28/8/14

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Rengar

Había mucho aire alrededor, mucho y bien; nuestros rostros cada vez parecían estar más cansados y además las ropas que llevábamos empezaban a desteñirse, varias tiras de cabello, tiras azules o de látex y otras de piel se desprendieron y daban vueltas alrededor del orificio, pero también alrededor del cuello, era como si siguieran a las corrientes de aire que entraban al mismo tiempo por todas las ventanas del sitio, ventanas abiertas al mismo tiempo. Nosotros levantamos las manos y las abrimos de manera sobrenatural como si fueran girasoles, y eso para intentar detener aquella ráfaga pero era inútil, incluso, y aunque nos hubiera arrancado varias partes, varios rollos de vestido y las bufandas, llegamos a pensar que aquella cosa no era nada más que algo impalpable e imaginario, algún tipo de campo, algo que acaso no estaba más que dentro de nuestras cabezas y quizás aquello que las hacía funcionar. Esa idea pensada por todos al mismo tiempo, también quemó nuestros cuellos, los estómagos, y provocó que respirar fuera molesto, como la tortura, como si acaso un aire denso y bien caliente, como si un aire proveniente de un motor o de una olla encendida, llenara y desinflara los pulmones, a su antojo, a su ritmo. Todos, al caer, doblados en dos frente a la ventana creímos que nada de eso nos haría daño aunque quizás por un breve minuto, quizás, creo, decidimos que sea cual fuere el motivo de aquella cosa ya no importaba si acaso nunca más lográbamos levantarnos, levantarnos y andar solos, andar como si las cosas hubieran quedado hechas.
Pienso que todos, sin decirlo, de algún modo nos sentíamos contentos, o quizás agradecidos, incluso satisfechos. 

Luego el humo del marlboro tomó extrañas formas al dirigirse al tumbado. En realidad nada peligroso estaba sucediendo o nada que pareciera un peligro, algo por lo cual detenerse. Creo que utilizamos alrededor de diez minutos para discutir si todo aquello que sucedió en el estómago fue real, o solo lo habíamos leído en alguno de esos libros que últimamente habían dejado de publicar y vender con ciertos diarios. El humo, mientras, parecía alargarse como lo hacen los brazos de las personas al intentar entrar en algo: una remera, un polo, una playera o en un buzo de hilo; hilo violeta o en una americana o en una blusa casi transparente y con volados o encajes o esas cosas en las mangas y alrededor del cuello, o alargarse para entrar en una bolsa plástica negra con tres orificios o en calcetín o en un tubo pvc, lo veo como un brazo largo y delgado, seguramente un brazo femenino y estilizado y atlético, pero no uno que baila de manera que se notaran los pliegues o alguna “clase” de ligereza del tipo “el aire y yo nos entendemos”, no, un brazo delgado que entraba sin mayor importancia, largo como un chicle. Luego aquel brazo de aparente vida propia se detuvo por unos segundos, eso, antes de reventarse contra el tumbado. Caímos en cuenta de haber dado algunos pasos hacia atrás, fue una nueva ráfaga y el ruido de puertas golpeándose lo que nos devolvió al sitio. Casi, o por muy poco pudimos caer de espaldas sobre los escalones y quizás hubiéramos rodado hasta el piso siguiente.
El orificio parecía emitir algunas risas pero no de las que llenan los centros de especialización, aquellos con talleristas en edades avanzadas, las voces graves y los carraspeos, más bien, sonaba como si dentro del orificio hubiera un grupo de adolescentes extranjeros, púberes, efebos, que comentaban sobre las cosas alucinantes y sobre lo insólito, y me detuve a entender alemán y alguien dijo al ratón le gusta la vaca.

Varias veces alguien, y yo mismo, revisaba, es decir, atraído por la perspectiva del edificio y siempre era igual, algo oscuro, con la cabeza sobre el pozo del cual salían corrientes de aire, un aire que parecía venir del interior del suelo, ese suelo que bajaba en carretillas. 

Alguien dijo que llevaba demasiado tiempo mirando el orificio. Era cierto, mi cabeza seguía dentro y en realidad no podía discutir, pues, si alguien preguntaba yo decía eso de que el agujero estaba lleno de una mancha oscura, quería explicar que se trataba de algo como un televisor quemado. Eso dije, o creí haber dicho pero ya los otros talleristas, en realidad lo escuché por ahí, se decían perturbados. Uno dijo que yo parecía no estar muy bien de la cabeza. En ese momento recordé a una instructora a la que no había visto hace mucho tiempo y una de sus últimas impresiones, una seguidilla que duraría seis meses, se refería al modo en que difundimos ciertas cosas cargadas de un espíritu bajo. Supongo que mi rostro debía lucir desagradable, largo y dormido, además creí que algunos no sostenían su mirada sobre la mía. Al rato la bajaban y luego estaban riendo, o bien serios, e incluso uno o dos prefirieron volver a la habitación, siendo que de allí habían salido y quizás con la idea de no volver.

Luego decidimos volver, éramos dos o tres, pero yo sentía como si llenara algún lugar en el másallá. Los talleristas caminaban delante, a tres o cuatro pasos pero para me resultaba como si ambos caminaran formando un círculo a mi alrededor, y también noté que otros talleristas, de otras habitaciones, también hacían sus círculos, un poco alejados y cerca de los escalones, a los que acabaríamos por cruzar. Similares cosas sucedieron al entrar en la sala y antes de llegar a los pasillos; los objetos parecían lejanos, lejanos como en una pintura donde un hombre tiene acaso un árbol de referencia, a muchos pasos de él que está en segundo plano, y acaso ése árbol aparece recortado frente a un radiante y redondo sol rojo que se levanta o quizás también representa un crepúsculo, y el hombre es como un fósforo, al fondo del cuadro, casi una viruta encendida y el árbol resulta ya en un incendio. También necesité alguna bebida y la sed se volvió insoportable, tanto, que no sé en qué momento estuve bajando de nuevo los escalones y ya agarrado del cuello de alguien que también bajaba o quizás era que alguien estaba en mi cuello. Ahora que lo pienso ninguno de los dos nos conducíamos, creo que solo caímos y solo rodamos un par de pisos y creímos ver a alguien levantando aquellos cuerpos que no sentían los golpes o que descansaban en la planta baja. Levantando y luego las carretillas. En realidad, no tardé en pensar que nada estaba sucediendo y nada ocurriría de verdad; creí que sería bueno rodar hasta dar con algún sótano o con las tevés apagadas.

Encontré mi cara pegada a un charco. La dejé allí para que la piel se refrescara. Quizás mientras estuve en el suelo un millón de pies me pasó por encima, eso, ya no era un cuerpo ni una persona, logré volverme una roca o un montón de pellejos. Luego noté que estaba en la mitad de un gran galpón, un sitio extremadamente brillante, del que colgaban reflectores sobre varias personas que estaban de pie y empujando cochecitos de acero. Estuve a punto de decir, a los gritos, que esa no era hora para entrar en trances, o que esa no era la forma de agradar al hombre de corbata roja que había colgado sus fotografías dentro, fotos de pimientos y de ajos cortados y de porcelanas llenas con aceite. Una verdura gigante, un morrón o un pimiento anaranjado nos miraba; no le encontré los ojos, desde uno de los muros y uno solo podía pensar en los pasillos, en recostarse o correr sin que los demás lo notaran. También miraba a aquella deidad de la proteína y pensé que ella nos haría parte de una sesión con especias del japón y quizás de una tarde en el parque, bajo toldos blancos, eso, a la vuelta del galpón. Me ofrecí a guardar silencio y no mover ni un músculo pero eso es bien difícil, y ya mis pulmones volvían a drenarlo todo, ya cuando no se podía dar mucho más, y era como si todos los rostros llenaran mi único e individual rostro, y eso era algo antiguo, y supongo que terminé o terminamos en las caras de las personas que estaban cerca, de quienes ya encendían los autos y miraban al hombre en mitad del parqueo.

Sí, éramos curiosos, yo con esa apariencia extraña, apariencia de usteddebevolveralmar, pensaba ya cuando sería ideal eso de plantar una palmera, o eso de dejarme unas noches a la sombra para luego bajar hacia la palmera, y con una sierra y unas cuerdas atar una barca y salir cada madrugada hacia el mar y buscar a mobydick y escuchar algo de copilotopilato, y los pies húmedos y las manos duras y una soga y un arpón y cigarro para armar y todo como en un espejo. Luego pensé que debía hacer cosas nuevas, ya no en los pasillos y tampoco pasar sentado o estudiando o manejando, ni reparando autos, y esa explosión me recordó la vez que caí sobre una roca al caminar al borde de una pileta.
Me puse a hablar para sentirme menos extraño y todos seguían en fila y ordenaban sus compras, y sus zanahorias y sus mandrágoras, y se quedaban en el pasillo de fablimón aunque luego escuché algo sobre las cosas que salían caminando de las perchas, y eso me dio gracia, pero más al pensar que afuera estaban los autos girando alrededor del galpón.

Luego recordé eso de eresun, y luego quise pero ya no estaba cerca, ni lejos, supongo, y luego busqué un escalón donde sentarme e ir por mi segundo marlboro, y al hacerlo miré a las personas con sus globos o sus nubes colgando de finos hilos hacia el tumbado, y algunas amarradas a los pasamanos desde hace algunos días, y de ese modo me distraje hasta que el edificio empezó a elevarse uno o dos metros, y yo pensaba que debía meter la cabeza entre dos rocas en mitad de una montaña, y no sé por qué no lo hice ni por qué sigo buscando la montaña que al parecer tiene mi cabeza porque lo que tengo encima, lo que reposa sobre los hombros debe ser un pescado, o uno de los espejos del ascensor; o el panel de botones que al hacer push no encienden, y creo que hay muchos paneles llenos de botones por todo el sitio ya que siento que soy dirigido hacia todos los sitios, al mismo tiempo tengo ganas de peinarme.
Creí recordar algo sobre mi padre el escritor y lo vi vestido de traje, uno que parecía ceñir su cuerpo; pero también lucía como si de un lado tuviera todo el traje y el cuerpo mismo echado, desigual, o pegado uno o dos centímetros al suelo.

Pensé en eresun mentiroso y ya no tenía marlboro. 

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