Matrimonio Lot-Sal
es el nombre del
capítulo, ¡qué culpa?
Un día
mirábamos imágenes de los primeros escritores modernistas en el ecuador. Sus rostros dibujados con la
técnica de la plumilla, y en realidad no parecían muy jóvenes; creo que todos
pensamos que ahora se envejece con menos prisa, frenado. Uno de ellos llevaba
unas gafas muy grandes, tenía algo que lo distinguía. Supimos que su muerte no
había quedado del todo clara, se supuso un suicidio pero, también parece que
desde el punto de vista forense eso era bien complicado, aquello de sostener un
arma sobre en un lugar de tal extraño-incómodo acceso.
Estuvimos
recuperando algunos datos, de algún modo las principales ciudades estaban
divididas; dos grupos, entre aquellas donde existía una o más gacetas y donde
funcionaban las dependencias públicas. Luego pensamos que sería una gran idea
invitar a un conocido o uno de los familiares, para que hablara un poco sobre
la obra o compartiera alguna anécdota ligeramente escandalosa, en realidad
queríamos embarrarnos en la miseria y quizás tragarla como buscando inspiración.
Creo que deseamos que otros nos contaran las cosas, quizás era un hartazgo,
hartos de buscar y no encontrar.
En otra
ocasión mantuvimos a diez autores sobre el escenario del salón tres, con varias
tandas o salidas y aunque ellos querían retirarse, nuestras intensas preguntas
los obligaban. De ese modo entramos en sus cosas y un poco en las cosas de la
poesía, ritmo y prosodia. Algunos llevaban pequeñas botellas de licor; eso nos
pareció autodestructivo e indignados señalamos sintiéndonos también autoridad (e
instamos al autor a que dejase esas cosas o en realidad deseábamos que diera
algunos sorbos, bien visible sobre el escenario).
El autor
empezaba con su lectura, la cuarta de la tanda tarde-noche, en el poema él
saludaba a todos aquellos que lo invitaban frecuentemente a compartir una mesa;
yo creía que otra vez era una navidad y alguien dijo que dejara que su voz
estaba cada vez más ronca, para mí la pascua y los reyes continuaba, era como
un sexto elemento; nosotros dejábamos de respirar, como si sus palabras nos
quitaran aliento y electricidad.
A una autoras
la felicitaron públicamente y ella parecía demasiado acostumbrada a recibir
atenciones; apenas si movía la cabeza de un lado a otro, apenas si abría sus
labios, una boca bastante simétrica, acaso un pez. De su cuello colgaba una
bufanda roja, bien larga y a uno le entraban otras cuestiones, casi como
pasarse la lengua por los dientes, morderla con las esquinas, pero su voz ya era
la de un monstruo marino, profundo y firme como un martillo, supongo no hablaba
palabras, era agua y yo me enamoré de su voz y la guardé por tres días.
Uno de
los autores repitió aquello de la muerte y el olvido. Supongo que todos entramos
en unas páginas grises capaces de sobrellevar desgastes y sangre; las páginas
pasaron entre los asistentes, la miraban y luego la ponían con cuidado en otras
manos, pensé en la cesta de las limosnas. Luego supe que aquel autor era servidor
público; ahí se aprende un tipo de resistencia, uno piensa en personas
secuestradas, rehenes, en celdas de caña eléctrica.
Intentábamos
comer una manzana, X la pelaba, luego nos pasaba un cubo de manzana pero un
guardia se acercó con prisa, al mismo tiempo venía hablándole a alguien. Pidió
que dejáramos de hacerlo, yo recuerdo los ojos de V, lo miraba con odio o miedo
o las dos cosas, creo que incluso le escupió la cáscara y el piso era alfombra.
En el escenario los autores escuchaban con atención. Por un momento el salón
sonaba y respiraba como si estuviera vacío, ecos, y como si estuviera repleto,
como una caja de zapatos o una caja con bidones de sidra.
Creo que
pasaron varias horas, pocos talleristas dejaron el sitio. Nadie pretendía
regresar a las habitaciones. Algunas talleristas fumaban en la parte de los jardines mármol, vi que algunos hombres
de corbata azul salían con prisa, como intentando tomar algo de aire y como
nadando entre los larks y los lucky de planta baja; creo que una sola persona
tenía el encendedor y ese encendedor flotaba como los dedos un tramoyista.
Sobre el
escenario un autor extremadamente delgado recitaba, su cadencia era incómoda,
más bien leería algo guardado, recuperado de una libreta que surgía remota. La
musicalidad entrecortada, como un ascensor con temperamento propio, como que
debíamos girar las antenas buscando señal. Regresamos a mirar a los asistentes,
alguien empezó con unas arengas y las risas le dieron un brío nuevo, un respiro
a los autores sentados junto a él. El hombre delgado concluyó, y los aplausos
parecían emotivos, interesados.
Al
terminar pregunté a K si recordaba el título del poema pero él ya andaba
escribiendo sus impresiones; creo que era algo importante porque luego balbuceó
algo en voz baja.
No sé
cuántas horas habrían pasado pero fueron algunas más tras las fotografías y
tras el homenaje informal. La gente se acercaba, era extraño pensar que a aquellos
autores se les debía la literatura del siglo pasado; quien sabe, si sobrevivían
al actual serían fantasmas del porvenir.
En el
salón se servían unas copas largas llenas con agua roja, habían pinturas
colgadas de las paredes; parecían paisajes y cosas así, motivos de colores
saturados, un poco se perdía el sentido entre lo que estaba delante y lo que
estaba en segundo y tercer plano.
Tampoco
se trataba de ese arte que intencionalmente lo complica todo. Los cuadros en
los muros, vistos desde un determinado ángulo parecían ser guardias, vigilantes,
o soldados a cargo de cuidar, ¿qué? el salón quizás, la cadencia quizás. Varias
personas formaban círculos y otras repartían copas largas. Tres talleristas
llevaban vestidos muy cortos; una de ellas sonreía, le gustaba K, K estaba en
la puerta, X, y D, y V seguían en las butacas. Muchos se despedían. Creo que el
clima nos quemaba. Luego saltábamos dentro de las copas.
Una
tallerista dijo la cereza del pastel.
Luego otra pintaba sus labios, de espaldas y frente a un cuadro donde una manzana
oscurecía a una ciruela.
Dos
autores sostenían rebanadas de tarta en las manos; la tarta tenía una cubierta
crujiente. También había pequeñas cajas con lazos azules sobre una barra, detrás
de la barra un hombre parecía un maniquí.
Tuvimos
que realizar un resumen de todo lo que había ocurrido, muchos detalles los
inventamos. Cambiaron nombres de autores, levemente. Ya no eran donoso, castillo,
raúlpuma, ni orquera. Tampoco araujopérez, orellanodíaz,
vásquezroh, no menacho. Hubo un grandalema, un margulisrillo;
hubo un autor o autora de nombre franciscaslavo, un autor hualcavásconez,
un queirolorojas, uno extranjero gil o gilgilbert, otro de
apellido pasquelsalcedo, manosalvas o manobanda, una
autora alemana o sueca, y un poco el informe decidía por sí sobre la
pertinencia o vigencia de la poesía del siglo XX, la literatura en los centros de investigación. Un poco dimos pie a
la necesidad urgente del instituto para la difusión; un departamento que se
encargaría de publicar y un poco de la legislación, el uso de las imprentas y el
mantenimiento de textos, aunque era tema para consejo.
Mover el
piso de algún hombre de corbata roja.
En un informe añadieron el título de una ¿unas? ¿novela/s?
Cam Pam, Was milk for the mandrágora, Edith y
Mamluk, El llano ace cincuenta arres.
Luego
estuvieron las fotos. Las personas sonreían a cámara aunque otros se escondían
detrás de un cuadro, un artista lo dibujó durante el breve primer receso.
El cuadro
debía medir 2,2 por 1,8.
Ya era
tarde, las luces del sitio quemaban nuestros trajes; algunos abrimos las
sombrillas y luego subimos al octavo piso. Volvimos a guardar las sombrillas y
respondimos una lista, era para los informes mensuales de asistencia, presté mi
bolígrafo. Luego miramos diapositivas y allí los rostros de los primeros
autores de la modernidad. Esos rostros estaban dibujados con la técnica de la
plumilla y sus rostros eran ya viejos y eran jóvenes, apenas si tendrían algo
así como veinte años, quizá menos.
Una vez,
mi padre el escritor dijo que antes los jóvenes se veían adultos más pronto.
En casa
estuve revisando mi correo y rechacé todas las invitaciones. Luego recibí
propuestas de editorial conejo una tanda literaria, escrituras a cuatro
manos, contesté que estaba mal porque jamás había tenido cuatro manos. Empecé a
escribir una carta para quejarme con bonil
pero noté a alguien detrás de mí; eso me puso nervioso y en vez de dormir
intenté relacionar a todos mis conocidos. No llegué muy lejos, pero si pude
solucionar varios líos familiares, genealógicos.
Luego me
sentí responsable de todo lo que ocurría con mis hermanos, con mis padres, con
los socios dequero, con tres
desconocidos del estacionamiento. Acordé que estaba cansado, que no veía a A.A
desde el mayo, y supuse que por evitarlos tenía problemas. Pensé, la solución sería
buscar un empleo cercano; luego dije que la solución estaba en volver a vivir
en casa de mi hermano S, para eso debería llevarle un sobrino. Luego se me
ocurrió que la solución era iniciar una empresa: entonces compré un auto para
llevar reclusos de quito a saquisilí.
Dije que
se trataba de solo volverme un tipo más amable; luego pensé que debía
sincerarme.
Decidí que
era momento para morir, entonces mejor me muero; así estuve muriéndome
de palabra hasta el día siguiente.
Luego
mamá llamó para hablarme de las travesuras del gato, dijo que la casa estaba
llena de pelos; parecía que una de las bolas con pelos salía por su garganta
porque su voz era roñosa.
Creo que
siempre tenía pelusas, su almohada estaba llena de estas.
Luego
dijo algo del trabajo de mi padre, mi padre el escritor; entendí que estaba a
punto de sacar un nuevo libro y pedí que me cambiara de dirección postal. Seguro
yo estaría en mitad de una página, seguro coleccionando cosas bien
estrambóticas.
Antes de
colgar escuché que mamá también decía algo sobre ir a cuenquita.
Luego
estuve en el octavo piso; subí con mucho cuidado porque todo andaba inundado. Luego
conseguí un casco amarillo y un ingeniero gritó que por qué no estaba
trabajando, inmundo animal. Le apagué
un marlboro en el cuello y dije que no debía gritar porque lo escuchaba
perfectamente. Pero creo que eso lo había visto la noche anterior en un filme
español, algo sobre unos ecuatorianos albañiles
en madrid, así que mejor lancé un golpe que zis zas lanzó al ingeniero sobre una varilla y allí quedó clavado como
un camarón. Yo me asusté, caminé hacia el ingeniero pero en realidad eso
también lo vi en ese filme así que mejor caminaba sobre los charcos de cemento con
cuidado, y con mi casco amarillo.
Si
regresaba a mirar al tumbado observaba una gran mancha, era como si el tumbado
hubiera reventado. Las gotas de agua rebotaban en los charcos y hacía mucho,
bastante frío.
Luego leí
en un muro la frase eresun mentiroso. La había pintado con aerosol
y con una plantilla; no entendí cómo lo había hecho, si apenas pasaron diez
minutos.
Recuerdo,
de mi padre el escritor algo sobre lo insólito, aunque de eso luego
encontré subrayados en la bibliaazul.
La sorpresa es no ser la sorpresa.
Luego dijo eresun mentiroso.
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