El gato se pasó quince minutos duchándose sobre la alfombra antes de levantarse y clavar sus garras para hacer girar el pequeño tapete hasta doblarlo en dos mitades idénticas. Parecía que aquel felino era bueno incluso extraordinario como para llevarlo hacia ciertas tareas domésticas; todos tuvieron ganas de levantar su cuerpo y dejarlo idéntico pero junto a la pila de ropa por doblar que esperaba en el centro de la sala del piso superior. En mitad de aquel círculo de piernas y pantalones, el gato estuvo tan quieto o tranquilo o relajado, como si con él no fuera la cosa. Por lo general, ocurre evidentemente lo contrario y en un caso similar, un gato distinto, uno menos dado a las siestas, tras mirar los pies de una o o dos personas y sin pensarlo habría largado una carrera de maullidos y silbadores hacia cualquier otro sitio. Pero, en esta ocasión, el animal estuvo en el centro, tranquilo, y acurrucado que daba la impresión cómica, de ser más una gallina que un gato. Una gallina bien alimentada y que está por tomar su siesta luego de haber dado un paseo con sus pequeños o polluelos.
En el patio dos autos eran lavados de manera imprevista por una lluvia que apareció a pesar del sol que reventaba los muros y los árboles. La lluvia a diferencia de aquellas comunes garúas duró mucho más y no era fina, más bien estuvo a pocos litros y centímetros de volverse una tormenta. Quizás esa sensación o idea fue producto de la inesperada oscuridad que doblegó el centro de aquel sitio, aunque parecía suceder en el extremo opuesto también. Desde la sala se escuchaba el rebotar de las gotas sobre el invernadero de la casa desabitada y sobre los dos autos negros estacionados en el patio que parecían envueltos en una cortina o en una bolsa de supermercado. Era imposible salir para cerrar una vez quitado el bloqueo la ventanilla que había quedado abierta antes de iniciar la breve tormenta ni usando algún dispositivo o un poncho improvisado. Quizás la ventanilla llevaba abierta varios días. Unas cuantas bolsas de detergente rodaban entre la lluvia y unos maderos cortados con simetría aunque eran ya inservibles como para usarlos en un fogón. También dos platillos plásticos parecían pegados al fondo de una malla que separaba el patio de madera del que servía como jardín. En el resto, donde descansaban las casas de los perros, dos balones y los autos, aún quedaba sitio para guardar otro objeto. En la parte de adelante por donde ingresó uno de los autos o llegaba la mensajería, una bicicleta roja o lo que quedaba de ella extrañamente estaba a salvo de la lluvia, pues, las ramas de un árbol, bueno, de una higuera, la cobijaban. Una avioneta del ejército cruzó muy cerca del suelo la parte central de la ciudad con el fin de medir las variaciones atmosféricas. Por su silencio más parecía un aeroplano.
Sobre la mesa descansaba una botella marrón y vacía junto a unas revistas con publicidades de los eventos a realizarse por los onomásticos de la ciudad. El clima anterior había dejado una sensación térmica demasiado agradable y la madera que formaba los muebles en aquella sala parecía de repente haber rejuvenecido, brillaba como si acabara de ser limpiada y quizás hasta la casa mismo estaba impreganda por un cierto gusto propio del sol y del calor. Quizás es demasiado pensar en toda la casa, pero si por lo menos los espacios que formaban una parte de la planta baja. Los muebles habían sido cubiertos por gruesas cortinas para evitar los agentes externos y desde detrás de la mesa, es decir, vistos desde cierto ángulo daban la apariencia de hombres o mujeres de roca o de extremidades gruesas y fibrosas. Luego el grupo tomaría lugar en todos los sitios disponibles, luego los sillones no eran más esos hombres fofos extrañamente tapados y acuclillados, sino , tronos aztecas o escenarios tomados de alguna página de las canciones de Roldán. De hecho, antes de levantarse y en mitad de la lluvia, el rito consistió en elegir a un sucesor para el supuesto trono, uno que fuera capaz de repetir la mayor cantidad de veces el mismo nombre. Muchas veces se escuchó decir Mario, Mario, Mario, Mario, Mario, Mario, Mario, Mario, Mario, Mario, Mario, Mario, Mario, Mario pero con más frecuencia y dicho con otros tiempos. Algo así como mariomarimariomarimariomarimariomari mariomarimariomarimariomarimariomarimariomarimariomarimariomarimariomarimariomarimariom
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Luego cuando la luz no era suficiente las puertas de algunas habitaciones fueran cerradas desde dentro y otras parecían extrañamente atascadas como si detrás hubiera una silla o algo mucho más grande y pesado. No eran las tres de la tarde pero el clima era el del final del día, un final a mitad de las tres. Cada habitación tenía su propio cuarto de baño, su propia ventana y un cuadro de un niño masticando una gran porción de tarta roja cuya crema o manjar lo había cubierto hasta las cejas, los ojos y el cabello. En dos habitaciones la lámpara de mesa no funcionaba y en una el niño había comido pasta o pizza en vez de la tarta de mora, pero era el mismo niño, solo que con otra golosina, quizás en el mismo día o en otra casa y con otra familia. Los pasillos de aquel sitio parecían rodear todo el piso pues ambos terminaban en una escalera justo en el centro de la casa.
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