Intento no someterme a los dictados de la conciencia. Pero ellos están todo el día hablándome al oído. Sobre todo por las noches. Lo común es poner una imagen oscura entre los significados y la nariz. Pero ocurren cosas impredecibles, la respiración se vuelve costosa, el cuerpo mismo parece rehuir, parece tener certezas de estar en prisión y se estira, cosa que es incontrolable. Por suerte tengo una inyección de hielo, es decir, enciendo el televisor y reproduzco una cinta antigua con capítulos animados y en sonido de baja fidelidad y aunque pienso que va a resultar inútil sucede el milagro, el milagro de callar a todos los ánimos que destruyen por dentro. Sin embargo sé que todo ejercicio es por demás inútil y tarde o temprano volveré a los misterios y la incapacidad de controlar las conexiones y las respuestas en esa sinapsis automática. Lo sé, lo sé, el dolor es una evidencia que brilla como una sortija.
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