Rengar
Había
mucho aire alrededor, mucho y bien; nuestros rostros cada vez parecían estar
más cansados y además las ropas que llevábamos empezaban a desteñirse, varias
tiras de cabello, tiras azules o de látex y otras de piel se desprendieron y
daban vueltas alrededor del orificio, pero también alrededor del cuello, era
como si siguieran a las corrientes de aire que entraban al mismo tiempo por
todas las ventanas del sitio, ventanas abiertas al mismo tiempo. Nosotros
levantamos las manos y las abrimos de manera sobrenatural como si fueran
girasoles, y eso para intentar detener aquella ráfaga pero era inútil, incluso,
y aunque nos hubiera arrancado varias partes, varios rollos de vestido y las
bufandas, llegamos a pensar que aquella cosa no era nada más que algo
impalpable e imaginario, algún tipo de campo, algo que acaso no estaba más que
dentro de nuestras cabezas y quizás aquello que las hacía funcionar. Esa idea pensada
por todos al mismo tiempo, también quemó nuestros cuellos, los estómagos, y
provocó que respirar fuera molesto, como la tortura, como si acaso un aire
denso y bien caliente, como si un aire proveniente de un motor o de una olla
encendida, llenara y desinflara los pulmones, a su antojo, a su ritmo. Todos,
al caer, doblados en dos frente a la ventana creímos que nada de eso nos haría
daño aunque quizás por un breve minuto, quizás, creo, decidimos que sea cual
fuere el motivo de aquella cosa ya no importaba si acaso nunca más lográbamos
levantarnos, levantarnos y andar solos, andar como si las cosas hubieran
quedado hechas.
Pienso
que todos, sin decirlo, de algún modo nos sentíamos contentos, o quizás
agradecidos, incluso satisfechos.
Luego el
humo del marlboro tomó extrañas
formas al dirigirse al tumbado. En realidad nada peligroso estaba sucediendo o
nada que pareciera un peligro, algo por lo cual detenerse. Creo que utilizamos
alrededor de diez minutos para discutir si todo aquello que sucedió en el
estómago fue real, o solo lo habíamos leído en alguno de esos libros que
últimamente habían dejado de publicar y vender con ciertos diarios. El humo,
mientras, parecía alargarse como lo hacen los brazos de las personas al
intentar entrar en algo: una remera, un polo, una playera o en un buzo de hilo;
hilo violeta o en una americana o en una blusa casi transparente y con volados
o encajes o esas cosas en las mangas y alrededor del cuello, o alargarse para entrar
en una bolsa plástica negra con tres orificios o en calcetín o en un tubo pvc, lo veo como un brazo largo y
delgado, seguramente un brazo femenino y estilizado y atlético, pero no uno que
baila de manera que se notaran los pliegues o alguna “clase” de ligereza del
tipo “el aire y yo nos entendemos”, no, un brazo delgado que entraba sin mayor
importancia, largo como un chicle. Luego aquel brazo de aparente vida propia se
detuvo por unos segundos, eso, antes de reventarse contra el tumbado. Caímos en
cuenta de haber dado algunos pasos hacia atrás, fue una nueva ráfaga y el ruido
de puertas golpeándose lo que nos devolvió al sitio. Casi, o por muy poco
pudimos caer de espaldas sobre los escalones y quizás hubiéramos rodado hasta
el piso siguiente.
El
orificio parecía emitir algunas risas pero no de las que llenan los centros de
especialización, aquellos con talleristas en edades avanzadas, las voces graves
y los carraspeos, más bien, sonaba como si dentro del orificio hubiera un grupo
de adolescentes extranjeros, púberes, efebos, que comentaban sobre las cosas
alucinantes y sobre lo insólito, y me detuve a entender alemán y alguien dijo al ratón le gusta la vaca.
Varias
veces alguien, y yo mismo, revisaba, es decir, atraído por la perspectiva del
edificio y siempre era igual, algo oscuro, con la cabeza sobre el pozo del cual
salían corrientes de aire, un aire que parecía venir del interior del suelo,
ese suelo que bajaba en carretillas.
Alguien
dijo que llevaba demasiado tiempo mirando el orificio. Era cierto, mi cabeza
seguía dentro y en realidad no podía discutir, pues, si alguien preguntaba yo
decía eso de que el agujero estaba lleno de una mancha oscura, quería explicar
que se trataba de algo como un televisor quemado. Eso dije, o creí haber dicho
pero ya los otros talleristas, en realidad lo escuché por ahí, se decían
perturbados. Uno dijo que yo parecía no estar muy bien de la cabeza. En ese
momento recordé a una instructora a la que no había visto hace mucho tiempo y
una de sus últimas impresiones, una seguidilla que duraría seis meses, se
refería al modo en que difundimos ciertas cosas cargadas de un espíritu bajo.
Supongo que mi rostro debía lucir desagradable, largo y dormido, además creí que
algunos no sostenían su mirada sobre la mía. Al rato la bajaban y luego estaban
riendo, o bien serios, e incluso uno o dos prefirieron volver a la habitación, siendo
que de allí habían salido y quizás con la idea de no volver.
Luego
decidimos volver, éramos dos o tres, pero yo sentía como si llenara algún lugar
en el másallá. Los talleristas
caminaban delante, a tres o cuatro pasos pero para me resultaba como si ambos
caminaran formando un círculo a mi alrededor, y también noté que otros
talleristas, de otras habitaciones, también hacían sus círculos, un poco
alejados y cerca de los escalones, a los que acabaríamos por cruzar. Similares
cosas sucedieron al entrar en la sala y antes de llegar a los pasillos; los
objetos parecían lejanos, lejanos como en una pintura donde un hombre tiene
acaso un árbol de referencia, a muchos pasos de él que está en segundo plano, y
acaso ése árbol aparece recortado frente a un radiante y redondo sol rojo que
se levanta o quizás también representa un crepúsculo, y el hombre es como un
fósforo, al fondo del cuadro, casi una viruta encendida y el árbol resulta ya
en un incendio. También necesité alguna bebida y la sed se volvió insoportable,
tanto, que no sé en qué momento estuve bajando de nuevo los escalones y ya
agarrado del cuello de alguien que también bajaba o quizás era que alguien
estaba en mi cuello. Ahora que lo pienso ninguno de los dos nos conducíamos,
creo que solo caímos y solo rodamos un par de pisos y creímos ver a alguien
levantando aquellos cuerpos que no sentían los golpes o que descansaban en la
planta baja. Levantando y luego las carretillas. En realidad, no tardé en
pensar que nada estaba sucediendo y nada ocurriría de verdad; creí que sería
bueno rodar hasta dar con algún sótano o con las tevés apagadas.
Encontré mi
cara pegada a un charco. La dejé allí para que la piel se refrescara. Quizás
mientras estuve en el suelo un millón de pies me pasó por encima, eso, ya no
era un cuerpo ni una persona, logré volverme una roca o un montón de pellejos.
Luego noté que estaba en la mitad de un gran galpón, un sitio extremadamente
brillante, del que colgaban reflectores sobre varias personas que estaban de
pie y empujando cochecitos de acero. Estuve a punto de decir, a los gritos, que
esa no era hora para entrar en trances, o que esa no era la forma de agradar al
hombre de corbata roja que había colgado sus fotografías dentro, fotos de
pimientos y de ajos cortados y de porcelanas llenas con aceite. Una verdura gigante,
un morrón o un pimiento anaranjado nos miraba; no le encontré los ojos, desde
uno de los muros y uno solo podía pensar en los pasillos, en recostarse o
correr sin que los demás lo notaran. También miraba a aquella deidad de la proteína
y pensé que ella nos haría parte de una sesión con especias del japón y quizás de una tarde en el parque, bajo toldos
blancos, eso, a la vuelta del galpón. Me ofrecí a guardar silencio y no mover
ni un músculo pero eso es bien difícil, y ya mis pulmones volvían a drenarlo
todo, ya cuando no se podía dar mucho más, y era como si todos los rostros
llenaran mi único e individual rostro, y eso era algo antiguo, y supongo que
terminé o terminamos en las caras de las personas que estaban cerca, de quienes
ya encendían los autos y miraban al hombre en mitad del parqueo.
Sí,
éramos curiosos, yo con esa apariencia extraña, apariencia de usteddebevolveralmar, pensaba ya cuando
sería ideal eso de plantar una palmera, o eso de dejarme unas noches a la
sombra para luego bajar hacia la palmera, y con una sierra y unas cuerdas atar
una barca y salir cada madrugada hacia el mar y buscar a mobydick y escuchar algo de copilotopilato,
y los pies húmedos y las manos duras y una soga y un arpón y cigarro para armar
y todo como en un espejo. Luego pensé que debía hacer cosas nuevas, ya no en
los pasillos y tampoco pasar sentado o estudiando o manejando, ni reparando
autos, y esa explosión me recordó la vez que caí sobre una roca al caminar al
borde de una pileta.
Me puse a
hablar para sentirme menos extraño y todos seguían en fila y ordenaban sus
compras, y sus zanahorias y sus mandrágoras, y se quedaban en el pasillo de fablimón aunque luego escuché algo sobre
las cosas que salían caminando de las perchas, y eso me dio gracia, pero más al
pensar que afuera estaban los autos girando alrededor del galpón.
Luego
recordé eso de eresun, y luego quise pero ya no estaba cerca, ni lejos,
supongo, y luego busqué un escalón donde sentarme e ir por mi segundo marlboro, y al hacerlo miré a las
personas con sus globos o sus nubes colgando de finos hilos hacia el tumbado, y
algunas amarradas a los pasamanos desde hace algunos días, y de ese modo me
distraje hasta que el edificio empezó a elevarse uno o dos metros, y yo pensaba
que debía meter la cabeza entre dos rocas en mitad de una montaña, y no sé por
qué no lo hice ni por qué sigo buscando la montaña que al parecer tiene mi
cabeza porque lo que tengo encima, lo que reposa sobre los hombros debe ser un
pescado, o uno de los espejos del ascensor; o el panel de botones que al hacer push no encienden, y creo que hay muchos
paneles llenos de botones por todo el sitio ya que siento que soy dirigido
hacia todos los sitios, al mismo tiempo tengo ganas de peinarme.
Creí
recordar algo sobre mi padre el escritor y lo vi vestido de traje, uno que parecía
ceñir su cuerpo; pero también lucía como si de un lado tuviera todo el traje y
el cuerpo mismo echado, desigual, o pegado uno o dos centímetros al suelo.
Pensé en eresun
mentiroso y ya no tenía marlboro.
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