Los días están por llegar, eso es inevitable a pesar de que con cuidado yo los haya guardado a todos en un cartón del tamaño de una tarjeta dentro de la billetera. Eso me tiene con los pies descalzos y a veces con algo parecido a una fuga que sale de las uñas. Luego uso una escoba envuelta en una camiseta para dejar el piso como estaba cuando lo encontré. Así no espero a los amarillos y rojos que andan siempre cerca. Hay otros pares de zapatos y los sacos de personas que aún no han llegado, igual toda la tarde he pasado sin ser preguntado por lo que es ni lo que debería estar, de manera que tardo el doble en bajar, el doble el envolver, el doble en caminar y el doble en colocar de regreso las cosas en sus sitios.
Luego para no perder el ritmo escucho una canción, con el volumen bajo para no enredarme, habla sobre dos personas, la una, una persona que ha dejado de hablar, y la otra, una que habla, en realidad, dice algo sobre la otra, solías ser de un modo, ahora al parecer hemos cambiado. La canción tiene una melodía muy conmovedora que por ser tocada con notas tan agudas le queda a uno la sensación de guardar el radio en los fuelles. Luego y con la canción en el mismo sitio aún sonando, una motocicleta ingresa al restorante. Nadie dice nada, pues la motocicleta y el hombre hacen fila detrás de otras personas que esperan para ordenar. Las lámparas rojas apuntan a las mesas como lentes de microscopios o como flores de guanto. El vapor de las grandes fuentes es absorbido por unas bocas plásticas en el techo del que cuelgan otras lámparas y varios afiches amarillos y rojos. Vivir los días allí es bastante cálido y a uno le entran las ganas de ser un pollo que gira mientras se coce en sus propios jugos. Luego a uno le da por pensar en darse un delicioso mordisco, de meter las papas en un tarro del que la ketchup se derrama. También en esos calores a uno le deja de importar la lechuga y los condimentos y las ansias poderosas de mezclarlo todo con limón.
A las oficinas apenas les llegan los rumores de los otros pisos. Lo hermoso de los siete días sin salida o permiso, es que para terminarlos, debe comenzar uno por cruzar los pasillos, los encierros de luz como los nombramos una tarde en que pensamos que había fuego en el salón. Eso se debe al trabajo eficiente de los otros voluntarios, jóvenes que se encargan de dejarlo todo brillante, todo con gusto a cloro y a jabón y a mesas como para comer en ellas. Cuando paso junto a ellos, los voluntarios, siempre iniciamos diálogos cortos y parecidos a explosivos, estamos aquí y tras pestañar ya estamos allá. Del mismo modo las paredes del edificio lucen como si no hubiera para ellas ni un solo día, y los jóvenes de uniforme rojo y amarillo pasan cambiando sus guantes y sus líquidos azules, reponiéndolos en las bodegas antes de que termine el día, un pezito, gato? dicen cuando ya están corriendo pues saben que no pueden quedarse a explotar antes de que uno de los de camisa (nosotros) volteemos a reconocerlos.
A veces quito el botón para sentirme parte de un desorden que nadie entiende. También desconecto los aparatos para gritar en mitad de la mañana esperando que algo inútil cause otra serie de desperfectos, pero es como si ya nunca más hubieran días para no hacer cosas para otros. Hoy ha faltado uno de los nuestros y su monitor ha pasado titilando, la señal esa de standby. Luego de ordenar las listas y el inventario aprovecho para observar desde los cristales. Tantos niños en las mesas asustan y también preocupan. Si un día todos los niños del salón se cayeran al mismo tiempo todos estaríamos brutalmente rotos, y los voluntarios amarillos llorarían tras haber atendido el piso, en realidad eso sucedería en el otro extremo del barrio, luego de haber doblado los sombreros y andando al fin en grupo. A pesar de sus constantes ires y saltares los niños siempre parecen saber que nada va a ocurrir, supongo que alguien debería empujarlos por los menos, hasta que descubran cosas que necesiten comprar o fabricar o robar. Si yo fuera niño robaría las fuentes llenas de patatas calientes pero el gusto sería corto, qué tamaño puede tener el estómago de un mamífero que solo duerme y lacta y respira con la boca. Y si al subir cayera en aceite! Y si luego alguien ordenara un niño para llevar? Y si en la caja hubiera solo lechuga?
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