El viaje dura treinta minutos, aunque, de regreso parece ser más corto. El hombre tiene el cuerpo tan alargado, casi puede entenderse que su espalda está de puntillas, es decir, para ocupar la menor cantidad de espacio y para evitar golpear las espaldas de los otros hombres, su respiración se ha vuelto lenta, su movimiento mínimo y el resto, la parte que lleva vestidos y zapatos casi una plastilina, un fideo o una tira de goma roja estirada como la lengua de un gato o una bufanda recién lavada.
Desde el techo, el resto de viajantes también observan lo lejos que están del suelo. El suelo del autobus parece la lija de una caja rectangular de fósforos, unas personas vestidas con trajes negros, con maletines oscuros también y con barbas espesas, tupidas que les llegan hasta el pecho, tienen el cuello pegado a una de las luces plásticas que por la mañana sigue apagada. Ambos, los dos hombres de trajes y sobretodos oscuros hablan entre sí en un idioma en el que para decir trabajo usan la palabra arbeter mientras repiten varias veces algo que suena como glick o blick o gilk, no es posible entenderlos muy bien pues sus bocas casi apuntan al suelo por la manera en que cuelgan sus cabezas. Además, cada cierto lapso el conductor anuncia las paradas con un micrófono que produce un efecto metálico, como de algo que es arrastrado. Cuando eso sucede un rumor se produce en los que viajan, se observa brazos larguísimos como sorbetes levantar bolsas brillantes como si estuvieran hechas o llenas de agua, algo como un líquido de luz, algo quizás imposible a menos de que las bolsas no fueran bolsas, si no, vidrios calientes o luces eléctricas. Una mujer golpea la espalda del hombre varias veces hasta cuando ambos parecen ser un solo cuerpo aunque el de ella sea redondo y lleno de pliegues a pesar del efecto del viaje y el de él, alto y a punto de romperse en dos. Se puede observar sin demasiado problema la cara de muchas personas de baja estatura que viajan pegadas a las costillas, a los senos, a la manzana de adán de otros hombres, incluso, un joven con auriculares en los oídos parecería haber crecido con dos narices aunque una de ellas no sea otra cosa que el cartílago promimente de otro viajante que tiene ambos brazos levantados. Ambos se mantienen en esa posición durante varias estaciones y cuando el vagón se sacude ambos hombres lo hacen simultáneamente.
Cuando las puertas automáticas son abiertas también una corriente tibia o muy cálida ingresa. Varios viajantes tras ese breve respiro dejan al parecer de estirarse o derretirse y algunos incluso cierran los ojos, actitud que parece intepretarse como una rememoración o un ensueño pues, varios son quienes los observan antes de repetir el mismo gesto, dejando para ellos solo los ruidos. Entonces puede ser que el vagón intentara sacudirse con la intención de devolver la vida a esos rostros con los párpados largos como mocos. Pero nada singular ocurre pues la masa se vuelve más compacta ante los dos frenazos y las arremetidas repentinas. Por el vidrio, quienes parecen toallas, observan a una mujer muy hermosa y de piel oscura llevar de la mano a un niño pequeño y de piel pálida, la mujer lleva a una niña de la otra mano y mientras camina habla al niño con términos fuertes. La expresión de ella, aunque ya parece adquirida es dura pero sobre todo firme, eso se observa antes de que se pierdan entre los bordes plásticos y los pasamanos. Tras el breve corte la velocidad es retomada pues los autos que avanzan en sentido contrario desaparecen delante de hombres con camisas llenas de líneas tan largas y rectas que uno cree que llevan vestidos de cartón, además los negocios de alfombras, de luces y lámparas y arañas de plata se vuelven un solo color junto a las llamas que empiezan a ser encendidas para la preparación de corderos y bueyes. Primero la llama parece rodear a los negocios y entonces a la velocidad del vagón y del hombres que observan el exterior, los marcos y los cristales parecen volverse de un material rojo que los envuelve, todo ello tan rápido, como el reventar de un juego de pólvora. También se observa una serie larguísima de casas de igual forma, sin techos y con las columnas como dedos aún pero llenas de hombres vestidos con trajes azules y cascos amarillos. Esa construcción ocupa un lugar justo en medio de dos manzanas de casas altas con ventanas de forma circular en sus fachadas y que a simple vista resultan distintas por antiguas, en la pared, el número de una de las propiedades es 1607. Un autobus se acerca en dirección contraria, luego ambos coinciden su parada en la estación llamada Piedras.
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