25/8/14

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una lata con una arveja

Ese día queríamos que sucediera de una vez la revolución. No sucedió, pasó, más bien, que hablamos sobre las cosas que alguna vez encontramos tiradas en el suelo, cosas que saltábamos al dar largas u obligadas caminatas alrededor del centro. Una tallerista descargaba su decepción “contándonos” cómo un día ella maldijo a su celular. Malditocelulardelmedioevo había dicho, y también contó cómo luego no lo encontró, eso cuando guardó cosas en su maleta. Dijo también que esa tarde, o mañana, no estaba segura, había salido durante diez segundos de su casa, y al ver pasar a alguien, creo, dijo, habertiradointencionadamenteelaparato.
Antes de dormir, antes del día para talleres de comucaciónyredes, tuve un sueño en que caminaba por unas calles amplias de veredas igual amplias, y en esta encontraba, sitio desconocido y familiar como una calle de la infancia, un aparato celular, similar, al que tengo ahora, al que uso diariamente. Lo extraño fue que en el sueño sentía profunda alegría, tranquilidad, como si al hallar eso hallara una calma profunda.

En el sueño también sentí pánico y unos tipos caminaban hacia mí desde el fondo de la calle. Debe estar cerca de casa, pensé. Luego observé que los hombres vestían como linyeras, y llevaban bolsas plásticas y zapatos grandes, zapatos que debían ser de otra persona. Luego yo daba algunos pasos y ellos parecían hablar de las cosas y por sus voces intuí que acababan de golpear a alguien. También dijeron algo de seguirme.

Entraron los talleristas, y muchos dejaban sus maletas colgadas, o solo sobre las mesas, y luego abrían sus portátiles o algunos con los ojos casi cerrados colocaban el rostro sobre las mesas, descansaban como si bajaran de un barco. Alguien dijo que debíamos cancelar el taller y que buscáramos al profesor para explicarle que debíamos repasar los exámenes de ciclo y que nos diera sus horas. Supongo que se trataban de tareas por terminar, pero, nadie dejó las sillas y los talleristas, con las caras sobre las mesas, apenas si temblaron, como si suspiraran, o como si un escalofrío diminuto los alcanzara desde los pies. Alguien me empujó hacia afuera, y como no tenía nada que hacer, o por el contrario como no sabía cómo empezar, tomé el pasillo en busca de problemas.
A veces y desde la habitación sonaba como si en el pasillo los talleristas formaran mazmorras; al caminarlos encontraba un silencio y la luz de cuatro bombillas amarillas. También los cuadros de Bacon apoyados en el suelo, y el suelo roto, montañas de escombros y azulejos por pegar.
Dos puertas amarillas guardaban la entrada a las habitaciones de administración. Dentro había una televisión o una radio encendida, también una mesa con pequeñas porcelanas con las bocas hacia abajo; por las tardes, la radio pasaba temas o canciones de música popular, en su mayoría canciones sobre amores rotos o sobre encontrar el olvido. I dijo que debíamos asustar a los otros, y empezó los rumores y luego, cuando se fueron, tiramos la lista que todos firmaron pero también copiamos dos o tres correos. Jugaba con el dial de la radio, luego I dijo que lo intentase, yo dije tu turno, I cambió de emisora y yo callé hasta el día siguiente. Afuera los talleristas miraban los horarios, y consultaban u ordenaban unas carpetas con hojas sueltas y también los apuntes. Para volver a la habitación tuve que empujar, y también me animé a levantar los brazos y era como ir de aquí para allá; sentí que varios hombros (o eran codos) se empotraban en mis pulmones y luego hice lo mismo, pero creo que me pasé, escuché toses graves y otras como de can.
En la habitación tomé uno de los libros que llevaba en la maleta, y luego subrayé la frase: entonces va, y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entrados, moran allí; y son peores las postrimerías del tal hombre que las antípodas.
Luego quise dormir y al mismo tiempo quise nadar sobre algo líquido, algo denso también. Luego leí, y mientras leía pensaba que me había dormido.

Mientras lo hacía recordé que alguien seguía enfurecido, y se me ocurrió que al mismo tiempo (inútilmente) yo lo desafiaba. Dentro de la habitación había diez talleristas y todos tenían la cabeza echada un poco sobre la mesa, y sobre sus apuntes o sobre sus portátiles. Luego el profesor apareció, y alguien dijo que los demás estaban por llegar, y luego escuché que esperaríamos hasta estar completos. El profesor tomó algo del escritorio (o lo hizo a un lado para colocar un maletín grande que parecía vacío o lleno de bolas de papel) y luego colocó un maletín bordó y también lo recostó. Esas manías resultaban entusistas, lo llenaban a uno de esperanzas, ya me daba ganas de realizar cuestionarios de aplicación, y de ser un tipo responsable con documentos oficiales llenos de sellos de goma. Uno ya quería el futuro para cargar con todo lo clasificado, y lo subrayado, y luego mi observaba en el profesor que acababa de mandar a buscar unas fotocopias, y yo quise que me lo pidiera y así para aprovechar de mirar el  archivero de los hombres de corbata azul, y cuando pensaba, alguien estaba ya en el pasillo, así que para reconfortarme me felicité y luego O dijo que lo acompañe. O acababa de venir y yo lo seguía mirando su cuello lleno de pliegues y entonces F salió de otra habitación, y F me miró y U que acababa de cerrar la puerta tomó del brazo a O y yo me quedé esperando que alguien más saliera. Una desconocida que llevaba un chal rojo se colgó de mi espalda, y equilibraba su café mientras yo caminaba, y sentí que algo frío caía sobre mis muslos y pensé que luego estaría con los paños y con eso de los buenos deseos y sanos consejos, quitando la mancha y haciendo una pelota con el vaso del café.
Luego intenté recordar cuándo y dónde había escuchado la palabra enchastre.
Dejé que el café cayera al suelo, y luego alguien decía que no era ningún problema, y yo me pegaba hacia el muro para dejar espacio libre, y observé unos paños amarillos y los pies se pegaban como en el piso de los cines, recordé la inauguración enlatacunga.

La segunda ocasión fue similar, y ya no tenía ganas de salir pero igual me arranqué de la silla azul, y G venía sermoneando sobre nuestros deberes; le buscamos un marlboro, y yo sabía aquello, pero igual me dije pilotear conpiloto así que seguí derecho y pedí una bocanada.

Estuvimos sobre un muro con la colilla apuntando hacia el sol, ese sol que quería y ya había iniciado con eso de incendiar las nubes, unas llamas justo encima de la boca deforme de la montaña. Para no aburrirme, dirigí al sol hacia la montaña, y su circunferencia calzaba perfecta en aquella boca. Luego jugué a que la montaña vomitaba o hipaba, como si devolviera, “regurgitara” al sol; y el sol se enojó y entonces calentó algunas nubes hasta que estas se volvieron rojas, y luego ya no quiso salir, y supongo que encontró el modo de ser montaña, y eso debía tomarle máximo doce horas. No, me dije y me pregunté qué hacer, ya que debía, era su obligación, aparecer al día siguiente; y estuve bien preocupado, como si esa circunferencia fuera la última.

Al salir de la habitación todos me aporrearon, y luego pensé que estaba en secundaria aunque en verdad nunca me habían empujado; dejendetirarmalaonda dije, y luego todos rieron, y yo no sé qué chuchas era gracioso ya que, hace un minuto me tiraban cosas y ahora estaban contentos y hasta lucían como interesados. Ríen, e incluso callan, miran con atención (como a una mascota) y luego parecen estudiar y consultan y discuten sobre el pánico y el smog en Santateresa. Tiempos bien trascendentes. Al igual que al hombre de corbata azul que me alcanzó la revista, esa publicación impresa, la del papel couché, y apenas la vi fue recordar a lachicachaleconelsón; y anoté un número y luego debía recomendar eso del CS5. Pensaba en pólvora y madrugadas en medio de un círculo de coyotes, y también nunca antes había visto a un coyote. Luego dejé la revista en manos de otro tallerista, perdón dije y también quise quedarme pero ya bajaba los escalones, y el profesor se había adelantado y estaba ya en el piso seis, y luego también en el quinto y luego lo vi o lo vimos de espaldas frente al incendio, la mano levantada y creo que dirigía al sol hacia la boca de la montaña. Escuchamos que el orificio decía algo, miré hacia los escalones y unas luces parpadeaban en lapatria, o era laríodejaneiro.


Recogía los jirones de la chaqueta y luego la frase tembló: como entre las costillas, y luego yo pensé que sería una idea genial el volverme diminuto hasta desaparecer. Luego fui pequeño y noté que estaba dentro de una lata de arvejas y una arveja más chica, (seguro era verde), se paseaba por dentro y luego pude ver algo brillante, y me faltaban uñas y luego vi debajo de esas uñas, pero todo estaba dentro de los zapatos y de verdad sentí horror, y creí que las personas que no habían entrado en la iglesia, quienes llenaban el museo y hacían fila frente a la fuente, prefirieron saltar desde un trampolín de goma hacia las aguas verdes y humeantes; y para eso se tomaban, como para cumplir, unas fotos frente a las rocas húmedas y frente a los bordes ferrosos.
Cada oración me dirigía hacia el orificio, y hacia la terraza, y quizás me exigía administrar un galpón en mitad deCarapungo.
Luego la arveja se quedó quieta pero ahora que lo pienso bien, vivo con una arveja que me ocupa la mitad del colchón. Luego escuché de nuevo eso de eresunmentiroso, pero era raro, y yo no sabía y me pregunté dónde estaba; supongo estaba entre los árboles o frente a los autos masticando las barras que había adquirido tras terminar la fila, pero también creía que la barras estaban siendo comprimidas, como esas pelotas amarillas cubiertas de pelusa, eso de apretar mientras se hacen caminatas, o casi trotes, y al mismo tiempo decía eso de eres unmentiroso pero yo no sabía dónde estaba, y quería acercarme para pedirle que no aplastara las barras porque luego tendría que buscarse una barra de jabón para quitarse el dulce, quitarse si no quería que las manos se le llenaran de pelusas. Entonces comprendí que mentir era creer en todo, y extrañamente sabía el lugar de las barras, supe en qué momento habían llegado, aunque también observé un auto que venía, el parabrisas lleno de eresun mentiroso pero me calmaba o decía deja de decir que eres un mentiroso porque estás mintiendo, y luego dije ¿qué era un mentiroso? y luego pensé que quien había dicho eres un mentiroso era el número impreso en la barra, el número que indicaba el mes de abril y el día tres; el hombre de uniforme amablemente preguntó si necesitábamos que alguien fuera a casa a enseñarnos las recetas de pan con canela, o ron con limón, seguro otras cosas y en otros galpones.


Como no entendía mucho me busqué un rato sobre los escalones y sobre algunas talleristas que caminaban de la mano de otros talleristas, y entre los tres, o cuatro, porque quizás habían otros, escribimos en el muro, pero luego nos volvimos gases, o árboles porque el invierno se acercaba y porque los escalones habían desparecido y todo el suelo parecía un pedazo desanandrés y sanandrés queda a veinte minutos de Guano. 
Gas y callamos y eresunmentiroso.

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