Mi tíota pide espacio antes de
que todo fragüe. In rod we trust
Todo estaba dentro de "El
gran borrador", cubo que colgaba de uno de los costados, junto al
escritorio, escrotario. Muchas cosas
ya no estaban y del pizarrón colgaban las mitades o los ángulos de algunos
gráficos y cosas estadísticas. Observábamos desde la parte más baja del aula,
en realidad, el aula tenía algunos espacios internos, como en santiago o
chiclayo, eso de los entrepisos. Varias sillas azules y sus superficies opacas,
cubiertas o salpicadas por algo similar a un gel ya agrietado. Varios
compañeros de taller, incluso de otros periodos, cargaban en sus morrales con
rotuladores tinta de gel. Sus cuadernos fosforescentes también servían para
separar y reservar mesas. Los dictados con rotulador de gel en los cuadernos
cerrados resultaba en un brillo y un tono brillante que fosforecía aun dentro
de los morrales. Al terminar la jornada algo parecido soylentgreen llenaba wikipedia. Pensábamos en "El gran
borrador" como la base aclaratoria, y eso era una fe ciega, austera y etérea. Luego,
pensamos, que en una batalla imposible, el gel cubriría al cubo y también eso
de que “El gran borrador” cae de espaldas al suelo, luego, claro, de eliminar o
apagar al gel.
Luego D limpia todo, eso tras
usar cloro, y luego las ventanas cerradas provocan gas, y el sol y cloro
destruyen la pintura nueva, el asbesto bajo los pies, y, a los que toman
propedéutico.
Íbamos por la tercera parte y aún
quedaban veinte, cien páginas. Cada uno de nosotros, quienes ocupábamos la mesa
en distancias similares de adelante-atrás (tresaños-tresaños) saltábamos y también
preferíamos dejar las líneas incompletas. El lápiz muchas veces corría pero
luego y más pronto era borroneado y también pasaba por varias manos, creo, creí,
que ninguno de nosotros era realmente parte del taller y ya yo cargaba con tres
golis para comunicación nocturna y de medianoche.
Sismo. (Una especie de curso
arrastrado hacia la parte más alta del edificio.) Pensamos en la terraza. Yo
sumaba que carecería de líneas o señales, o, por qué no, una terraza pintada de
amarillo, y con eso de los mapas o la leyenda y nomenclatura: Tallerista: Busque la zona sin pintar.
*
Píntela.
Luego, otro día, sí fuimos a la terraza, para otra actividad de actualización temática y eso de los datos.
Luego, otro día, sí fuimos a la terraza, para otra actividad de actualización temática y eso de los datos.
Una terraza con vitta y eso de una vista espléndida.
Todos
juntos, una vez más… yo era un hueso a un lado,
del gran
platillo de Hey Jude
Era genial puesto que se cumplían
los deseos: todos girábamos y en eso buscábamos y los dedos eran sorbetes. Chocábamos
amablemente; algunas terrazas falsas que nos doblaban y entonces los cráneos
inevitablemente se encontraban y varios círculos de cucús y estrellitas. Al
levantarnos contábamos con ambas manos, y los dedos aleteando como en un edén, el
edén: estrellas redondas y piquitos desinflados de graznidos mínimos y azules…
esa era nuestra forma y la grande vida sobre la gran terraza mirando a través
de los largos párpados, mirando manchas rojizo-púrpuras y el cielo convexo y su
aterrizaje.
El sol quemando, también y como
empujado el sol; y bajando hasta atravesar, los hombres saludando y sus
estómagos redondos y todo luego de cabeza.
Era hermoso, como un dedo. Era
ilimitado, como un submarino. Al instructor de corbata azul lo enviábamos por
uno de los filos y sus brazos bajaban aleteando y rompiendo el aire y su su y silbando como si algo bajara a
través de un tubo de aire, eso, y supongo se descompuso. Arriba contábamos seis,
doce, diezyocho, veinticuatro y alguien a su vez ya hacía lo mismo pero en sentido
contrario, cuarentaydos, ochocientosdiez, veinteyuno y entonces alguien lo
tomaba por debajo de los brazos y la terraza parecía respirar, us us. Entonces bajaba o se materializaba,
y todo era ya ese gel desbordando los morrales, toda esa cosa y también los
perfiles y la goma para cubrir la portátil. Por segundos mirábamos sin levantar
las cabezas; el sol entraba y las pupilas, y corría como hielo por la garganta
redonda, y el gel y los labios y las rodillas y veinte y ocho y treinta y dos,
y algunos abrazaban postes o se sujetaban de correas y casi desaparecíamos, y
luego vivía trotski y el sol reflotaba siberia y mi cono
costó cero punto sesenta y cinco golis.
Al ver la silueta tomé impulso y
ya rodaba. El cuerpo y el aire se llevan tan bien, y eso, y se corresponden
como la electricidad y el algodón. Un pocóó
y una de esas aves reales me miraban caer desde la perrera de un jeep. Caía
lentamente, el suelo se oponía. Al caminar, ya habiendo girado a tiempo, miré al
pocóó dentro de la bolsa azul levantando
sus alas. Caminé y caminé, lo saludé levantando mis dedos, y bajé de nuevo
varios escalones y parecía que estaba cerca de un sótano o algo similar al
cuarto de máquinas, eso del agua caliente.
Luego el vómito cayó sobre el jeep
y sobre un dibujo de un hombre amarillo cruzando la calle. Quizás la mitad de
la pizza y la mitad de la coca. Por suerte, ahí también alcancé a hacer eso de girar
con vértigo, casi apoyando las puntas de los pies sobre el borde; la acera y su
proyección de ser levantada, quizás uno, dos, quizás tres insignificantes centímetros
de acera gris y firme.
Es la calzada dijo alguien que llevaba bolsas
blancas y un llavero de bola de billar; uno de esos para hacer pií tí con el equipo remoto para
bloquear y hacer seguro. Felices fiestas dije antes de continuar bajando
los cientos de escalones; yo rodada o caía.
La ventana por la que había
entrado antes de girar y antes de llegar al suelo tenía un orificio por el que
podía pasar transbaquerizo: un objeto cúbico: “Un Gran Borrador”, un globo azul,
una antena para señal inalámbrica, una foto de 1998 con el guagua reventando,
cualquiera. Luego miré los orificios en la pared, gargantas, pensé que por
aquella boca pasaría cualquier cosa menos doce policías y dos tanques de butano,
o dos talleres juntos, cincuenta morrales quiero decir.
¡Cómo brillaban todos los objetos
y cómo llenaban las filas y las perchas! Un hombre vestido de uniforme y una
pequeña boina preguntaba si deseábamos algo más, o, si acaso prepararíamos pan
con naranja y canela con menta. Yo tenía mis medicinas metidas entre dos carnes
delgadas que me dejaban un espacio como de una cornisa, mi medicina vestía de
celeste y era como el borde de una puerta de cristal. Afuera todo estaba en
plan de dar la vuelta, camino hacia el punto medio, eso, alrededor del giro. Pero,
fue como empujar dos neveras hacia el segundo semáforo; pensé que acababa de meterme
un terrón entre los dientes; necesitaba creer que era el centro de una barra de
turrón, o el centro de un cubo de… centro de… como… cubo de… ¡qué se yo!… ¿cómo
entra el agua al coco? Sí, cualquier cosa imposible, el centro de un adoquín
rojo, el centro para tinta, ¿no? o el centro de la punta del rotulador ¿no? ¿Verdad?
Quería galpón, dado de monopolio, panela. Pasaron horas y varios años y nadie
sabía a quién esperaban… luego un coche se llevó las bolsas blancas y los carriles,
y varios niños habían crecido hasta vestir uniforme y boina, y así observé mientras
preguntaban si deseábamos una nueva receta para preparar pan con naranja y
limón con nuez.
Tras el tiempo ya las cosas no
eran iguales y muchos galpones dieron prioridad a espacios amplios, no por
salud, sino, eso de los visitantes y la espera guiada; luego entendí que yo
estaba esperando sobre uno de los estantes, junto a las mascotas, ojalá, me
dije, dentro de una croqueta con pocóó.
Junto, los alemagnes y los puugs miraban con la lengua fuera, eso,
sobre un gran plato de petróleo rojo. También unos labradores azules sobre
cartones con cotos: los coschcas azules haciendo pitiripi pitiripí, y a veces eso impreso sobre los 300 gramos.
Luego sentí mucha, demasiada sed.
Luego dijo eso de eres un
mentiroso con m de mariantonieta, y con martes de marzo. Luego se
fue, pero en realidad ya se había ido hace muchas otras frases. Yo miraba desde
el centro de una palanqueta, debajo o en un descanso, cerca, en los talleres
mientras los buses tomaban impulso antes de empezar lo del tercer semáforo, eso
y para evitar la luz anaranjada. Pero miraba hacia el taller, y luego los
brazos como derritiéndose al rozar el cuerpo. Luego el cuello, y la nieve
artificial empezaban a encenderse. Quizás no era artificial y quizá llovería
dos días más. A cinco minutos en uno de los escalones deseé que los ascensores
subieran zuumm para salir en
pirotecnia en mitad de lo amarillo, la terraza. Luego estuve mirándome los pies
y escuchando el crecimiento de las plantas y el quicuyo, eso, a las seis y algo
más. Luego pensé que sería excelente llamarlo septiembre. Sí, excelente mayo
para llamarlo septiembre. Luego pensé en dar cuerda al reloj. Resultó ser un
reloj con pila. Las paredes ya estaban escritas con letras claras, firmes y
nada torcidas, letras para sentir culpa. Pensé en una de mis tías; luego ella
llamó y quiso que mirara su sombrero: el gran orificio al dar vuelta el pilgrim.
A.K,
mira y dame la razón.
No sé si era mi tía.
¿Tía, hermana de Tito?
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