27/12/13

La dos ruedas que giran con el asiento pegado al suelo

Ahhmm, algo así era lo que el hombre balbuceaba frente a un espejo en la mitad de un salón donde otros estaban sentados con la servilleta desdoblada en las rodillas. A su balbuceo lo acompañó con varias muecas que las iba contando para realizar algunas más difíciles en cuanto llegaba o pasaba por sobre los números pares. La boca gigante, grande como la de un pez, los labios, arrugados y húmedos como dos mejillones con la baba goteando y los dientes detrás, apenas oscurecidos. Otra de esas caras que servirían para fabricar uno de los rostros exagerados y llenos de cartón de los fines de año, la frente brillante, la nariz girada hacia la derecha y los huesos pegados al cristal. Uno de esos hombres pasó mirando al hombre con la cara pegada al rostro pero ya afuera al levantar uno de los vasos olvidó y quiso olvidar y desaparecer lo anteriormente visto. 

Visto de espaldas de podía creer que aquel hombre dentro del baño estaría dispuesto a llenar los lavabos con agua con el fin de que una vez que el agua empezara a derramarse, él, como si de eso se tratara una misión silenciosa colocara lentamente primero un pie, luego dentro un brazo hasta poder con ambas extremidades del otro lado halar a las que quedan dentro, darles el empujón. Se lo veía al hombre de pie frente al espejo y luego con la cabeza agachada hacia los lavabos como quien también parece estar a punto de clavarse como desde un trampolín hacia una de esas piletas tan amplias como una cancha de tenis, entonces el agua que ya estaría a punto de derramarse saltaría como si se tratara de miles de pequeñas ranas o miles de mariposas con alas semitransparentes que acaban de levantar vuelo aprovechando la brisa o la corriente inesperada pero de una manera irreal, como si fueran movidas por una de esas plumas que sirven para levantar pesos extremos y vigas de acero sobre las calles de las ciudades, una especie de lenta y dispersa coreografía de alas, de antenas, de zumbidos, de larvas que en la explosión parecieran destruir sus capullos y la seda hasta volverse un ser diez veces más grande y lleno de varias partes que al sentir el aire buscaran como tomar o apropiarse de la mayor cantidad posible del mismo. 

En realidad al otro lado del agua, terminadas las tuberías los vasos aparecen llenos, magníficos. Varias veces todos se encuentran girando con las manos totalmente llenas y absolutamente ocupadas que sin explicación terminan volviéndose tres, en alguno de los hombres de la parte más oscura del salón parecerían haber crecido incluso dos brazos más. El ruido es pesado y las bebidas parecen venir del cuello de los hombres y las mujeres de uniforme que al tomar los cristales vacíos y caminar hacia uno de los pasillos, casi, sin o con una invisible demora regresan con los cristales hasta el tope y con una mano detrás de sus espaldas, todo prolijo, incluso y tras varias horas sus guantes blancos siguen idénticos. El ruido es total y bajo una luz verde, una luz de jardín botánico se observa el metal, el caucho, las filas de autos y la noche que se ha mantenido clara, más nítida que un cristal o que una porcelana. El ruido desaparece al caminar y los autos y las tres personas que descansan sobre uno de ellos mientras fuman parecen irreales, como en las postales que alguien compra para decir que así están las cosas a una hora de un día en que la noche no tuvo el poder de oscurecerlo todo, es decir, una noche eléctrica.

La gente girando con ambas manos ocupadas en mantener los vasos arriba mientras la otra mano colabora para que nadie más caiga. Varias personas tomadas y formando grandes cadenas llenas de dobles y triples vidas, cadenas que giran y bajan y se abren y se cierran y respiran y crecen y parecen tener la capacidad de tragarse a cualquiera que pase cerca de ellas. Todos, y deben ser cuarenta personas haciendo exactamente lo mismo, dando los mismos pasos uno dos uno dos al mismo tiempo como si se trataran de un espejo, un baile y un movimiento que nunca pudo no haber sido planificado, la realidad supera a los textos que llenan las páginas blancas y amarillentas de libros que nadie ha leído. Todo tan particular y tan genérico, todo convertido en un doble signo, la vida entre el bien y el mal y más allá de lo que no es. Incluso las mujeres enormes, incluso la comida, incluso las luces que cuelgan del tumbado parecen funcionar como si nadie estuviera detrás, el hombre entra y sale a través de una mujer de vestido anaranjado como si de abrir y cerrar una puerta se tratara mientras la mujer levanta los ojos al cielo como si un ser hubiera regresado para convencerla de que un sábado no es un deporte o de que una canción es un pez, en realidad todos parecen fantasmas que pierden algo de su color o que terminan con los brazos y las narices y los dientes de otros en vez de sus propios ojos o de los pendientes que colgaban en sus caras. Varias veces el ruido logra desaparecer la luz o es que el ruido los desaparece a los hombres y mujeres pues se crea en el medio del salón un orificio y varias veces apenas se observa con brevedad las siluetas que están y se deshacen o que están e inmediatamente desaparecen hasta cuando las luces se encienden y todos tienen los ojos en otro sitio y los cuerpos otra vez están alargados hacia todas las direcciones y todos al mismo tiempo están dentro de sus vasos y parecen girar agarrados de una rueda que se conecta a otras ruedas en un engranaje infernal, todo con el fin de terminar derramado sobre el suelo como en una gran lodazal. 


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