Hay una mariposa que choca contra el vidrio. Podría levantarme y correr la ventana y escuchar una vez más su aleteo y el ladrido y el rumor de la calle cercana. El pie está extendido hasta donde dá, el estómago poblado de ácidos y químicas logran por fin que todo quede lucuado mientras por la claraboya el sol comienza a dar aparición. Pasarán dos horas entre hacerse a un lado y correr a la ventana; la música y en especial la escala que suena de la trompeta impiden que vuelva sobre mis pasos, el disco es uno de Laurau. El pie sigue extendido, tiene la historia de la noche y recuerda la calle y el agujero y el traslado en vagón. El sol y cielo parecían ser los mismos de esta mañana pero ayer las alas giraban en todo el campo, coleccioné los movimientos, rápidos, imprevistos. Al despertar los labios llevaban horas mojando el pavimento. Guardé silencio y me dispuse a sentir el proceso del motor. El cabello golpeaba mi rostro, lo apreté con fuerza en su espalda. Quizás eran ir a 100, a 200, la luz entonces fue blanca, es decir el cielo de nuevo estaba sobre nuestros cuerpos tan cerca que borraba sus colores.
La garganta dividida, es la química, la cabeza bajo la ducha y el rebote que hace el trip del tubo al espejo, los labios llenos, refrescado, envuelto, listo para el patio. El sol quema las carnes y la ropa colgada gira como en un parque y los ruidos, las máquinas que podan y los camiones cargados de arena y el viento, dorar la otra porción, el pasto bajo el pecho, el sol tan cerca, las puertas y las ramas a los costados, el cuerpo buscando todas las direcciones, durante el resto del día.

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