30/8/13



Sonaba uno de esos viejos temas cargados de guitarras y distorsiones y por supuesto un solo de batería y todas esas maromas clásicas que no se escuchan más. La baja fidelidad de la grabación me hacía sentir como un hombre importante o como alguien que se ha quedado dentro de un frasco y enterrado en la mitad de un patio rodeado de árboles gigantescos y de raíces gruesas como tentáculos. Mis palabras eran fuertes y a pesar de no hablarle a nadie familiar pensaba que sobre el sillón estaban algunos de los tripulantes y otros patanes que rodeaban las mesas en el negocio de Camilia a las ocho de la noche. Mi plan era convocarlos hasta que uno a uno vayamos cayendo pesados sobre las mesas mojadas con nuestras corbatas o con nuestros sacos ebrios y salpicados de ceniza o de la mayonesa de los snacks de la noche. Ya me observaba, con el rostro en la mitad de un sillón y con las manos sobre la espalda como si estuviera atado, jugando a llévenme a cualquier lado pero antes pateando cualquier cosa que encontrara, ya miraba desde la silla la porcelana rota, los ceniceros vueltos granadas y sobre todo al bulto en el suelo que pareciera no respirar y mis patadas y mis rodillas y mi peso y mi incapacidad o capacidad para patear sin caer y con las manos atadas a la espalda mientras dos o tres tipos de un negocio cercano lanzaran un grito ninja o una maldición gitana como si yo fuera capaz de escuchar algo y entonces el suelo y entonces el cuello alto casi colgado por unas correas invisibles. Luego el tema termina y yo miro donde estoy y pienso que será en unas horas y bebo agua con limón y abro las piernas y dejo que todo respire, dejo que todo se estire como una vieja tela.

Luego pienso que no vale la pena hacerle eso a Camilia, digo, llamar al proveedor, programar un día en el que las cosas se vuelven transparentes, eternas como si de ellas fuera el tiempo y dejar que todo gire como si fuera una de esas máquinas llenas de luces que funcionan tras insertar varias monedas. Luego las luces, los reflejos de los neones cercanos, el brillo frío y metálico rebotando sobre las vitrinas, sobre los pliegues de plástico, un color extraño en la mitad del negocio, justo encima de las heladeras y de las botellas verdes, agua, escarcha, en todo caso el proveedor llenando las perchas y dejando todo en orden mientras el resto de empleados miran atónitos aquella escena irreal. 

Para la tarde ya nada es posible pues ya las cosas han sido vendidas y ella mira con asco y asombro como algo que no conoce puede hacer cosas que nadie intenta entender. De todos modos el día se vuelve una marca o un montón de billetes y ella guarda en una caja todo lo que le resulta oscuro, la caja toma luego un nombre que ella lo coloca con cinta adhesiva, el día que habrán muchas preguntas dice ella y los cajones y las habitaciones se vuelven islas y dunas y cientos de pasos y números y lugares como planos imposibles de descifrar. Cada semana, así, durante unos años hasta cuando algo o alguien destruye los vidrios y la casa de os gatos que vivían hasta la medianoche junto a las perchas de los cigarros, en el suelo hay tabaco mezclado con lodo y varios hombres que arrastran a otro mientras todos parecen golpearse entre sí.

La mañana entra con todo el poder, es decir, de nada sirven los muros ni las cortinas, en segundos tengo los ojos doblados hacia el centro y al abrir la puerta miro el cuerpo arrastrado sobre la madera, un cuerpo que en realidad es un bulto o un gusano doblado sobre sí mismo y sobre una manta. El desayuno parece eterno pero al mismo tiempo parece que la habitación, la cocina deseara que yo ya esté fuera, dentro de un auto o de viaje haciendo las cosas del trabajo. Sin embargo enciendo el televisor y espero a que las cosas se calienten. El café parece delirar entre estar tibio o caer hacia uno de los otros lados, sin embargo lo bebo como si fuera agua, como si en la noche hubiera caminado, eso sería irreal, un sonámbulo en la mitad de los parques, sentado como quien prueba la calidad de las bancas los acabados de la madera, la humedad de la tierra, de las jardineras y el verdor, la salud de las flores. Supongo que eso haría en ese caso, con los ojos cerrados y hablándole a los bicho, quizás a un calcetín viejo, tirado debajo de un arbusto, sugiriendo que todos estamos perdidos en un vaso tan alto, en un cilindro lleno sólo de aire. Luego apago la estufa, la llama se vuelve naranja y luego el metal de oscurece. Luego mastico el dulce, espero que el relleno estalle en mis dientes y mi lengua, luego miro sin ánimos los noticieros y espero a la periodista, o al par de comentaristas que siempre parecen incómodos o con ganas de pasarse a otro canal. Eso parece, pero luego pienso que debo estar ya en la terminal.

Pongo los pies en el suelo pero en realidad tengo otros planes, quisiera recostarme como si fuera un animal esperando ser faenado, con los brazos estirados y las piernas sobre los sillones junto al pasillo, como si fuera dueño de ese sitio y bajo la mirada réproba de las personas que acaban de subir con sus maletas grandes y con sus hijos más altos que ellos buscando dos sitios continuos o esperando a que baje y les permita continuar. En realidad viajo con el rostro pegado a la ventanilla, no muy cerca, las sacudidas son frecuentes y deseo llegar con el rostro completo, a pesar de tener el espacio vacío el viaje se vuelve individual, de todos modos las cosas parecen sacudirse cuando la azafata nos revisa los boletos y los destinos y mira sin mirar nuestros bolsos y nuestras chaquetas y todos un poco dejamos que ella nos acepte y nos vuelva parte de su negocio, o del de la compañía, lo cierto es que ella parece moverse sobre nuestros cuellos pues intenta ser amable y breve y cuando yo quiero preguntar algo ella ya está con otro viajante, qué preguntar? nada serio, alguna cosa como si ella cree que deba dormir durante la hora que tenemos delante o si acaso ella podría pedir que no suban demasiado el volumen de la unidad. De todos modos el rumor de la unidad que viaja llena de personas parece ser algo más fuerte y poderoso, es decir, cierro los ojos y los sueños se vuelven o son puestos por otras voluntades y no sé si ese momento duermo o acaso estoy desmayado. El rumor parece tan alto como una buena ola o como una ráfaga de viento a mitad de la tarde en una montaña alta y deshabitada, un golpe que rodea todo el cuerpo, que lo hace girar y al mismo tiempo lo aleja del suelo, de algún modo me sostengo de un hilo invisible esperando caer despacio, como si careciera de peso.

Caminar que el mundo se va a acabar. Paso de incógnito o por lo menos eso espero, en realidad parezco haber aprobado durante varios años algún tipo de taller o de curso para realizar investigaciones como las que hacen los detectives, de modo que, con rápidos y cortos pasos me ubico detrás de otros peatones, es decir, puedo percibir las marcas de colonias, la edad de sus vestidos, incluso si la calle es silenciosa, como algunas de un solo sentido, escuchar el latido de sus corazones. No es raro, alguna vez alguien me dijo que yo tenía un serio problema cardiaco, que parecía que mi músculo andaba golpeándose contra el tórax de lado a lado, como quien quiere escapara o echar abajo unos muros. No es raro, esa cosa del tamaño de un puño hace un ruido enorme, al manejar o al ir dentro de un taxi el conductor para varias veces para escuchar su máquina, yo lo miro con una sonrisa en la boca pues el hombre levanta la capota y encuentra todo en orden pero no sabe de donde vienen los golpes. Así pasa en la calle, en los almacenes, en las filas para dejar los documentos a fin de pedir dinero prestado, decenas de puños golpeando los huesos, una pequeña suite con redobles y pasos marciales. He llegado a sitios tan íntimos tras no se qué cursos, tras no se qué materias o qué maestros, quizás vivir dentro de otros o casi siendo la piel de otros es más un destino, una obligación, o una clase de patología. Apenas la mitad de la mañana y parecemos viejos y olvidados conocidos.

Luego tomo con cuidado las plumas y las escuadras, esto lo hago delante del burócrata. Sucede que llevo la documentación para mi futuro préstamo y aún debo subrayar con cuidado ciertos pasajes que demuestran que no debo nada al banco y que gano lo suficiente y que no los voy a quedar mal, esto es, fallar en las cuotas. De modo que trazo unas líneas largas que señalan el día en que nací para las tablas y el sistema nacional de activos. La fecha parece lejana pero tampoco algo que me quite el sueño, o por el contrario ya el sueño ha terminado, vivo dentro de los números. El hombre toma sus lentes más gruesos y hace una serie infinita de cálculos apoyado en tablas que van saliendo impresas una por una de una impresora que tiene la forma de una caja de seguridad. El hombre murmura pequeñas palabras moviendo sus pequeños labios, algo raro en una cara tan grande y yo espero sólo no tener que volver a este sitio, es decir, a madrugar, a reunir tantos documentos, a solicitar cartas de recomendación, una cosa de volver sobre una vida que parecía ya superada. De todos modos siento entre esas enormes paredes y dando las espaldas a varias personas que parecen planificar una estrategia antes de hablar con el hombre de la boca pequeña que las cosas marchan a un paso descontrolado pero enérgico, es decir, todo parece temblar o doblarse como una barra de hierro fundido. Este hombre me hace recordar los días de escuela pero sobre todo el gimnasio, aquellas máquinas abstractas para desarrollar sólo ciertos músculos. Al verlo supongo que desarrollo la vista pues sus movimientos no sólo parecen precisos sino también los de un veloz insecto. Algo que en todo caso sucede a menudo, ocurre una vez más sobre esa silla y frente al escritorio, tras mirar a los lados pienso que estaba a punto de ser hipnotizado.

Ya en la mesa nadie espera jarras, ni panes, ni rodajas blancas, es decir, solo deseaba que la sombra que cruzaba desde la ventana alcanzara mis pies y las patas y la madera roja. Quería que todo se volviera difícil de percibir, que incluso la habitación luciera como un sitio vacío. Sin embargo aún todo brillaba, de metal, de plástico, sobre las cosas hechas de materiales transparentes, por ejemplo unas tiras largas que servían para envolver las cortinas a la manera de un cinturón, también unos cubos de juguete que funcionaron como cajas de transporte para cubos de colores, cajas con tapas opacas ahora llena de tornillos y rulimanes, pero en realidad la habitación era propiedad de cientos quizás innumerables objetos pequeños, diminutos pero intensos, duros y firmes como guardias, como garitas con órdenes de disparar a quien decidiera guardarlos. Yo también me volvía objeto, ya tenía varios órganos plásticos sentado tras la madera, con la sombra acercándose. A fuerza de no moverme podría cargar una bayoneta.

Ahora pasaba mucho tiempo dentro de la sombra. Miraba una mancha en el techo, es decir, otra sombra, también recordaba los rostros de los habitantes breves de la mañana, hombres con cigarrillos y cristales en las manos, mujeres con piernas tan largas como un puente y varios litros de oxígeno, años de luz guardada entre los pliegues y las esquinas de aquella sala. Los rostros eran familiares, aunque, todos parecían salidos de un álbum muy antiguo o lejano, es decir, de una familia de ciudades más allá de los páramos o quizás de edificios similares. Qué era lo que recordaba, sobre todos los labios abiertos, la forma de los dientes, en casi todos los rostros se dibujaba una sonrisa enorme, como de puesto de revistas, como de negocio callejero. Yo miraba, sosteniendo una lente en las manos y casi tocaba sus pómulos, acercaba el cristal, hacía un clic con los ojos y luego con la lente. Todos jugábamos a dispararnos y a matarnos por segundos, nuestra guerra era externa, sin voces, al ritmo y bajo el peso de los gestos, nuestra mañana muda. La reunión continuó en el salón República, el salón Sábados de trueno era un nombre apropiado, pero se llamaba Héroes del Dorado y albergaba a un grupo de petroleros o aspirantes a comerciantes con acento islámico.

Sucede la cosa más extraordinaria, Camilia dormida en uno de mis sueños. Ambos viajamos dentro de un pequeño auto que se sacude en cada curva como si fuera a perder el sistema hidráulico o como si las ruedas desearan salir hacia los lados. Alrededor hay montañas aunque al mismo tiempo las ventanillas están llenas de paisajes planos, amarillos, con cielos azules pero también con nubes, nubes que rellenan el horizonte. También en el sueño observo al auto dirigirse hacia algún sitio, cuando sucede pienso en que Camilia no sabe hacia dónde nos dirigimos, al igual que yo, entonces el auto vibra como si cruzara por encima de algunas rocas pero ella sigue dormida en el asiento de conductor y yo hablo en voz alta, en el sueño la voz me sale con algo de rudeza, como exigiendo algo y entonces de repente el auto se dirige hacia una pared gigantesca, es decir, hacia la montaña misma, una montaña de paredes rectas y rojas, un rojo bordó, que llena el parabrisas y la ventanilla de Camilia. Quizás, no es que ella está dormida, más bien, ambos hemos sido dopados. Luego no hay choque, el sueño se llena de una pantalla negra.

Licúo todo y a eso le añado leche, leche fría, recién abierta y, sobre todo, azúcar y vainilla. El ruido cubre a la tv, suenan los martillos de la mecánica que empieza su trabajo más temprano que el resto del barrio. El ruido es monstruoso, la habitación parece poblada de aquel motor tan diminuto como un corazón en un hombre de ciento cincuenta kilos. Un hombre vestido con chaquetas de hombros anchos. En la pantalla dos mujeres hablan o instigan a un hombre de gafas oscuras que de pie parece un armario. El hombre lleva una corbata sobre una camiseta o remera o polo oscuro. Las mujeres parecen ligeramente distraídas, como si escucharan a otra persona que les habla desde un punto muerto o desde un sitio que no aparece dentro del rectángulo. Yo dejo que la fruta se pique bien y se destruya hasta volverse líquido, la noche me está bebiendo me digo, parece -me digo de nuevo- que tengo uno de esos problemas de aquellas pobres gentes a las que se les ha doblado el espíritu, eso de caminar dormido y sin hacer ruido, no sé de que otra forma explicar la inesperada necesidad de líquidos durante los últimos tres días. De ser así siento que llevo un radar que me hace confiar el doble en mi pulso inconsciente pues amanezco sin rasguños, sin huellas visibles, intacto, (tras pensar esto recorro mi cuello con la mano buscando cortes). Apago el motor, el líquido marrón es pastoso y dulce y alcanza para repetir mientras cambio de canal sabiendo que volveré tras una vuelta de cinco a cinco.

La mañana bajaba acompañada de varias bandas de cabellos necios y brillantes y enredados así como por cables y por operadores de cámara que corrían al suelo cada vez que el músico giraba con el cuerpo y la guitarra como si estuviera dentro de un reloj, cuerpo, brazos, el suelo y el camarógrafo girando y tomando la velocidad de los dedos y las sacudidas como si de eso modo el coliseo pudiera ser derribado. Sin embargo la respuesta era multitudinaria, varios jóvenes saltaban los dos metros que los separaba y sobre el escenario hacían carreras que empezaban con ímpetu y tras dos o tres metros se volvían una habitación o una pared oscura. Entonces el salto era gigante, la misma carrera del comienzo y el giro para caer de espaldas sobre los rostros y sobre los brazos levantados de quienes seguían con atención al cuerpo que se sacudía sobre el suelo y a los camarógrafos que no perdían nada, ni siquiera los tramos necesarios para tomar aire, todo, incluso el sudor que resbalaba era parte del documental. Todo era hermoso, verano, los últimos días de la rubia,  una cabeza amarilla sobre un fondo gris, a veces azul y a veces como si detrás de la banda hubiera un mar negro y profundo, un agujero en todo caso, lleno de miles de brazos girando sin orden que eran el reflejo del público y otros, los cuerpos como cohetes volando sobre ellos. De esa manera la mañana parecía haber empezado en un año guardado dentro de una botella, una especie de joya de hora y media de duración.

Luego hubo televisión. Tras caminar durante dos horas la mesa sirvió de camilla y el cuerpo parecía un animal al que se lo acaba de dormir. Uno de esos animales al que tras alimentar lo cubren y lo guardan en un espacio tibio y con pajas secas o incluso con algunas mantas. Mantas ligeras pero que cubren todo su cuerpo. Digamos que algún mimo, alguna atención parecía que me estaba dando al dejarme ir sobre la madera y con los pies en el suelo y con el cuerpo doblado sobre la silla. Quizás era la manera de prepararme para entrar al horno a fin de servir como centro de mesa, una mesa vacía pues nadie esperaba, y tampoco recibiría visitas o a amigos o primos inesperados y de profesiones inverosímiles. Luego la mano tocó el suelo, casi que rebotó al saberlo sobre sí, y, supe que la siesta había terminado. Tenía tanta energía como para dormir varias veces más, como para escuchar los árboles y el ruido del martillo de la vecindad, era mejor dejar de respirar o creer que en cada aliento me iba de a poco, como si pegarme a las paredes fuera la mejor idea, quizás la única tras caminar dos horas, tras soltar los huesos hasta creer que era una luz, hasta verme dentro de un grano de arroz, como si caminar sirviera para aliñearse, como un nombre o como el polvo que cubría las tapas de algunos tarros rojos en el centro del comedor. Faltaba beber, faltaba el cálido escozor del fuego y del líquido marrón, los giros y las gotas salpicando los dedos y las palmas de las manos que pronto se hacían de manchas y círculos rojos, todos luego de un grito de una rabieta y de tirar la futura ensalada al vidrio. Eso era, buscaba en el libro fotos de guarniciones, yo mismo servido sobre la porcelana y sobre la mesa hasta las seis de la tarde.

Las tardes parecían pegadas con pelos y hojas de maíz. Sonaba dentro del cerebro una música continua. Por un momento pensé con una sonrisa de felicidad y asombro que mientras esa música sonara podía ser feliz pues sería como respirar acompañado por siempre. Bueno, aquello de respirar sí me preocupaba, ya eran varios los momentos en que me descubría a mí mismo con la respiración casi detenida y con la garganta inflada como si el aire se hubiera quedado en ella, como si ya no entrara ni saliera. Esos largos lapsos pues al darme cuenta debía llevar ya minutos de inmovilidad, sucedían tras mirar largos pasos o las infinitas uniones entre las paredes, pasos como los que pensaba había dado para llegar al sitio en el que descansaba, es decir, el camino de ida y regreso si es que había salido de casa o los vértices que llenaban la casa con sus irregularidades y los ángulos rectos. Eso era estar sobre el sillón, ya ni las revistas, ni los dedos, todo detenido, largo, fino como una lana que cuelga entre los dientes.

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