El hombre dice muchas cosas, si supiera que hay alguien escuchándolo y deseando que sus letras fueran canciones. No se lo diremos. Algo sucede en algún sitio a cientos de horas de viaje, es decir, en otra sala y al mismo tiempo hay personas tomando licores y mirando filmes de ciencia ficción con naves que parecen empujadas por una mano invisible y a un ritmo regular como el de un globo rojo y amarillo sobre un río ancho sobre el que cuelga un puente. Ambos están juntos por una cuerda. Eso ocurre, un hombre del tamaño de un pigmeo y un perro pastor parado en dos patas, levanta el cable y el acero cromado antes de iniciar un sonido nuevo y demasiado viejo al mismo tiempo, nuevo por el efecto y la electricidad y viejo por haber sido tomado de uno de los discos de Lou, un ruido imposible, un cover. Lou se caracteriza por su salvaje y desenfrenada manera de rasgar las cuerdas como si las estirara con un tillo de acero y para más detalle un tillo oxidado. El hombre pigmeo-alemán se vuelve inmediatamente mi amante e inmediatamente yo debo limpiar la baba que cae por las comisuras de la boca hasta mi pubis y mis muslos y con ayuda del puño grande como un corazón intento despertarme o noquearme, en realidad ambas cosas para que él no deje nunca de afinar la guitarra porque parece que ni siquiera se esfuerza con ese reef tan perdido y tocado a la maldita sea, como si fuera cosa de lavarse las manos, abrir un refrigerador, pelar una manzana, este imbécil es el genio y el ruido, aún no creo verlo tocando algo que sólo exitía a través de los discos, y, sólo afina la viola... no toca un tema, sólo afina el instrumento usando las claves y los tiempos de los discos de Lou. Creo que soy un gusano y entonces busco mucho, muchos más vasos con la espesa y helada negra en mayo para de este modo hacer de la madrugada algo permanente. Ya valiste Andrés me digo, mientras Lou parece colgar de mi cuello con una sonrisa a mitad de camino entre policía y delincuente.
El amor que he sentido por Lou ha sido total pero sobre todo químico. La música que él propone es mas extraños que el ruido y por lo tanto insignificante e imposible de entender a menos de haber previamente asaltado la colecturía de un colegio, quizás de uno muy popular en la mitad de un barrio con árboles muy altos, centenarios. Supongo que ese es todo el asunto que nos mueve y nos hace una pareja como el chocolate y la vainilla, Lou hace las cosas que todos desconocen para que no quede nada más por hacer. Hubo un tiempo en que la búsqueda no terminaba sino, con el cuero vuelto hacia el otro lado, es decir, rojo. Varias veces descubrí que podía dormir con las botas totalmente ebrias, con los huesos mojados y dentro de otros cuerpos, con la cabeza vuelta hacia el suelo y con los ojos abiertos, sobre todo mirando las nubes volverse una masa delgada que terminaba transformándose en una tela tan azul como el agua bajo la que uno parecía haber sido congelado. Ya en el parque, ya en el complejo lleno de sombrillas, uno podía flotar sin temor a ser quemado ni por el sol ni por los turistas que torcidamente disfrutaban, estirando su pecho y sus muslos como peces o como morsas cubiertas por algodón. Dos o tres pasábamos más tiempo escuchando al agua pero también entendiendo el contenido de esas músicas groovies. Bajos, gente sacudiendo el sudor y hielos saltando sobre la superficie, la noche, el neón, el humo, el calor alucinógeno del que nadie salía sin haber saltado, sin arrojar algo. Entonces uno pedía a Lou, pero Lou parecía haber sido donado a otra estación, entonces el groovie volvía y ya las cosas eran irrefrenables, los disfraces, la enfermera de uñas ferrari hinchándose y yo robando los zippo junto a la caja, caminando en reversa, ligero, pero en reversa hasta que alguien enviaba un email, hasta que recordaban que estuvimos sobre las mismas tortugas inflables.
Luego la inmortalidad, luego, entonces cruzando sin permiso y sin luz verde, luego invitando a Patroclo a ahorcarnos para espanto de Mercedes. Mercedes y los dueños de la televisión. Varias veces a la semana impresionábamos con ese nuevo deporte para que un día nos expulsaran de aquel castillo, de aquella roca de paredes planas. Yo amaba al castillo, incluso más que a Patroclo que siempre buscaba la manera para decir Andrés, este castillo es muy alto y nunca abren las ventanas a pesar de que sudamos. Pero ahorcarnos el uno al otro como dos mentirosos en un filme de cine noir era la gota, la línea negra sobre las piernas de las coristas del burdel italiano, el semen del asunto y así Mercedes quedaba hinchada y con los ojos redondos y la tarde cobraba el sentido que la mañana y por que no, la noche anterior, no sabía ya donde volver a hallar.
Quisiera preguntar a Patroclo si recuerda entre tantas mesas y entre tantas colillas de camel si recuerda el apuro que tuvo Mercedes y el modo en que tres Mercedes terminaron corriendo dentro del castillo hacia todos los lados.
Quisiera preguntar a Patroclo si recuerda entre tantas mesas y entre tantas colillas de camel si recuerda el apuro que tuvo Mercedes y el modo en que tres Mercedes terminaron corriendo dentro del castillo hacia todos los lados.

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