develoved
Yo
solo repetía las cosas que estaba por hacer; y ya esperaba bajar
hacia el galpón.
De
todos modos olvidé el maletín y no quería importunar y menos que
alguno de los talleristas regresaran a mirar, era eso y esperar que
luego se agarraran de mi cuello, y que al bajar viera o fueran
mostrándome las casas y las direcciones en las que habían dejado
luces encendidas, o algo sobre cambiar bombillas y conmutadores, eso,
cambiarlas por luces ahorradoras. Desde los cristales se observaba
brillar aquella esfera perfecta y roja; (yo limpié mis ojos hasta
que las yemas empezaron a dejar marcas oscuras como nubes redondas
sobre la piel, unas marcas como monedas) de todas formas reí, y casi
deseé colocar mis dedos debajo de los pies, en los talones: qué
gusto y qué sensación sería eso de quitarse los pies y reptar un
poco y sentir la humedad del césped, eso del greengreengrass.
Igual estaba muy apretado así que esperé a que todo se desinflara.
Para esas situaciones uno debe llevar: pinzas, alicate con mango de goma, doce agujas hipodérmicas de nueve pulgadas, una cinta de primus en el bigdayout, una
cinta con música de sweetharmony. Al entrar observé sus deseos: habían demasiados uniformes apilados sobre un gran
sillón azul reclinable, horas y relojes y calendarios y clavos amarillos detenidos sobre los muros. Dentro y con el ruido del tablón rompiéndose o secándose
hice un vuelo raso, descubrí que los botones no encendían, tampoco al ser
presionados.
En
algunos sitios menos exóticos (la mayoría de las veces recibía
ayuda y las atenciones de la pareja dueña) recibía toallas limpias cada
mañana y cada vez que la entrada se empantanaba. Sus sitios, (este
sitio, en realidad, sitio debajo de una terraza amarilla de goma o carpa) me
recordaban al futuro y eso que simularemos tras los doce talleres.
Escombros y
varios hombres con cascos amarillos, y era también como si nosotros, con martillos y carretillas
reconstruyéramos la historia.
La misión de los talleres colgaba en los muros del edificio, de la terraza al hemiciclo; una bandera azul que cubre las ventanas y los cristales.
Un edificio puede pasar como un obsequio y como algo desapercibido; ya me imaginaba al
director, y presumiendo y la gente con los cuellos altos y eso de ¿lo
lee? atrás cursan todos...
Y cada habitación tenía su rectángulo a escala, un poster azul con letras movidas, cosa de imprenta, con eso de nuestros
objetivos
y aquello de lo
que un día pondríamos en la cabeza durante unos días.
Había mucha confianza, era eso de que las cosas jamás cambiaran, y, sobre
todo, en que toda la habitación, incluidos los nuevos talleristas, nos oxidáramos
mirando los cielos anaranjados y pidiendo que el fuego de la montaña
terminase con la forma de la montaña (un poco eso del naturalismo o
eso de ser latinoamericanos y de querer que todo vaya hacia adentro y hacia todos los lados).
Por
lo menos estaba claro que aprendía; ya estaba bien seguro de volverme una especie de roca sagrada y me sentía ligero como cascajo, monolito al
cual muchos se arrimarían y eso de frotarse para mejorar la fecundación; eso, con la risa y el misterio de las cosas inexplicables
que a la fuerza de acompañar se vuelven claras, como el relámpago en el
concierto de los australianos, eso, mientras tocaban eso de los siete días.
De
modo extraño todos recibíamos las lecturas y eso sin estar en aquel
sitio.
Nuestros
ojos (que cambiaban con la luz del día) miraban siempre en esa dirección pero aquel sitio contenía un orificio por el cual se
accedía a otras habitaciones o eso pensábamos.
Nadie
lo sabía, nadie
debe saberlo,
aunque ahora resulte inútil puesto que ya nada sucederá sin que antes
se cumplan determinadas condiciones.
Las
nuestras eran ideales: volvíamos con la lengua atada a la suela y nuestras manos apenas si descubrían el material, era el paso del oxígeno a la luz.
De
ese modo, y, al echar la cabeza hacia atrás, uno observaba estos
portales: nuestros rostros literalmente absorbidos hacia un
orifico y hacia otras habitaciones, eso de círculos o anillos pero sobre todo mirando en primera
persona, y nosotros mismos, en tercera persona también.
Supongo,
supuse (tampoco lo dije) que el tamaño o la altura
del sitio fue premeditado. ¿Cómo, sino, en un habitación con la
mitad de la altura reglamentaria podía uno bailar y pasar la cinta de sweetharmony?
Ya
llevaba años persiguiendo uno de esos ascensores; de hecho, puedo o quiero
decir que conocí la vida dentro de uno.
En esos días la vida estaba en las aceras y los botones nos dirigían de Corrientes a Santafé.
La
primera vez, el origen de todas las cosas, sucedió en espacios
llenos con espejos, eso y los botones: cajas tibias o
sospechosas y circunstancialmente llenas por periodos. La primera vez que tuve
los brazos en el suelo ya pude advertir de qué se trataba la cosa.
Luego recuerdo que éramos cientos, un millón de uniformados
y yo, mirando desde los ombligos, y mirando que mirábamos un ojo que estaba sobre nosotros, en el tumbado, un poco, quizás medio centímetro menos, ligeramente como un insecto, como el humo, como la electricidad.
Ahora
que, dentro de ese ascensor éramos un millón más dos.
Arriba
millones y abajo también millones más dos.
También
recuerdo la música y las cantidades de horas que los loops daban
vuelta, y una y otra vez las orquestas de hombres amarillomidi con
sus melodías en tono 8bitsmidi, melodías de ayer y de martes a las dos pero ya no de hoy. Eso
ocurrió en los ochenta, de eso estoy bien seguro como que eran
excelentes años para imprimir calendarios con suecas y las suecas con sombreros panameños frente a playas de cartón y eso, eso colgando y las palmeras y luego los meses arrancados y marzo sobre abril y luego ¡no puede ser ya es junio! La música midi está hecha en
ordenadores y secuencias básicas, eso de reducir la electricidad y el sustain natural de los instrumentos. Lo que debía sonar
como una trompeta más bongó, (un xilófono combinado con bongó resulta en Bill Evans y Elechoacustik) pasado por midi
suena como una frase inocente en morse.
Al llamar la máquina pregunta y entiendo que entré en un banco. Antes
de apretar, anoto la extensión para personal y asistencia.
Nadie canta en midi pero al
hacer llamadas uno ya hablaba como pasado por un filtro:
quienquiera
del otro lado ya era alguien, ya era eléctrico.
El
midi se impondría unos años después en bares y en eso
de seguir frases, y sería el centro de atención en reuniones
y pretexto antes de hacer birin bim en los jeeps de mamá con eso de
mevoyal
sobre.
La
diferencia es abismal y no es solo una escalera tecnológica de alumunio y partes intercambiables. Acá, se siguen
construyendo las cosas por dentro, como si alguien quisiera ocultarlas. Por ejemplo, recuerdo los galpones llenos con zapatos o tacos dorados y bolsos arrugados y también dorados, colgando de hombros cadavéricos: lugares donde bailar madonna y algo de sweetharmony.
Uno apagaba la visión de rayos y observaba pliegues y colores y la pelvis como una uva abierta, en la mitad. Yo
mismo subía hasta los sombreros, era uno con plumas reales pero
doradas y ahí dejé que me pasearan y yo miraba dentro de aquella tormenta; eso, los
hombros, mis hombros, los hombros.
Supongo
que esas intenciones de fabricar agua y de levantarnos en medio de bloques
acuáticos, bloques lisos como cartón, debió molestar porque los pescados sagrados miraban con ojos de salgan todos y fue por
eso que el pescado sagrado aplicó una tormenta ininterrumpida, (algo para
recordar y guardar en el velador) y luego todos éramos balsas y luego los bolsos y sus mitades
doradas asomaban hundidos como mitades de rocas.
En
esos sitios cercanos al mar, (sitios donde solo hay ruinas y páramos
y aguas o mantas y aguas o esponja gris con forma de membrana) los botones hacen un ruido distinto, eso al ser
presionados y luego al tomarlos con las yemas para volverlos a su sitio. También las puertas son infinitamente más grandes y
quizás eso por la cantidad de gente que llega montada en whiteporcelainhorses o por quienes manejan grandes camiones rojos y quizás camiones
para apagar el fuego, plataformas con las ladders elevadas y con
uno o seis pequeños hombrecitos redondos sujetando fuertemente de sus
chalecos rojos y sus cascos rojos.
Corría
un rumor, pero, lo dejé para el marzo, uno no puede ir echándose a eso de los rescates; de regreso pregunté si existía esa posibilidad, pero, sentí que ya me tenían por una persona que gustaba de hacer bromas,
bromas para una tarde de domingo, una tarde de
cualquier día pero no ahora que ya estaba en eso de regreso voy al galpón.
Allá, en el galpón, alguien habló o hablaba sobre la importancia de mantener vivas las cosas que como uno dejarían de existir, alguien dijo o sospechaba de una existencia primitiva o inferior, varios calicotéridos de
LagoFagnano, debajo, subterráneamente. También
escuché muchas cosas, demasiadas, y todas parecían destinadas a una cinta o un cartón en blanco sobre el cual quedar grabadas, como un volante A5: uh, los
papeles, debo ir al auto.
Acá nadie (tampoco conocía a demasiados tipos) intentaba
salvarse o hacerse necesario. Ocurría, sí, que la
electricidad estaba en todos y en cada pasillo y que cada vez habían menos
reuniones en casa, y menos eso de reunirse con los autos fuera y
los sillones llenos solo para hacer preguntas y para pedir prestado el teléfono, ya no quedaban inmigrantes, regresaron. 1989. Las personas empezaban a lanzar las puertas con gusto y pronto los tablones sonaban como estirándose o ardiendo
intentando su vida secreta. O
sea, que apenas si intuíamos el sobrepeso característico
de comer por encargo y flete y delivery y de la
mano de cuerpos grandes como ataúdes y en mesas rectangulares y de
piedra oscura sobre platos con forma de triángulo, vasos verdes y filos no esmerilados. Que importan las manzanas masticadas y las papas
fritas lamidas.
Papas
fritas rojas y brillantes como si de caramelos de trataran.
¿Cómo
hace un bebé?
Claro
que el orificio no habla, y claro que era inútil presionar los
espacios donde antes estaban y pronto brillarían nuevos
botones, pero, rayos,
la maldita caja mecánica cubierta de espejos estaba
por llegar (y es que el maldito edificio ya llevaba meses, demasiadas semanas en reparaciones y uno terminaba descompuesto) y todos caminábamos con
un casco amarillo y azul o de cualquier color como miembros del voluntariado, eso y la insignia multicolor (?!) Luego miré una vez más y durante varias horas ese
espacio y estaba en realidad hecho con paredes irregulares; y dentro culega un
cable de acero absolutamente nuevo y templado como cuerda, un acero gris y firme y tuve
ganas de ser cable (un cable estirado hacia el centro de un
anillo de rocas, eso, a nueve años de viaje). Luego bajé o subía girando tomado
del cable con mis manos y una franela roja, como una cancancandygirl
haciendo aquello de pol y extra pol
pero luego mis manos se resintieron y aunque estaba en el seis había
dejado en casa la lana y fue imposible tejerme unos guantes; mientras, tres
talleristas fumaban sus marlboros y mientras el cielo quería
consumirse y era como tejer electricidad, una electricidad anaranjanda. Todo eso ocurría
sin prisas aunque yo subía y bajaba del cable como un verdadero besuño y solo me faltaba hacer ¡ah
ah ah ah - uh uh uh uh!
Creo
que también oriné en la terraza, pues, al final del cable había
una ventolera, o un espacio para colocar un aire
acondicionado y una calefacción. Como bajé de peso pude entrar
con algo de trabajo y ahí supongo tomé o agarré frío. Entrar fue salir
porque la terraza había sido pintada de amarillo, y no encontré más
que una especie de manual, una nomenclatura pegada a uno de los muros, eso,
que pedía hallar los sitios que quedaban por pintar.
También
escuché su frase y, creo, se grabó de una forma única y firme. Creo que ya
no tengo cerebro, y creo que tengo un orificio más grande que el
del sitio a donde también hay personas esperando con las manos en
los botones. No sé quién habrá instalado el sistema eléctrico
pero estoy seguro que tiene alguna falla, quizá filtraciones,
pues ocurren cosas extrañas como chispazos o textos en ruso: se sienten como descargas y
lo brazos a veces se mueven y se levantan solos haciendo aspavientos. Por ejemplo, además
del sistema eléctrico tengo instalados sistemas o programación con
avisos o carteles nocturnos sobre cereal y goma gumgum de canela; dentro es un
mar de oscuridades y rocas fosforescentes.
Estos carteles tienen
o tendrían el fin de señalar direcciones o pasajes y también como rastros, se encienden con extrema, demasiada brevedad y uno los nota cuando ya han encendido. No tengo prisa,
y sin embargo ahora me veo con estas instalaciones y me recuerdan
a cronómetros y al estadio
de Nayón. Cada vez que quiero pensar (su frase, la frase) las luces y
agujas ocupan la mitad de la casa, y la cabeza es la mitad del orificio.
La
gente del barrio debe estar somnolienta con tanta luz y eso del
gas. Amo el neón, pero esto es superior a mis órdenes y deseos.
Un día dormí dentro del colchón: a la siguiente noche también
funcionó pero a la tercera los resortes rompieron el
velador y eso más el gas provocó un poco de boOom.
El diario de la ciudad no nos publicó pero de haber pasado
por la escuela de periodismo (con algo de mala leche encendí el teve) publicaría eso de la
pirotecnia más eso de los octavos días antes de terminar marzo. Dormir en un colchón es similar a un emparedado, o dos somiers y el valle con plumón, y también lo mismo debajo de uno, exactamente lo mismo.
Supongo que pueden ser dos árboles y dos refrigeradoras, y lo mismo también debajo. Básicamente en posición
hombredeVitrubio
con los dedos en cada una de las esquinas, abiertos como en los
relojes.
Mejor si es una cosa suave plaza y media o dos plazas. Sin embargo en las noticias, y en el programa de las tres horas bailando y mirando bailar, ya hablaban, y mientras decían eres mentiroso no dejaban de bailar, mientras, también otros bailaban.
Mejor si es una cosa suave plaza y media o dos plazas. Sin embargo en las noticias, y en el programa de las tres horas bailando y mirando bailar, ya hablaban, y mientras decían eres mentiroso no dejaban de bailar, mientras, también otros bailaban.
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