29/12/13

Primera de una seria infinita de profecías escondidas o descubiertas debajo de Alannah Myles y junto al cuerpo de Pin Pon

Lo que hizo fue meter la cabeza en la montaña justo entre dos rocas muy grandes. Los pies se agitaban como las patas de un insecto o de una cucaracha que ha perdido la cabeza. Eso parecía ser lo que él observaba al mirarse a sí mismo desde o a través de un lente invisible, inexistente que él parecía sostener con cuidado entre sus ojos y entre la maqueta también inexistente que él había armado sobre la cama, dentro de la ducha e incluso en la mitad de sus sueños, un hombrecillo con la cabeza metida o clavada en una montaña justo entre dos rocas brillantes y oscuras, con su cuerpo fuera y los brazos y las piernas agitándose sin ton, con un ritmo sincopado. Y al mirarse a sí mismo de esa manera se sorprendió muchísimo de tener tal energía a pesar de lo imposible de la posición y además de tener aún ganas de ayudar a aquel pequeño hombrecillo justo antes de empujarlo hasta perderlo totalmente entre las rocas. Según lo que observó, no le costó nada, poco, empujarlo y dejarlo en el interior, en silencio, fuera de todo o peor, dentro de todo, justo en el sitio al que solo algo o alguien externo pudiera acceder.

Luego en la cama el sueño era irreal, luego de varios cortes ya solo quedaba respirar con los poros, luego de cada respiración y con el cuerpo transpirado solo quedaba ser comido por los mosquitos, dejar la ventana abierta y esperar que el viento y las ráfagas lo dejaran lleno de resfríos, resfríos en verano, en una atmósfera que podía alcanzar los 35 o más grados y donde era necesario dormir con una toalla en la cara para evitar ahogar o despertar sobre un charco.

Otra cosa era el deseo, el deseo de vivir justo en el centro de un colchón, en realidad, las ganas de ser el relleno del colchón donde intentaba dormir. No era imposible, de hecho parecía ser lo más inmediato y lo más lógico e incluso tan simple como cerrar los ojos y escuchar la respiración y el abrirse y cerrarse de sus pulmones. Qué sucedía? surgieron los eventos de la calle y el ruido de los hombres cantando cada vez que alguien tomaba una carta, un naipe con los dientes largos y amarillos y pelados frente al reflector. Luego él desearía entrar en el colchón, sitio que parecía ideal, sitio en el cual desaparecer, lugar mínimo, incapaz de permitir los movimientos, es decir, un sueño o un descanso a la fuerza. No parecía imposible ni lejano pues al tener aquel colchón debajo todo parecía tan próximo, tan familiar que poco a poco no quedaba más que convencerse de que aquel ya estaba dentro, ya era relleno y ya algo o alguien con un peso total exprimía el día hasta volverlo anhídrido carbónico. Todo llegó y la experiencia de ser la mitad y de ser algodón o aserrín era ideal y hasta repetible.

Luego quedaba la radio y esa manía de 1989, año de las radios a pilas y de la programación que empezaba con Rumors, ELO y algo quizás de black dog, aquellas noches de fantasmas con voces llenas de ecos. Eso era lo que faltaba para encontrar el centro, volver a los sitios donde se había sido feliz al precio de volverse loco otra vez. Cómo? como no volviendo a encontrar los muertos de las décadas olvidadas. Los muertos eran seres que cabalgaban sobre el tumbado de casa a las cuatro de la tarde y otras veces al empezar la mañana, cada uno con su nombre: rojo, peste, bayo, muerte, negro, hambre, cada uno trayendo la montaña y las nubes pesadas capaces de estremecer la calle, la casa, la cama, el barrio, el tumbado, la radio que seguía encendida pero que al mismo tiempo parecía haber sido callada o cubierta por los pasos, fieros pasos, comunes, característicos de la herradura, del cemento, pero sobre todo, del camino de roca que se había formado entre el cielo, entre la tierra y entre los sellos. Quizás, hoy, tras aquel regreso piensa el hombre que podría al fin escuchar el llamado, entonces una vuelta nueva y la radio y 1989 regresando para cerrar toda clase de profecía. Eso diría uno de los esqueletos: lo cumpliste. El hombre durmiendo o con los ojos cerrados buscando un sitio al cual visitar y en cual abandonarse.

El resto de las noches luego de diez años o algunos dimes podía servir de espacio para comparar una y otra vez las versiones de Roll over Beethoven tocadas con guitarras, ukeleles, palmas y en cuadrados llenos de ruido y en blanco negro. Cada vez había un sonido diferente pero sobre todo se comprobaba que cuatro voces podían ser más dulces o agudas que la un solo hombre. A veces ese hombre solo, cumplía con un ritual extraño en el escenario que consistía en saltar son su guitarra y en un solo pie a lo largo y al frente del resto o de lo que quedaba de la banda, algo así como un pato o un ave que saltaba o volaba o intentaba no caerse mientras sacudía las cuerdas sobre la madera roja y, de fondo, quizás el piano y quizás varias personas aplaudiendo a un hombre vestido como en otro siglo que a fuerza de las cuerdas había quedado sordo pero que en vez de correr parecía quedarse a escuchar las nuevas noticias que debería cargar para los rusos.

El hombre en medio de aquellas rocas para esa hora del día, ya la mañana, debía haber encontrado la manera de cavar con un mínimo esfuerzo hasta hallar un centro o algo similar. Después de todo no parecía mala idea eso de sacar cosas para ocupar el espacio posteriormente, después de todo quedaba por sacar solo materiales que parecían ser lodo, rocas secas como adobe, quizás unos pocos huesos, algo de hojas de papel u hojas de periódico hechas pequeñas pelotas alrededor de un túnel o algo similar a un camino cavado hace ya mucho tiempo. Después de todo ese también parece ser el relleno personal de cualquier cuerpo de carne y huesos, un poco a lo Pin Pon, Pin Pon es un muñeco, todo bajo unas cortinas de encaje, unas mujeres de piernas cubiertas por nylon y Pin Pon sobándose la barriga sobre la cual hay algo parecido a un círculo dibujado. El sacrificio del cartón, quizás dormir a Pin Pon usando uno de esos químicos sobre un pañuelo, luego el cartón cayendo, el brazo alrededor de su cuello y las manitas y las patitas sacudiéndose hasta quedar sin fuerza, como fideos. Las chicas Pin Pon aplaudiendo y haciendo algo de Can Can, y entonces el gran agujero en la mitad de una montaña o de una peña, primero su cabeza, luego el cuello, luego las bolas de papel  y un dedo haciendo push. Nada resultaría más divertido dice él, entonces todos miran y al mismo tiempo comienzan a dar pasos hacia atrás y cuando todos quieren correr ya todos y todas, sobre todo las chicas can can dentro del orificio con algo de terror en la boca y luego las bolas de cartón para cerrar las salidas, en realidad la única, entrada-salida. Lo bueno de quedar atrapado entre dos rocas o dentro de un agujero hecho de manera intencional es el silencio, nada parece suceder afuera y al fin se obtiene la buscaba otra dimensión. Cómo es ese sitio tan brutal, limpio o ascético o libre de sol y de movimiento evidente? pues es igual solo que lleno de explosivos, aunque pronto parecen todos darse cuenta de la responsabilidad de cada exhalación. De ese modo un estado larval, de esa manera las cosas convertidas y de ese modo la edad del dinosaurio, rugidos, planta, lodo, cuellos altos hasta otros túneles y el descubrimiento del animal interno: el animal que no caza.


27/12/13

La dos ruedas que giran con el asiento pegado al suelo

Ahhmm, algo así era lo que el hombre balbuceaba frente a un espejo en la mitad de un salón donde otros estaban sentados con la servilleta desdoblada en las rodillas. A su balbuceo lo acompañó con varias muecas que las iba contando para realizar algunas más difíciles en cuanto llegaba o pasaba por sobre los números pares. La boca gigante, grande como la de un pez, los labios, arrugados y húmedos como dos mejillones con la baba goteando y los dientes detrás, apenas oscurecidos. Otra de esas caras que servirían para fabricar uno de los rostros exagerados y llenos de cartón de los fines de año, la frente brillante, la nariz girada hacia la derecha y los huesos pegados al cristal. Uno de esos hombres pasó mirando al hombre con la cara pegada al rostro pero ya afuera al levantar uno de los vasos olvidó y quiso olvidar y desaparecer lo anteriormente visto. 

Visto de espaldas de podía creer que aquel hombre dentro del baño estaría dispuesto a llenar los lavabos con agua con el fin de que una vez que el agua empezara a derramarse, él, como si de eso se tratara una misión silenciosa colocara lentamente primero un pie, luego dentro un brazo hasta poder con ambas extremidades del otro lado halar a las que quedan dentro, darles el empujón. Se lo veía al hombre de pie frente al espejo y luego con la cabeza agachada hacia los lavabos como quien también parece estar a punto de clavarse como desde un trampolín hacia una de esas piletas tan amplias como una cancha de tenis, entonces el agua que ya estaría a punto de derramarse saltaría como si se tratara de miles de pequeñas ranas o miles de mariposas con alas semitransparentes que acaban de levantar vuelo aprovechando la brisa o la corriente inesperada pero de una manera irreal, como si fueran movidas por una de esas plumas que sirven para levantar pesos extremos y vigas de acero sobre las calles de las ciudades, una especie de lenta y dispersa coreografía de alas, de antenas, de zumbidos, de larvas que en la explosión parecieran destruir sus capullos y la seda hasta volverse un ser diez veces más grande y lleno de varias partes que al sentir el aire buscaran como tomar o apropiarse de la mayor cantidad posible del mismo. 

En realidad al otro lado del agua, terminadas las tuberías los vasos aparecen llenos, magníficos. Varias veces todos se encuentran girando con las manos totalmente llenas y absolutamente ocupadas que sin explicación terminan volviéndose tres, en alguno de los hombres de la parte más oscura del salón parecerían haber crecido incluso dos brazos más. El ruido es pesado y las bebidas parecen venir del cuello de los hombres y las mujeres de uniforme que al tomar los cristales vacíos y caminar hacia uno de los pasillos, casi, sin o con una invisible demora regresan con los cristales hasta el tope y con una mano detrás de sus espaldas, todo prolijo, incluso y tras varias horas sus guantes blancos siguen idénticos. El ruido es total y bajo una luz verde, una luz de jardín botánico se observa el metal, el caucho, las filas de autos y la noche que se ha mantenido clara, más nítida que un cristal o que una porcelana. El ruido desaparece al caminar y los autos y las tres personas que descansan sobre uno de ellos mientras fuman parecen irreales, como en las postales que alguien compra para decir que así están las cosas a una hora de un día en que la noche no tuvo el poder de oscurecerlo todo, es decir, una noche eléctrica.

La gente girando con ambas manos ocupadas en mantener los vasos arriba mientras la otra mano colabora para que nadie más caiga. Varias personas tomadas y formando grandes cadenas llenas de dobles y triples vidas, cadenas que giran y bajan y se abren y se cierran y respiran y crecen y parecen tener la capacidad de tragarse a cualquiera que pase cerca de ellas. Todos, y deben ser cuarenta personas haciendo exactamente lo mismo, dando los mismos pasos uno dos uno dos al mismo tiempo como si se trataran de un espejo, un baile y un movimiento que nunca pudo no haber sido planificado, la realidad supera a los textos que llenan las páginas blancas y amarillentas de libros que nadie ha leído. Todo tan particular y tan genérico, todo convertido en un doble signo, la vida entre el bien y el mal y más allá de lo que no es. Incluso las mujeres enormes, incluso la comida, incluso las luces que cuelgan del tumbado parecen funcionar como si nadie estuviera detrás, el hombre entra y sale a través de una mujer de vestido anaranjado como si de abrir y cerrar una puerta se tratara mientras la mujer levanta los ojos al cielo como si un ser hubiera regresado para convencerla de que un sábado no es un deporte o de que una canción es un pez, en realidad todos parecen fantasmas que pierden algo de su color o que terminan con los brazos y las narices y los dientes de otros en vez de sus propios ojos o de los pendientes que colgaban en sus caras. Varias veces el ruido logra desaparecer la luz o es que el ruido los desaparece a los hombres y mujeres pues se crea en el medio del salón un orificio y varias veces apenas se observa con brevedad las siluetas que están y se deshacen o que están e inmediatamente desaparecen hasta cuando las luces se encienden y todos tienen los ojos en otro sitio y los cuerpos otra vez están alargados hacia todas las direcciones y todos al mismo tiempo están dentro de sus vasos y parecen girar agarrados de una rueda que se conecta a otras ruedas en un engranaje infernal, todo con el fin de terminar derramado sobre el suelo como en una gran lodazal. 


17/12/13

A propósito de la moto que echa putas y de la luna que va a todo alambre


La irresponsabilidad de hablar, la de escribir, la de comer la pared del sótano, las de no estudiar ni hacer las tareas ni llegar puntual al salón. 



 imagende: www.popspotsnyc.com/forthcoming_new_york/



Hoy me visto de negro, solo para ti a pesar de saber que hoy no nos veremos. Escucho L7 a toda puta, es decir, ya no escucho los gritos de los colonchos en el piso de arriba y tampoco la barredera y el empujón sobre la cama o a la cama de los colonchos de arriba, se dice, empujar para quitar el polvo. Por momentos quisiera tener lista mi motocicleta y meter todo hasta bajar a tu redondel y hacerte un poco de run run hasta que nos sangren las arrugas. Sabes, he tenido varios sueños de esos en los que varios hombres me hablan en kichua y en portugués, hombres con rostros rojos y hombres pequeños, bajos de estatura junto a mujeres largas y de pantalones desajustados. En los sueños, que ya son bastantes y más en estos días extraños en que la luna se abre como un coco o como el ojo maligno que dirige la película de medianoche, sucede que yo no tengo apuro pero todos parecen tener que llegar o continuar con sus mierdas, es decir, olvidándose de algo, vivir que a la cosa hay que olvidar. Suena a algo que gira a las tres de la mañana. Lo bueno de los sueños es que están llenos de decorados fascinantes, por ejemplo, un lugar plano, al fin, un sitio donde apenas se levanta una pequeña colina, mínima, sobre la cual hay un edificio antiguo, de esas mierdas europa coloniales, roja y con sus años en desuso con la pileta o el orificio para el agua lleno de algas y hojas secas.

Creo que al fin la casa intenta entrarme por la forma menos poblada, esto es, aprovechar que tengo dormido los arqueros para inducirme sus propios miedos, los miedos y la mugre y la bóñiga del páramo. Entran y salen todo el día, ya soy y ella quiere que sea su doble, la famosa casa tomada por algo más grande y más antiguo que la palabra continente o la palabra mastermop, o la palabra palabra, algo así como el gas por el que nos volvemos al dormir. Por eso digo que no soy yo el que sueña, son otros y yo sin buscarlo soy testigo y presencio esas imágenes, Ahí hago buuu. Eso se debe al caracter auténtico del cemento, lugar donde las cosas se cocinan y se tiran y se vuelven a llevar al fuego, como en esa locura Aureliana, primero oro, luego pez, luego fuego, luego otra vez oro y luego otra vez pez, entonces, el barrio y las casas y los cristales corrompidos o cubiertos de las gruesas capas y las imágenes lejanas eso, remotas, deformaciones, es decir, si la persona de la casa del frente observa a alguien entrar en una puerta, no es a alguien, observa una figura, una silueta, un recorte, cualquier cosa o ser no identificado?¿. Cosas del oro y del fuego y de cristales sucios. Eso con respecto al lugar, a la población, pero en realidad todo también es motivo del páramo y de tener los pies descalzos y los pantalones enrollados y cubiertos ambos de la verde y olorosa bóñiga, pastosa y verde y pastosa y cremosa y verde. Los pies y las uñas y la vieja del frente mirando detrás del cristal esperando, de pie, y no hay vacas, o, dónde guarda las vacas?

Quién manda a hacer casas en las faldas de las montañas jibares, tierras rellenas de lava y de combustiones, terrenos que tiemblan cada dos semanas de manera mínina provocanco el ronquido y el posterior lloriqueo de los animales. Acá, en el sitio, hay varios perros, muchos, todos ladrando al unísono, no es eso una tortura? un animal noble y delicado como el sabueso gritando a media noche o más tarde, recordando a algo, a alguien tras sentir el temblor, el rumor de cada explosión y así sin aviso, sin anticipaciones. Esto es la mierda, esto es vivir sobre la vida de otras vidas, qué piso tengo, debo ir al número ocho y llevarme a los animales hasta cuando empiecen a hablar y llamarme Cristo, y un día, en mitad de la tarde digan: maestro le organizamos una mesa, recuerde que estamos todos, y, hoy cumple 33?!

Pero más dolorosa es la irresponsabilidad de colgar todos los pantalones en un solo tendedero sabiendo que va a llover, sin pedirle o indicarle a alguien el sitio donde puede colocar las prendas dobladas, si es que puede hacerlo, si va a estar cerca de casa.

Iría a toda puta intentando cruzar entre autos y asustanto a esos hombres con la mano en la palanca. Recuerdo la primer vez que alguien chupó un helado frente a la tienda de Marios. Esa imagen ayuda a viajar con una pulsión total, semáforo amarillo, auto azul, frenazo, darle voltio, darle a la manija, entonces veo la cara de hombres tan grandes y manejando autos con tantos ángulos llenos de humo y smog y aceite y con cara de no saber si ríen o lloran o quieren lavarse las manos o quieren valientemente ser arrastrados. Es hermoso, hombres arrastrados por su propia iniciativa, porque ha tenido la caballerosidad de pedir y de recibir. Entonces, ya sobre una vía recta o apenas curva pero apta para pasar los 200 miro detrás, miro la cuerda y el cuerpo y las manos agarradas como si de ello dependiera no morir para disfrutar el terminarse, el ser arrancado de a poco. Hombres arrastrados y la moto echando tiros frente a una bóveda o frente a uno de esos aserraderos a mitad de la tarde con un cielo azul antes de tirar la puerta de una casa. Amor, aquí está Juanito, mira, todavía hay hombres por arrastrar, hombres hermosos, de dedos duros, sí, hoy quiere quedarse, hoy hay luna amor.

La zamba era otra cosa, ella ha colgado sus ropas mojadas frente al tendedero de mi habitación. Miro las gotas caer e imagino su silueta y toda esa mierda que queda debajo de los pantalones. Cuando voy a su habitación y golpeo, la puerta me devuelve un rumor como de un motor, supongo ella ha comprado un freezer, o quizás es un motor para inflar el hombre de goma con el que se recuesta cada noche en su cama de una plaza. Es verdad que apenas ocuparán espacios pero ella debe ser esas mujeres que giran y patean y ocupan todos los lugares fríos de ese mueble. Al volver escucho gente corriendo o en realidad pisando o caminando con exagerada fuerza, como si de esa forma fueran a espantar a las cucarachas que debe salir de sus armarios. Imagino que temen a todas las cosas que se mueven porque provocan en ellas mismas algún movimiento interno, algun tipo de choque tectónico que obliga a que sus fluidos broten y se derramen. El techo está seco, pero imagino que unos meses y de seguir la corredera y el desborde pronto los fluidos tocaran las estrellas que tengo pegadas en mi techo y por que no, un día me encontrarñe despierto y cubierto de ese moco. Quizás sea hora de tomar un madero y echar golpes como hace tres años cuando esas cosas terminaron, así, a las malas, con golpes a las dos de la mañana. Luego pensé que alguien hacía tontos ejercicios a esa hora, por qué? se escuchaba un subir y bajar de un cuerpo, eso de las rutinas y las series en tres o cuatro tiempos. Apenas escuchas el golpe en el suelo, pum, y bam, y callados que es hora de dormir. La gente cree que leer es saludable y mucho más si no puede dormir y encuentra un artículo en una revista con una mujer en la portada donde sugieren actividades para el insomnio. La gente está mal llevada, quiere que la arrastre en la moto hasta quedar dormida. A las dos de la mañana! Y con la revista en las manos!

En el teléfono se escribieron muchas cosas. Él quiso hacer dos cosas al mismo tiempo, tras la escritura o, sobre la cultura se volvieron tres y cuatro y luego un loop de varias cosas que sucedían al mismo tiempo. Básicamente el quería dejar de pensar, bloquear las cosas que desbordaban sus ojos y escribir un mensaje en el teléfono. Lo hizo, en realidad puso la escritura del mensaje sobre los pensamientos y pronto hubo un especie de reemplazo. Hay cosas que se hacen a la fuerza, es decir, si algo es detenido puede parecer o lucir como algo antinatural?¿ Luego la cosa fue extraña, digamos que ya el mensaje se repetía alrededor de la habitación. Cuantas veces se pueden observar palabras e imagenes sobre los muros o sobre el techo? por ejemplo, cuando él escribió American procuró hacerlo pidiendo que American lo escuche y que Americ se levante de la alfombra y saltara sobre la cortina sin ningún motivo aparente. Luego de escribir tres veces añadió la vocal A al mensaje. La idea no era muy clara pero podía servir, es decir, tres o cuatro veces repetida la palabra AmericanAmerican American, seguido de a a a a a a a a a a a a.
Visto de lejos la pantalla del teléfono servía como plataforma de algo sin sentido. Varias filas de letras a separadas una de otras por un espacio. Uno de esos mensajes que terminaban ocupando seis mensajes, pues antes habían otras cosas escritas, cosas como ophan, cosas como nadiankin, nadiankin, y varias veces la palabra dust. Si uno leía con atención podía percatarse que en una sola palabra habían pegadas dos o que, no se intentaba decir american, sino, americana, claro, leído con curiosidad, no para un simple vistazo.

Esa escritura debió tomar más de quince minutos, que en realidad debieron parecer horas. Horas en que las teclas se vuelven pinceles y los textos aunque ya imaginados una especie de aguja e hilo instrumento para cerrar los ojos o la boca o el ojo por el que salían desbordadas las ideas más oscuras del día. Eso pensabe él, ideas que sobre algo ya oscuro no deberían ser visibles. Todo por esa idea de lo pertinente y lo no calificado. El esfuerzo fue doble, luchar contra la desproporción y al mismo tiempo crear una menos pesada pero capáz de filtrarse hasta volverse arena, acaso no usan arena para detener los flujos y los fenómenos. Reproducir el mensaje es imposible. Quizás con una de esas regresiones inducidas por fármacos, es seguro que el camino queda, que hay una vertiente o una huella. Eso es gracioso, dormir tras escribir las cosas más insignificantes y dobladas, cosas capaces de no significar nada y al mismo tiempo soñar con esas palabras, con un puente que se levanta y al mismo tiempo levanta la cortina dejando entrar una luz anaranjada, una luz absolutamente silenciosa y capaz de llenar la cama, como algo irreal. Hacer lo mismo todas las noches, buscar a americana, pedirle un café, pedirle un gran pedazo de tarta de limón, levantar la camisa para que mirase su ombligo, él, con el dedo apuntando su sucio estómago y metiendo la cara en la tarta que sostiene en la otra mano. Que más puede haber, sino, lanzar la tarta y lanzarse luego contra la pared esperando quedar pegado como un espagueti? que más hermoso que esconder el tórax para que nadie sepa lo ocurre sobre la mesa de acero? Eso también hubo, el cambio, como si la pantalla hubiera devuelto un colchón, algo que no podía notarse, suave, cuando el sol ya quemaba. 

9/12/13

Daysi Bell. Bicicleta para dos

Yo escribo, el teléfono recibe, la electricidad es invisible, la cama sigue inflamada, los labios hinchados, rotos, los cartones apilados debajo de la alfombra, las esquinas idénticas, los gatos mirando desde los filos, la calle muda, los grillos atentos y acostados, la carne colgada del agujero de un oído, bugsbunny escuchando, en silencio, quizás dopado, la tv apagada, los dedos rotos, los huesos rotos, el cuello estirado.

La mano estirada, el cuerpo apretujado dentro de una bolsa amarilla, los dedos tocando el muro, los pies en el aire, el cuerpo largo, la blusa planchada, los huesos por fuera, los ojos buscando, los ojos en blanco, la boca fría, los labios secos, la garganta llena de sal, llena de talco, la respiración colgada de un pulmón, los pulmones en las manos, los brazos estirados, el techo arriba, el techo tan alto, los pulmones volando como un disco, los pulmones colgados de los cables telefónicos, de los cables de la televisión pagada, el cuerpo estirado, el viento, el semáforo, un hombre colgado, un columpio, el viento, filas interminables de autos y transportes azules y hombres y mujeres y hormigas vestidos todos de negro, con sombrillas, delante de luces amarillas y brillantes, luces cálidas como las de los hornos, como las luces con las que se calienta el pan.

Mandíbulas, cientos de filas de dientes, colmillos blancos y largos, cuellos, muslos, vacas, cerdos, cerdos con sangre bajando por el cuello, pieles manchadas de blanco y negro y de bóñiga, pobladas de pequeñas moscas, de bóñiga seca, verde. Un sótano, un sillón roto, pelotas de fútbol, paredes manchadas, círculos pardos, goteras, ventanas tapiadas, cristales cubiertos de goma. Bicicletas, cajas de cartón, cuadernos forrados con papel y plástico, tablones, tiras de madera, camas viejas, cartones con el dibujo de piano eléctrico, cables enrollados, cables o tiras de alambre telefónico, casas de madera para mascotas, juguetes de plástico a los que les falta una rueda, un sillón, un volante.

Fuego, disparar, desconectar el aparato tras su uso prolongado, limpiar con algodón, usar enguajes, usar cotonetes, usar solo un fósforo, llevar siempre a la mano un libro delgado, rayar con lápiz, escribir acentando la pluma, dejar la casa como la encontró, llamar, escribir, contar las minucias, no dejar de escribir, llamar si nadie llama, dejar el café, dejar de nadar en el río, dejar de mirar programas a las once de la noche, preocuparse, preocuparse, preocuparse por algo, reconocer, escribir el nombre de la cédula, recordar quién viene, abrir la puerta, cerrar los ojos, expulsar, retener, secuestrar hasta que todo parezca una maqueta, reír, golpear las bolas de alguien con la mano de alguien, empujar el cuerpo hasta que el cemento se rompa, bajar el volumen, repetir diálogos, estrenar la camisa que está en el armario, violar a una policía, secuestrar un trooper, dar dos platos de balanceado al perro, pasear con alguien de carne, hablar con alguien de algo, dormir alguna vez solo, darse baños de agua fría, llenar la tina, bucear, cerrar los ojos, abrir los ojos, ahogarse, ahogarse... Dave, no haga eso, deténgase, quiere? deténgase Dave, quiere detenerse Dave? deténgase Dave, tengo miedo, tengo miedo Dave, Dave, mi cabeza se va, siento que se va, siento que se va, mi cabeza se va, es confuso para mí, mi cabeza se va, me doy cuenta, me doy cuenta, tengo.. miedo, buenas tardes señores, soy un computador Hal de la serie nueve mil, me pusieron en funcionamiento en la fábrica HAL de Birmana, Illinois, el doce de enero de mil novecientos noventa y dos. Mi instructor fue el señor Langli, me enseñó una canción, si usted quisiera podría cantársela... Daisy, Daisy, dame tu respuesta, do. Estoy medio loco, todo por tu amor. Este no será un matrimonio con estilo, no podré pagar un vehículo, pero te verás dulce, sobre el asiento de una bicleta hecha para para dos.

1/12/13

A propósito del amor, el travestismo y el ruido que sale por los ojos de Meche.

El hombre dice muchas cosas, si supiera que hay alguien escuchándolo y deseando que sus letras fueran canciones. No se lo diremos. Algo sucede en algún sitio a cientos de horas de viaje, es decir, en otra sala y al mismo tiempo hay personas tomando licores y mirando filmes de ciencia ficción con naves que parecen empujadas por una mano invisible y a un ritmo regular como el de un globo rojo y amarillo sobre un río ancho sobre el que cuelga un puente. Ambos están juntos por una cuerda. Eso ocurre, un hombre del tamaño de un pigmeo y un perro pastor parado en dos patas, levanta el cable y el acero cromado antes de iniciar un sonido nuevo y demasiado viejo al mismo tiempo, nuevo por el efecto y la electricidad y viejo por haber sido tomado de uno de los discos de Lou, un ruido imposible, un cover. Lou se caracteriza por su salvaje y desenfrenada manera de rasgar las cuerdas como si las estirara con un tillo de acero y para más detalle un tillo oxidado. El hombre pigmeo-alemán se vuelve inmediatamente mi amante e inmediatamente yo debo limpiar la baba que cae por las comisuras de la boca hasta mi pubis y mis muslos y con ayuda del puño grande como un corazón intento despertarme o noquearme, en realidad ambas cosas para que él no deje nunca de afinar la guitarra porque parece que ni siquiera se esfuerza con ese reef tan perdido y tocado a la maldita sea, como si fuera cosa de lavarse las manos, abrir un refrigerador, pelar una manzana, este imbécil es el genio y el ruido, aún no creo verlo tocando algo que sólo exitía a través de los discos, y, sólo afina la viola... no toca un tema, sólo afina el instrumento usando las claves y los tiempos de los discos de Lou. Creo que soy un gusano y entonces busco mucho, muchos más vasos con la espesa y helada negra en mayo para de este modo hacer de la madrugada algo permanente. Ya valiste Andrés me digo, mientras Lou parece colgar de mi cuello con una sonrisa a mitad de camino entre policía y delincuente.




El amor que he sentido por Lou ha sido total pero sobre todo químico. La música que él propone es mas extraños que el ruido y por lo tanto insignificante e imposible de entender a menos de haber previamente asaltado la colecturía de un colegio, quizás de uno muy popular en la mitad de un barrio con árboles muy altos, centenarios. Supongo que ese es todo el asunto que nos mueve y nos hace una pareja como el chocolate y la vainilla, Lou hace las cosas que todos desconocen para que no quede nada más por hacer. Hubo un tiempo en que la búsqueda no terminaba sino, con el cuero vuelto hacia el otro lado, es decir, rojo. Varias veces descubrí que podía dormir con las botas totalmente ebrias, con los huesos mojados y dentro de otros cuerpos, con la cabeza vuelta hacia el suelo y con los ojos abiertos, sobre todo mirando las nubes volverse una masa delgada que terminaba transformándose en una tela tan azul como el agua bajo la que uno parecía haber sido congelado. Ya en el parque, ya en el complejo lleno de sombrillas, uno podía flotar sin temor a ser quemado ni por el sol ni por los turistas que torcidamente disfrutaban, estirando su pecho y sus muslos como peces o como morsas cubiertas por algodón. Dos o tres pasábamos más tiempo escuchando al agua pero también entendiendo el contenido de esas músicas groovies. Bajos, gente sacudiendo el sudor y hielos saltando sobre la superficie, la noche, el neón, el humo, el calor alucinógeno del que nadie salía sin haber saltado, sin arrojar algo. Entonces uno pedía a Lou, pero Lou parecía haber sido donado a otra estación, entonces el groovie volvía y ya las cosas eran irrefrenables, los disfraces, la enfermera de uñas ferrari hinchándose y yo robando los zippo junto a la caja, caminando en reversa, ligero, pero en reversa hasta que alguien enviaba un email, hasta que recordaban que estuvimos sobre las mismas tortugas inflables.

Luego la inmortalidad, luego, entonces cruzando sin permiso y sin luz verde, luego invitando a Patroclo a ahorcarnos para espanto de Mercedes. Mercedes y los dueños de la televisión. Varias veces a la semana impresionábamos con ese nuevo deporte para que un día nos expulsaran de aquel castillo, de aquella roca de paredes planas. Yo amaba al castillo, incluso más que a Patroclo que siempre buscaba la manera para decir Andrés, este castillo es muy alto y nunca abren las ventanas a pesar de que sudamos. Pero ahorcarnos el uno al otro como dos mentirosos en un filme de cine noir era la gota, la línea negra sobre las piernas de las coristas del burdel italiano, el semen del asunto y así Mercedes quedaba hinchada y con los ojos redondos y la tarde cobraba el sentido que la mañana y por que no, la noche anterior, no sabía ya donde volver a hallar.

Quisiera preguntar a Patroclo si recuerda entre tantas mesas y entre tantas colillas de camel si recuerda el apuro que tuvo Mercedes y el modo en que tres Mercedes terminaron corriendo dentro del castillo hacia todos los lados.

24/11/13

Los domingos

Los días están por llegar, eso es inevitable a pesar de que con cuidado yo los haya guardado a todos en un cartón del tamaño de una tarjeta dentro de la billetera. Eso me tiene con los pies descalzos y a veces con algo parecido a una fuga que sale de las uñas. Luego uso una escoba envuelta en una camiseta para dejar el piso como estaba cuando lo encontré. Así no espero a los amarillos y rojos que andan siempre cerca. Hay otros pares de zapatos y los sacos de personas que aún no han llegado, igual toda la tarde he pasado sin ser preguntado por lo que es ni lo que debería estar, de manera que tardo el doble en bajar, el doble el envolver, el doble en caminar y el doble en colocar de regreso las cosas en sus sitios.

Luego para no perder el ritmo escucho una canción, con el volumen bajo para no enredarme, habla sobre dos personas, la una, una persona que ha dejado de hablar, y la otra, una que habla, en realidad, dice algo sobre la otra, solías ser de un modo, ahora al parecer hemos cambiado. La canción tiene una melodía muy conmovedora que por ser tocada con notas tan agudas le queda a uno la sensación de guardar el radio en los fuelles. Luego y con la canción en el mismo sitio aún sonando, una motocicleta ingresa al restorante. Nadie dice nada, pues la motocicleta y el hombre hacen fila detrás de otras personas que esperan para ordenar. Las lámparas rojas apuntan a las mesas como lentes de microscopios o como flores de guanto. El vapor de las grandes fuentes es absorbido por unas bocas plásticas en el techo del que cuelgan otras lámparas y varios afiches amarillos y rojos. Vivir los días allí es bastante cálido y a uno le entran las ganas de ser un pollo que gira mientras se coce en sus propios jugos. Luego a uno le da por pensar en darse un delicioso mordisco, de meter las papas en un tarro del que la ketchup se derrama. También en esos calores a uno le deja de importar la lechuga y los condimentos y las ansias poderosas de mezclarlo todo con limón.

A las oficinas apenas les llegan los rumores de los otros pisos. Lo hermoso de los siete días sin salida o permiso, es que para terminarlos, debe comenzar uno por cruzar los pasillos, los encierros de luz como los nombramos una tarde en que pensamos que había fuego en el salón. Eso se debe al trabajo eficiente de los otros voluntarios, jóvenes que se encargan de dejarlo todo brillante, todo con gusto a cloro y a jabón y a mesas como para comer en ellas. Cuando paso junto a ellos, los voluntarios, siempre iniciamos diálogos cortos y parecidos a explosivos, estamos aquí y tras pestañar ya estamos allá. Del mismo modo las paredes del edificio lucen como si no hubiera para ellas ni un solo día, y los jóvenes de uniforme rojo y amarillo pasan cambiando sus guantes y sus líquidos azules, reponiéndolos en las bodegas antes de que termine el día, un pezito, gato? dicen cuando ya están corriendo pues saben que no pueden quedarse a explotar antes de que uno de los de camisa (nosotros) volteemos a reconocerlos.

A veces quito el botón para sentirme parte de un desorden que nadie entiende. También desconecto los aparatos para gritar en mitad de la mañana esperando que algo inútil cause otra serie de desperfectos, pero es como si ya nunca más hubieran días para no hacer cosas para otros. Hoy ha faltado uno de los nuestros y su monitor ha pasado titilando, la señal esa de standby. Luego de ordenar las listas y el inventario aprovecho para observar desde los cristales. Tantos niños en las mesas asustan y también preocupan. Si un día todos los niños del salón se cayeran al mismo tiempo todos estaríamos brutalmente rotos, y los voluntarios amarillos llorarían tras haber atendido el piso, en realidad eso sucedería en el otro extremo del barrio, luego de haber doblado los sombreros y andando al fin en grupo. A pesar de sus constantes ires y saltares los niños siempre parecen saber que nada va a ocurrir, supongo que alguien debería empujarlos por los menos, hasta que descubran cosas que necesiten comprar o fabricar o robar. Si yo fuera niño robaría las fuentes llenas de patatas calientes pero el gusto sería corto, qué tamaño puede tener el estómago de un mamífero que solo duerme y lacta y respira con la boca. Y si al subir cayera en aceite! Y si luego alguien ordenara un niño para llevar? Y si en la caja hubiera solo lechuga?

23/11/13

Los sábados

El gato se pasó quince minutos duchándose sobre la alfombra antes de levantarse y clavar sus garras para hacer girar el pequeño tapete hasta doblarlo en dos mitades idénticas. Parecía que aquel felino era bueno incluso extraordinario como para llevarlo hacia ciertas tareas domésticas; todos tuvieron ganas de levantar su cuerpo y dejarlo idéntico pero junto a la pila de ropa por doblar que esperaba en el centro de la sala del piso superior. En mitad de aquel círculo de piernas y pantalones, el gato estuvo tan quieto o tranquilo o relajado, como si con él no fuera la cosa. Por lo general, ocurre evidentemente lo contrario y en un caso similar, un gato distinto, uno menos dado a las siestas, tras mirar los pies de una o o dos personas y sin pensarlo habría largado una carrera de maullidos y silbadores hacia cualquier otro sitio. Pero, en esta ocasión, el animal estuvo en el centro, tranquilo, y acurrucado que daba la impresión cómica, de ser más una gallina que un gato. Una gallina bien alimentada y que está por tomar su siesta luego de haber dado un paseo con sus pequeños o polluelos.

En el patio dos autos eran lavados de manera imprevista por una lluvia que apareció a pesar del sol que reventaba los muros y los árboles. La lluvia a diferencia de aquellas comunes garúas duró mucho más y no era fina, más bien estuvo a pocos litros y centímetros de volverse una tormenta. Quizás esa sensación o idea fue producto de la inesperada oscuridad que doblegó el centro de aquel sitio, aunque parecía suceder en el extremo opuesto también. Desde la sala se escuchaba el rebotar de las gotas sobre el invernadero de la casa desabitada y sobre los dos autos negros estacionados en el patio que parecían envueltos en una cortina o en una bolsa de supermercado. Era imposible salir para cerrar una vez quitado el bloqueo la ventanilla que había quedado abierta antes de iniciar la breve tormenta ni usando algún dispositivo o un poncho improvisado. Quizás la ventanilla llevaba abierta varios días. Unas cuantas bolsas de detergente rodaban entre la lluvia y unos maderos cortados con simetría aunque eran ya inservibles como para usarlos en un fogón. También dos platillos plásticos parecían pegados al fondo de una malla que separaba el patio de madera del que servía como jardín. En el resto, donde descansaban las casas de los perros, dos balones y los autos, aún quedaba sitio para guardar otro objeto. En la parte de adelante por donde ingresó uno de los autos o llegaba la mensajería, una bicicleta roja o lo que quedaba de ella extrañamente estaba a salvo de la lluvia, pues, las ramas de un árbol, bueno, de una higuera, la cobijaban. Una avioneta del ejército cruzó muy cerca del suelo la parte central de la ciudad con el fin de medir las variaciones atmosféricas. Por su silencio más parecía un aeroplano.

Sobre la mesa descansaba una botella marrón y vacía junto a unas revistas con publicidades de los eventos a realizarse por los onomásticos de la ciudad. El clima anterior había dejado una sensación térmica demasiado agradable y la madera que formaba los muebles en aquella sala parecía de repente haber rejuvenecido, brillaba como si acabara de ser limpiada y quizás hasta la casa mismo estaba impreganda por un cierto gusto propio del sol y del calor. Quizás es demasiado pensar en toda la casa, pero si por lo menos los espacios que formaban una parte de la planta baja. Los muebles habían sido cubiertos por gruesas cortinas para evitar los agentes externos y desde detrás de la mesa, es decir, vistos desde cierto ángulo daban la apariencia de hombres o mujeres de roca o de extremidades gruesas y fibrosas. Luego el grupo tomaría lugar en todos los sitios disponibles, luego los sillones no eran más esos hombres fofos extrañamente tapados y acuclillados, sino , tronos aztecas o escenarios tomados de alguna página de las canciones de Roldán. De hecho, antes de levantarse y en mitad de la lluvia, el rito consistió en elegir a un sucesor para el supuesto trono, uno que fuera capaz de repetir la mayor cantidad de veces el mismo nombre. Muchas veces se escuchó decir Mario, Mario, Mario, Mario, Mario, Mario, Mario, Mario, Mario, Mario, Mario, Mario, Mario, Mario pero con más frecuencia y dicho con otros tiempos. Algo así como mariomarimariomarimariomarimariomari mariomarimariomarimariomarimariomarimariomarimariomarimariomarimariomarimariomarimariom
arimariomarimariomarimario

Luego cuando la luz no era suficiente las puertas de algunas habitaciones fueran cerradas desde dentro y otras parecían extrañamente atascadas como si detrás hubiera una silla o algo mucho más grande y pesado. No eran las tres de la tarde pero el clima era el del final del día, un final a mitad de las tres. Cada habitación tenía su propio cuarto de baño, su propia ventana y un cuadro de un niño masticando una gran porción de tarta roja cuya crema o manjar lo había cubierto hasta las cejas, los ojos y el cabello. En dos habitaciones la lámpara de mesa no funcionaba y en una el niño había comido pasta o pizza en vez de la tarta de mora, pero era el mismo niño, solo que con otra golosina, quizás en el mismo día o en otra casa y con otra familia. Los pasillos de aquel sitio parecían rodear todo el piso pues ambos terminaban en una escalera justo en el centro de la casa.


22/11/13

Los viernes

Lunar Fish es la edición especial de la tercera novela de Umete Pan Tello. Tello ha escrito en alguna de sus cuentas algo referente al tiempo que demora en tener listo, entre entrevistas y apariciones, algún argumento donde no tenga que hablar de manera biográfica. K ha esperado esta novela durante varios meses, en realidad ha tenido, cada vez que recordaba, los dedos cruzados antes de ser enviado o para que de cualquier modo adelantasen sus viajes. A las afueras de la ciudad y a dieciseis horas de un almacén Alcorta sería imposible hacerse con un ejemplar, ni siquiera con uno en malas condiciones. En uno de los sueños K había visto su vuelo, la nave entre los algodones suspendidos sin su cuerpo o más bien con él desde tierra y con las manos casi tocando la panza de la nave y echando algo así como besos volados. Al despertar K estaba preparando el desayuno antes que sonara el despertador.

Las cosas seguían saliendo al ritmo y deseos de K que vestía un pantalón de pana, unos guantes para el clima y una bufanda que casi lo cubría como a un ciudadano del lado oeste del país. Su intención era salir, pedir, pagar, sonreir a la primera mujer que encontrase al salir de la tienda y volver dentro del autobus, con los ojos obligados a mirar por la ventanilla o incluso escuchando alguna de las conversaciones del transporte. Era un día pesado y sin noticias, en realidad todo sonaba a canciones populares pero también se filtraban temas que acaban de ganar premios en festivales donde los músicos llevaban gafas oscuras, goma para el cabello, por suerte el chófer puso uno de sus propios discos en el que dos hombres se hacían y se contaban chistes y bromas que rozaban con lo escatolñogico y lo vulgar. En algún punto el hombre de la grabación, el que hablaba más alto siempre terminaba diciendo a su compañero que era una vaca y que a las vacas las convierten en filetes para que los coman los chinos, o cosas como yo soy tu marido y al marido se le guarda dos platos de lenteja, o cosas como ya paisanito, tranquilo nomás, o, no mi comprade, le juro por la santísima que nos cuida que aquí el diablo ha metido su pezuña. 

Durante el viaje K tuvo la posibilidad de bajarse del trasnporte sin pagar, pero, ya al hacerlo no pudo evitar estirar la mano hacia el ayudante con la moneda pesada. Luego, al bajar, dando un salto innecesario, el autobus se mantuvo en la misma posición a pesar de tener la luz del semáforo a su favor. Algunas personas del otro lado de la calle esperaban con calma el paso de los automóviles y cuando el rojo marcó su movimiento varios siguieron en sus sitios sin saber si caminar o esperar a que algo ocurriera. El conductor que era un hombre relativamente joven miraba hacia adelante justo en el centro de un enorme parabrisas y parecía haber descubierto algo. Un rostro tan plano o tan firme como iluminado por una extraña y desconocida novedad no parecía ser algo natural, digamos algo humano. Algo había de estómago en sus mejillas como si de repente hubiera recordado que debía ir a otro lugar, quizás algo en el estómago lo estaba inflando y el hombre no quería manchar a los pasajeros. Luego la gente del lado del almacén empezó a cruzar sobre las líneas blancas pero cuando los del otro lado quisieron hacerlo ya era muy tarde y de nuevo todos siguieron en sus lugares.

Detrás del autobus los autos pequeños empezaron a avanzar dejando menos espacio entre uno y otro. Una mujer que cargaba a su hijo en la espalda parecía tener poco tiempo para llegar a algun sitio que estarían a punto de cerrar, pues, a pesar de quedar atrapada durante un lapso con sus piernas cortas y anchas entre dos autos no dejo de sonreir ni de moverse a su propio ritmo. K que no conocía a nadie en aquella entrada se mantuvo en medio de varias personas que parecían esperar a que pasaran por ellas a retirarlas o quizás solo hacían tiempo antes de gastar o cobrar alguna deuda. Varias parejas de hombre adultos vestidos con camisas y chalecos de algodón daban vueltas mientras los demás miraban a hacia la calle. Mientras, desde el descanso de la grada, uno de los guardias vestido de gris de algún modo cuidaba que las cosas siguieran en su sitio es decir, la gente que estaba fuera del almacén siempre de espaldas a las puertas abiertas del almacén como convencidos de que no iban a volver al interior; quienes acababan de llegar y subían las cortas gradas antes de desaparecer o multiplicarse en los cristales junto al ascensor, o, aquellos que saliendo del ascensor cruzaban junto a la isla de Helados con nuez y otras maravillas y salieran del edificio sonriendo, a veces, como si conocieran a alguno de los jovenes que acabara de entrar. Luego los autos guardaban sus espacios durante un minuto en el estacionamiento para compradores, por lo general gente de alquilar su combustible, y también padres de familia o esposos que quizás habían dado algunas vueltas alrededor del almacén convencidos de que continuarian en otro sitio tras dos o tres vueltas.

K se movía entre los cristales y los compradores sin hacer ruido y mirando siempre a lugares donde no habían objetos importantes, a veces incluso mirando los ventanales donde se exhibían edredones y alfombras o pedestales tallados para colocar porcelanas y ese tipo de cosas. Cosas que no hacen daño a nadie según lo que pensaba K a pesar de imaginar series atroces de eventos para los que necesitaría algunos dólares más  y conseguir nuevos amigos. Al fondo del primer pasillo, que en realidad en el almacén tenía el nombre de Paseo Alcorta, varias personas sostenían a pequeños niños en los brazos. Era gracioso para K el observar que detrás de aquellas personas estaban levantadas unas palmeras gigantes y que parecían del tipo de esas que se inflan y se mueven pendularmente tras cualquier vibración, mas cuando el verano ya había pasado y cuando los chicos ya estaban de regreso en los colegios. Al tomar la escalera, K, tuvo tiempo para acomodar su tupé que empezaba a caer hacia un lado y los gruesos lentes que usaba cada vez que deseaba, según él y los que lo conocían como para invitarlo a alguna de sus reuniones para conocer gente, pasar desapercibido. 

Las mesas en el patio de bebidas lucían brillantes, limpias, y ordenadas en filas que simulaban un orden electrónico o el interior de un circuito o el de la puerta de un automóvil. Unas cuantas parejas parecían haber ordenado una mesa por lunch, y pesar de que no era hora de almorzar aún, bien tenían rostros de hambrientos. Un hombres inetntaba que la chica que tenía al frente comiera aunque ella llevaba cada evz menos fideos y cada vez más su bebida a los labios, sin dejar de mirar a las pocas personas alrededor. Sobre una de las mesas varios volantes de colores fuertes indicaban promociones e incluso precios de temporada. También un círculo rosado que ocupaba casi la mitad del papel encerraba a un número cincuenta escrito con unos caracteres con bordes como si fueran hechos de pan o algo así. Los basureros estaban a penas a dos pasos de la mesa, pero, no había alrededor ni una sola persona entregando publicidades o tampoco aquellos trajes que imitan a hombres fuertes o a princesas azules sonriendo en todo momento. Solo estaban las mesas, y en los restorantes algunas filas cortas y hombres que cargaba bandejas rojas.

K había leído críticas sorprendentes del tipo fiel al estilo o cosas como un épico final para una historia que sabe que va a terminar.  Algo así solo pudo ser imaginado en el siglo XX consecuencia de las intervenciones de la AGT y antes de las promociones de todo por un noventa y nueve centavos. Tanta palabrería parecía tener el fin delirante de convencer y despistar a los lectores de una nueva vuelta de tuerca al tema de los hombres que pierden la cabeza antes de decidirse volverse El poder. Quizás la intención era acalambrar a la crítica hasta cuando ésta despreciara en textos breves y caústicos el lenguaje o los usos panfletarios de alguno de los pasajes donde se señalaba el poco apego hacia la historia y las costumbres. En realidad el supuesto y paradójico mito no hacía otra cosa que crecer a pesar de los años que habían pasado entre cada nueva edición, una de esas cosas que terminan por ser la guía o la fuente a la que acuden ciertos lectores sedientos con la esperanza de saberse cercanos a hombres desconocidos y de ideas que por imposibles no se debían aceptar. Los ojos de K detrás de sus lentes brillaban pero no tanto como él hubiera desado, quizás por la extraña y casi torpe portada en donde la mitad de un plato lleno de cereales en forma de pequeñas rosquillas flotaban en una leche como para simular una superficie, el sitio donde jugaba el pez se dijo K mientras el almacenista lo observaba sin saber si preguntarle si estaba bien o pedirle que se marchara. Quizás esto duró un minuto pero ninguna persona se acercó a pagar o preguntar por otro título, entonces K pudo leer ciertos pasajes más para saber que era eso, aquella cosa breve de trecientas páginas, lo que había esperado. Junto a la mitad del plato y en unas letras negras del tipo Future, se leía el título del libro y el nombre del autor. K por un momento casí mágico o más bien graciosos pensó que si él, alguna vez tomara la decisión de sentarse y escribir las cosas que ha visto, usaría, como Umete Pan Tello tres o hasta cuatro nombres, algo como Melvin Eugene Chiquilín Mayer, o esa abreviación de aquel cantante gordo y de gafas que a veces dice cosas como Que no arriesgue ese momento, algo así como AK 67. El número cambiaría cada año en referencia a la edad se dijo, aunque también pensó que bien podría restarse unos cinco años antes de empezar.

El almacén, en un letrero pegado a la escalera y que quedaba de espaldas a los hombres cuando se acercaban a pagar, indicaba que estaba prohibida la entrada de cualquier tipo de bebidas o alimentos.

21/11/13

Los jueves

En el salón todos los martes la gente se pone de pie y realiza ejercicios para practicar las palabras nuevas y para formar oraciones con cierto orden o con algo que parece ser un tipo de sentido. La profesora, una mujer enorme como un refrigerador cada vez que se acerca a los pequeños grupos repite que el secreto para recordar está en repetir. Al parecer los grupos trabajan solos, cada uno más cerrado o más bullicioso que el grupo a su lado y entre una brisa o una ola de palabras nuevas y de pronunciación embarrada y de intentos de oraciones, se pierden la profesora y su cabello recogido en un moño rojo e imposible y el tiempo el cual parece haber sido olvidado por los cursantes como quienes parecen infinitamente dichosos o extrañamente vinculados.

Varias chicas se acercan al mismo tiempo a una mujer que sostiene el libro verde y las anotaciones; cada vez que debe iniciar el ejercicio la mujer recurre a sus anotaciones para al parecer saber o guiarse antes de iniciar cualquiera de los eventuales diálogos. Las dos chicas son totalmente opuestas entre sí, algo así como que la una lleva una blusa que deja ver un collar dorado del que cuelga una especie de cruz maya mientras la otra mujer, un poco más joven y alta y delgada parece dar un pequeño salto entre ambas mujeres quedando con su rostro pegado a su libreta pero mirando desde abajo al rostro de la primera mujer, la que se guía por sus anotaciones. Esta chica lleva una camisa de un celeste algo eléctrico que más parecería ser el vestido para un bebé o para un infante de esos que un poco sorprenden por su semblante entre raquítico y sin apetito. Otros jóvenes parecen levantar la voz de manera intencionada mientras también y a pesar de que la habitación no es demasiado grande se forma, lo que parece ser un agujero. Parecería ser también que por cada silencio inesperado desapareciera uno de los chicos cuando no un grupo entero. Un vacío que está en algún lugar invisible entre todas esas personas, extraño porque a simple vista todos siguen en el mismo sitio. Uno de los chicos, su nombre debe ser Sebastián, se acerca a un joven que sostiene el libro verde abierto en otra página de la señalada en la pizarra y coloca con una fuerza inusual la mano en el hombro de aquel. Entonces ambos parecen amigos o colegas muy antiguos y empiezan el ejercicio hablando con un tono inusualmente alto como quienes hacen algo que de repetido ya se lo conocen hasta el hueso, y como si sus palabras fueran eso, un esqueleto al cual acuden solo para saber que sigue en su sitio. En realidad el salón ya parece un salón de baile y solo faltaría que unos cuantos hombrecillos delgados y muy bajos de estatura caminaran entre los grupos con charolas doradas y con copas de filos plateados, acercando las copas hacia las narices de los jóvenes e intentanto intercambiar licor por libros o dejando servilletas planchadas en sus manos. Quizás el trabajo de la profesora sea ese, al dar varias vueltas entre los grupos, soltar términos nuevos o arreglar o componer frases largas como Si yo fuera usted, quizás de un modo un tanto morboso o un tanto peligroso solo para saber, o para comprobar, hasta dónde pueden llegar esos diálogos improvisados.

Las tres chicas que en momento parecieron sorprendidas o detenidas sin saber si preguntar o responder ahora están con grupos distintos. Esa dínamica propuesta por la profesora sirve para que los grupos trabajen por un momento corto hasta cuando sea inevitable la separación; no hay ni deberían haber dos grupos que se repitan, en total son siete los que están formándose y separándose, cada uno formado por cuatro personas. El que no se repitan los ejercicios ni los grupos toma algo menos de veinte minutos. Eso parece preocupar a la profesora que dos veces toma el tiempo mirando su muñeca y anotando al mismo tiempo algo breve y quizás importante en un cuaderno espiralado. A veces los jóvenes se acercan hacia la mujer pero ella, en los momentos en que está sentada, tiene la cabeza echada hacia el cuaderno, o hacia el pizarrón de la pared de atrás y entonces el pequeño grupo que se pudo haber formado da media vuelta para lanzar miradas sobre quienes estén solos o buscando personas o repasando las palabras en el libro. Una o dos personas se quedado durante todo el ejercicio en el mismo lado de la habitación y extrañamanete parecen atraer al resto sobre todo a quienes vienen recorriendo como turistas o como errantes los otros lados, de un espacio en el que no entrarían más de cuarenta personas con maletas y carriles y quizás algo de ropa para el clima extraño. El clima es bueno, es decir, afuera el sol brilla de fotografía y los autos incluso parecen haber dejado de arrancar o parecerían estar estacionados. Ni siquiera esos rumores muy comunes del exterior invaden el trabajo de la clase a pesar de que la ventana haya sido abierta. 

Las palabras que los jóvenes aprendieron de la maestra fueron: todas aquellas que pueden ser sumadas o añadidas al sufijo o la sílaba Ría. Todas aquellas palabras que indican una acción que es realizada en un tiempo por decirlo de un modo eterno, más bien continuo, por ejemplo, al decir Hablar, uno no se refiere al hecho de hablar en un momento determinado, sino, de una forma genérica si se quiere, de un hablar total, continuo o sin interrupción. También los chicos aprendieron las formas más eficaces de armar y componer frases en donde los sujetos van siempre antes de los verbos, y en donde los verbos a veces están conformados por dos formas, un verbo auxiliar que parece no tener un peso o sentido semántico y un verbo que define lo que el otro hace. En esos casos el sujeto de la oración parece estar a punto de realizar una acción que no se ha concretado, es decir, parece que el sujeto tuviera conocimiento de lo que ocurriría:  Si usted pudiera viajar a... Quizás los supuesto vacíos no eran mas que esos tres puntos de suspención... Aunque ese no haya sido el motivo, cada grupo pudo conocer una parte que ni el mismo hablante podría haber visto, por ejemplo, que la profesora deseara quince minutos antes del final que la clase ya terminara para buscar a su mejor amiga, o que muchas de las jóvenes solo desearan ir el fin de semana a ver una película o que muchos desearan tener más tiempo para practicar algún deporte o incluso para ir a misa en domingo.

20/11/13

Los miércoles

El viaje dura treinta minutos, aunque, de regreso parece ser más corto. El hombre tiene el cuerpo tan alargado, casi puede entenderse que su espalda está de puntillas, es decir, para ocupar la menor cantidad de espacio y para evitar golpear las espaldas de los otros hombres, su respiración se ha vuelto lenta, su movimiento mínimo y el resto, la parte que lleva vestidos y zapatos casi una plastilina, un fideo o una tira de goma roja estirada como la lengua de un gato o una bufanda recién lavada.

Desde el techo, el resto de viajantes también observan lo lejos que están del suelo. El suelo del autobus parece la lija de una caja rectangular de fósforos, unas personas vestidas con trajes negros, con maletines oscuros también y con barbas espesas, tupidas que les llegan hasta el pecho, tienen el cuello pegado a una de las luces plásticas que por la mañana sigue apagada. Ambos, los dos hombres de trajes y sobretodos oscuros hablan entre sí en un idioma en el que para decir trabajo usan la palabra arbeter mientras repiten varias veces algo que suena como glick o blick o gilk, no es posible entenderlos muy bien pues sus bocas casi apuntan al suelo por la manera en que cuelgan sus cabezas. Además, cada cierto lapso el conductor anuncia las paradas con un micrófono que produce un efecto metálico, como de algo que es arrastrado. Cuando eso sucede un rumor se produce en los que viajan, se observa brazos larguísimos como sorbetes levantar bolsas brillantes como si estuvieran hechas o llenas de agua, algo como un líquido de luz, algo quizás imposible a menos de que las bolsas no fueran bolsas, si no, vidrios calientes o luces eléctricas. Una mujer golpea la espalda del hombre varias veces hasta cuando ambos parecen ser un solo cuerpo aunque el de ella sea redondo y lleno de pliegues a pesar del efecto del viaje y el de él, alto y a punto de romperse en dos. Se puede observar sin demasiado problema la cara de muchas personas de baja estatura que viajan pegadas a las costillas, a los senos, a la manzana de adán de otros hombres, incluso, un joven con auriculares en los oídos parecería haber crecido con dos narices aunque una de ellas no sea otra cosa que el cartílago promimente de otro viajante que tiene ambos brazos levantados. Ambos se mantienen en esa posición durante varias estaciones y cuando el vagón se sacude ambos hombres lo hacen simultáneamente. 

Cuando las puertas automáticas son abiertas también una corriente tibia o muy cálida ingresa. Varios viajantes tras ese breve respiro dejan al parecer de estirarse o derretirse y algunos incluso cierran los ojos, actitud que parece intepretarse como una rememoración o un ensueño pues, varios son quienes los observan antes de repetir el mismo gesto, dejando para ellos solo los ruidos. Entonces puede ser que el vagón intentara sacudirse con la intención de devolver la vida a esos rostros con los párpados largos como mocos. Pero nada singular ocurre pues la masa se vuelve más compacta ante los dos frenazos y las arremetidas repentinas. Por el vidrio, quienes parecen toallas, observan a una mujer muy hermosa y de piel oscura llevar de la mano a un niño pequeño y de piel pálida, la mujer lleva a una niña de la otra mano y mientras camina habla al niño con términos fuertes. La expresión de ella, aunque ya parece adquirida es dura pero sobre todo firme, eso se observa antes de que se pierdan entre los bordes plásticos y los pasamanos. Tras el breve corte la velocidad es retomada pues los autos que avanzan en sentido contrario desaparecen delante de hombres con camisas llenas de líneas tan largas y rectas que uno cree que llevan vestidos de cartón, además los negocios de alfombras, de luces y lámparas y arañas de plata se vuelven un solo color junto a las llamas que empiezan a ser encendidas para la preparación de corderos y bueyes. Primero la llama parece rodear a los negocios y entonces a la velocidad del vagón y del hombres que observan el exterior, los marcos y los cristales parecen volverse de un material rojo que los envuelve, todo ello tan rápido, como el reventar de un juego de pólvora. También se observa una serie larguísima de casas de igual forma, sin techos y con las columnas como dedos aún pero llenas de hombres vestidos con trajes azules y cascos amarillos. Esa construcción ocupa un lugar justo en medio de dos manzanas de casas altas con ventanas de forma circular en sus fachadas y que a simple vista resultan distintas por antiguas, en la pared, el número de una de las propiedades es 1607. Un autobus se acerca en dirección contraria, luego ambos coinciden su parada en la estación llamada Piedras.

19/11/13

Los martes

B se repite a sí misma y en voz muy baja: concéntrate. Luego da varias vueltas dentro de casa; B, que parece estar allí por primera vez, abre la tercera puerta que encuentra. Dentro B se comporta como alguien que busca algo que sabe que está allí, como cuando algo está sobre el lugar más cercano o en el sitio más evidente. Luego B camina como una sombra hacia el baño, hacia el closet, incluso se la ve mirando debajo de la cama y levantando las mantas y las almohadas. Por la ventana se puede observar los muros grises del patio, el camino rojo y las terrazas de dos casas que parecen estar llenas de musgo. B parece grabar o usar los ojos para tomar algo de lo que observa a través de la ventana pero luego parece volver en sí. 

Luego B abre la puerta del baño social, un pequeño orificio a donde B solo ingresa la mitad del cuerpo, la otra mitad cortada por el marco de plywood, parece una figura sobre un escenario, la mitad de un pájaro con la pierna o el ala levantada como retando a su propio peso y a una supuesta gravedad que debería hacerla girar sobre su pie o caer. Pero B no cae hacia un lado ni se escucha el golpe seco del cuerpo ni el vestido queda semiinflado. B sale del lugar tras mirarlo brevemente llevando los jeans azules y eléctricos del día anterior.

La casa es un conjunto de pisos que van desde la madera apolillada y sin brillo hasta el porcelanato rojo cubierto por una cortina leve, casi una mancha transparente que en realidad es como un vidrio opaco, pero que no es ni grasa, ni jabón o detergente aunque ambos sean lo mismo, sitios en el suelo donde el sol no brilla pero tampoco las pisadas parecen ser guardadas por el peso del cuerpo. Las paredes y los pisos se combinan hasta que uno piensa haber entrado en un consultorio para ser chequeado por un pediatra de esos que cuelgan en las paredes grandes posters con nombres alemanes o suecos de empresas farmaceúticas que auspicia su labor. En la sala está colgada Uma Thurman mirando a cámara con un cigarro en la mano con la actitud de quien dice el remedio es la enfermedad o algo así como el revólver pregunta si vives o mueres o como si sus ojos, grandes y oscuros como semillas fueran el reflejo de un precipicio que en realidad es el cielo o un platillo hondo lleno de salsa rosada con tiras de queso nadando entre tallos verdes. Nada de pastillas o cremas o vitaminas para engordar o para controlar el peso.

Además en la misma sala y a vista de cualquiera, están las mesas de trabajo dispuestas como hacen los ingenieros y los ilustradores antes de dormir o tras beber algunas tazas cargadas con café. Sobre los planos hay recortes de mujeres y de algunos accesorios del tipo que usan las chicas que cursan carreras del tipo artísticas o de sesgo social. Algunas de las mujeres recortadas con bastante cuidado parecen mirar un espectáculo pues saludan al escenario y otras también han sido fotografiadas mientras aplaudían. Eso parece pero bien podrían estar mirando un partido de soccer, o el paso de un tropel de soldados jóvenes con sus bolsas en la espalda. La sala de todos modos tiene las cosas en sitios inverosímiles, las sillas arrimadas hacia las ventana con el respaldar fuera, los recortes pegados con cintas gruesas a las mesas de trabajo, debajo de una de las mesas un montículo de lo que parece ser una manta y una almohada al parecer levantadas para evitar el paso a no ser por un zapato de hombre o mujer que en conjunto da la apariencia de alguien que no alcanzó a correr o que ha sido torpemente enterrado.

La casa parece tener su propia vida a pesar de que los ruidos externos a veces se mezclen en el interior de las habitaciones o en la cocina. La cocina parece ser un lugar lejano, aunque un pasillo que no lleva sino hacia una pared verde sea el sitio al parecer más íntimo o secreto. Puede ser la distancia de los muros que no permitirían a dos personas pasar por él y también por estar levantado de costado a la casa junto a una pared que colinda con el muro de cerramiento que separa el terreno sin dueño de la casa de B. Al colocar la oreja en cualquiera de las paredes se escucha el vibrar y el rumor ya sea de los aparatos electrónicos, de la banda elástica encendida por la mañana o de la carretera cercana. El rumor que hacen los muros es tan lento y grave como algo que dentro, en el centro mismo de los ladrillos pareciera respirar o crecer, que da igual. Las casas más antiguas del lugar han sido construidas casi todas pegadas a la pared del fondo, dejando el patio adelante como en las casas de la costa. La casa de B tiene su lugar en la posición de las nueve, si se piensa en un reloj como un borrador de esos que llamaban de queso. Frente a la casa y en la posición del número tres han sido construidas dos habitaciones a las cuales se accede por la misma puerta hecha con madera y hierro. Entre las construcciones debe haber quizás quince metros. Además un camino o una vereda viene desde la pared de adelante, la del número doce hasta su contraria, la número seis. El camino va de pared a pared, está hecho con ladrillo o algun tipo de mineral triturado pues es rojo y es curioso que no lleve a ningún lugar pues viene de la pared rasa hacia la otra pared también rasa. A primera vista parece dividir con exactitud al terreno por la mitad.


18/11/13

Los lunes

A se ha quedado en casa, tiene varios días de reposo antes de regresar al trabajo. Los lunes el aire de las montañas parece bajar con pereza y alrededor de la casa la gente parece seguir dentro de sus camas. En el muro de la habitación hay dos cartulinas con la imagen, cada una, de un niño sonriendo o mirando al frente, uno de ellos tiene el cabello rojo y el otro sostiene en la mano un teléfono con el cable largo y en forma de espiral, las migas y la crema de una tarta roja cubren sus mejillas y sus pómulos grandes incluso llegan hasta sus ojos como si el pequeño hubiera metido toda la cara en la pequeña o gran tarta de la cual solo sostiene una porción mientras intenta hablar por el auricular. En la casa no hay nadie además de Leo,  Leo es un pastor alemán que hasta hace unas semanas cazaba los conejos y a los gorriones que corrían o caían en el patio. Ahora Leo y los gorriones están separados por una cerca o alambrado y se los puede ver, a los unos corriendo o dando largos saltos y al pastor parado en dos patas y con la lengua fuera junto a la cerca. Hasta la habitación llegan el bufar del perro aunque, eventualmente sea cubierto por la gente de la radio o por los programas de la televisión.

La música suena ligera como una cortina aunque a veces A tenga que bajarla o subirla, esto depende de cada album. A aprovecha para mirar fotos y retocar manchas o grietas o rostros que han empezado con la desaparición, en las fotos hay mujeres con cabellos como melenas que parecen haber saltado de un avión o de una torre o como si llevaran por cabellos sombreros redondos y pegados al cuello. Sus rostros por lo general lucen jóvenes y llenos de ángulos con grandes ojos y fuego o incendios como cabellos, esto se repite, es decir, que su cabello parezca en realidad un sombrero en muchas de las mujeres, se observa en las fotos de grupo. Además, casi siempre parecen estar felices y casi siempre estan de pie junto a alguien. Los hombres junto a ellas o frente a ellas miran a cámara como con poco interés e incluso algunos de ellos parecen mirar desde tras del lente, como si ellos se fotografiaran a sí mismo sin lograr el equilibrio entre posar y tomar. Algunos hombres llevan lo que parecen ser uniformes, uniformes deportivos, uniformes de fábrica, overoles, cascos, levas, y siempre con ese gesto de pregunta, como si al mismo tiempo hicieran dos cosas o acabaran de bajar de un globo. No parecen molestos pero tampoco contentos, más bien lucen como si pensaran en algo proximo o da lo mismo, algo que no han hecho. Uno de los hombres tiene el rostro fuerte, parece una escultura con la nariz enorme y los pómulos como paredes y la boca como si se tratara de una caja o un cofre o una especie de archivero del sótano de un banco, aunque, también su mirada parece la de un niño.

Las imágenes son bastante buenas, una que ha sido tomada en un parque deja ver detalles diminutos como las hebillas en los zapatos púrpura de una niña, quizás hayan sido oscuros o negros aunque en la foto, junto al grupo, varias coronas de flores púrpura ocupan unos armatostes como trípodes o caballetes de pintor. En los grupos se repite un patrón, hombres jóvenes junto a niños o mujeres jóvenes junto a ancianos. La foto parece haber sido tomada a las once de la mañana y la familia en ella parece estar vestida por motivos festivos, uno de los hombres, alguien que luce como quien ha terminado un curso, sonríe y ocupa la mitad del grupo. En otras páginas los hombres forman filas que parecen tropas fotografiadas minutos antes de un ataque, aunque en realidad sus uniformes sean camisetas anaranjadas con números negros en su pecho. No se puede jurar sobre las edades pero todos parecen estar en los veinte y cinco y los treinta años. Al fondo el campo verde y las tribunas están ocupadas por las marchas de otros grupos dirigidas por una mujer y un niño con un balón en las manos. A observa el vestido de la reina de aquel equipo. La mujer tiene un pie delante y un ramo de flores blancas al cual carga como a un bebé con una sola mano y al mismo tiempo como a un saco o chalina o un paraguas, el campo brilla en la foto aunque parece un día de poco sol. Luego hay imágenes de los hombres corriendo sobre el campo, algunas fotos son mejores que aquellas de los diarios, muchas de ellas deteniendo movimientos muy rápidos, balones llegando al arco, piernas dobladas y pies levantados del suelo, la mejor imagen es la de un hombre que ha saltado para cabecear el balón venciendo a dos hombres y al hombre con gruesos guantes y con el cabello que parece una antorcha rasgando el balón. La música se ha detenido varias veces y antes de que A haga algo se ha reiniciado sola.

Luego A ha cerrado los ojos para iniciar las series pedidas por el médico hace dos días. El médico fue claro al indicar la posición de la cabeza intentando siempre prolijidad, esto es, una almohada en el cuello y la cabeza echada como si acabara de ser descoyuntada, A, mientras respira y cuenta el tiempo, cuelga también los brazos, intentando tocar el suelo al mismo tiempo que da cuenta de sus exhalaciones y del avanzar del aire dentro del pecho. Tras inflarlo y desinflarlo la cabeza de A parece estar ligera y sus ideas algo más claras hasta el punto de juntar cosas y sonidos y de elaborar planos largos donde siempre hay personas o nombres que connotan historias más graves, es decir, A cree que puede ver el futuro o algo que no ha pasado. Luego A piensa que no es la primera vez que escucha decir que el secreto está en la respiración. Secreto de qué pregunta A, y tras barajar nombres y personas a las cuales no ha visto, en realidad tras escuchar sus palabras o quedarse en sus rostros en sus gestos parece quedarse dormido. En la habitación hay dos botellas plásticas sin agua y montones de hojas de papel sin orden y borroneadas que cubren la mesa y parte del suelo. La respiración de A es fuerte, casi como ronquidos o quizás lo son, y A que parece consciente o quizás muy dormido, larga el siguiente ronquido con más fuerza que el anterior. Los ladridos de Leo desde el patio llegan a la habitación en el mismo momento en que la música vuelve a correr sin que nadie haya aplastado ningún botón. También llega el ruido que hace Leo al saltar o pararse en dos patas sobre la malla de hierro.

10/11/13

Una vez quise ver una película titulada Flesh pero ahora que lo pienso debe ser una película espectacular porque qué más se puede esperar de un título como ese

Lo divertido de no moverse ni tocar los platos llenos de alimento tibio. La fuerza del tenedor y su peso y su volumen y el plato levantado. La pequeña pantalla, o descomunal, vista de cerca, el hombre en ella tocando el piano y tantas letras, tanta música hablando de los mismos oscuros deseos y usando los mismos agotados términos, de cosas que prefiero desconocer o jamás, ni en un futuro descontrolado y sudoroso vivirlas, quizás contarlas para dormir con la cara embarrada hasta la nuca dentro de la almohada. Esas canciones suenan a tripas y huelen a litros de octano, a cosas tan nobles o menos sinceras y lentas u honestas, suenan a un mundo que parece perdido, entre el vapor y nuestros rostros y nuestras manos y nuestras medias que cuelgan como mocos negros bajo los tobillos; un vapor que tiñe o colora el techo, que lo vuelve escamoso, que lo acerca a la nuca, una vez más. Cada vez y otra vez encuentro hermanos en la calle y en la estación del autobus como todo buen hermano de piña. El orfanato está en la otra dirección digo casi gritando mientras apunto con la mano un sitio que ellos miran como si acabaran de bajar de allí. Cada vez deseo menos salir y poco queda para construir el nuevo y retardado mundo. Eso es la casa con el techo en el suelo y con oxígeno que sale de los grifos y agua en las habitaciones, una nueva manera de respirar. La casa es un sitio, o más bien, es, parece, vista por dentro. Por cualquier evento he tomado un cabo grueso de soga para amarrar la construcción, en realidad la ato a una piedra muy grande que he tirado en el pozo. Luego he abierto con las manos y un topo otro pozo antes de correr hacia otra dirección. Eso dicen los planos, eso dice uno de mis padres, su voz es delgada como un hilo telefónico que parece a punto de tocar otro cable.

Me gusta hablar de eso, ya sabe, esas cosas que uno nunca busca pero parecen conocerme mejor de lo que esperaba o de lo que pudiera entender, vale la pena informarse y andar con un pie adelante, buscarme, hasta tenerme tancerca, hasta girar como un tobogán entre o dentro de las arterias. Ese es el problema, demasiados sitios nuevos con extrema y exagerada importancia. Espero que al terminar la casa, las arterias, al llenarse no de sangre ni de oxígeno se vuelvan algo así como nuevos dedos, dedos que toquen y hagan canciones desde el interior y oídos que sirvan como malditos parlantes, tantos siglos de escuchar me están volviendo sordo. 

No sé, me gusta repetir que todas las cosas parecen destinadas a terminar antes de empezar. Estas ideas tan patéticas y descuidadas no son más que pretextos para creer y fortalecer el desentenderme de la responsabilidad que acarrea llevar tirantes y calcetines y sobre todo de mirar por encima del hombro las pisadas que uno va dejando atras, cosas para ya no ver, y los brazos largos sin láser que cuelgan todos los días, levantándose ellos como en tiempos de naranja para agitar el aire y para intentar ser algo así como un uniformado o como las líneas en la acera de la zona escolar, como para que los niños en el curso descubran que deben mirar hacia el sitio señalado. Parece ser cierto, parece que cada vez las cosas son actos de una fe sólida y apilada en un pasillo, ahora mismo saltaría del balcón solo para probar que tantos años de locura no han sido en vano, la materia que nos confunde, locura entendida como quedarse en el espacio entre balcón y vereda o escuchar por siempre los recuerdos de lo ido, de lo que está acercándose hacia el lado opuesto. Recuerdos como los hombres en la mesa mirando el plato humeante, hombres, hombres, masas, rocas, rocas humeantes sobre una brasa de porcelana roja, esperando o luchando contra el fuego mientras el edificio desaparece, el rumor de la empresa rota y de la iglesia tomada por los árboles. Piedras, temor al árbol y las hojas y las hojas. Algo dicen las hojas sobre esa mesa que debe por obligación arder y a la vez piden ser derribadas, cortar al gran y denso árbol. Espeso, luego las ramas, oscuras y pesadas bajando, quebrando la mesa y el suelo.

13/10/13

La parte que aparece mientras observa detrás de la puerta

El viaje de pie ha sido uno de mis favoritos. -Hablas solo- me dije. Luego cerré los ojos. Cada ciertos lapsos nos deteníamos y ellos subían con maletas grises o con bolsas vivas hechas de yute. Dentro, algo intentaba cortar el yute, la mujer parecía dormir, sus manos apretaban un monedero. Su cabeza estaba echada hacia atrás. Tenía el cuerpo girado hacia el pasillo, luego, con cuidado me recosté sobre su pecho.  Pasamos por aquella colina en cuya falda hay dos otres relojes empotrados, se puede ver la hora a varios kilómetros, eran menos de las seis y el sol brillaba de escándalo. Su cabello parecía tabaco o chocolate o el bronce de alguna paila ardiente y al fondo, detrás de los cristales, la vía se doblaba en otras dos direcciones. Tras salir, ya del otro lado, dejé que los ruidos llenaran mi cabeza, sonaban los compresores que abrían y cerraban compuertas, monedas rodaban, quizás una sola que caería luego otras dos veces. No quería reir así que apreté los labios. Varios niños orgullosos de sus bolsas blancas y del ruido inolvidable del plástico inflado usado como sombrero, escuchaban a otros dos que hablaban de manera familiar, algo, que al mismo tiempo los asombraba o a lo que deseaban entender. Me recordaba a mí, hablando de discos o de las últimas creaciones para producir ruidos. -Ahora al ruido ya lo habían hecho- dije o pensé o quizás lo escuché.

La imagen data de hace mucho tiempo atrás. El galpón debía medir una altura similar a diez hombres, uno de pie sobre los hombros de otro. Tomado del pasamanos de acero podía observar sus brazos girar como si impulsaran el cuerpo. Es decir, desde aquell muelle, todos remaban hacia sus propios mares. Creo que todos amábamos el suelo, aquella oscura, plana y brillante roca, la idea de caer, de volar durante cortos segundos antes de tocar el suelo con la cabeza era posible. Yo apretaba con fuerza el pasamanos pero al mismo tiempo estaba seguro de lo inútil, y del valor de la roca. Algo tan brillante y liso solo podía venir del fondo de un río, del fondo de un mar o de un sitio donde todo era oscuro y húmedo, incluso podía ser parte de la pista sobre la que descansaban algunas ballenas. Luego al saltar el viento, una ráfaga llevó el cuerpo, me elevó hacia el techo y ahí estuve agarrado a una lámpara de diez mil lumens. Para no quemarme sostuve con mis manos el cable. Luego llegó Jimmy con el montacargas y luego pasé por el escritorio y luego cerraron las puertas.

Poner algo, cualquier cosa ruidosa, cerrar las ventanas, mover las cosas en la habitación, ser dirigido hacia una de las incontables esquinas hasta quedar pegado al esqueleto de un insecto con los ojos abiertos, preguntar y sonreir y dejar la carcajada, exagerar. De lado derecho las las y e cuerpo casi plástico, del lado izquierdo el muro y el color y más que nada la materia que no dice mucho. En el medio el ruido intentando descolgarse, cómo es el ruido? parece una tira para cerrar cortinas recogida en una especie de loop, es como un clavo de acero, es como cualquier cosa que parece no ser parte del muro, aquello que sobresale, las cintas adhesivas, los cuadros dimimutos con peces fuera del agua pintados en acuarela, una estría del muro que empieza en un sitio y no parece tener fin. Pon ruido, luego el ruido deseando desvanecerse o descolgarse, luego de tres días, cada año, luego la metástasis en la ropa, en las camisas, en el auto, en la forma de pedir una gaseosa en la tienda de la esquina y en las monedas, sobre todo. Luego la llamada, luego una canción que empieza con un piano eléctrico y la tarde completa y perdida y al mismo tiempo efímera, porque ya es hora, tardes de esquina, de luces altas y de olor a combustible y un pedal y el ruido, la tijera, imposible, loop again, mejor no hacer ruido.

Recuerdo algo con bastante claridad, como si acabara de suceder. No lo escribo, no termino de buscarlo, más bien lo empujo, sea un él, sea una palabra, espero que implosione, espero que desaparezca. Luego dejo que todas las cosas que suceden fuera vayan adquiriendo sus respectivas posiciones, algo que no debe tomar más de dos minutos, algo que si espero sea intenso, y lo es, esa gravedad es apropiada, me desmaya. De ese modo la noche parece despoblarse o hacerse plana, luce como un tablero lleno de pequeñas luces y pequeños semáforos y personas diminutas cantando acompañadas por motores y por el ruido inquieto y desafiante de varios animales, en su mayoría lo que parecen ser perros extraviados, jugando, reptando dentro de las mantas empiezan a producirse ciertos milagros, cajas que parecen contener objetos perdidos e inesperados. También a medianoche sucede el día, un sol más largo, unos ojos perdidos o escondidos bajo la palma y varias puertas que se abren detrás de otras puertas hacia habitaciones que están dentro de otras habitaciones. Luego un balcón, un acero con formas orgánicas y el eterno viento, el eterno aliento los brazos y las ramas y los cables oscuros y aves, pequeños globos emplumados. Azul es el cielo.

Una cosa pequeña puede contaminar el lago más puro hasta volverlo una cosa imposible de reconocer. Un orificio en el muro puede no ser suficiente pero cien orificios en el mismo muro pueden llevarlo abajo. Dos horas dedicadas a usar el clavo y el martillo, dos horas de levantar los brazos con la técnica de una persona ocupada en tallar una piedra hasta derribarla o volverla ruinas. El mismo hecho repetido en lugares equidistantes, procurando siempre esconder lo mejor posible los rasgos identificables tras un gorro de lana, unos lentes de acero dorado y un pañuelo atado desde el cuello a la base de los ojos. Luego el empujón, el mazo dando el puntapié. Hacia adelante o hacia atras, eso queda para la dirección del viento, es decir, eso es parte del deseo de quien observa, del público. Sería curioso ver a tres uniformados entrar por el lado izquierdo del muro con sus largas y brillantes armas en alto cascando sobre el cráneo de aquel o aquella, reduciéndolo como en uno de esos filmes iraquíes o como en los noticieros del canal del caribe. Luego los pasos torpes pero breves del camarógrafo acercándose hacia el evento, mostrando cascos, cristales embarrados de fango y el cuerpo y los brazos protegiendo el rostro. Luego por la torpeza una nube de polvo y arena tras un ruido grave. Atrás el cielo como tela, sin un solo rasguño.

30/8/13



Sonaba uno de esos viejos temas cargados de guitarras y distorsiones y por supuesto un solo de batería y todas esas maromas clásicas que no se escuchan más. La baja fidelidad de la grabación me hacía sentir como un hombre importante o como alguien que se ha quedado dentro de un frasco y enterrado en la mitad de un patio rodeado de árboles gigantescos y de raíces gruesas como tentáculos. Mis palabras eran fuertes y a pesar de no hablarle a nadie familiar pensaba que sobre el sillón estaban algunos de los tripulantes y otros patanes que rodeaban las mesas en el negocio de Camilia a las ocho de la noche. Mi plan era convocarlos hasta que uno a uno vayamos cayendo pesados sobre las mesas mojadas con nuestras corbatas o con nuestros sacos ebrios y salpicados de ceniza o de la mayonesa de los snacks de la noche. Ya me observaba, con el rostro en la mitad de un sillón y con las manos sobre la espalda como si estuviera atado, jugando a llévenme a cualquier lado pero antes pateando cualquier cosa que encontrara, ya miraba desde la silla la porcelana rota, los ceniceros vueltos granadas y sobre todo al bulto en el suelo que pareciera no respirar y mis patadas y mis rodillas y mi peso y mi incapacidad o capacidad para patear sin caer y con las manos atadas a la espalda mientras dos o tres tipos de un negocio cercano lanzaran un grito ninja o una maldición gitana como si yo fuera capaz de escuchar algo y entonces el suelo y entonces el cuello alto casi colgado por unas correas invisibles. Luego el tema termina y yo miro donde estoy y pienso que será en unas horas y bebo agua con limón y abro las piernas y dejo que todo respire, dejo que todo se estire como una vieja tela.

Luego pienso que no vale la pena hacerle eso a Camilia, digo, llamar al proveedor, programar un día en el que las cosas se vuelven transparentes, eternas como si de ellas fuera el tiempo y dejar que todo gire como si fuera una de esas máquinas llenas de luces que funcionan tras insertar varias monedas. Luego las luces, los reflejos de los neones cercanos, el brillo frío y metálico rebotando sobre las vitrinas, sobre los pliegues de plástico, un color extraño en la mitad del negocio, justo encima de las heladeras y de las botellas verdes, agua, escarcha, en todo caso el proveedor llenando las perchas y dejando todo en orden mientras el resto de empleados miran atónitos aquella escena irreal. 

Para la tarde ya nada es posible pues ya las cosas han sido vendidas y ella mira con asco y asombro como algo que no conoce puede hacer cosas que nadie intenta entender. De todos modos el día se vuelve una marca o un montón de billetes y ella guarda en una caja todo lo que le resulta oscuro, la caja toma luego un nombre que ella lo coloca con cinta adhesiva, el día que habrán muchas preguntas dice ella y los cajones y las habitaciones se vuelven islas y dunas y cientos de pasos y números y lugares como planos imposibles de descifrar. Cada semana, así, durante unos años hasta cuando algo o alguien destruye los vidrios y la casa de os gatos que vivían hasta la medianoche junto a las perchas de los cigarros, en el suelo hay tabaco mezclado con lodo y varios hombres que arrastran a otro mientras todos parecen golpearse entre sí.

La mañana entra con todo el poder, es decir, de nada sirven los muros ni las cortinas, en segundos tengo los ojos doblados hacia el centro y al abrir la puerta miro el cuerpo arrastrado sobre la madera, un cuerpo que en realidad es un bulto o un gusano doblado sobre sí mismo y sobre una manta. El desayuno parece eterno pero al mismo tiempo parece que la habitación, la cocina deseara que yo ya esté fuera, dentro de un auto o de viaje haciendo las cosas del trabajo. Sin embargo enciendo el televisor y espero a que las cosas se calienten. El café parece delirar entre estar tibio o caer hacia uno de los otros lados, sin embargo lo bebo como si fuera agua, como si en la noche hubiera caminado, eso sería irreal, un sonámbulo en la mitad de los parques, sentado como quien prueba la calidad de las bancas los acabados de la madera, la humedad de la tierra, de las jardineras y el verdor, la salud de las flores. Supongo que eso haría en ese caso, con los ojos cerrados y hablándole a los bicho, quizás a un calcetín viejo, tirado debajo de un arbusto, sugiriendo que todos estamos perdidos en un vaso tan alto, en un cilindro lleno sólo de aire. Luego apago la estufa, la llama se vuelve naranja y luego el metal de oscurece. Luego mastico el dulce, espero que el relleno estalle en mis dientes y mi lengua, luego miro sin ánimos los noticieros y espero a la periodista, o al par de comentaristas que siempre parecen incómodos o con ganas de pasarse a otro canal. Eso parece, pero luego pienso que debo estar ya en la terminal.

Pongo los pies en el suelo pero en realidad tengo otros planes, quisiera recostarme como si fuera un animal esperando ser faenado, con los brazos estirados y las piernas sobre los sillones junto al pasillo, como si fuera dueño de ese sitio y bajo la mirada réproba de las personas que acaban de subir con sus maletas grandes y con sus hijos más altos que ellos buscando dos sitios continuos o esperando a que baje y les permita continuar. En realidad viajo con el rostro pegado a la ventanilla, no muy cerca, las sacudidas son frecuentes y deseo llegar con el rostro completo, a pesar de tener el espacio vacío el viaje se vuelve individual, de todos modos las cosas parecen sacudirse cuando la azafata nos revisa los boletos y los destinos y mira sin mirar nuestros bolsos y nuestras chaquetas y todos un poco dejamos que ella nos acepte y nos vuelva parte de su negocio, o del de la compañía, lo cierto es que ella parece moverse sobre nuestros cuellos pues intenta ser amable y breve y cuando yo quiero preguntar algo ella ya está con otro viajante, qué preguntar? nada serio, alguna cosa como si ella cree que deba dormir durante la hora que tenemos delante o si acaso ella podría pedir que no suban demasiado el volumen de la unidad. De todos modos el rumor de la unidad que viaja llena de personas parece ser algo más fuerte y poderoso, es decir, cierro los ojos y los sueños se vuelven o son puestos por otras voluntades y no sé si ese momento duermo o acaso estoy desmayado. El rumor parece tan alto como una buena ola o como una ráfaga de viento a mitad de la tarde en una montaña alta y deshabitada, un golpe que rodea todo el cuerpo, que lo hace girar y al mismo tiempo lo aleja del suelo, de algún modo me sostengo de un hilo invisible esperando caer despacio, como si careciera de peso.

Caminar que el mundo se va a acabar. Paso de incógnito o por lo menos eso espero, en realidad parezco haber aprobado durante varios años algún tipo de taller o de curso para realizar investigaciones como las que hacen los detectives, de modo que, con rápidos y cortos pasos me ubico detrás de otros peatones, es decir, puedo percibir las marcas de colonias, la edad de sus vestidos, incluso si la calle es silenciosa, como algunas de un solo sentido, escuchar el latido de sus corazones. No es raro, alguna vez alguien me dijo que yo tenía un serio problema cardiaco, que parecía que mi músculo andaba golpeándose contra el tórax de lado a lado, como quien quiere escapara o echar abajo unos muros. No es raro, esa cosa del tamaño de un puño hace un ruido enorme, al manejar o al ir dentro de un taxi el conductor para varias veces para escuchar su máquina, yo lo miro con una sonrisa en la boca pues el hombre levanta la capota y encuentra todo en orden pero no sabe de donde vienen los golpes. Así pasa en la calle, en los almacenes, en las filas para dejar los documentos a fin de pedir dinero prestado, decenas de puños golpeando los huesos, una pequeña suite con redobles y pasos marciales. He llegado a sitios tan íntimos tras no se qué cursos, tras no se qué materias o qué maestros, quizás vivir dentro de otros o casi siendo la piel de otros es más un destino, una obligación, o una clase de patología. Apenas la mitad de la mañana y parecemos viejos y olvidados conocidos.

Luego tomo con cuidado las plumas y las escuadras, esto lo hago delante del burócrata. Sucede que llevo la documentación para mi futuro préstamo y aún debo subrayar con cuidado ciertos pasajes que demuestran que no debo nada al banco y que gano lo suficiente y que no los voy a quedar mal, esto es, fallar en las cuotas. De modo que trazo unas líneas largas que señalan el día en que nací para las tablas y el sistema nacional de activos. La fecha parece lejana pero tampoco algo que me quite el sueño, o por el contrario ya el sueño ha terminado, vivo dentro de los números. El hombre toma sus lentes más gruesos y hace una serie infinita de cálculos apoyado en tablas que van saliendo impresas una por una de una impresora que tiene la forma de una caja de seguridad. El hombre murmura pequeñas palabras moviendo sus pequeños labios, algo raro en una cara tan grande y yo espero sólo no tener que volver a este sitio, es decir, a madrugar, a reunir tantos documentos, a solicitar cartas de recomendación, una cosa de volver sobre una vida que parecía ya superada. De todos modos siento entre esas enormes paredes y dando las espaldas a varias personas que parecen planificar una estrategia antes de hablar con el hombre de la boca pequeña que las cosas marchan a un paso descontrolado pero enérgico, es decir, todo parece temblar o doblarse como una barra de hierro fundido. Este hombre me hace recordar los días de escuela pero sobre todo el gimnasio, aquellas máquinas abstractas para desarrollar sólo ciertos músculos. Al verlo supongo que desarrollo la vista pues sus movimientos no sólo parecen precisos sino también los de un veloz insecto. Algo que en todo caso sucede a menudo, ocurre una vez más sobre esa silla y frente al escritorio, tras mirar a los lados pienso que estaba a punto de ser hipnotizado.

Ya en la mesa nadie espera jarras, ni panes, ni rodajas blancas, es decir, solo deseaba que la sombra que cruzaba desde la ventana alcanzara mis pies y las patas y la madera roja. Quería que todo se volviera difícil de percibir, que incluso la habitación luciera como un sitio vacío. Sin embargo aún todo brillaba, de metal, de plástico, sobre las cosas hechas de materiales transparentes, por ejemplo unas tiras largas que servían para envolver las cortinas a la manera de un cinturón, también unos cubos de juguete que funcionaron como cajas de transporte para cubos de colores, cajas con tapas opacas ahora llena de tornillos y rulimanes, pero en realidad la habitación era propiedad de cientos quizás innumerables objetos pequeños, diminutos pero intensos, duros y firmes como guardias, como garitas con órdenes de disparar a quien decidiera guardarlos. Yo también me volvía objeto, ya tenía varios órganos plásticos sentado tras la madera, con la sombra acercándose. A fuerza de no moverme podría cargar una bayoneta.

Ahora pasaba mucho tiempo dentro de la sombra. Miraba una mancha en el techo, es decir, otra sombra, también recordaba los rostros de los habitantes breves de la mañana, hombres con cigarrillos y cristales en las manos, mujeres con piernas tan largas como un puente y varios litros de oxígeno, años de luz guardada entre los pliegues y las esquinas de aquella sala. Los rostros eran familiares, aunque, todos parecían salidos de un álbum muy antiguo o lejano, es decir, de una familia de ciudades más allá de los páramos o quizás de edificios similares. Qué era lo que recordaba, sobre todos los labios abiertos, la forma de los dientes, en casi todos los rostros se dibujaba una sonrisa enorme, como de puesto de revistas, como de negocio callejero. Yo miraba, sosteniendo una lente en las manos y casi tocaba sus pómulos, acercaba el cristal, hacía un clic con los ojos y luego con la lente. Todos jugábamos a dispararnos y a matarnos por segundos, nuestra guerra era externa, sin voces, al ritmo y bajo el peso de los gestos, nuestra mañana muda. La reunión continuó en el salón República, el salón Sábados de trueno era un nombre apropiado, pero se llamaba Héroes del Dorado y albergaba a un grupo de petroleros o aspirantes a comerciantes con acento islámico.

Sucede la cosa más extraordinaria, Camilia dormida en uno de mis sueños. Ambos viajamos dentro de un pequeño auto que se sacude en cada curva como si fuera a perder el sistema hidráulico o como si las ruedas desearan salir hacia los lados. Alrededor hay montañas aunque al mismo tiempo las ventanillas están llenas de paisajes planos, amarillos, con cielos azules pero también con nubes, nubes que rellenan el horizonte. También en el sueño observo al auto dirigirse hacia algún sitio, cuando sucede pienso en que Camilia no sabe hacia dónde nos dirigimos, al igual que yo, entonces el auto vibra como si cruzara por encima de algunas rocas pero ella sigue dormida en el asiento de conductor y yo hablo en voz alta, en el sueño la voz me sale con algo de rudeza, como exigiendo algo y entonces de repente el auto se dirige hacia una pared gigantesca, es decir, hacia la montaña misma, una montaña de paredes rectas y rojas, un rojo bordó, que llena el parabrisas y la ventanilla de Camilia. Quizás, no es que ella está dormida, más bien, ambos hemos sido dopados. Luego no hay choque, el sueño se llena de una pantalla negra.

Licúo todo y a eso le añado leche, leche fría, recién abierta y, sobre todo, azúcar y vainilla. El ruido cubre a la tv, suenan los martillos de la mecánica que empieza su trabajo más temprano que el resto del barrio. El ruido es monstruoso, la habitación parece poblada de aquel motor tan diminuto como un corazón en un hombre de ciento cincuenta kilos. Un hombre vestido con chaquetas de hombros anchos. En la pantalla dos mujeres hablan o instigan a un hombre de gafas oscuras que de pie parece un armario. El hombre lleva una corbata sobre una camiseta o remera o polo oscuro. Las mujeres parecen ligeramente distraídas, como si escucharan a otra persona que les habla desde un punto muerto o desde un sitio que no aparece dentro del rectángulo. Yo dejo que la fruta se pique bien y se destruya hasta volverse líquido, la noche me está bebiendo me digo, parece -me digo de nuevo- que tengo uno de esos problemas de aquellas pobres gentes a las que se les ha doblado el espíritu, eso de caminar dormido y sin hacer ruido, no sé de que otra forma explicar la inesperada necesidad de líquidos durante los últimos tres días. De ser así siento que llevo un radar que me hace confiar el doble en mi pulso inconsciente pues amanezco sin rasguños, sin huellas visibles, intacto, (tras pensar esto recorro mi cuello con la mano buscando cortes). Apago el motor, el líquido marrón es pastoso y dulce y alcanza para repetir mientras cambio de canal sabiendo que volveré tras una vuelta de cinco a cinco.

La mañana bajaba acompañada de varias bandas de cabellos necios y brillantes y enredados así como por cables y por operadores de cámara que corrían al suelo cada vez que el músico giraba con el cuerpo y la guitarra como si estuviera dentro de un reloj, cuerpo, brazos, el suelo y el camarógrafo girando y tomando la velocidad de los dedos y las sacudidas como si de eso modo el coliseo pudiera ser derribado. Sin embargo la respuesta era multitudinaria, varios jóvenes saltaban los dos metros que los separaba y sobre el escenario hacían carreras que empezaban con ímpetu y tras dos o tres metros se volvían una habitación o una pared oscura. Entonces el salto era gigante, la misma carrera del comienzo y el giro para caer de espaldas sobre los rostros y sobre los brazos levantados de quienes seguían con atención al cuerpo que se sacudía sobre el suelo y a los camarógrafos que no perdían nada, ni siquiera los tramos necesarios para tomar aire, todo, incluso el sudor que resbalaba era parte del documental. Todo era hermoso, verano, los últimos días de la rubia,  una cabeza amarilla sobre un fondo gris, a veces azul y a veces como si detrás de la banda hubiera un mar negro y profundo, un agujero en todo caso, lleno de miles de brazos girando sin orden que eran el reflejo del público y otros, los cuerpos como cohetes volando sobre ellos. De esa manera la mañana parecía haber empezado en un año guardado dentro de una botella, una especie de joya de hora y media de duración.

Luego hubo televisión. Tras caminar durante dos horas la mesa sirvió de camilla y el cuerpo parecía un animal al que se lo acaba de dormir. Uno de esos animales al que tras alimentar lo cubren y lo guardan en un espacio tibio y con pajas secas o incluso con algunas mantas. Mantas ligeras pero que cubren todo su cuerpo. Digamos que algún mimo, alguna atención parecía que me estaba dando al dejarme ir sobre la madera y con los pies en el suelo y con el cuerpo doblado sobre la silla. Quizás era la manera de prepararme para entrar al horno a fin de servir como centro de mesa, una mesa vacía pues nadie esperaba, y tampoco recibiría visitas o a amigos o primos inesperados y de profesiones inverosímiles. Luego la mano tocó el suelo, casi que rebotó al saberlo sobre sí, y, supe que la siesta había terminado. Tenía tanta energía como para dormir varias veces más, como para escuchar los árboles y el ruido del martillo de la vecindad, era mejor dejar de respirar o creer que en cada aliento me iba de a poco, como si pegarme a las paredes fuera la mejor idea, quizás la única tras caminar dos horas, tras soltar los huesos hasta creer que era una luz, hasta verme dentro de un grano de arroz, como si caminar sirviera para aliñearse, como un nombre o como el polvo que cubría las tapas de algunos tarros rojos en el centro del comedor. Faltaba beber, faltaba el cálido escozor del fuego y del líquido marrón, los giros y las gotas salpicando los dedos y las palmas de las manos que pronto se hacían de manchas y círculos rojos, todos luego de un grito de una rabieta y de tirar la futura ensalada al vidrio. Eso era, buscaba en el libro fotos de guarniciones, yo mismo servido sobre la porcelana y sobre la mesa hasta las seis de la tarde.

Las tardes parecían pegadas con pelos y hojas de maíz. Sonaba dentro del cerebro una música continua. Por un momento pensé con una sonrisa de felicidad y asombro que mientras esa música sonara podía ser feliz pues sería como respirar acompañado por siempre. Bueno, aquello de respirar sí me preocupaba, ya eran varios los momentos en que me descubría a mí mismo con la respiración casi detenida y con la garganta inflada como si el aire se hubiera quedado en ella, como si ya no entrara ni saliera. Esos largos lapsos pues al darme cuenta debía llevar ya minutos de inmovilidad, sucedían tras mirar largos pasos o las infinitas uniones entre las paredes, pasos como los que pensaba había dado para llegar al sitio en el que descansaba, es decir, el camino de ida y regreso si es que había salido de casa o los vértices que llenaban la casa con sus irregularidades y los ángulos rectos. Eso era estar sobre el sillón, ya ni las revistas, ni los dedos, todo detenido, largo, fino como una lana que cuelga entre los dientes.