diecinueve vidas
y
mini riiINnnn
laprofundidadelamiser
ianoconocelímites
Y eso...
Un día intentamos entender al loco sabina
y luego de varias medias horas llegamos, a
secas-coldturkey, a duras
conclusiones. Fue gracioso porque lo hicimos en mitad del pasillo, un poco
estorbando con toda la mala voluntad a los otros talleristas que cruzaban con
prisa pues rendían pruebas, un poco hablando en voz alta cosas como corpiños,
pelada de los cables o catorce vidas hacen dos gatos.
Una
tallerista se detuvo a escucharnos, un poco al disimulo y J empezó con eso de la
mujer que subió al escenario intentaba bajar a serrat porque estaba tan
contenta que quería presentarlo a mamá; en realidad estaba contento porque
cada vez, según yo, entendía mejor las razones de algunos artistas, esa energía
invisible y reversible e invivible capaz de componer cosas donde solo hay gas;
y donde había un panel dorado con botones que alguna vez sirvieron ahora hacían
filas, nuestros dedos eran como piedras azules. En realidad nos tomó algún
tiempo concluir que al loco de sabina
le gustaba cantarle a todo aquello que estaba perdido. Como pedirle a una
piedra que condujera una lancha. Eso querría decir que todas las cosas por las
cuales luchábamos en sabina resultaban agua quemada, y nosotros, muchas veces,
como dueños bailábamos sin letra.
Un poco
eso era molesto, luego el círculo empezó a desaparecer, era que una u otra persona
se acercaba casi en silencio a pedir con las manos estiradas o para llevarnos
hacia otro sitio, un poco todos nos mirábamos mientras dábamos algunos pasos
hacia atrás, parecía que al mismo tiempo nos decíamos, ve en paz, o ve
con calma, o tienes permiso, o sigue no más, eso, en vez de
decir no ir, no seguirás, no has terminado. De alguna manera ya éramos
todos y todos buscábamos movernos de modo que nada quedara atrás.
Ese círculo
estaba formado por K, N, L, un poco menos LL, quizás U, quizás S, quizás
alguien del octavo, quizás alguien más del octavo de los sábados, y muchas
veces jurábamos que el tiempo no pasaba, o no nos pasaba pero también ocurría
lo contrario.
En esas
ocasiones aprovechábamos para tirarnos al piso y, sin respirar o con un solo
aliento intentábamos contar toda una historia, una películalarga en un minuto;
reíamos, buleábamos a alguien con eso de dónde estaban las motos, sobre
todo cuando uno de nosotros llevaba pantalones oscuros o cuando LL traía su
chaqueta de cuero, era cómica, rapazmentecómica, su moto debía ser un juguete
italiano marca pasolla, o de origen vespa, y al igual que ella seguro y no
haría RUMMMMM sino algo como riiINnnnnnnnnn.
Un poco
andábamos parándonos a hablar de cualquier cosa, en cualquier sitio, y esto
debido a que la carrera al fin había perdido el centro estudiantil, y también a
las evaluaciones. Algunas autoridades llevaban semanas de auditoría interna, y
eso era administrativo y eso había que sumarle los pasillos, las discusiones
sobre sabotajes o acciones contra las políticas públicas del centro y claro el
agua que filtraba. En un viaje hacia uno de los valles, N propuso algo, sobre
una dependencia capaz de brindar asistencias, jóvenes y sus supuestas familias
disfuncionales. N usó esos términos y a mí me pareció algo urgente, bien
razonable, pero sobre todo, y eso me preocupó el tiempo, su propuesta al fin se
alejaba de sus usuales manifestaciones, propuestas caracterizadas por un tono
histriónico, por criterios subjetivos-epifanico-mesiánicos y el optimismo. Creo
que podíamos montarla, acorde a las necesidades e inventándolas, que a veces en
realidad no serían resultado de desatenciones. Dije a N que dejáramos que el
tiempo colocara en el camino a una de esas autoridades, nos la palanqueáramos.
Luego
huelepedos, y en 1964 formamos el centro del muchacho trabajador.
Eso de
hablar en cualquier sitio era molesto, generalmente en otro lado (un poco en antípodas)
resultaba que otros guardaban silencio sobre una equis en un mapa.
Luego
estuve dentro del gran galpón y me sentía como alguien que acabara de
levantarse sin saber muy bien qué mierda está pasando. Tenía junto a mí a una
persona vestida absolutamente de negro, era como estar en un film de timquentin, y un poco yo llevaba zapatos
de piel y una chaqueta bien cara; todo extraño porque el galpón es un sitio
para filmar comerciales tipo cocacolitaRoja y tipo lachispa de lavida
ahora con más gas!, y estaba lleno con familias que nos miraban desde la
fila como si acabáramos de regresar del espacio profundo convertidos en rizoma,
como el chimpancé que habla y patina junto a eldios que es una ojiva nuclear de 1965 en blanco y negro, aunque
luego dejaron de mirarnos. Había dicho soy yo vestido de negro acompañándome
y eso para que continuaran con sus cosas; y esa persona siguió su camino, dije
que guardaría el puesto y luego pensé que otros talleristas debían estar en el
galpón. Busqué pero la mayoría eran oficinistas del almacén que estaban construyendo
frente, amas de casa con tetas enormes detrás de mandiles con florecitas
descoloridas y luego exhalé pero el galpón se inflamó primero.
Supongo
que los frigoríficos saltaron en chispas o que los pavos se descongelaron, luego
varios hombres de traje blanco y boinas blancas llevaron sus escobas, las
moscas acechaban el balde pika, pero
eso habrá ocurrido de un modo discreto o quizás porque todos éramos los
hombres del congelador descongelados.
Debo, pensé, tengo la obligación
de decirle a alguien que los años le hicieron estragos a su rostro, yo te
vengaré, años, devuélveme su gas!
Un poco
era cosa de un homenaje al Mini ESE.
Luego me
volví gato y por nombre me puse Paco.
Un poco en honor a un viejo amigo y un poco dejando que la imaginación
perforada de mi padre, mi padre el escrito, hiciera las cosas que tanto le
gustaban, es decir, lo que él quería. Los gatos en casa eran siempre propiedad
de mi padre, el escritor. Un poco me daba miedo o repudio hablar del gato con
otras personas, sobre todo porque era inevitable que preguntaran si lo
alimentaba o lo sacaba a pasear. Yo daba algunas vueltas antes de responder, y
otras veces decía el nombre para distraer, como quien quiere acabar la cosa y
pasar de a a c. No faltaba un escandalizado: que
la familia apologiza el malgusto; quizá, y sí, quizás era lo único que conocíamos;
descubrí un punto.
Un poco
creo que me volví Paco dentro del galpón, Paco para trepar a los hombros de algunas
personas y desde allí esperar y vibrar en sus extrañas reacciones. Extrañas, del
tipo: qué? quéocurre?, porqué me amí?, o no fuí!, y corro pero
ojalá y la encuentren! y ¡muy divertido, sepasa, degrande quiero así...
Luego me
puse a suponer que un hombre de camisa rosa llamaría por el altoparlante al
dueño de un paquito que anda saltando los coches y sobre los hombros acercarse.
Debió terminar con el paquito se llama Paco, es bien tierno; si nadie lo
reclama pasará a ser propiedad de blockbuster-entertainement.
Por
cierto el gato no dice miau, hace ¡arre!
Igual,
tuve tiempo para mirar al galpón desde un punto muy alto, en medio de dos
reflectores que un poco chamuscaron las teenchanclas.
Las personas se paraban frente a los estantes y parecía que tomaría su tiempo
el decidirse por algo pero luego y estaban con lo primero que encandilaba la vista;
y supongo que daba igual si compraban caballo que digamos raízde bildigusroman.
Bueno, dejé de ver esas cosas para intentar probar mis reflejos saltando y
caminando sobre los cables que sostenían el techo, ese tipo de aceros brillantes
y firmes que se usan para levantar vigas, todo mediante plumas en la
construcción de edificios, como los edificios en lacolón (espero un departamento amarillo en la azotea).
Me sentía
bien, pero estar cerca del techo me hizo pensar que ya nada estaba en mis
manos, que todo era inevitable. Luego pensé que sería bueno perder una
vidita; busqué una licuadora encendida o un bidón con aguaazul y
entonces hice un clavado triple del tipo acapulcoychavita,
patas estiradas, largas, garras recogidas; luego la resucitación.
En los
muros estaban escritas algunas cosas pero no las entendía, además estaba aún regresando
de la muerte y bien mojado y no había toallas; eso, un poco oscuro, y mi cola
aún no funcionaba.
Dos
personas se acercaban hacia el galpón y una de ellas iba sentada sobre los
hombros de la otra, y en realidad la que estaba encima parecía agarrada del
aire, tambaleándose duh duuh a cada paso, como si la una no supiera que tenía a alguien
encima o como si la de encima no supiera muy bien hacia dónde ir; un poco sobre
un elefante e intentando dirigirlo, dirigido por pensamiento. La gente se
abría a su paso y, quizás pensaran que debían dejarlos avanzar. Entonces
algunos detuvieron los autos, y los vendedores de bosque se persignaban frente
al galpón.
Luego
ambos avanzaron cuando la luz estuvo en verde y doblaban las facturas.
Luego yo
ya no era gato, pero seguía en los hombros de alguien o era que el hombre de
camisa rosa ofreció ayudarme; y tomó algunas cosas y las guardó en las bolsas
blancas y no dejé que les hiciera un nudo.
"Pero hace un rato esperaba
la luz."
También
vi a un gato en el techo del galpón y creo que el gato me estaba mirando. La
otra persona ya estaba en el estacionamiento; los autos se manejaban solos y las
espaldas parecían pegadas, se estiraban.
Una
mancha negra y mi chaqueta bien cara y dije
hola soy yo acompañándome...
Eres un mentiroso.
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