Chavela me recuerda y me sugiere a un animal peludo, de esos que llevan motas y grumos colgados que sobresalen del resto del pelaje por su color radicalmente más oscuro, un oscuro aceituno sobre una mata blanca hueso. Por la mañana cuando me levanto enciendo la radio y la voz que se ha vuelto familiar anuncia lo inevitable, lo anuncia desde su butaca y su sillón de director de cadena de noticias, entonces sucede que debería pasar por una orden de alguien la tanda pero la decisión es la de transformar la noticia y pronto me envuelven desde los altavoces las opiniones y testimonios de quienes conocieron a la fallecida. Aquella familia lleva horas de arrivo, el diálogo a larga distancia y con diferencia horaria se vuelve contra mí y sin embargo no bajo el volumen, no intento cambiar de estación pero mi dial procura captar otras frecuencias, el bloqueo y el ruido ocurren de manera invisible, los decibeles parecen bajar hasta los cimentos de una pared o un rumor y entonces, insonorizado, estoy seguro, como dice cada medio día desde hace treinta años el Menacho, me creo a salvo. Pero esto dura sólo el tiempo de la tanda pospuesta, sucede hasta que yo mismo rememoro el hecho.
Ayer murió la Vargas.
Los alumnos reaccionan de un modo que me resulta muy familiar, resultado de la fuerza que produce la frase, pronto veo el tono y el volumen de lo metafísico, un misticismo que logra (como si ellos, los alumnos, lo hubieran deseado) que olviden la teoría discutida. Aunque sea algo circunstancial eso de estar bien informados pienso que yo mismo soy una mentira, otra vez me veo en el último tugurio inventando cada vez que preguntan por mi pasado. La luz que entra por la ventana no nos ilumina ni nos da aliento, pasa como fondo entre todos nosotros los miembros de esta sociedad que quiere transformar la noche en trementina y cuerdas y geometría. Los cuellos alcanzan la altura del techo, entre esas carnes arrugadas y quemadas flota una nube de intimidad, la artista aplaudiría hasta convertir el café en mezcal y los vientos traerían un poco del norte.
Las siluetas que formamos en el estacionamiento parecen interesadas en quedarse pues auqnue se mueven tiene la velocidad de las piedras. Uso el mismo ademán con ellos, el mismo con el que despedí a la Vargas, la bala que remueve la raíz del cuello mira sin salir del cañón, pero pienso que yo también he caminado llevando una poma y un cuervo.

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