una lata con
una arveja
Ese día
queríamos que sucediera de una vez la revolución. No sucedió, pasó, más bien,
que hablamos sobre las cosas que alguna vez encontramos tiradas en el suelo,
cosas que saltábamos al dar largas u obligadas caminatas alrededor del centro.
Una tallerista descargaba su decepción “contándonos” cómo un día ella maldijo a
su celular. Malditocelulardelmedioevo había dicho, y también contó cómo
luego no lo encontró, eso cuando guardó cosas en su maleta. Dijo también que
esa tarde, o mañana, no estaba segura, había salido durante diez segundos de su
casa, y al ver pasar a alguien, creo,
dijo, habertiradointencionadamenteelaparato.
Antes de
dormir, antes del día para talleres de comucaciónyredes,
tuve un sueño en que caminaba por unas calles amplias de veredas igual amplias,
y en esta encontraba, sitio desconocido y familiar como una calle de la
infancia, un aparato celular, similar, al que tengo ahora, al que uso
diariamente. Lo extraño fue que en el sueño sentía profunda alegría,
tranquilidad, como si al hallar eso hallara una calma profunda.
En el
sueño también sentí pánico y unos tipos caminaban hacia mí desde el fondo de la
calle. Debe estar cerca de casa, pensé.
Luego observé que los hombres vestían como linyeras, y llevaban bolsas
plásticas y zapatos grandes, zapatos que debían ser de otra persona. Luego yo
daba algunos pasos y ellos parecían hablar de las cosas y por sus voces intuí
que acababan de golpear a alguien. También dijeron algo de seguirme.
Entraron
los talleristas, y muchos dejaban sus maletas colgadas, o solo sobre las mesas,
y luego abrían sus portátiles o algunos con los ojos casi cerrados colocaban el
rostro sobre las mesas, descansaban como si bajaran de un barco. Alguien dijo
que debíamos cancelar el taller y que buscáramos al profesor para explicarle
que debíamos repasar los exámenes de ciclo y que nos diera sus horas. Supongo
que se trataban de tareas por terminar, pero, nadie dejó las sillas y los
talleristas, con las caras sobre las mesas, apenas si temblaron, como si
suspiraran, o como si un escalofrío diminuto los alcanzara desde los pies. Alguien
me empujó hacia afuera, y como no tenía nada que hacer, o por el contrario como
no sabía cómo empezar, tomé el pasillo en busca de problemas.
A veces y
desde la habitación sonaba como si en el pasillo los talleristas formaran
mazmorras; al caminarlos encontraba un silencio y la luz de cuatro bombillas
amarillas. También los cuadros de Bacon
apoyados en el suelo, y el suelo roto, montañas de escombros y azulejos por
pegar.
Dos
puertas amarillas guardaban la entrada a las habitaciones de administración. Dentro
había una televisión o una radio encendida, también una mesa con pequeñas
porcelanas con las bocas hacia abajo; por las tardes, la radio pasaba temas o
canciones de música popular, en su mayoría canciones sobre amores rotos o sobre
encontrar el olvido. I dijo que debíamos asustar a los otros, y empezó los
rumores y luego, cuando se fueron, tiramos la lista que todos firmaron pero
también copiamos dos o tres correos. Jugaba con el dial de la radio, luego I
dijo que lo intentase, yo dije tu turno, I cambió de emisora y yo callé
hasta el día siguiente. Afuera los talleristas miraban los horarios, y
consultaban u ordenaban unas carpetas con hojas sueltas y también los apuntes.
Para volver a la habitación tuve que empujar, y también me animé a levantar los
brazos y era como ir de aquí para allá;
sentí que varios hombros (o eran codos) se empotraban en mis pulmones y luego
hice lo mismo, pero creo que me pasé, escuché toses graves y otras como de can.
En la
habitación tomé uno de los libros que llevaba en la maleta, y luego subrayé la
frase: entonces va, y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y
entrados, moran allí; y son peores las postrimerías del tal hombre que las
antípodas.
Luego
quise dormir y al mismo tiempo quise nadar sobre algo líquido, algo denso
también. Luego leí, y mientras leía pensaba que me había dormido.
Mientras
lo hacía recordé que alguien seguía enfurecido, y se me ocurrió que al mismo
tiempo (inútilmente) yo lo desafiaba. Dentro de la habitación había diez
talleristas y todos tenían la cabeza echada un poco sobre la mesa, y sobre sus
apuntes o sobre sus portátiles. Luego el profesor apareció, y alguien dijo que
los demás estaban por llegar, y luego escuché que esperaríamos hasta estar completos. El profesor tomó
algo del escritorio (o lo hizo a un lado para colocar un maletín grande que
parecía vacío o lleno de bolas de papel) y luego colocó un maletín bordó y
también lo recostó. Esas manías resultaban entusistas, lo llenaban a uno de
esperanzas, ya me daba ganas de realizar cuestionarios de aplicación, y de ser
un tipo responsable con documentos oficiales llenos de sellos de goma. Uno ya
quería el futuro para cargar con todo lo clasificado, y lo subrayado, y luego mi
observaba en el profesor que acababa de mandar a buscar unas fotocopias, y yo
quise que me lo pidiera y así para aprovechar de mirar el archivero de los hombres de corbata azul, y cuando
pensaba, alguien estaba ya en el pasillo, así que para reconfortarme me
felicité y luego O dijo que lo acompañe. O acababa de venir y yo lo seguía
mirando su cuello lleno de pliegues y entonces F salió de otra habitación, y F
me miró y U que acababa de cerrar la puerta tomó del brazo a O y yo me quedé
esperando que alguien más saliera. Una desconocida que llevaba un chal rojo se
colgó de mi espalda, y equilibraba su café mientras yo caminaba, y sentí que
algo frío caía sobre mis muslos y pensé que luego estaría con los paños y con
eso de los buenos deseos y sanos consejos, quitando la mancha y haciendo una
pelota con el vaso del café.
Luego
intenté recordar cuándo y dónde había escuchado la palabra enchastre.
Dejé que
el café cayera al suelo, y luego alguien decía que no era ningún problema, y yo
me pegaba hacia el muro para dejar espacio libre, y observé unos paños
amarillos y los pies se pegaban como en el piso de los cines, recordé la
inauguración enlatacunga.
La
segunda ocasión fue similar, y ya no tenía ganas de salir pero igual me
arranqué de la silla azul, y G venía sermoneando sobre nuestros deberes; le
buscamos un marlboro, y yo sabía aquello, pero igual me dije pilotear
conpiloto así que seguí derecho y pedí una bocanada.
Estuvimos
sobre un muro con la colilla apuntando hacia el sol, ese sol que quería y ya
había iniciado con eso de incendiar las nubes, unas llamas justo encima de la
boca deforme de la montaña. Para no aburrirme, dirigí al sol hacia la montaña,
y su circunferencia calzaba perfecta en aquella boca. Luego jugué a que la
montaña vomitaba o hipaba, como si devolviera, “regurgitara” al sol; y el sol
se enojó y entonces calentó algunas nubes hasta que estas se volvieron rojas, y
luego ya no quiso salir, y supongo que encontró el modo de ser montaña, y eso debía
tomarle máximo doce horas. No, me dije y me pregunté qué hacer, ya que debía,
era su obligación, aparecer al día siguiente; y estuve bien preocupado, como si
esa circunferencia fuera la última.
Al salir
de la habitación todos me aporrearon, y luego pensé que estaba en secundaria aunque
en verdad nunca me habían empujado; dejendetirarmalaonda dije, y luego
todos rieron, y yo no sé qué chuchas era gracioso ya que, hace un minuto me
tiraban cosas y ahora estaban contentos y hasta lucían como interesados. Ríen,
e incluso callan, miran con atención (como a una mascota) y luego parecen
estudiar y consultan y discuten sobre el pánico y el smog en Santateresa. Tiempos bien trascendentes.
Al igual que al hombre de corbata azul que me alcanzó la revista, esa
publicación impresa, la del papel couché, y apenas la vi fue recordar a lachicachaleconelsón; y anoté un número
y luego debía recomendar eso del CS5.
Pensaba en pólvora y madrugadas en medio de un círculo de coyotes, y también
nunca antes había visto a un coyote. Luego dejé la revista en manos de otro
tallerista, perdón dije y también
quise quedarme pero ya bajaba los escalones, y el profesor se había adelantado
y estaba ya en el piso seis, y luego también en el quinto y luego lo vi o lo vimos
de espaldas frente al incendio, la mano levantada y creo que dirigía al sol
hacia la boca de la montaña. Escuchamos que el orificio decía algo, miré hacia
los escalones y unas luces parpadeaban en lapatria,
o era laríodejaneiro.
Recogía los
jirones de la chaqueta y luego la frase tembló: como entre las costillas, y
luego yo pensé que sería una idea genial el volverme diminuto hasta desaparecer.
Luego fui pequeño y noté que estaba dentro de una lata de arvejas y una arveja
más chica, (seguro era verde), se paseaba por dentro y luego pude ver algo
brillante, y me faltaban uñas y luego vi debajo de esas uñas, pero todo estaba dentro
de los zapatos y de verdad sentí horror, y creí que las personas que no habían
entrado en la iglesia, quienes llenaban el museo y hacían fila frente a la
fuente, prefirieron saltar desde un trampolín de goma hacia las aguas verdes y
humeantes; y para eso se tomaban, como para cumplir, unas fotos frente a las
rocas húmedas y frente a los bordes ferrosos.
Cada
oración me dirigía hacia el orificio, y hacia la terraza, y quizás me exigía administrar
un galpón en mitad deCarapungo.
Luego la
arveja se quedó quieta pero ahora que lo pienso bien, vivo con una arveja que
me ocupa la mitad del colchón. Luego escuché de nuevo eso de eresunmentiroso,
pero era raro, y yo no sabía y me pregunté dónde estaba; supongo estaba entre
los árboles o frente a los autos masticando las barras que había adquirido tras
terminar la fila, pero también creía que la barras estaban siendo comprimidas,
como esas pelotas amarillas cubiertas de pelusa, eso de apretar mientras se hacen
caminatas, o casi trotes, y al mismo tiempo decía eso de eres unmentiroso
pero yo no sabía dónde estaba, y quería acercarme para pedirle que no aplastara
las barras porque luego tendría que buscarse una barra de jabón para quitarse
el dulce, quitarse si no quería que las manos se le llenaran de pelusas.
Entonces comprendí que mentir era creer en todo, y extrañamente sabía el lugar
de las barras, supe en qué momento habían llegado, aunque también observé un
auto que venía, el parabrisas lleno de eresun mentiroso pero me calmaba
o decía deja de decir que eres un mentiroso porque estás mintiendo, y
luego dije ¿qué era un mentiroso? y luego pensé que quien había dicho eres un mentiroso era el número impreso
en la barra, el número que indicaba el mes de abril y el día tres; el hombre de
uniforme amablemente preguntó si necesitábamos que alguien fuera a casa a enseñarnos
las recetas de pan con canela, o ron con limón, seguro otras cosas y en otros
galpones.
Como no
entendía mucho me busqué un rato sobre los escalones y sobre algunas
talleristas que caminaban de la mano de otros talleristas, y entre los tres, o
cuatro, porque quizás habían otros, escribimos en el muro, pero luego nos volvimos
gases, o árboles porque el invierno se acercaba y porque los escalones habían
desparecido y todo el suelo parecía un pedazo desanandrés y sanandrés
queda a veinte minutos de Guano.
Gas y
callamos y eresunmentiroso.
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