7/8/12

Leyenda Cañari







Cayo y Pangui vivían en la aldea de Cañaribamba. Alrededor de ellos habían varios ríos como el Culebrilla, el monte Gusano, lugares sagrados responsables de la riquezas y la salud de sus cercanos habitantes.  Esa mañana los niños la habían gastado jugando en la Burra Playa. Hasta allá corrieron dejando atrás a Shi, a Kisa, a otros niños que no querían alejarse de la aldea. Después de llenar sus Kipas con tocte, miraron el sol colgado en el centro del cielo y comprendieron que debían volver a la aldea. En el camino -pensaron- con un poco de suerte encontraran colibríes. Pueden vivir más que los hombres habían escuchado en la aldea.

Los niños tomaron el camino de regreso. Caminaban dando pequeños pasos, de ese modo, pensaban, llegarían y la comida estaría servida. El camino juntaba a la aldea con el valle Nishe, un sitio desde donde se observaban los riscos negros de luz roja y también Gigles sin temor a encontrar cóndores u animales como el oso. Pangui, quería que ya fuera otro día para iniciar el viaje al otro lado del Fasayñan.

En el cielo habían aves y también nubes oscuras que se aproximaban desde el otro lado del bosque.

Tras caminar y no hallar la aldea los niños se detuvieron. Callaron pero no hubo ruidos de hombres ni señales de otros niños, sus amigos. Una palta graznó de manera bulliciosa y molesta. Habían encontrado un lugar desconocido. Al mirar al cielo para ubicarse con el sol, observaron nubes, que no sólo cubrían la luz sino también a las copas de los árboles. Los árboles al perderse entre las nubes parecían ser más grandes, su altura parecía no tener fin. Hipnotizados siguieron la forma de las nubes que nunca habían estado tan cerca del suelo. Parecía que ellas querían acercarse a ellos. -Es señal de Jene- dijo Pangui. Impresionados retomaron el paso en cualquier dirección, Jene era la forma Cañari de decir tormenta. Algo confundidos encontraron un claro en el bosque donde cantaba un ave, parecía ser un búho.

El viento movía el cabello de los niños. El ave alzó vuelo, sus alas golpearon las ramas. El bosque nunca calla dijo Pangui. En el suelo habían huellas de liebre. Ambos miraron a los árboles que soportaban la arremetida, se mecían de un lado a otro. Cayo recordó que antes de llegar a la aldea el camino se doblaba como un caracol dos veces. Pangui miró bajo sus pies, el camino curvaba a unos metros del claro. Lo que no cuadraba era su dimensión, dentro de él los niños parecían dos ardillas, eran diminutos.

Las espaldas se iluminaron por la caída de un enorme rayo. Corrieron con la fuerza de diez hombres. Al otro lado del sendero observaron caminos más pequeños que se cruzaban entre sí. Estaban perdidos, no cabía duda de ello. La luz parecía abandonarlos. Sus ojos se perdían entre tanto camino y árbol. Hasta los árboles eran distintos. Los niños sintieron las gotas de agua sobre sus kipas y sus brazos. Dieron media vuelta caminando hacia a la tormenta.

Cruzaron frente al claro del bosque pero no se detuvieron. Caminaban con la esperanza de encontrar a alguien, a Deleg o al joven Paire. La lluvia les quitaba visibilidad.

Tras la cortina de agua el bosque aparecía y desaparecía, como en los sueños era una imagen indefinida. Por accidente llegaron a unas laderas, es el Fasayñan dijo Cayo. Como el agua había cubierto sus tobillos decidieron subir la montaña: En caso de que el Hatun-Cañar desborde debes buscar alturas había dicho el padre de Pangui. Con dificultad los niños treparon el Fasayñan. Evitaban voltear a ver pues ello les quitaba fuerzas. El barro golpeaba sus mejillas, a veces, sus pies eran atrapados entre los pliegues y lodo de la montaña. El agua que subía se acercaba ya a sus pies.

Normalmente, a esa hora del día, el sol ocupaba el centro del cielo como un ojo dorado que lo mira todo. En su lugar una mancha oscura ocultaba las cosas. Era como si el sol se hubiera apagado o como si mirara con el párpado entrecerrado pues la oscuridad era total. Los niños se detuvieron y buscaron entre las nubes un rastro de luz. La mancha que parecía moverse cambiaba de forma y color, era oscura, irregular, rápida, hacía pensar que del cielo colgaba un montículo de tierra.

La montaña también sufre e intenta levantarse dijo Cayo. Mientras subimos ella respira porque el agua quiere cubrirnos y ella sabe que no se puede mover. Agotados se detuvieron a tomar el aire que les faltaba. La entrada a una cueva apareció ante sus ojos. Los rayos que caían iluminaron parte la entrada. La luz mostró el suelo seco y las paredes amarillas. Los niños llamaron pero nadie respondió. Desde la cueva buscaron al Hiruñan, creyeron verlo pero no estaban seguros. Sólo el Fasayñan parecía sobrevivir tras la fuerza de la tormenta, quizás habían otros como ellos en otras montañas.
  
Pangui y Cayo permanecieron abrazados. La tierra absorbió la humedad, sus cuerpos ya no perdieron calor. Pangui miró a Cayo que tosía.

La tormente cayó con más fuerza, el ruido sobre el pozo era atronador. Los relámpagos se alejaban y tambien caían cerca como hilos azules. Se reflejaban en el pozo, llegaban a la entrada de la cueva. El cansancio hizo que los niños durmieran.

 El sol apareció sobre el espejo de agua. Su luz era fuerte,  como si el mundo estuviera en el medio, detenido entre dos soles. El reflejo iluminaba la cueva, llegaba a los pies de los niños. Cayo golpeó a Pangui en el hombro. Pangui no se movió. Cayo salió de la cueva. Miró al sol en el agua. Cegado por el resplandor intentó atraparlo. El espejo de agua estaba a no más de un metro de distancia. Cayo no lo tocó pero el viento hizo vibrar el espejo. Pangui miraba también tras de Cayo.
Cuánto habremos dormido preguntó Cayo. Pangui se alegró de no oirlo toser. Habían pasado tres días, -nos salvó el Fasayñan- dijo Pangui,  Así es -dijo Cayo- mientras respiraba aumentó su tamaño para que el agua no lo alcance, dijo. Los niños miraron la cima del monte, todo el valle estaba bajo el líquido. Pangui vio a Cayo llorar, no temas dijo, busquemos algo para comer. Mientras subían a la cima, Pangui buscó la aldea, a sus padres.

En la cima habían rocas. Las lanzaron al aire, el viento se las llevó como si no tuvieran peso. Enojados lanzaron otras rocas montaña abajo. Cerraron los ojos, imaginaron un banquete, una fiesta llena de ollas y granos secos. Se recostaron sobre sus espaldas estudiaron el azul del cielo, mientras las nubes cruzaban haciendo un sonido suave que los arrulló hasta dormirlos. Aunque durmieron sintiéndose protegidos. Entre las nubes la silueta de dos Guacamayas se acercaban. En sueños los niños escuchaban las palabras de sus padres. Las aves azules cruzaron sobre sus cabezas, son Guacamayas dijeron despertando, llevaban frutas en su patas. -Esperaremos que baje el agua dijeron los niños, el agua atrae a la serpiente-, si no conseguimos comida, atraparemos a las dos aves.

Las guacamayas dejaron la fruta en la cueva de Fasayñan. Ellas eran Gual y Aca, dos cañaris protegidas por Viracocha. Los niños intentaron tres días sorprenderlas. Al cuarto, Cayo habló con ellas.

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