Lo divertido de no moverse ni tocar los platos llenos de alimento tibio. La fuerza del tenedor y su peso y su volumen y el plato levantado. La pequeña pantalla, o descomunal, vista de cerca, el hombre en ella tocando el piano y tantas letras, tanta música hablando de los mismos oscuros deseos y usando los mismos agotados términos, de cosas que prefiero desconocer o jamás, ni en un futuro descontrolado y sudoroso vivirlas, quizás contarlas para dormir con la cara embarrada hasta la nuca dentro de la almohada. Esas canciones suenan a tripas y huelen a litros de octano, a cosas tan nobles o menos sinceras y lentas u honestas, suenan a un mundo que parece perdido, entre el vapor y nuestros rostros y nuestras manos y nuestras medias que cuelgan como mocos negros bajo los tobillos; un vapor que tiñe o colora el techo, que lo vuelve escamoso, que lo acerca a la nuca, una vez más. Cada vez y otra vez encuentro hermanos en la calle y en la estación del autobus como todo buen hermano de piña. El orfanato está en la otra dirección digo casi gritando mientras apunto con la mano un sitio que ellos miran como si acabaran de bajar de allí. Cada vez deseo menos salir y poco queda para construir el nuevo y retardado mundo. Eso es la casa con el techo en el suelo y con oxígeno que sale de los grifos y agua en las habitaciones, una nueva manera de respirar. La casa es un sitio, o más bien, es, parece, vista por dentro. Por cualquier evento he tomado un cabo grueso de soga para amarrar la construcción, en realidad la ato a una piedra muy grande que he tirado en el pozo. Luego he abierto con las manos y un topo otro pozo antes de correr hacia otra dirección. Eso dicen los planos, eso dice uno de mis padres, su voz es delgada como un hilo telefónico que parece a punto de tocar otro cable.
Me gusta hablar de eso, ya sabe, esas cosas que uno nunca busca pero parecen conocerme mejor de lo que esperaba o de lo que pudiera entender, vale la pena informarse y andar con un pie adelante, buscarme, hasta tenerme tancerca, hasta girar como un tobogán entre o dentro de las arterias. Ese es el problema, demasiados sitios nuevos con extrema y exagerada importancia. Espero que al terminar la casa, las arterias, al llenarse no de sangre ni de oxígeno se vuelvan algo así como nuevos dedos, dedos que toquen y hagan canciones desde el interior y oídos que sirvan como malditos parlantes, tantos siglos de escuchar me están volviendo sordo.
No sé, me gusta repetir que todas las cosas parecen destinadas a terminar antes de empezar. Estas ideas tan patéticas y descuidadas no son más que pretextos para creer y fortalecer el desentenderme de la responsabilidad que acarrea llevar tirantes y calcetines y sobre todo de mirar por encima del hombro las pisadas que uno va dejando atras, cosas para ya no ver, y los brazos largos sin láser que cuelgan todos los días, levantándose ellos como en tiempos de naranja para agitar el aire y para intentar ser algo así como un uniformado o como las líneas en la acera de la zona escolar, como para que los niños en el curso descubran que deben mirar hacia el sitio señalado. Parece ser cierto, parece que cada vez las cosas son actos de una fe sólida y apilada en un pasillo, ahora mismo saltaría del balcón solo para probar que tantos años de locura no han sido en vano, la materia que nos confunde, locura entendida como quedarse en el espacio entre balcón y vereda o escuchar por siempre los recuerdos de lo ido, de lo que está acercándose hacia el lado opuesto. Recuerdos como los hombres en la mesa mirando el plato humeante, hombres, hombres, masas, rocas, rocas humeantes sobre una brasa de porcelana roja, esperando o luchando contra el fuego mientras el edificio desaparece, el rumor de la empresa rota y de la iglesia tomada por los árboles. Piedras, temor al árbol y las hojas y las hojas. Algo dicen las hojas sobre esa mesa que debe por obligación arder y a la vez piden ser derribadas, cortar al gran y denso árbol. Espeso, luego las ramas, oscuras y pesadas bajando, quebrando la mesa y el suelo.
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