1/8/14

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Mi tíota pide espacio antes de que todo fragüe. In rod we trust

Todo estaba dentro de "El gran borrador", cubo que colgaba de uno de los costados, junto al escritorio, escrotario. Muchas cosas ya no estaban y del pizarrón colgaban las mitades o los ángulos de algunos gráficos y cosas estadísticas. Observábamos desde la parte más baja del aula, en realidad, el aula tenía algunos espacios internos, como en santiago o chiclayo, eso de los entrepisos. Varias sillas azules y sus superficies opacas, cubiertas o salpicadas por algo similar a un gel ya agrietado. Varios compañeros de taller, incluso de otros periodos, cargaban en sus morrales con rotuladores tinta de gel. Sus cuadernos fosforescentes también servían para separar y reservar mesas. Los dictados con rotulador de gel en los cuadernos cerrados resultaba en un brillo y un tono brillante que fosforecía aun dentro de los morrales. Al terminar la jornada algo parecido soylentgreen llenaba wikipedia. Pensábamos en "El gran borrador" como la base aclaratoria, y eso era una fe ciega, austera y etérea. Luego, pensamos, que en una batalla imposible, el gel cubriría al cubo y también eso de que “El gran borrador” cae de espaldas al suelo, luego, claro, de eliminar o apagar al gel.

Luego D limpia todo, eso tras usar cloro, y luego las ventanas cerradas provocan gas, y el sol y cloro destruyen la pintura nueva, el asbesto bajo los pies, y, a los que toman propedéutico.

Íbamos por la tercera parte y aún quedaban veinte, cien páginas. Cada uno de nosotros, quienes ocupábamos la mesa en distancias similares de adelante-atrás (tresaños-tresaños) saltábamos y también preferíamos dejar las líneas incompletas. El lápiz muchas veces corría pero luego y más pronto era borroneado y también pasaba por varias manos, creo, creí, que ninguno de nosotros era realmente parte del taller y ya yo cargaba con tres golis para comunicación nocturna y de medianoche.

Sismo. (Una especie de curso arrastrado hacia la parte más alta del edificio.) Pensamos en la terraza. Yo sumaba que carecería de líneas o señales, o, por qué no, una terraza pintada de amarillo, y con eso de los mapas o la leyenda y nomenclatura: Tallerista: Busque la zona sin pintar.
*

Píntela.

Luego, otro día, sí fuimos a la terraza, para otra actividad de actualización temática y eso de los datos.

Una terraza con vitta y eso de una vista espléndida.

Todos juntos, una vez más… yo era un hueso a un lado,
del gran platillo de Hey Jude

Era genial puesto que se cumplían los deseos: todos girábamos y en eso buscábamos y los dedos eran sorbetes. Chocábamos amablemente; algunas terrazas falsas que nos doblaban y entonces los cráneos inevitablemente se encontraban y varios círculos de cucús y estrellitas. Al levantarnos contábamos con ambas manos, y los dedos aleteando como en un edén, el edén: estrellas redondas y piquitos desinflados de graznidos mínimos y azules… esa era nuestra forma y la grande vida sobre la gran terraza mirando a través de los largos párpados, mirando manchas rojizo-púrpuras y el cielo convexo y su aterrizaje.

El sol quemando, también y como empujado el sol; y bajando hasta atravesar, los hombres saludando y sus estómagos redondos y todo luego de cabeza.

Era hermoso, como un dedo. Era ilimitado, como un submarino. Al instructor de corbata azul lo enviábamos por uno de los filos y sus brazos bajaban aleteando y rompiendo el aire y su su y silbando como si algo bajara a través de un tubo de aire, eso, y supongo se descompuso. Arriba contábamos seis, doce, diezyocho, veinticuatro y alguien a su vez ya hacía lo mismo pero en sentido contrario, cuarentaydos, ochocientosdiez, veinteyuno y entonces alguien lo tomaba por debajo de los brazos y la terraza parecía respirar, us us. Entonces bajaba o se materializaba, y todo era ya ese gel desbordando los morrales, toda esa cosa y también los perfiles y la goma para cubrir la portátil. Por segundos mirábamos sin levantar las cabezas; el sol entraba y las pupilas, y corría como hielo por la garganta redonda, y el gel y los labios y las rodillas y veinte y ocho y treinta y dos, y algunos abrazaban postes o se sujetaban de correas y casi desaparecíamos, y luego vivía trotski y el sol reflotaba siberia y mi cono costó cero punto sesenta y cinco golis.

Al ver la silueta tomé impulso y ya rodaba. El cuerpo y el aire se llevan tan bien, y eso, y se corresponden como la electricidad y el algodón. Un pocóó y una de esas aves reales me miraban caer desde la perrera de un jeep. Caía lentamente, el suelo se oponía. Al caminar, ya habiendo girado a tiempo, miré al pocóó dentro de la bolsa azul levantando sus alas. Caminé y caminé, lo saludé levantando mis dedos, y bajé de nuevo varios escalones y parecía que estaba cerca de un sótano o algo similar al cuarto de máquinas, eso del agua caliente.

Luego el vómito cayó sobre el jeep y sobre un dibujo de un hombre amarillo cruzando la calle. Quizás la mitad de la pizza y la mitad de la coca. Por suerte, ahí también alcancé a hacer eso de girar con vértigo, casi apoyando las puntas de los pies sobre el borde; la acera y su proyección de ser levantada, quizás uno, dos, quizás tres insignificantes centímetros de acera gris y firme.
Es la calzada dijo alguien que llevaba bolsas blancas y un llavero de bola de billar; uno de esos para hacer pií tí con el equipo remoto para bloquear y hacer seguro. Felices fiestas dije antes de continuar bajando los cientos de escalones; yo rodada o caía.

La ventana por la que había entrado antes de girar y antes de llegar al suelo tenía un orificio por el que podía pasar transbaquerizo: un objeto cúbico: “Un Gran Borrador”, un globo azul, una antena para señal inalámbrica, una foto de 1998 con el guagua reventando, cualquiera. Luego miré los orificios en la pared, gargantas, pensé que por aquella boca pasaría cualquier cosa menos doce policías y dos tanques de butano, o dos talleres juntos, cincuenta morrales quiero decir.

¡Cómo brillaban todos los objetos y cómo llenaban las filas y las perchas! Un hombre vestido de uniforme y una pequeña boina preguntaba si deseábamos algo más, o, si acaso prepararíamos pan con naranja y canela con menta. Yo tenía mis medicinas metidas entre dos carnes delgadas que me dejaban un espacio como de una cornisa, mi medicina vestía de celeste y era como el borde de una puerta de cristal. Afuera todo estaba en plan de dar la vuelta, camino hacia el punto medio, eso, alrededor del giro. Pero, fue como empujar dos neveras hacia el segundo semáforo; pensé que acababa de meterme un terrón entre los dientes; necesitaba creer que era el centro de una barra de turrón, o el centro de un cubo de… centro de… como… cubo de… ¡qué se yo!… ¿cómo entra el agua al coco? Sí, cualquier cosa imposible, el centro de un adoquín rojo, el centro para tinta, ¿no? o el centro de la punta del rotulador ¿no? ¿Verdad? Quería galpón, dado de monopolio, panela. Pasaron horas y varios años y nadie sabía a quién esperaban… luego un coche se llevó las bolsas blancas y los carriles, y varios niños habían crecido hasta vestir uniforme y boina, y así observé mientras preguntaban si deseábamos una nueva receta para preparar pan con naranja y limón con nuez.

Tras el tiempo ya las cosas no eran iguales y muchos galpones dieron prioridad a espacios amplios, no por salud, sino, eso de los visitantes y la espera guiada; luego entendí que yo estaba esperando sobre uno de los estantes, junto a las mascotas, ojalá, me dije, dentro de una croqueta con pocóó. Junto, los alemagnes y los puugs miraban con la lengua fuera, eso, sobre un gran plato de petróleo rojo. También unos labradores azules sobre cartones con cotos: los coschcas azules haciendo pitiripi pitiripí, y a veces eso impreso sobre los 300 gramos.

Luego sentí mucha, demasiada sed.

Luego dijo eso de eres un mentiroso con m de mariantonieta, y con martes de marzo. Luego se fue, pero en realidad ya se había ido hace muchas otras frases. Yo miraba desde el centro de una palanqueta, debajo o en un descanso, cerca, en los talleres mientras los buses tomaban impulso antes de empezar lo del tercer semáforo, eso y para evitar la luz anaranjada. Pero miraba hacia el taller, y luego los brazos como derritiéndose al rozar el cuerpo. Luego el cuello, y la nieve artificial empezaban a encenderse. Quizás no era artificial y quizá llovería dos días más. A cinco minutos en uno de los escalones deseé que los ascensores subieran zuumm para salir en pirotecnia en mitad de lo amarillo, la terraza. Luego estuve mirándome los pies y escuchando el crecimiento de las plantas y el quicuyo, eso, a las seis y algo más. Luego pensé que sería excelente llamarlo septiembre. Sí, excelente mayo para llamarlo septiembre. Luego pensé en dar cuerda al reloj. Resultó ser un reloj con pila. Las paredes ya estaban escritas con letras claras, firmes y nada torcidas, letras para sentir culpa. Pensé en una de mis tías; luego ella llamó y quiso que mirara su sombrero: el gran orificio al dar vuelta el pilgrim. 

A.K, mira y dame la razón.

No sé si era mi tía.

¿Tía, hermana de Tito?




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