual, como si el
tiempo corriera hacia el otro lado haciendo un ruido solar.
En
realidad era una tarde para tomarse fotos, creo que el día se hizo más largo, un
poco todo tenía una luz de cuadro de museo, las diez y ocho de la tarde, la luz
de escuela de ricke: manos duras y
profundos, profundos surcos.
Faltaban
los perros largos corriendo tras un zorro, o la cascada de agua vaporosa, la espuma
retando a detenerla. Al fondo se podía observar peces rojos, como sonriendo,
como contentos con los rostros que los miraban y que al mismo tiempo los
reflejaban.
Pez con sombrero
y un bastón por aletas.
Había
algo sobre los árboles, ruido solar que le hacía pensar a uno en corotMorocho y en eldios; luz para la foto de los dos hermanos anónimos, como si
esperaran que respirara el árbol, que los retase.
Estuve
varios días rodando por los escalones, eso me tenía bien molesto. Andaba por
las habitaciones gritando a los otros talleristas, y ellos me sonreían. Yo
pensaba que no estaba del todo mal levantar la voz o tener ese estado de ánimo.
En los talleres con los chicos de educación básica las cosas no resultaron
iguales: tuvieron tiempo para quejarse con uno de los inspectores, luego recibí
mi primer memo. Se detallaba, en una página lánguida el manejo descuidado con que
llevaba la disciplina, algo sobre el desorden en el diálogo. Me quisieron
enviar a charla, texto con uno de los especialistas.
Noté que
la oficina donde realizaban direccionamiento de actitud estaba con llave.
Estaba
pensando en las cosas pendientes y me sentí un poco miserable porque serían
semanas: decenas y diminutas tareas que parecían multiplicarse cada día, eso,
excusa al dejarlas para el día siguiente.
En el bar
del colegio compré agüitacarbonatada que venía dentro de un envase de
color esmeralda. El envase a la vez tenía la forma de una gota de agua. Noté
que esa forma era bastante singular y que ayudaba a diferenciarla de entre un
poco de oferta, una gota efervescente.
Resultó
inútil, dentro de mi maleta su barriga inflamada no permitía un cierre completo.
Luego
compré dos galletas de veinte centavos, costaron dos rupias, y prácticamente me
di por almorzado. Una compañera de corbata celeste me pidió que la acompañase;
colocamos seguro en el auto, luego cargábamos con unos libros azules que acababa
de corregir. La compuerta de atrás se quedaba de pie sola. Su auto era un
renault y ella al verme con los brazos en alto dijo bueno está el pan.
Me dio la
impresión de que revisaba las compras para su casa; en una bolsa amarilla tenía
panes con queso y lechuga, o lechuga y pato, no sé qué.
Estuvo
metiendo y sacando cosas, en realidad las mismas cosas una y otra vez, eso me
puso nervioso. Dijo algo, un monólogo, como si hablándose adelantara el trabajo
o como si enumerara el contenido de las bolsas.
Yo estaba
en el cuerpo bíblico de un egipcio, como en el vídeo de thebeloved; por
un momento creo que también llevé cadenas, joyas bañadas por el sol, eran las
1825. Ella, a veces detenía sus ojos sobre mi estómago, luego miraba hacia el
pubis; no me sentía realmente estimulado, estaba contento de beber mi agüita
carbonatada.
De todas
maneras ella miraba por breves milésimas, sus ojos me recordaban a los rayos. Yo
pensaba que nada era importante; y ya se terminaría el día.
Luego se
terminó el siglo; luego nos caerían caballos, esos jinetes con nombres de
colores.
Ella
luego me dio su sánduche come, ordenó.
Dije que lo haría en la noche.
Luego
estuve resolviendo un cuestionario y eso me produjo catarro crónico. Para
calmarme salí a fumar un marlboro y bajé con bastante cuidado para no rodar, un
poco mirando las cosas, buscando un momento para trepar a sus hombros, eso. Pero
no bajaba nadie; mejor y charlé con otra tallerista aunque ella no parecía muy
interesada, y seguro que por eso ella se reía de las cosas serias que decía, y
luego se ponía bien seria cuando yo decía cosas graciosas. Y cuando preguntó
por qué lloraba yo respondí que no lloraba, que era el esfuerzo, según yo tras
partirme de la risa recordando un chiste sobre un monje, algo sobre ese mono o el ex mono.
Y ella
empezó con ¡violador! y en los pasillos ¡violador!, ¡violador!
Así estuvimos
hasta el divorcio.
En la
pared había escrito usando aerosol y una plantilla eresun mentiroso. Esa
pared separaba las gradas de un departamento de estudios superiores, si uno
quería observar los carteles con horarios y fechas para matrículas tenía que
levantar la cabeza, o echarla hacia atrás, echarla para ver mejor como cuando
uno va a mindo y luego sube las fotos
pero al día siguiente.
Supongo
que el muro era semitransparente pues el sol quemaba, y producía la división de
la luz blanca en cuatro tonos distintos; las nubes sobre las montañas estaban
redondas y anaranjadas como un pájaro y solo faltaba sorbettos, algo de curincho, y por qué no una boca
sorbiendo de las nubes; como sorber fuego y gas de nube y eran quizás las seis
de la tarde.
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