26/8/12

Silencio, no molestar

Ella cierra la puerta. Ella ordena sin ánimo las cosas dentro de la habitación. No toma la escoba, evita pisar las alfombras, dentro hay sitio para colocar otra cama, otro librero, otro aparato de televisión. Ella cierra la puerta del baño, escucha los ruidos que vienen del jardín, sobre todo pone atención a los pájaros que se dan duchas breves en la fuente. Sus picos son anaranjados y largos, buitres de metrópoli, su manera de saltar y llevar el agua hacia sus alas la mantiene pegada a la ventana, esa actividad la acompañará durante la mañana. También aprovecha para recostarse con un libro en el pecho, adelantándose a las cosas y repitiéndose las frases que saldrán de entre las hojas de aquel autor. Las cortinas permanecen quietas a pesar del viento, por la ventana de la habitación entran hojas y pequeñas basuras empujadas hacia los marcos abiertos. Hay ramas delgadas que quedan entre el jardín y el interior separadas por el cristal. La luz del exterior sufre una transformación al cruzar el filtro e los cristales. Las grietas en el techo dejan ver la construcción, el concreto. No es hora de siestas pero ella es vencida, las palabras clave forman imágenes breves, sobresalen los colores anaranjados y las alfombras, hay rostros y en conjunto el ensueño es emotivo. Ella despierta, su cuerpo la sigue. Así aguarda cualquier ruido. Pero la casa parece haber echado a todos hacia los patios.
Ella coloca una remera negra sobre su cuerpo. Una remera que llega a las rodillas dos o tres tallas más grande. Podría pasar horas probando prendas solo por pasar el rato. La ropa sale de los cajones, las levanta y observa a contraluz, cubre sus hombros, cubre sus muslos, nuevamente los desnuda, pronto el piso y el armario y la cama y el sillon sirven para sostener zapatos y pares de calcetas, además de ropa con colores brillantes, ropa que nunca se usó e incluso algunas que pertencen a otras personas. Queda espacio entre los armadores libres y abrigos, entonces Lupo salta, ya no es un mueble común, con Lupo dentro se vuelve una habitación, algo fría pues no tiene luces, ella sigue con la remera, camina de puntillas, corre el vidrio y las aves levantan vuelo. Lupo que se obsesiona la cacería salta y en dos brincos abandona su hogar temporal. El día parece avanzar sentado sobre un caparazón. El piso parece moverse, respirar, ella continúa caminándolo de puntillas, quien sabe dice, no tengo medicina para mordidas de bufanda. La pared tiene ese orificio como portal cuántico, pensado para viajes televisivos o lugares hechos de plastilina y cartón y lleno de guerreros que mueren sin miedo luego de herir a seres sin inteligencia,  gigantes con piel de fomie. Ella cuelga un pantalón, no se anima a encender la tv, tiene suficientes seres en el piso, no llegarán solos a su mundo, piensa.

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