La pared mantiene su lugar. Entre ella y mi rostro existen tres metros que podrían llenarse por obra y chasquido de otros rostros, los veo alineados verticalmente y con los ojos abiertos. La claraboya permite el paso al sol pero su fulgor rectangular no toca nuestro espacio, la pared y yo y los supuestos rostros verticales estamos a salvo.
Los pasos son importantes y obligatoriamente cortos. Para no perdernos de vista mantenemos la misma distancia durante todas las horas que permanecemos cerca, frente a frente. Yo cuento con los dedos las curiosidades destacadas que ella luce: de su piel de concreto o yeso cuelgan tres cuadros rectangulares que sugieren u obligan a mirar de izquierda a derecha y en sentido contrario, la lectura se la realiza por varios segundos lo que finaliza con la posibilidad de quedarse fijo y con la mirada en el centro. Cada vez que quito los ojos de mis manos y los levanto caigo sobre el mismo sitio: un florero, dentro frailejones, dientes de león. De rebote regresan nuevas imágenes, mi cabeza parece colgar de la pared dentro de aquel marco y poblada de ramas y flores amarillas. Intento no transformar el resto de mis miembros en figuras pero sé con toda seguridad que todo intento será inútil, más bien doy vuelta pero a mis espaldas hay un espacio blanco. Por cierto la pared a mis espaldas está pintada de magenta.
Intentar sonreir podría ser un acto confuso. Mis brazos forman unos labios con el fin de que la alegría se vuelva contagiosa. Los objetos sobre la mesa queman el tiempo dando saltos hacia el suelo, yo uso mis manos para protegerlos, no suceda que sus cristales estallen, los traigo de regreso y los llevo a dar vueltas como si entre ellos y yo formaramos una familia como aquellas que descienden de una hombrera dorada o hasta de la primera guerra mundial. El día luce su mejor perfil adornado por un cielo gris, sobre la mesa los vapores intentan llegar al techo. Los objetos parecen sacados de un aparador. Miro hacia el centro y encuentro como blanco el florero lleno de aguas oscuras aptas para el estómago de un gato. Subo a la mesa junto a los otros objetos, maullo y muevo la cola, de un salto intento voltear el jarro y lamo mis garras y salgo con la cabeza baja hacia el lugar donde el sol quema con fulgor.
El sol quema mis partes y las partes dentro de mis otras partes. Pienso que tanta holgura se debe a que llevo horas sin ser observado, los ruidos son sólo los que hacen aquellos artrópodos que con sus cabezas intentan hacer un orificio a la ventana. Mi estómago sigue un ritmo confuso, a veces rápido, a veces encadenado, es posible, para quien tenga tiempo, encontrar diferencias para dar fe de esta serie de insignificancias. Regreso siguiendo el rastro de mis pasos y doy un vistazo hacia el sitio en blanco: mis ojos amarillos se especializan y vuelven a grabarlo todo. El espacio en blanco también tiene sus propios ojos, con ellos logra protegerse lo que lo impide desaparecer. Yo encuentro un nuevo sitio para recostarme pues ahora que soy un felino debo entender la horizontalidad. En el sitio maullo y dirijo el cuerpo en busca de señales y elementos terrenales. Los vigilas han perdido mi señal. No preocupa que mis ruidos den cuenta de mi posición, el espacio entre la pared y el lugar fundacional será poblado por los dueños de casa quienes, a una velocidad distinta, dejarán su huella y su nuevo orden que incluye modificaciones del tipo menos es más. Adivino que el fulgor dará la vuelta durante las siguientes 24 horas mientras las siluetas de mi cuerpo, de la claraboya serán tan extensas como una cuerda. Al repetir la hora el espacio lucirá idéntico, o con ligeras modificaciones.

No hay comentarios:
Publicar un comentario