Permanente
Los
escalones parecían hechos de otros pequeños escalones, y con mi inesperada
pequeña dimensión o volumen apenas si estaba en la quinta grada de la cuarta
grada. Tenía un ánimo del diablo, es decir, quería hacer cualquier torpeza para
que mis manos se agarraran a sus hombros, y desde allí, manos y hombros
viajáramos, camináramos, cualquier cosa con tal de no estar quietos; esa manía
de querer ser parte de algo y la vez de creer que el mejor sitio para mirar las
cosas es estando subido o trepadote, como escuché decir, sobre los hombros de
una persona que baja sin detenerse a mirar ni a leer afiches o frases escritas
en los muros. Para mí, eso de viajar en los hombros representa y equivale a ser
una cabeza; por lo general dos cabezas no pasan desapercibidas, normalmente
pienso por dos y siempre hay desmayados.
También
esperaba que bajase. Estiré el cuello (una tortuga) para observar alto,
altísimo y creo que eso ocurrió, y entonces spidermanIII
dijo ¡do it marica! and I said ¡yeah peterpunk! y luego creo que
golpeé mi frente, y luego creo que mis dientes rotos, los tendría dibujados en
la frente, se doblaban de la risa sobre el suelo, y muchos de esos dientes no
tenían ojos y yo pensaba por qué no me
avisaron que estaba por tropezar y sus pequeñas bocas llenas de pequeños
dientes estaban abiertas como cuevas, dentro, uno de los pequeños dientes, uno
que no reía miraba a los otros como preocupado, ajeno a la juerga, eso hasta
que entre todos pidieron que lo olvidara, el
miércoles lo llevaremos a primera hora. El diente se mantuvo lejano, en sus
cavilaciones, dentro de la boca pero lejos, en un sitio remoto, como si nada lo
convenciera, mirando y también me miró a mí.
Recuerdo,
si es que pasó, que sus hombros no eran tan firmes como lo esperaba. O quizás
fue demasiado peso. Apenas estuve quince, quizás diez segundos y fue como los
malabares sobre un alambre o sobre una rama, y recordé que en mi vida de pájaro
solía picotear la mitad más oscura de los capulíes y luego los vecinos, unos
chiquillos y unos efebos hacían lo mismo y también dejaban medios masticados los
granos oscuros, y eso fue al volver de la escuela, y estaba en mi habitación
jugando con mis fichas y los legos, y entonces una señora que llenaba unos
pantalones azules entraba en mi habitación gritando, y se la veía molesta o
asustada y empezaba con eso de que en el árbol colgaban unos locos desadaptados
y efebos, canallas trepadotes que no mastican todo el grano, y me asomaba por
la ventana y era como ver las primeras escenas de odiseadelespacio, todo brazos y gritos y ramas golpeándose y
arqueándose en todas las direcciones, y ponía cara de quién soy yo y la mujer me miraba decepcionada, y sin decirlo decía
usted debe cuidar el mundo, no es hijo
del aire, o es que no llama AK, y todo eso me pareció exagerado, y yo
seguía pensando en los monitos y los huesos para golpear y luego miré de nuevo
por la ventana y al fin vi sus rostros, y eran deformes y llenos de granos, y masticaban
y sus muecas eran de satisfacción, metían grandes puñados en la boca y parecían
peligrosos, y luego de hincharse, por eso del trabajo bien hecho y eso de al
final está la recompensa, quizá porque el árbol era bien alto, respiraban
felices y también sus ojos ya estaban en otra parte; escupían las pepas sobre
el jardín y sobre el rosal, y saltaban y uno ya no sabía hacia dónde mirar, quizás
sus ojos perdidos ya estaban sobre mis primas, y sus amigas, y lo agradecí
puesto que entonces aún no tenía familia, éramos SA y AK, luego vino VF y LN, y
lo malo fue que el jardín terminó lleno de semillas y nadie las tragaba, y
dentro de la semilla hay pistacho, y también lleno de fruta media masticada.
Bueno,
algo así era lo que venía a mi mente cada vez que pensaba en árboles. Y al
subir en sus hombros algo así ocurrió, pero no deseé ser más ágil o menos
pesado, como el efebo, no, solo dije esto va a estar bien duro como la vez
que tuve que romper Tilipulo golpeándolo como mil veces con la cabeza.
Dentro de Tilipulo había una roca
brillante y muy oscura, pero luego pasé varios días sobre la cama de un centro
de salud, y las medicinas aún no eran gratuitas y los doctores me levantaban la
camisa para auscultarme y eso era frío y olía a mulgatol. En el centro conocí las bondades de la química casera
que luego entraba en mí a través de una jeringa. Luego leía algo, o antes de,
por lo general era AnaCostas y luego
alguien me retiraba la revista que se me había pegado al rostro, y luego yo
estaba en medio de un salón oscuro, y varias, varias pantallas me mostraban los
rostros de los otros internos y eran elefantes, y unas piscinas con agua rosa.
Esto no sucedía en el taller y sin embargo teníamos una gran pantalla de un
cristal blanco y a veces alguien escribía con un rotulador permanente, esos que
no se pueden quitar, y luego alguien debía ir a buscar algodón y alcohol pero
no mirábamos nuestros rostros en el pizarrón, y quizás eso era lo que nos
faltaba.
Tilipulo hoy es un hotel y una galería de
arte.
Cada vez
que el hombre de corbata azul hacía una pregunta nos preocupábamos por nuestras
maletas, y luego entrábamos en ellas y no salíamos hasta el fin de la jornada y
eso era también dentro de la ecovía.
Poco a poco, pienso, algunos nos fuimos adecuando a ese interior y luego ya no
quisimos más las luces ni el calor de las bombillas ahorradoras porque en cada
maleta había paneles con botones que sí encendían, y a veces, sobre todo a las
talleristas del valle, se les ocurría por llevar un termo especial que dotaba
de calor al interior y uno estaba de regreso en el útero. En realidad prefería
mi maleta pero varias veces estuve visitando las maletas y los interiores y los
bolsillos y el polvo de otros, y en una ocasión tuve un romance con una peluca,
sí, no extensiones. Sucedió en mayo, en la oscuridad del cuero y el forro de
poliéster, se había perdido un panel con botones que sí encendían, y mientras
lo buscaban yo también formaba parte de uno de los equipos de rescate, y me
encontré con una peluca oscura que me preguntó si me gustaba su colonia;
aproveché para tomarla y me hice fotos y luego me respondieron desantiago y la peluca tenía abundante
pelo oscuro.
Ese día
supe que me gustaba enredarme y tomarme fotos.
Lo
gracioso fue que durante dos semanas fui de piso en piso, y de maleta en maleta
y mis pies y eso, y ya anotaba todo en la libreta, y me daba por usar el
flexómetro pero luego se perdió el flexómetro, y lo buscamos abriendo las
maletas.
Por
cierto, el hombre de corbata azul solía prestarnos la sala de reuniones y esos
días llevábamos café instantáneo y la máquina de café era alta y brillante y
aún tenía los sellos del almacén sukasa.
Era una casa sobre una colina y detrás había otras colinas y muchos
cerramientos de mil metros y hombres levantando columnas o remojando un pan en
un vaso de cocacola. Yo la verdad
desde hace mucho tiempo creo que había perdido el juicio claro o sensato e
intentaba estar quieto y evité decir muchas estupideces puesto que empezaban a
notar mi trastorno y mi proceder irresponsable de recién graduado. Por eso,
quizás alguien se aventuró a hablar de la sociedad
juliette y supe que eso también era estar dentro.
Yo sentía
que no estaba muy conectado con los centros, y me refiero a nociones taxológicas y nemotécnicas pero tampoco
es que las cosas fueran demasiado complejas. Sin embargo y tras varios años
noté que apenas y lograba despuntar en alguna materia, y luego pensé que debía
intentar especializarme, cosas como historia y desarrollo o análisis
de estructuras comparadas. En algunos sitios empezaban a requerir ese tipo
de profesionales, eso dijo el hombre de corbata azul, lo dijo sentado mientras
nosotros transcribíamos unos epígrafes y eran ya demasiadas sus arengas, y
alguien hizo un nudo con la corbata y luego quedaba mirar la viga, y esperar, o
inclinarnos hacia cualquier lado. Luego observé un mapa de la ciudad, uno
grande como una bandera y que ocupaba todo el muro. Decía Ciudad de la Línea. En otro muro colgaban retratos de hombres de
corbata azul y debajo la fecha era de 1979-1983. Luego me inventé una
historia sobre los orígenes de la corbata que llevaba los hombres del centro,
todos, en todos los centros y sin excepción. Supuse, con algo de rabia, que
nosotros jamás debíamos aspirar a ese tipo de compromiso. En otra foto muchos
hombres y mujeres de corbata azul miraban a la cámara, lo hacían con grandes
sonrisas y detrás de ellos otros hombres bailaban con otras mujeres y se veía
mitades de rostros y rostros apoyados sobre los hombros de hombres, uno o dos
tenían los ojos cerrados como embriagados o como buscando elevarse del suelo
con el baile y la pareja. En mi historia contaba como centro o lugar de
enunciación el año de 1983, y los antecedentes eran la cámara de representantes
dividida en tres bloques. Terminaba con mi arenga personal: ¡Compañeros, al gobierno!
En el
fondo me sentía como alguien que había hecho todo, pero en realidad todo era al
revés.
Luego al bajar
esperaba no encontrarme para no tener que recordar lo que ahora ya recordé y
uno de los botones en ese orificio dónde colgaba un panel que no encendía tenía
grabada la palabra Push. Los muros
temblaban, y yo calculaba la posibilidad de lanzarme a los escalones, eso, y
luego pensé que al rodar terminaría en la planta baja. Eso pudo o no suceder,
pero también tomé el hombro de alguien, y lo hice porque alcancé, entre las
vueltas y los montones sobre las carretillas, a reconocer un perfil, uno familiar
y recortado como una hoja o como una sombra sobre un muro; y luego estuvimos
mirando a los grupos y yo pedí alejarnos y era la excusa para no volver a los
talleres y para evitar que nos reconocieran, y lo dije antes de que empezáramos
a dirigirnos a cualquier lado y porque en realidad ya ellos nos vieron y
acercarnos sin planes era como medio suicida, quedarnos o acercarnos era buscar
más problemas, además del problema mayor que representaba escucharnos.
Luego
rodé por los escalones como una pelota hacia el noveno piso y allí terminé
dentro de un arco de fútbol cinco y en la camiseta alguien me había escrito eres un mentiroso.
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