31/7/12

Highway

Conduzco, por la ventanilla entra el perímetro, a los lados, en dirección desde adelante cruzan letreros, esquinas, semáforos. Uso una sola mano, en realidad la mitad del cuerpo, el resto ha llegado o está sentado frente a una mesa, bebiendo ron o ponches o tapando el rostro tras una cortina tras la retirada de Lola, o Lolita o la hija de Marla o la exhalación anterior a la inmersión. No la vi venir. Como no es recomendable soñar o recordar mientras conduzco sacudo con fuerza el rostro hasta dejarlo pegado a las ventanillas y el tablero pero el rostro llega a la carretera e incluso a los faros del auto que viene en sentido contrario. La música logra su fin y pronto viajamos dentro de una panga y son las olas y el rumor el que impulsa a la tripulación. El semáforo levanta un dedo pero ya la vuelta y el giro lo dejan de espaldas, subo el volumen como un acto de fe ante la maravilla de un trailer o una barrera o las paredes y las ruedas de un tren. 
El siguiente semáforo corona la llegada del medio día. Son horas y kilómetros, todos los movimientos laterales, vistos de perfil, incluso la música que carece de sentido y significado pero que acomoda su volumen entre el espacio del copiloto y el aire acondicionado. Subo el vidrio, las barreras en las curvas evitan rozar al auto.

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