11/8/14

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 develoved 



Yo solo repetía las cosas que estaba por hacer; y ya esperaba bajar hacia el galpón.

De todos modos olvidé el maletín y no quería importunar y menos que alguno de los talleristas regresaran a mirar, era eso y esperar que luego se agarraran de mi cuello, y que al bajar viera o fueran mostrándome las casas y las direcciones en las que habían dejado luces encendidas, o algo sobre cambiar bombillas y conmutadores, eso, cambiarlas por luces ahorradoras. Desde los cristales se observaba brillar aquella esfera perfecta y roja; (yo limpié mis ojos hasta que las yemas empezaron a dejar marcas oscuras como nubes redondas sobre la piel, unas marcas como monedas) de todas formas reí, y casi deseé colocar mis dedos debajo de los pies, en los talones: qué gusto y qué sensación sería eso de quitarse los pies y reptar un poco y sentir la humedad del césped, eso del greengreengrass. Igual estaba muy apretado así que esperé a que todo se desinflara.

Para esas situaciones uno debe llevar: pinzas, alicate con mango de goma, doce agujas hipodérmicas de nueve pulgadas, una cinta de primus en el bigdayout, una cinta con música de sweetharmony. Al entrar observé sus deseos: habían demasiados uniformes apilados sobre un gran sillón azul reclinable, horas y relojes y calendarios y clavos amarillos detenidos sobre los muros. Dentro y con el ruido del tablón rompiéndose o secándose hice un vuelo raso, descubrí que los botones no encendían, tampoco al ser presionados.

En algunos sitios menos exóticos (la mayoría de las veces recibía ayuda y las atenciones de la pareja dueña) recibía toallas limpias cada mañana y cada vez que la entrada se empantanaba. Sus sitios, (este sitio, en realidad, sitio debajo de una terraza amarilla de goma o carpa) me recordaban al futuro y eso que simularemos tras los doce talleres. 
Escombros y varios hombres con cascos amarillos, y era también como si nosotros, con martillos y carretillas reconstruyéramos la historia. 
La misión de los talleres colgaba en los muros del edificio, de la terraza al hemiciclo; una bandera azul que cubre las ventanas y los cristales. 
Un edificio puede pasar como un obsequio y como algo desapercibido; ya me imaginaba al director, y presumiendo y la gente con los cuellos altos y eso de ¿lo lee? atrás cursan todos...

Y cada habitación tenía su rectángulo a escala, un poster azul con letras movidas, cosa de imprenta, con eso de nuestros objetivos y aquello de lo que un día pondríamos en la cabeza durante unos días. Había mucha confianza, era eso de que las cosas jamás cambiaran, y, sobre todo, en que toda la habitación, incluidos los nuevos talleristas, nos oxidáramos mirando los cielos anaranjados y pidiendo que el fuego de la montaña terminase con la forma de la montaña (un poco eso del naturalismo o eso de ser latinoamericanos y de querer que todo vaya hacia adentro y hacia todos los lados).

Por lo menos estaba claro que aprendía; ya estaba bien seguro de volverme una especie de roca sagrada y me sentía ligero como cascajo, monolito al cual muchos se arrimarían y eso de frotarse para mejorar la fecundación; eso, con la risa y el misterio de las cosas inexplicables que a la fuerza de acompañar se vuelven claras, como el relámpago en el concierto de los australianos, eso, mientras tocaban eso de los siete días.

De modo extraño todos recibíamos las lecturas y eso sin estar en aquel sitio.

Nuestros ojos (que cambiaban con la luz del día) miraban siempre en esa dirección pero aquel sitio contenía un orificio por el cual se accedía a otras habitaciones o eso pensábamos.

Nadie lo sabía, nadie debe saberlo, aunque ahora resulte inútil puesto que ya nada sucederá sin que antes se cumplan determinadas condiciones.
Las nuestras eran ideales: volvíamos con la lengua atada a la suela y nuestras manos apenas si descubrían el material, era el paso del oxígeno a la luz.

De ese modo, y, al echar la cabeza hacia atrás, uno observaba estos portales: nuestros rostros literalmente absorbidos hacia un orifico y hacia otras habitaciones, eso de círculos o anillos pero sobre todo mirando en primera persona, y nosotros mismos, en tercera persona también.

Supongo, supuse (tampoco lo dije) que el tamaño o la altura del sitio fue premeditado. ¿Cómo, sino, en un habitación con la mitad de la altura reglamentaria podía uno bailar y pasar la cinta de sweetharmony?

Ya llevaba años persiguiendo uno de esos ascensores; de hecho, puedo o quiero decir que conocí la vida dentro de uno. 

En esos días la vida estaba en las aceras y los botones nos dirigían de Corrientes a Santafé. 

La primera vez, el origen de todas las cosas, sucedió en espacios llenos con espejos, eso y los botones: cajas tibias o sospechosas y circunstancialmente llenas por periodos. La primera vez que tuve los brazos en el suelo ya pude advertir de qué se trataba la cosa. 
Luego recuerdo que éramos cientos, un millón de uniformados y yo, mirando desde los ombligos, y mirando que mirábamos un ojo que estaba sobre nosotros, en el tumbado, un poco, quizás medio centímetro menos, ligeramente como un insecto, como el humo, como la electricidad.

Ahora que, dentro de ese ascensor éramos un millón más dos.

Arriba millones y abajo también millones más dos.

También recuerdo la música y las cantidades de horas que los loops daban vuelta, y una y otra vez las orquestas de hombres amarillomidi con sus melodías en tono 8bitsmidi, melodías de ayer y de martes a las dos pero ya no de hoy. Eso ocurrió en los ochenta, de eso estoy bien seguro como que eran excelentes años para imprimir calendarios con suecas y las suecas con sombreros panameños frente a playas de cartón y eso, eso colgando y las palmeras y luego los meses arrancados y marzo sobre abril y luego ¡no puede ser ya es junio! La música midi está hecha en ordenadores y secuencias básicas, eso de reducir la electricidad y el sustain natural de los instrumentos. Lo que debía sonar como una trompeta más bongó, (un xilófono combinado con bongó resulta en Bill Evans y Elechoacustik) pasado por midi suena como una frase inocente en morse. 
Al llamar la máquina pregunta y entiendo que entré en un banco. Antes de apretar, anoto la extensión para personal y asistencia. 
Nadie canta en midi pero al hacer llamadas uno ya hablaba como pasado por un filtro: quienquiera del otro lado ya era alguien, ya era eléctrico.

El midi se impondría unos años después en bares y en eso de seguir frases, y sería el centro de atención en reuniones y pretexto antes de hacer birin bim en los jeeps de mamá con eso de mevoyal sobre.

La diferencia es abismal y no es solo una escalera tecnológica de alumunio y partes intercambiables. Acá, se siguen construyendo las cosas por dentro, como si alguien quisiera ocultarlas. Por ejemplo, recuerdo los galpones llenos con zapatos o tacos dorados y bolsos arrugados y también dorados, colgando de hombros cadavéricos: lugares donde bailar madonna y algo de sweetharmony. Uno apagaba la visión de rayos y observaba pliegues y colores y la pelvis como una uva abierta, en la mitad. Yo mismo subía hasta los sombreros, era uno con plumas reales pero doradas y ahí dejé que me pasearan y yo miraba dentro de aquella tormenta; eso, los hombros, mis hombros, los hombros.

Supongo que esas intenciones de fabricar agua y de levantarnos en medio de bloques acuáticos, bloques lisos como cartón, debió molestar porque los pescados sagrados miraban con ojos de salgan todos y fue por eso que el pescado sagrado aplicó una tormenta ininterrumpida, (algo para recordar y guardar en el velador) y luego todos éramos balsas y luego los bolsos y sus mitades doradas asomaban hundidos como mitades de rocas. 

En esos sitios cercanos al mar, (sitios donde solo hay ruinas y páramos y aguas o mantas y aguas o esponja gris con forma de membrana) los botones hacen un ruido distinto, eso al ser presionados y luego al tomarlos con las yemas para volverlos a su sitio. También las puertas son infinitamente más grandes y quizás eso por la cantidad de gente que llega montada en whiteporcelainhorses o por quienes manejan grandes camiones rojos y quizás camiones para apagar el fuego, plataformas con las ladders elevadas y con uno o seis pequeños hombrecitos redondos sujetando fuertemente de sus chalecos rojos y sus cascos rojos.

Corría un rumor, pero, lo dejé para el marzo, uno no puede ir echándose a eso de los rescates; de regreso pregunté si existía esa posibilidad, pero, sentí que ya me tenían por una persona que gustaba de hacer bromas, bromas para una tarde de domingo, una tarde de cualquier día pero no ahora que ya estaba en eso de regreso voy al galpón. Allá, en el galpón, alguien habló o hablaba sobre la importancia de mantener vivas las cosas que como uno dejarían de existir, alguien dijo o sospechaba de una existencia primitiva o inferior, varios calicotéridos de LagoFagnano, debajo, subterráneamente. También escuché muchas cosas, demasiadas, y todas parecían destinadas a una cinta o un cartón en blanco sobre el cual quedar grabadas, como un volante A5: uh, los papeles, debo ir al auto. Acá nadie (tampoco conocía a demasiados tipos) intentaba salvarse o hacerse necesario. Ocurría, sí, que la electricidad estaba en todos y en cada pasillo y que cada vez habían menos reuniones en casa, y menos eso de reunirse con los autos fuera y los sillones llenos solo para hacer preguntas y para pedir prestado el teléfono, ya no quedaban inmigrantes, regresaron. 1989. Las personas empezaban a lanzar las puertas con gusto y pronto los tablones sonaban como estirándose o ardiendo intentando su vida secreta. O sea, que apenas si intuíamos el sobrepeso característico de comer por encargo y flete y delivery y de la mano de cuerpos grandes como ataúdes y en mesas rectangulares y de piedra oscura sobre platos con forma de triángulo, vasos verdes y filos no esmerilados. Que importan las manzanas masticadas y las papas fritas lamidas.

Papas fritas rojas y brillantes como si de caramelos de trataran. 
¿Cómo hace un bebé?

Claro que el orificio no habla, y claro que era inútil presionar los espacios donde antes estaban y pronto brillarían nuevos botones, pero, rayos, la maldita caja mecánica cubierta de espejos estaba por llegar (y es que el maldito edificio ya llevaba meses, demasiadas semanas en reparaciones y uno terminaba descompuesto) y todos caminábamos con un casco amarillo y azul o de cualquier color como miembros del voluntariado, eso y la insignia multicolor (?!) Luego miré una vez más y durante varias horas ese espacio y estaba en realidad hecho con paredes irregulares; y dentro culega un cable de acero absolutamente nuevo y templado como cuerda, un acero gris y firme y tuve ganas de ser cable (un cable estirado hacia el centro de un anillo de rocas, eso, a nueve años de viaje). Luego bajé o subía girando tomado del cable con mis manos y una franela roja, como una cancancandygirl haciendo aquello de pol y extra pol pero luego mis manos se resintieron y aunque estaba en el seis había dejado en casa la lana y fue imposible tejerme unos guantes; mientras, tres talleristas fumaban sus marlboros y mientras el cielo quería consumirse y era como tejer electricidad, una electricidad anaranjanda. Todo eso ocurría sin prisas aunque yo subía y bajaba del cable como un verdadero besuño y solo me faltaba hacer ¡ah ah ah ah - uh uh uh uh!

Creo que también oriné en la terraza, pues, al final del cable había una ventolera, o un espacio para colocar un aire acondicionado y una calefacción. Como bajé de peso pude entrar con algo de trabajo y ahí supongo tomé o agarré frío. Entrar fue salir porque la terraza había sido pintada de amarillo, y no encontré más que una especie de manual, una nomenclatura pegada a uno de los muros, eso, que pedía hallar los sitios que quedaban por pintar.

También escuché su frase y, creo, se grabó de una forma única y firme. Creo que ya no tengo cerebro, y creo que tengo un orificio más grande que el del sitio a donde también hay personas esperando con las manos en los botones. No sé quién habrá instalado el sistema eléctrico pero estoy seguro que tiene alguna falla, quizá filtraciones, pues ocurren cosas extrañas como chispazos o textos en ruso: se sienten como descargas y lo brazos a veces se mueven y se levantan solos haciendo aspavientos. Por ejemplo, además del sistema eléctrico tengo instalados sistemas o programación con avisos o carteles nocturnos sobre cereal y goma gumgum de canela; dentro es un mar de oscuridades y rocas fosforescentes. 
Estos carteles tienen o tendrían el fin de señalar direcciones o pasajes y también como rastros, se encienden con extrema, demasiada brevedad y uno los nota cuando ya han encendido. No tengo prisa, y sin embargo ahora me veo con estas instalaciones y me recuerdan a cronómetros y al estadio de Nayón. Cada vez que quiero pensar (su frase, la frase) las luces y agujas ocupan la mitad de la casa, y la cabeza es la mitad del orificio.

La gente del barrio debe estar somnolienta con tanta luz y eso del gas. Amo el neón, pero esto es superior a mis órdenes y deseos. Un día dormí dentro del colchón: a la siguiente noche también funcionó pero a la tercera los resortes rompieron el velador y eso más el gas provocó un poco de boOom. El diario de la ciudad no nos publicó pero de haber pasado por la escuela de periodismo (con algo de mala leche encendí el teve) publicaría eso de la pirotecnia más eso de los octavos días antes de terminar marzo. Dormir en un colchón es similar a un emparedado, o dos somiers y el valle con plumón, y también lo mismo debajo de uno, exactamente lo mismo. Supongo que pueden ser dos árboles y dos refrigeradoras, y lo mismo también debajo. Básicamente en posición hombredeVitrubio con los dedos en cada una de las esquinas, abiertos como en los relojes. 
 Mejor si es una cosa suave plaza y media o dos plazas. Sin embargo en las noticias, y en el programa de las tres horas bailando y mirando bailar, ya hablaban, y mientras decían  eres mentiroso no dejaban de bailar, mientras, también otros bailaban.


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