Tanto calor obliga a todos a quitarse la ropa. Son varios, viajan en dirección norte - sur aunque en el interior decidan otras direcciones. El autobus avanza a una velocidad moderada, parece que sus usuarios han prohibido las sacudidas fuertes, toda emoción que no sea ligera, ni frenazos impredecibles; mientras, hablan sobre la ciudad y sobre el clima mientras doblan sus camisas o las colocan en el respaldar de sus asientos. Ella tiene los ojos cerrados, quizás ella es la única que viaja, la única pasajera. Quien viaja junto a la única pasajera es un hombre con los brazos en alto. El techo del bus está muy alejado del suelo. La intención del hombre es la de encender las luces o el aire acondicionado, aunque por sus movimientos también se pensaría que sus músculos han sufrido un calambre, tan común en esos viajes entre distritos o quizás, la intención de tener los brazos levantados sea para llamar la atención de otros pasajeros. El bus se detiene cada tanto a recoger a hombres y mujeres que llevan maletas en sus manos. Maletas o bolsas pequeñas para un viaje corto. Por supuesto la mujer no lo registra ya que tiene los ojos cerrados. Un hombre abre una revista con la foto de un político famoso, entrevistado hace algunas decádas. Una mujer uniformada con falda y blusa negra lleva pañuelos de papel entre sus manos, los reparte entre los pasajaros e indica el lugar donde ellos pueden depositarlos. Ella, la uniformada, lleva las mangas de la camisa dobladas a la altura de los antebrazos. El autobus sube una pendiente lo que genera una vibración en el piso y en los asientos que dura casi dos minutos. Se puede pensar que en cualquier minuto el bus dejará de avanzar o lo hará a la inversa dejando ver los costados que van hacia uno en vez de salir desde uno. Pero nadie habla del viaje, así que quizás avanzan en cualquier sentido. El rudio dentro aplasta a todos los cuerpos, las frases parecen completadas por risas, canciones parecen ser cantadas por periodistas, las preguntas respondidas por comerciales o contestadas por otras preguntas. Hay un hombre que está de pie y parece tener la intención de llegar a su destino sin tomar asiento. Cada vez que puede cruza palabra con la mujer uniformada y cuando eso ocurre dos personas parecen sonreir al mismo tiempo.
El camino luego de la pendiente se presenta como en las películas yanquis de J. Jarmusch, con esa luz fuerte que quema al asfalto y a los vehículos y a los montículos que ya no son de arena y que acompañan por ambos lados de la pista. La mujer del uniforme llena dos vasos blancos con agua, dos hombres hablan entre sí subidos a los asientos como si charlaran desde una trinchera o sosteniendo entre ellos y sus palabras unos escudos. Los vasos llegan al final del autobus sin dejar caer una sola gota a pesar de la imperfección del camino. El hombre de los brazos parece un árbol con sus dos ramas agitadas por el viento que entra por la ventanilla.
El sol golpea sobre la arena. Las gafas cubren hasta donde termina el cielo, la mano cubre el rostro y la frente, todos han bajado a estirar los pies. Cada paso parece agitar al suelo, ya que este parece respirar a cada movimiento como si al hacerlo comprendiera un poco a quien lo camina. Esa idea es perfecta para guardarla dentro de un dragón. Abrir su boca, meter la mano y soltar la hoja doblada de papel hasta que llegue al depósito de ácidos. Entonces el dragón azul cavaría entre la piedras para colocar su cuerpo a salvo. Esa imagen dura dos segundos, tiempo que alcanza para regresar a mirar hacia atrás, hacia donde se ha estacionadao el vehículo y donde la gente se dispersa como sobre un tablero de Go o una mesa de billar. La bola azul cubierta por el asfalto y el siguiente distrito a 2 horas, la idea, volver el mismo día. Él toma asiento junto a la rueda del bus, donde el sol no brilla. Él suda y bebe lo que queda dentro de la cantimplora. Nadie parece tener apuro, se dan modos para sacarse fotos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario