29/8/14

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Permanente

Los escalones parecían hechos de otros pequeños escalones, y con mi inesperada pequeña dimensión o volumen apenas si estaba en la quinta grada de la cuarta grada. Tenía un ánimo del diablo, es decir, quería hacer cualquier torpeza para que mis manos se agarraran a sus hombros, y desde allí, manos y hombros viajáramos, camináramos, cualquier cosa con tal de no estar quietos; esa manía de querer ser parte de algo y la vez de creer que el mejor sitio para mirar las cosas es estando subido o trepadote, como escuché decir, sobre los hombros de una persona que baja sin detenerse a mirar ni a leer afiches o frases escritas en los muros. Para mí, eso de viajar en los hombros representa y equivale a ser una cabeza; por lo general dos cabezas no pasan desapercibidas, normalmente pienso por dos y siempre hay desmayados.

También esperaba que bajase. Estiré el cuello (una tortuga) para observar alto, altísimo y creo que eso ocurrió, y entonces spidermanIII dijo ¡do it marica! and I said ¡yeah peterpunk! y luego creo que golpeé mi frente, y luego creo que mis dientes rotos, los tendría dibujados en la frente, se doblaban de la risa sobre el suelo, y muchos de esos dientes no tenían ojos y yo pensaba por qué no me avisaron que estaba por tropezar y sus pequeñas bocas llenas de pequeños dientes estaban abiertas como cuevas, dentro, uno de los pequeños dientes, uno que no reía miraba a los otros como preocupado, ajeno a la juerga, eso hasta que entre todos pidieron que lo olvidara, el miércoles lo llevaremos a primera hora. El diente se mantuvo lejano, en sus cavilaciones, dentro de la boca pero lejos, en un sitio remoto, como si nada lo convenciera, mirando y también me miró a mí.

Recuerdo, si es que pasó, que sus hombros no eran tan firmes como lo esperaba. O quizás fue demasiado peso. Apenas estuve quince, quizás diez segundos y fue como los malabares sobre un alambre o sobre una rama, y recordé que en mi vida de pájaro solía picotear la mitad más oscura de los capulíes y luego los vecinos, unos chiquillos y unos efebos hacían lo mismo y también dejaban medios masticados los granos oscuros, y eso fue al volver de la escuela, y estaba en mi habitación jugando con mis fichas y los legos, y entonces una señora que llenaba unos pantalones azules entraba en mi habitación gritando, y se la veía molesta o asustada y empezaba con eso de que en el árbol colgaban unos locos desadaptados y efebos, canallas trepadotes que no mastican todo el grano, y me asomaba por la ventana y era como ver las primeras escenas de odiseadelespacio, todo brazos y gritos y ramas golpeándose y arqueándose en todas las direcciones, y ponía cara de quién soy yo y la mujer me miraba decepcionada, y sin decirlo decía usted debe cuidar el mundo, no es hijo del aire, o es que no llama AK, y todo eso me pareció exagerado, y yo seguía pensando en los monitos y los huesos para golpear y luego miré de nuevo por la ventana y al fin vi sus rostros, y eran deformes y llenos de granos, y masticaban y sus muecas eran de satisfacción, metían grandes puñados en la boca y parecían peligrosos, y luego de hincharse, por eso del trabajo bien hecho y eso de al final está la recompensa, quizá porque el árbol era bien alto, respiraban felices y también sus ojos ya estaban en otra parte; escupían las pepas sobre el jardín y sobre el rosal, y saltaban y uno ya no sabía hacia dónde mirar, quizás sus ojos perdidos ya estaban sobre mis primas, y sus amigas, y lo agradecí puesto que entonces aún no tenía familia, éramos SA y AK, luego vino VF y LN, y lo malo fue que el jardín terminó lleno de semillas y nadie las tragaba, y dentro de la semilla hay pistacho, y también lleno de fruta media masticada.

Bueno, algo así era lo que venía a mi mente cada vez que pensaba en árboles. Y al subir en sus hombros algo así ocurrió, pero no deseé ser más ágil o menos pesado, como el efebo, no, solo dije esto va a estar bien duro como la vez que tuve que romper Tilipulo golpeándolo como mil veces con la cabeza. Dentro de Tilipulo había una roca brillante y muy oscura, pero luego pasé varios días sobre la cama de un centro de salud, y las medicinas aún no eran gratuitas y los doctores me levantaban la camisa para auscultarme y eso era frío y olía a mulgatol. En el centro conocí las bondades de la química casera que luego entraba en mí a través de una jeringa. Luego leía algo, o antes de, por lo general era AnaCostas y luego alguien me retiraba la revista que se me había pegado al rostro, y luego yo estaba en medio de un salón oscuro, y varias, varias pantallas me mostraban los rostros de los otros internos y eran elefantes, y unas piscinas con agua rosa. Esto no sucedía en el taller y sin embargo teníamos una gran pantalla de un cristal blanco y a veces alguien escribía con un rotulador permanente, esos que no se pueden quitar, y luego alguien debía ir a buscar algodón y alcohol pero no mirábamos nuestros rostros en el pizarrón, y quizás eso era lo que nos faltaba.
Tilipulo hoy es un hotel y una galería de arte. 

Cada vez que el hombre de corbata azul hacía una pregunta nos preocupábamos por nuestras maletas, y luego entrábamos en ellas y no salíamos hasta el fin de la jornada y eso era también dentro de la ecovía. Poco a poco, pienso, algunos nos fuimos adecuando a ese interior y luego ya no quisimos más las luces ni el calor de las bombillas ahorradoras porque en cada maleta había paneles con botones que sí encendían, y a veces, sobre todo a las talleristas del valle, se les ocurría por llevar un termo especial que dotaba de calor al interior y uno estaba de regreso en el útero. En realidad prefería mi maleta pero varias veces estuve visitando las maletas y los interiores y los bolsillos y el polvo de otros, y en una ocasión tuve un romance con una peluca, sí, no extensiones. Sucedió en mayo, en la oscuridad del cuero y el forro de poliéster, se había perdido un panel con botones que sí encendían, y mientras lo buscaban yo también formaba parte de uno de los equipos de rescate, y me encontré con una peluca oscura que me preguntó si me gustaba su colonia; aproveché para tomarla y me hice fotos y luego me respondieron desantiago y la peluca tenía abundante pelo oscuro.
Ese día supe que me gustaba enredarme y tomarme fotos.
Lo gracioso fue que durante dos semanas fui de piso en piso, y de maleta en maleta y mis pies y eso, y ya anotaba todo en la libreta, y me daba por usar el flexómetro pero luego se perdió el flexómetro, y lo buscamos abriendo las maletas.

Por cierto, el hombre de corbata azul solía prestarnos la sala de reuniones y esos días llevábamos café instantáneo y la máquina de café era alta y brillante y aún tenía los sellos del almacén sukasa. Era una casa sobre una colina y detrás había otras colinas y muchos cerramientos de mil metros y hombres levantando columnas o remojando un pan en un vaso de cocacola. Yo la verdad desde hace mucho tiempo creo que había perdido el juicio claro o sensato e intentaba estar quieto y evité decir muchas estupideces puesto que empezaban a notar mi trastorno y mi proceder irresponsable de recién graduado. Por eso, quizás alguien se aventuró a hablar de la sociedad juliette y supe que eso también era estar dentro.
Yo sentía que no estaba muy conectado con los centros, y me refiero a nociones taxológicas y nemotécnicas pero tampoco es que las cosas fueran demasiado complejas. Sin embargo y tras varios años noté que apenas y lograba despuntar en alguna materia, y luego pensé que debía intentar especializarme, cosas como historia y desarrollo o análisis de estructuras comparadas. En algunos sitios empezaban a requerir ese tipo de profesionales, eso dijo el hombre de corbata azul, lo dijo sentado mientras nosotros transcribíamos unos epígrafes y eran ya demasiadas sus arengas, y alguien hizo un nudo con la corbata y luego quedaba mirar la viga, y esperar, o inclinarnos hacia cualquier lado. Luego observé un mapa de la ciudad, uno grande como una bandera y que ocupaba todo el muro. Decía Ciudad de la Línea. En otro muro colgaban retratos de hombres de corbata azul y debajo la fecha era de 1979-1983. Luego me inventé una historia sobre los orígenes de la corbata que llevaba los hombres del centro, todos, en todos los centros y sin excepción. Supuse, con algo de rabia, que nosotros jamás debíamos aspirar a ese tipo de compromiso. En otra foto muchos hombres y mujeres de corbata azul miraban a la cámara, lo hacían con grandes sonrisas y detrás de ellos otros hombres bailaban con otras mujeres y se veía mitades de rostros y rostros apoyados sobre los hombros de hombres, uno o dos tenían los ojos cerrados como embriagados o como buscando elevarse del suelo con el baile y la pareja. En mi historia contaba como centro o lugar de enunciación el año de 1983, y los antecedentes eran la cámara de representantes dividida en tres bloques. Terminaba con mi arenga personal: ¡Compañeros, al gobierno!
En el fondo me sentía como alguien que había hecho todo, pero en realidad todo era al revés.

Luego al bajar esperaba no encontrarme para no tener que recordar lo que ahora ya recordé y uno de los botones en ese orificio dónde colgaba un panel que no encendía tenía grabada la palabra Push. Los muros temblaban, y yo calculaba la posibilidad de lanzarme a los escalones, eso, y luego pensé que al rodar terminaría en la planta baja. Eso pudo o no suceder, pero también tomé el hombro de alguien, y lo hice porque alcancé, entre las vueltas y los montones sobre las carretillas, a reconocer un perfil, uno familiar y recortado como una hoja o como una sombra sobre un muro; y luego estuvimos mirando a los grupos y yo pedí alejarnos y era la excusa para no volver a los talleres y para evitar que nos reconocieran, y lo dije antes de que empezáramos a dirigirnos a cualquier lado y porque en realidad ya ellos nos vieron y acercarnos sin planes era como medio suicida, quedarnos o acercarnos era buscar más problemas, además del problema mayor que representaba escucharnos.

Luego rodé por los escalones como una pelota hacia el noveno piso y allí terminé dentro de un arco de fútbol cinco y en la camiseta alguien me había escrito eres un mentiroso.

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