10/1/14

una lata con una arveja

Ese día queríamos que sucediera de una vez la revolución, la lobosurión. No sucedió, pasó más bien que hablamos sobre las cosas que alguna vez encontramos tiradas en el suelo al dar largas u obligadas caminatas. Una tallerista descargaba su decepción contándonos cómo un día ella maldijo a su celular maldito celular había dicho, y también contó cómo luego no lo encontró en su maleta. Dijo también que esa tarde o mañana, no estaba segura, había salido durante diez segundos de su casa y al ver pasar a alguien cree, dijo, haber tirado intencionadamente el aparato. Antes de dormir, antes del día de talleres, tuve un sueño en que encontraba, en una calle en la que nunca había estado, un aparato celular, similar al que tengo ahora, al que uso diariamente. Lo extraño fue que en el sueño sentía profunda alegría ya que mi celular, el actual, había desaparecido. En el sueño también sentí un poco de pánico pues no quería encontrarme con el dueño, dueña, del aparato que yo suponía andaba cerca, e incluso me reconfortaba pensando debe estar en casa. Luego dos hombres vestidos con bolsas plásticas y zapatos grandes, como si fueran de otra persona, bajaban por la acerca contraria, no muy animados pero la mirada de uno era como un cuchillo. Luego yo daba algunos pasos y ellos parecían hablar de las cosas y sonaban como si me estuvieran siguiendo.

Entraron varios talleristas y muchos dejaban sus maletas colgadas o sobre las mesas y luego abrían sus portátiles o algunos con los ojos casi cerrados colocaban el rostro sobre las mesas. Alguien dijo que debíamos ir a cancelar el taller del día o que buscáramos al profesor para explicarle que debíamos repasar para unos exámenes bien definitorios, supongo que se trataban de tareas no hechas, pero nadie dejó las sillas y los talleristas con las caras sobre las mesas apenas parecieron temblar o conmoverse, como si un escalofrío diminuto los hubiera alcanzado. Alguien me empujó hacia el pasillo y como no tenía nada que hacer o por el contrario no sabía por cual empezar, tomé el pasillo en busca de la corbata azul. A veces y desde la habitación sonaba como si el pasillo estaba lleno de talleristas pero al caminarlos uno se encontrara con silencio y la luz de dos bombillas; además de los cuadros apoyados en el suelo y del suelo roto que estaba en trabajos y bajo escombros. Dos puertas amarillas servían para entrar en las habitaciones de administración. En ellas había una televisión o una radio encendida, casi todas las tardes, desde fuera no se notaba pero a veces sonaban temas pop que por esos días estaban siendo bien repetidos en la radio. I dijo que el profesor no llegaba, y era mejor asustar a los demás con eso de está por llegar y dijo que escriban los nombres en las hojas. Luego me puse a jugar con el dial de la radio, luego I dijo que no había problema, dije tu turno, I cambió de emisora y yo salí sin decir nada. Afuera habían talleristas que miraban los horarios y consultaban u ordenaban unas carpetas con hojas sueltas y apuntes. Para volver a la habitación tuve que empujar y levantar los brazos, sentí que varios hombros o codos se empotraban en mis pulmones y luego hice lo mismo pero creo que me pasé porque alguien dijo que había pisado sus dedos. En la habitación tomé uno de los libros que llevaba en la maleta y luego subrayé la frase Entonces va, y toma consigo otros siete espíritus peores que él, y entrados, moran allí; y son peores las postrimerías del tal hombre que las antípodas. Luego quise dormir y al mismo tiempo quise nadar sobre algo líquido. Luego leí y mientras leía pensaba que me había dormido.

Mientras lo hacía recordé que alguien estaba enfurecido y que al mismo tiempo e inutilmente yo lo desafiaba. Dentro de la habitación habían unos diez talleristas y todos tenían la cabeza echada un poco sobre la mesa y sobre sus apuntes o sobre sus portátiles. Luego el profesor apareció y alguien dijo que los demás estaban por llegar y luego escuché que esperaríamos hasta estar completos. El profesor tomó algo del escritorio o lo hizo a un lado para colocar un maletín grande pero algo vacío, de cuero y de color bordó. El maletín parecía le entusiasmaba a uno como para en un futuro cargar con muchos documentos, todos clasificados y subrayados, luego el profesor mandó a buscar unas fotocopias y yo quise que me mandara a mí para mirar los archivos pero cuando pensaba eso alguien estaba ya en el pasillo así que para confortarme me felicité y luego O dijo que lo acompañe, era que O había vuelto del pasillo y al salir F me miró y U que estaba junto a F se tomó del brazo de O y yo me quedé esperando que alguien más saliera y una mujer, una desconocida, que llevaba un chal rojo bien bonito se colgó de mi espalda y regaba café frío de un vaso de cartón sobre mis pies y yo pensaba que luego alguien estaría con los paños quitando la mancha así que dejé que el café cayera al suelo y luego ella decía que no era ningún problema y yo me pegaba hacia el muro para dejar espacio libre y ella ya tenía unos paños amarillos y por suerte no pisé ese enchastre pero seguro que luego todo iba a ser como el piso de los cines, como en la inauguración en latacunga.

La segunda ocasión fue extraña y yo ya no tenía ganas de salir pero como igual me arranqué de la silla azul y G venía junto a nosotros cacareando que debíamos buscarle un cigarro y yo sabía aquello pero igual me dije piloteala pero al revés así que seguí derecho. Sobre un muro estuvimos con la colilla apuntando hacia el sol que quería y ya había iniciado con eso de incendiar las nubes justo encima de la boca deforme de la montaña. Para no aburrirme dirigí al sol hacia la montaña y su circunferencia calzaba perfecta en aquella boca y luego jugué a que la montaña vomitaba o hipaba al sol, y el sol se enojó y quemó algunas nubes hasta que estas se volvieron rojas y luego ya no quiso salir y supongo que encontró el modo de ser montaña y eso debía tomarle máximo doce horas, no, me dije y me pregunté, ya que debía aparecer al día siguiente, y estuve preocupado como si nunca más fuera a salir. Al salir de la habitación todos me aporrearon y luego pensé que estaba en secundaria aunque en verdad nunca antes me habían aporreado, así que dije dejen de tirar malaonda y luego todos rieron y yo no sé qué chuchas era gracioso pues, un minuto me tiran cosas y luego se ríen, e incluso se callan y luego parecen estudiar y consultar cosas bien trascendentes. Al igual que el hombre de corbata azul que me ha alcanzado la revista, esa publicación impresa en papel couché y apenas la vi recordé a la chica chaleco nelsón y luego anoté en número o el mail del director para recomendarles sobre eso del CS5. Pensaba en pólvora y madrugadas en medio de un círculo de coyotes y nunca antes había visto a un coyote. Luego dejé la revista en manos de otro tallerista, pedí disculpas y también quise quedarme pero ya estaba bajando los escalones y el profesor se había adelantado y estaba ya en el piso seis y luego también en el quinto y luego lo ví o lo vimos de espaldas frente al cielo incendiado, con la mano levantada y creo que estaba dirigiendo al sol hacia la boca de la montaña y luego no lo vi más pero el orificio empezó a decir algo y yo miré hacia los escalones y unas luces parpadeaban en la patria, o sería la río de janeiro.

Estaba recogiendo algunos jirones de la chaqueta y luego la frase empezó a temblarme como entre las costillas y luego yo pensé que sería una idea genial el volverla algo diminuto hasta que desapareciera pero tan solo logré convertirla en algo del tamaño de una arveja y la arveja, de la que yo estaba seguro era verde, se paseaba por todo el cuerpo y flotaba sobre la roja y pude luego ver algo brillante entre las uñas y luego debajo de las uñas pero dentro de los zapatos y de verdad sentí horror y creí que las personas que no habían entrado en la iglesia por que la iglesia tenía las salas llenas y el museo lleno de turistas y muchos habían preferido saltar desde un trampolín hacia unas aguas verdes y humeantes y para eso se tomaban, como para cumplir, unas fotos al apuro, estarían dirigiéndome hacia el orificio, hacia la terraza o quizás me pondrían a administrar un galpón en mitad de Carapungo. Luego la arveja se quedó quieta pero ahora que lo pienso bien vivo con una arveja sobre el colchón. Luego escuché de nuevo eso de eres un mentiroso pero era raro y yo no sabía y me pregunté dónde estaba, supongo que estaba entre los árboles o frente a los autos masticando las barras que había adquirido tras terminar la fila pero también creía que la barras estaban siendo aplastadas, como esas pelotas amarillas de goma mientras hacía caminatas o casi trotes y mientras, decía eso de eres un mentiroso pero yo no sabía dónde estaba y quería acercarme para pedirle que no aplastara las barras por que luego tendría que buscarse una barra de jabón para quitarse el dulce si no quería que las manos se le llenaran de pelusas. Entonces comprendí que mentir era creer en todo y extrañamente no era capaz de reconocer de dónde salieron las barras, menos en qué momento habían llegdo aunque observé un auto que venía y quizás traía reflejadas las barras en el parabrisas o era el reflejo de eres un mentiroso pero me dije o dije deja de decir que eres un mentiroso porque estás mintiendo, y luego dije que qué era un mentiroso y luego pensé que quien había dicho que soy un mentiroso era el número impreso en la barra, quizás el número que indicaba el mes de abril y el hombre de uniforme amablemente preguntaba si necesitábamos que alguien fuera a nuestra casa a enseñarnos a preparar pan con canela, o ron con limón, seguro lo último no lo dijo.

Como no entendía mucho me busqué un rato sobre los escalones y sobre algunas talleristas que caminaban de la mano de otros talleristas y entre los tres, o cuatro, porque quizás estaba allí entre ellos, escribímos cosas en los muros pero luego nos volvímos gases o árboles porque el invierno se acercaba y porque los escalones habían desparecido y todo el suelo parecía un pedazo de san andrés. 

Nos hicimos gas y callamos eres un mentiroso.


9/1/14

iNpugnar: rephutar, revatir, contestar, oponer, reclamar, rechasar, contradezir, reconbenir, hobjetar, imstar, nejar

Las sillas estaban cubiertas por maletas y ordenadas como las perchas de un supermercado. Luego fueron ocupadas por los talleristas que vestían pantalones acampanados y sombreros largos y oscuros como los de los hechiceros. Yo había dejado sobre la maleta mis lentes y una caja de marlboros. También esperaba que nadie notase el parche que había cosido la tarde anterior al tirante de mi maleta, un parche redondo que decía Flúor de Charles y que sólo yo entendía, intento de parodia del autor y el título de ese texto de mediados del siglo XIX. Varias personas de talleres similares empezaron con una discusión en la puerta del salón. Hace pocas semanas la puerta había sido cambiada por una de maderas más fuertes o mucho más fuertes, también costaba un poco más cerrarla o abrirla y a veces podía quedarse en la mitad de camino, es decir, abierta o cerrada o las dos cosas. La discusión trataba sobre temas domésticos, alguien comparaba la casa de un relato con la sala de un aeropuerto. Vivir en aeropuertos no es nada complicado, uno abre un libro y luego la gente desaparece. Por el contrario los baños se vuelven populares y suelen ocurrir charlas enormes que a veces tras días siguen como al comienzo. Algo en la discusión se refería a la señalización o como estos sitios colaboran de modo que uno jamás pierde ni su tiempo ni sus maletas. Quise acotar algo sobre mi padre el escritor que suele viajar todos los meses a un punto distinto y así explicar que algunas cosas como eso de perderse dentro de una cafetería y eso de mirar teve en la sala de una aerolínea privada y eso de leer revistas que no va a comprar sucede justamente porque no leemos la señalización y si un vuelo se retrasa es porque ni siquiera leímos el itinerario. Una casa es como viajar dormido pero un aeropuerto sería lo que miramos mientras dormimos, para no decir el sueño digamos que es la materia del sueño, llamadas, tomar un cortado, mirar las maletas en el piso y eso no impide que el aeropuerto siga o desaparezca. Para vivir en un aeropuerto uno debería ser una maleta, una de esas que se pierden y que son enviadas a portugal por accidente. La casa es para los pasajeros y las azafatas y si pudo ser para un pasajero y una azafata y el contenido de la maleta que apareció en lisboa. Luego toda esa gente que había leído lo de la casa empezó a decir que los aeropuertos tenían sobre la pista algunas casas, yo Tomé mis cosas, es decir, regresé a la mesa y las guardé y decidí esperar a que cualquier cosa pasara, en realidad esperaba al hombre de corbata azul.

Varios hombres llegaron uno junto a otro y eran grandes como ataúdes y también eran como un grupo de detectives. Todos llevaban trajes oscuros y corbatas oscuras, no como la del hombres de corbata azul, sino unas que parecían la lengua de un animal, quizás un pez y eran rojas y pensé que esos hombres trabajaban cortando y pesando carne porque en las carnicerías cuelgan otras partes rojas y oscuras. De pie nos miraban como esperando que la sala se ordenara y parecía que la sala esperara que ellos la ordenaran. Así pasaron algunos minutos y por la ventana pude ver el sol bajar y perderse hasta salir por el otro lado, tal vez no lo ví, pero sí vi el sol subiendo por el lado anterior, eran las seis pasadas de la tarde. Yo esperaba que la clase empezara y luego un tallerista pidió permiso a los hombres de traje y dejó una revista o un folio sobre el escritorio. Ahí estuvo hasta que un hombre de corbata oscura levantó la revista pero no la pudo mirar ya que llevaba una bolsa plástica.

Los hombres hablaron de temas importantes para el centro de investigaciones. Luego permanecieron en su charla o exposión por algunos minutos sin detenerse, a veces colocaban las manos juntas sobre el pecho cuando hablaban de lo importante que era el centro de idiomas y también se acomodaban los anteojos o nos miraban sobre sus marcos. No regresé a mirar a las personas que estaban atrás, y era como si durmieran o como si supieran lo que estaban por decir. Quizás la atención era total. Luego algunos hombres que parecían roperos de pie hicieron un movimiento como inclinándose hacia nosotros y alguien alargó un corto aplauso que luego estalló, como un fósforo, en abrazos cortos o palmadas en la espalda, dos o tres, ahí recorde un filme bien antiguo en un barrio bien caro donde un hombre es palmeado por una mujer y él parece molestarse. El hombre suda y tiene los ojos como enterrados, las palmadas parecerían despertarlo aunque sus ojos se quedan en el mismo sitio, dentro de unas oscuras órbitas. En el filme hay música de trentreznor, eso no sucedió en la habitación pero igual lo recordé o asocié. Luego algún tallerista quiso hacer preguntas pero dijeron que no y luego como sin otra opción, el hombre de traje, un hombre pequeño de cabello blanco decidió contestar pero también dijo que por favor lo entendieran.

Horas después todos despegábamos los rostros de las mesas. Algunos tenían sus lápices de gel dentro de los bolsillos al igual que sus manos y era del mismo modo que tenían caumales y caramelos de menta dentro de las maletas. Al salir algo, una porción de los brazos y las piernas se habían quedado adheridas y al salir con prisa se habían roto, de modo que sobre el piso en el pasillo habían jirones de carne que luego se mezclaron al ser pisadas con lo que quedaba de suelo, el suelo que era subsuelo. Supongo que con los nuevos pisos esos miembros se volveran o volverían miembros desaparecidos. En el pasillo habían cuadros o ilustraciones de Alonso Quijano apoyados contra los muros. En esos cuadros se intentaba dotar al Quijano de un aura o de un aspecto noble, como quien va por la vida decidiendo o separando la paja de las libras de trigo. Una leyenda escrita con carbocillo explicaba que aquel hombre que parecía tan culto y peligroso a la vez, se había vuelto loco tras leer todos los libros de caballería. En otro cuadro se observaba un Quijano similar aunque más delgado, una sombra sobre el rocín y con lanza en mano. En proporción era similar al del cuadro anterior, sin embargo ahora el dibujo tenía unos trazos gruesos, como apurados, trazas y varias manchas de colores; parecía uno de esos empastes hechos por los niños. Detrás de él y del rocín corría un sendero que terminaba en lo blanco o el vacío, quizás la cartulina y sobre el sendero habían huellas, las pisadas del rocín. Me parecía o quizás era una mancha, pero creí observar una huella nueva. La huella de un paso que aún no habían dado el caballero y su rocín. Quizás solo era una mancha, la huella de un dedo. La pared donde colgaba el cuadro había sido recién pintada, solo estaba el clavo cubierto por pintura. La huella pertenecía a la pata izquierda y en proporción, por estar más cerca del observador también parecía más grande, apenas, que las anteriores.

Abajo buscamos un marlboro, yo quise pero también en el fondo no tenía ganas de volver, en realidad me dije, no regresaría nunca. Luego estuvimos junto a una ventana mirando la ciudad o mirándonos con caras de y tú qué me ves? Toda esa situación me dio pie para pensar en otras cosas y en otras actividades, como fumar dentro de un baño, como fumar sobre un yate en medio del pacífico, como fumar debajo de una cornisa y escampando de un torrencial día y mirando los buses y a las personas corriendo con las bolsas blancas en las manos. Tanto pensar empecé con eso de los muros y luego un muro me invitó a jugar que yo era su rocinante. No sé quien fue pero ya alguien o algo estaba sobre mi hombro dirigiéndome hacia los escalones y también parecía que habíamos saltado pues sentí el aire y el sobrevuelo y la turbina de tres cohetes que alguien acababa de lanzar a júpiter, cohete europa era uno de ellos y algo había de botones que no encendían y de agujeros dentro de otros agujeros. Los cohetes se detuvieron para echarme un aventón y yo dije que mejor me echaran unos litros de aceite para hombros porque pensé que administraba un spá o algo así porque siempre estaba con el tema de los hombros y luego estuve contando el número de escalones que me quedaban antes de llegar a la planta baja. 

Luego el hombre de cabello blanco empezó con eso de que aquí está el AK luego pensé que alguien había encendido una radio y luego faltó poco para que la gente empezara a bailar y a corear esos temas pegajosos de aquí está el AK con las manos en las caderas y con los pies girando y con las cabezas hechas por dentro uno o dos trompos y luego eso de psfff o como sea que hace una club. Como no entendí nada de lo que decía, el hombre bajó de su escenario y luego de abrir sin esfuerzo mi cabeza colocó el aquíestáelak en algunos rincones como si fueran pizcas de azúcar y el cerebro tenía un tono amarillo y era un poco duro y aceitoso como la nuez. Luego yo estuve repitiendo el mismo recorrido, del décimo piso que aún no existía a la planta baja, eso varias veces durante el mes de septiembre o era marzo mientras me preguntaba el significado de eres un mentiroso o de aquíestáelak. También miré al interior del gran orificio pero de allí solo salían sillas amarillas y mesas de tres patas. Luego escuché un estruendo y supuse eran las cuartas patas. También por el orificio cayó mi maleta y entonces volví a caminar de la planta baja hacia el décimo piso que aún no había sido construido preguntándome si ya sabía que significaba eres un mentiroso y aquíestáelak.

Dentro del orificio estuve contestando llamadas durante lo que quedaba del día. El sol ya había incendiado a las nubes y ya los autos empezaban a encenderse solos y a estacionarse sobre los árboles y sobre los pies de la gente fuera del galpón. Eso no lo ví pero supuse que si lo miraba en ese muro inerte era porque estaba ocurriendo. Todos querían saber si eso ocurrió. Luego empecé una historia fantástica donde dos hombres discuten por un castillo. Ambos tienen dinero y quieren comprarlo pero el vendedor les pone varias condiciones. Cuando el vendedor accede, sin que lo sepan, ambos son dueños del mismo castillo, a la mañana están frente a la puerta con una llave dorada similar en las manos. Luego gastan una fortuna y tras algunos años reconocen que el vendedor ha desaparecido. Al regresar al castillo las llaves se han vuelto inservibles, en realidad nunca las habían probado pues aquella mañana frente a la iniciaron la búsqueda. Tras tocar, un hombre aparece tras la pesada puerta pidiendo que expliquen quiénes diablos eran los caballeros. Luego el hombre, sin dejarlos mirar termina de explicar que el sitio le pertenece desde hace dos años y añade que busca un jardinero y que además cuide el ganado.

Una de las últimas llamadas me preguntó si yo no deseaba comprarle una terraza amarilla en un sitio cercano. Dijo que acababa de pintarla con un material impermeable y que aunque no lo creyera parecía que el mismo dios había escupido sobre la terraza. Cuál dios, el dios sol pregunté.

La charles de la flor

Un día o quizás hoy en unos minutos decidimos tomar todos los apuntes y todos guardamos nuestras cosas como las portátiles y apagamos los equipos o quizás solo los silenciamos. Luego miramos como el profesor perdía su paciencia mirando cosas en las páginas de una de esas publicaciones de los centros de investigación. Uno de los talleristas que aún no llegaba, en alguna charla había explicado su deseo de participar en grupos que duplicaran las gramáticas en la mitad de algún pueblo del brasil o de bélice o del congo o de cañar. En realidad creo que dijo que las brasileñas eran unas mujeres muy trabajadoras aunque me parece que dijo algo sobre lo echadas pa lante que eran. Luego se me mezclaron los conceptos cuando habló sobre su viaje al Maracaibo y sobre sus inolvidables romances y pleitos y negocios con jóvenes que le habían pedido quedarse en su país y trabajando para sacar a los pequeños adelante. Cuando habló, mi compañero, sobre los pequeños pensé en islas y arena y gente caminando con grandes charolas llenas de cosas fritas, masas y gente tostada por el sol y yo pensaba de dónde mierda iba yo a sacar tanta plata para que todas estar personas sigan haciendo las mismas cosas durante por lo menos treinta años. El tiempo que pensaba yo deberíamos trabajar. Luego pensé en ciclos de un sábado a la semana y luego pensé en cinco sábados a la semana y miraba a mi amigo con los pequeños de aquellas mujeres, con sus carnes al aire porque el tiene carnes en la cintura, él y los niños, unos niños delgados y la mirada de ellas en el mar o en las cabezas de los niños o en el fondo del mar, quizás caminando entre. 

También pensé que mi amigo tallerista quería casarse con una de las mujeres de corbata azul, una mujer que lleva bufandas y  que suele o solía hablar como un científico. Una vez dije buenas tardes y ella respondió buenas tardes. Una tarde ella junto a un hombre de corbata azul se acercaban al sitio en medio de una gran charla. En esa ocasión la escuché referirse a los problemas y distracciones de los contenidos semánticos, pero creo que se refería a sí misma o sea que estaban flirteando o se refería . El hombre de corbata azul era alto y llevaba un sombrero como de copa y cada vez que la escuchaba debía inclinarse un poco y era como ver una inerte barra de carbón doblándose.

Hace un men en un dibujo animado una inerte barra de carbón salvó a tres astronautas de un choque inminente.

Quise preguntarle eso si de verdad creía que las mujeres tienen ganas de trabajar o sí no se le había subido algo eléctrico a la cabeza o una tira del poliuretano pero ya sé había ido. Luego miré a S abrazado a S y luego miré que ambos se daban picos como si se trataran de aves o chimpancés. No se sabía sí reír o echarme un poco de combustible encima pero recuerdo que luego, antes de subir a la terreza los obligué a abrir la boca y a meter sus puños y gargantas dentro. Fue divertido porque sus rostros empezaron a tornarse azules y sus ojos parecían decirme más, más o alto, poreldios detente.

Hubo de todo pero nada que anotar y los lápices de gel por el momento seguían en sus sitios dentro de las maletas. Luego estuvimos discutiendo sobre la política pero nadie parecía realmente interesado. Un poco todos teníamos problemas definitivamente más importantes, cosas bien domésticas. A quién podía interesarle lo que sucediera con unas personas a las que nadie había hablado o mirado de cerca. Qué importancia tenía que los centros de investigación estuvieran desapareciendo y que el sitio aún tuviera los orificios dentro de los cuales debían estar instalados botones o paneles para dirigir las cajas. A decir verdad, o, pensando en el futuro nos veíamos dirigiendo quizás una habitación llena de treinta o cincuenta personas. Yo por ejemplo tenía muchas dudas sobre mi capacidad de dirección y de manejo de pequeños grupos y en realidad cada vez que tenía un ejercicio con grupos reales, nada simulado, sucedía cada lunes, sentía que el control no era absoluto. Menos el aprendizaje. Mi plan buscaba la colaboración del grupo o por lo menos su atención pero era inútil, era como ver estatuas y cabezas que miraban la pizarra pero con sus mentes en otro sitio, entonces, no se producía la experiencia. Además de eso y otras cosas invisibles, el uso de paliativos, serían o eran ya directrices o requisitos para ejercer al frente con sobrada o limitada ventaja. En realidad me vi desaprendiendo y más cuando el grupo que dirigía hacía una gran montaña con las bancas, en el fondo de la habitación, yo miraba la llama de un fósforo que acababan de encender, supongo luego ya estaba entre las llamaradas escuchando como esas dos horas que tenían recreo entre horas se llenaban de gritos y de los grupos que jugaban a los deportes en mitad de la habitación y con sus dedos tocando los balones y luego las cinturas de otros cursantes, allí en la ciudad y al mismo tiempo casi en la cráter de una montaña y del otro lado estaría manabí supongo.

Algo entendíamos sobre aquellas estrategias pero en el fondo nos costaba aplicarlas y casi siempre estábamos, quienes volvíamos de talleres, gritando a los otros o explicándoles de una forma ruda cómo debían hacerse las cosas. En realidad  creo que nos costaba ponernos en el plano experiencial y muchas veces cuando queríamos hablar de nosotros, esa cosa personal, lo hacíamos utilizando como referencia a los chicos y era casi como hablar de un radiador o del grifo de casa por el cual el agua estaría ese rato corriendo. Y también nos quejábamos, cuando el hombre de corbata azul quizó dar una opinión muchos interrumpimos para quejarnos de los hombres de corbata roja y del servicio postal, también se escucha de fondo una canción de therión. Luego todos reíamos con verdadero amor y todos nuestros dientes paseaban por unos minutos tomados de sus pequeñas manos y lo hacían sobre un hilo verde estirado entre nuestras bocas y un aliento de frescura, una brisa se colaba antes de recordar que quedaba una hora de taller.

Luego nos enteramos que varias personas estaban muriendo y muchas lo hacían con cuentas por pagar o con tomos pesados de enciclopedias en sus manos. A veces en las fotos por publicarse ellos aparecían con unos tomos de pastas duras y amarillentas. Muchas páginas estaban separadas por tiras de papel un poco como cortadas a mano, tiras de bordes irregulares pero también tiras largas y uniformes como reglas de cartón.

Luego vino eso de fumar y salir un poco a recobrar el aire y algo de las cosas que habían sido absorvidas durante el intento que tuvimos de contestar aquel extenso cuestionario. Eso sucedió tras reír y debíamos reír con las encías, la bulla era molesta. Yo por lo menos guardé cosas que ellos no sabrán. Mas de trecientas preguntas y muchas referidas a lenguas muertas de las cuales por un trabajo de traducción, podría ser una especie de antropofagia, seguimos utilizando. Palabras y significados y fechas de nacimiento y posibles causas de desapariciones. En verdad teníamos los ojos colgando de los rostros y los dedos de las manos ya tocaban el piso y ya se habían llenado de otras colillas y algo de carbón se había pegado a las uñas. Luego el marlboro me pareció más pequeño como si le hubieran quitado por lo menos un centímetro, y casi tuve que llorar pensando que otra vez debería sentarme a tratar de responder esas cosas que dije en voz alta por qué no nos las llenan. El marlboro debió apenarse tanto que antes de encender decidió durar algunas bocanadas más y yo lo sostuve entre mis labios para agradecer su sacrificio ya que apenas si sabía que éramos como chiflados con tendencias a saltar hacia el tumbado. Luego me lancé por una de las ventanas, quise abrir los brazos como un pájaro pero la verdad ya estaba muy harto de salvarme cada vez que lo hacía pero luego alguien me estaba llevando hacia algún sitio montado sobre mi hombro o ya no recuerdo si era yo quien se había subido al hombro de alguien más chico pues se observaba de cerca los pies de otros talleristas que subían o bajaban los escalones y también observé herramientas de construcción y las llantas de goma que era una carretilla y un tubo o lápiz con gel casi transparente enrollado en una esquina como una serpiente, todo estaba cubierto por una película de un polvo amarillo. 

Luego estuvo eso de eres un mentiroso y entonces recordé la manguera o gel enrollado y luego el agua salía con forma de eres un mentiroso y cuando encendí mi segundo marlboro el fuego también salió con forma de eres un mentiroso. Luego al encontrar un escalón sentí que las piedras sobre las que estaba sentado también tenían la forma de eres un mentiroso. Cuando el marlboro tuvo gusto a eres un mentiroso me dio ganas de engañarme y entonces empecé a llamarme RT, luego me dije Qué tal RP! y luego las cosas dejaron de ser eres un mentiroso y comenzaron a verse como rtunmenrttiroso o quéhacesrt. Luego me dije qué era eso de eres unrt quemertirosotalrt y mastiqué mis brazos y mis hombros y mis estómagos, han sido dos, y con lo que quedaba mastiqué mi rostro y luego cuando me acabé no pude limpiarme los labios y el hombre de la tienda fruit ya se había ido.

Tenía sabor de eres un mentiroso y algo de marlboro. Eso no era sabor. Supongo que supe a algo contrario al agua pero también cercano al sabor de un plato de rayos eléctricos o al sonido de un puñado de carrizos soplados en mitad de un sócalo.

Fítulos

Muchas han sido las horas que hemos perdido de vista el vuelo de pequeñas aves alrededor de los muros. El sitio al medio. Supongo que sus picos ahora escarbarán en sitios menos ocupados o sobre los terrenos fértiles donde suelen celebrarse reuniones masivas, reuniones cercadas por hombres de cascos y cinturones anchos que miran cuerpos alargados y atrofiados. No nos sentimos apenados, de hecho a veces uno encuentra o más bien se encuentra en las miradas y los gestos de los otros, por ejemplo en el modo en que a veces parecemos reírnos de nosotros mismos mordiéndonos uno de nuestros labios con unos dientes tan blancos, tan brillantes que recuerdan a una nube, una nube cortada por una de aquellas bandadas, bandada en picada al terreno oscuro, no existe, creo, quizás ya volaron por la mañana, en realidad nosotros somos las aves, los hombres y los gusanos.

Si este sitio diera una vuelta, si se recostara sobre el suelo oscuro, sería un enorme barco, una cosa sobrevolada quizás por grandes aves marinas nacidas o que salen del ojo de una neblina. El sitio cruzando el concreto y sus rizomas, una vez al día.

Luego estuvimos caminando sobre la terraza que había sido pintada con un color amarillo. Uno puede llegar a ver el sol pensando que ha bajado y a través de su fuerza se ha estampado, se ha vuelto de una materia visible sobre aquel suelo. No usamos lentes especiales para mirarlo directamente pero nos falta muy poco para arrodillarnos, casi estamos seguros de hablarle y pedirle que nos dote de recursos o que nos dé una vida larga y sobre todo apasionada. Yo mismo hago eso, desde un sitio detrás de un pupitre en ruinas, pido, mirando a esa terraza amarilla que no es eldios ni una fuerza divina, que me dote con su física para dirigir el sitio hacia el espacio y si es posible luego hacia su desintegración. El suelo o la terraza amarilla parece responderme incendiándose un poco, casi como si decidiera favorecerme brillando como la cáscara de una pepa dorada. Mis compañeros talleristas han colocado muchas viandas y muchas cajas de cartón rebosantes de alimentos calientes. Hay platos plásticos llenos de cabezas de pescado y cubiertas por salsas hechas con granos, hay piernas de conejo o de ardilla, doradas y oscuras, de piel crujiente y reventada acompañadas con hojas de lechuga junto a un montículo de arroz. Al fondo, pero en el centro, yo estoy de pie sobre filo del sitio, una tallerista levanta una copa dorada y bebe, echa la cabeza hacia atrás para que su garganta se llene de algo que no alcanzo a observar pero que es como oro fundido. Luego ella sonríe pero mira al suelo y sus dientes rebota la luz, quizás le sonríe a la terraza, el dios personal que poco a poco se volverá anaranjado.

Personalmente no me incluyo en aquel buffet que en realidad no lo es, y luego son cientos de platos y huesos que empiezan a llenar el centro de los círculos. En realidad no logro combinar o entender la asociación entre una y otra cosa. Quiero decir que me mantengo en un margen ya que temo corromper el secreto lazo que me une al sol. Luego me siento sobre el filo del sitio y tomo una de las plumas de aquella bandada o quizás una pluma de mi anterior transformación. Una cosa corta, con vetas grises y anaranjadas. No me parece algo espectacular, incluso siento que el ave dueña de aquella pieza debe ser ágil para planear con el viento sobre espacios infinitos y horizontales y al mismo tiempo torpe, aunque la palabra ideal sería complicada, aveágilchullala. Imagino a todas ellas saltando sobre un mismo pez o sobre un pequeño gusano escarbando en un parque y frente al sitio y las pienso observando a hombres de edad avanzada, como si las aves grabaran los surcos y los caminos de esos rostros. Dejo también caer aquella pluma mientras una corriente de aire la levanta sobre mi cabeza hasta ponerla durante varios segundos frente a mis ojos, suspendida. La pluma gira como en aquellos almacenes donde tras un cristal uno observa radios y reproductores y joyas girar en todas las direcciones. Luego la pluma cae y yo la tomo con la punta de los dedos. También uso la pluma como un pequeño remo y ya estoy lejos de la terraza sobrevolando a los talleristas, con una vista horizontal y magnígfica y muchos ventanales han sido abiertos, quizás al mismo tiempo y también abajo hay demasiados autos dirigiéndose hacia el galpón y mucha gente de pie en las aceras sin moverse o caminando hacia los buses y llevando bolsas blancas y tomadas de la mano de los niños.

Al entrar lo hago por un cristal  roto. Luego todos estamos riendo a carcajadas, luego todos recordamos como había sido el día anterior en comparación con hoy. En realidad nos burlamos del día, casi lo dejamos al nivel de lo inerte. H empieza con eso de imitarlo y se pone a bailar sobre una de las mesas un ritmo torpe y desagradable que incluye mover el torso y también acercarlo al rostro de los talleristas que formamos un círculo como si nos diera algo para luego de nuevo quitárnoslo. Nos da el día, ese día contorsionado que su baile intenta representar. J también se une a la broma, grita mientras explica algo sobre las cosas que intentan volver. Luego ambos se abrazan como personas ebrias y caminan y cojean y a veces se caen intencionalmente y en el suelo levantan la mano gritando que se llaman jueves pero que nadie los verá en miércoles y luego lanzan patadas al aire o a quienes se han detenido para levantarlos y luego siguen su camino de cojera abrazados y balbuceando. Yo debería estar llorando y yo debería ser uno de esos días que nunca volverán pero solo tengo una maleta llena de páginas que a su vez están llenas de frases que hablan sobre peces y peces que explican la manera de bajar hacia el fondo de un río de corriente baja por la tarde y sin usar zapatos. Acerco mi boca hacia el marco de la puerta para percibir el rumor pero ya ellos deben estar rodando los escalones con sus cabezas abiertas. Momento para llorar digo pero no me sale más que aceite y además sale por los dedos. 

Luego estamos contando las cosas que nos sucedieron durante los últimos diez minutos, cosas sin importancia y dado nuestro misterioso desbordamiento, casi todo el diálogo se vuelve cortado, casi estamos pisándonos todo el tiempo. Hablamos y eso parece saludable y al mismo tiempo siento que cada tanto entramos y desde el hombro de uno u otro controlamos lo que está por suceder, lo que vendrá. Varias veces durante esos momentos digo cosas o alguien dice lo que estoy a punto de decir pero también me digo interiormente que qué bueno que lo haya dicho por que ya no iba a compartirlo. Se evidencia cierto malestar o es que el marlboro se ha tomado ya los rincones donde antes había algo de aquella terraza, humo sobre dorado, de aquel sol tomado hace algunas horas. No es mi intención pero al quedarme de pie en cierto sitio frente a la ventana cubro parte de la luz y una sombra larga nos acompaña. Se dibujan nuestros perfiles suavemente recortados en el piso que sigue siendo cambiando, es decir, sobre un subsuelo que pronto será cubierto, ya son meses de arreglos. También las habitaciones parecen desocupadas. En uno de los muros un número cuatro nos recuerda donde estamos, dentro de toda esa vejez aquel número grabado en bronce recuerda un siglo de opulencia o cosas que se han desmadejado. Quiero el secreto, vivir cien días seguidos, cien números para fabricar cien años, cien veces contarte. Esas cosas las dice o están escritas en un muro pero yo las oigo mientras bajo colgado del cuello o los hombros de alguien con el rostro pintado de un azul que no es eléctrico ni tampoco tan profundo como el azul de esos filmes donde la noche lo cubre todo dejando solo siluetas o luces brillantes de autos que se acercan hasta apagar los motores. Luego estoy cayendo sobre un escalón hasta cuando me toman o me levantan para no hacerme daño y tampoco abrirme la cabeza con uno de los bordes y luego camino como dentro de un pantalón oscuro o debajo de un sombrero tibio que cubre mis ojos pues me encuentro al caminar tropenzando varias veces y pisando mesas y escritorios y chatarra y ruinas fuera de las habitaciones. En realidad no sé hacia dónde me dirijo.

En una de las filas me explican que el hombre de uniforme blanco ha preguntado a varias personas pero nadie se ha decidido. Luego me mantengo de pie pero también una gran ola nos cubre y casi siento que la sal se disuelve y llena mis encías. Luego me veo de pie, entero y no puedo dejar de extrañar que mi cuerpo no se haya disuelto tras los litros y tras el agua carbonatada y el gas de los congeladores. Entonces sucede y también recuerdo que alguien me había levantado para no abrirme la cabeza al caer cerca de un gran escalón y sus manos eran suaves pero más cuando aplastaron mis testículos y más cuando entraron en los dientes como si fueran un gel. En un reflejo observé que esto último no había pasado pero por el contrario, otro yo, uno de aspecto siniestro ese momento colocaba varias bolsas en uno de esos autos o coches de acero y luego las paseaba en el galpón. En una mano sostenía mis ojos como si fueran un pescado, un esqueleto en todo caso. Al voltear no miré a nadie, solo a personas con gruesos abrigos y con trajes planos, ropas que parecían cartón. Todos lucíamos de manera similar pero también teníamos once dedos y algunos hasta tres brazos. 

Afuera los autos daban vueltas y solo faltaba que alguien encendiera una fogata o un gran fogón dentro de un viejo basurero de acero y luego pensé que Madmax o Rayloriga llegarían en un auto con el motor a la vista con eso de que han hallado un pozo infinito a tres días de viaje. En realidad esas cosas ocurrían en uno de los televisores que reproducía una de esas cintas y la traducción dejaba escuchar los quejidos cada vez que alguien era alcanzado por una bala aunque la mayor parte de tiempo se tiraban flechas o dardos y uno de los hombres usaba un bumerang que era un pieza de madera con forma de letra v. Luego el hombre tiró el bumerang y al regresar le cortó todos los dedos de su mano. Un niño con una máscara o quizás era la cabeza de un coyote que usaba como sombrero o como máscara recogío los dedos y el bumerang para después aullar con felicidad y dar dos giros de esos que se llamaba mortales. Afuera gritaban sobre los días rojos y sobre la nieve que no era tóxica. Varios hombres habían sembrado un bosque de árboles miniatura que brilllaban como si estuvieran hechos del pétroleo que cada día llegaba en forma de electricidad a las casas del barrio y también al sitio, estábamos todos muy cerca y los árboles verdes nos hablaban. Intenté buscar la tierra pero eso árboles debían estar sembrados en el aire como eso de lo hidropónico. Luego me arrepentí de no haber cursado un taller de genealogía de bosques y luego me convertí en una maceta de barro al caer sobre el filo de un coche. También pensaba que estaba un poco cansado de tener un cuerpo hecho de un material que se disolvía pero esto no sé si lo pensé y tampoco recuerdo haber tenido un árbol metido o cruzado cuando fui una maceta.

En los muros estaban escritas esas cosas con letras verdes o azules y con aerosoles y luego pensé que todos pueden darse un baño de aerosol y que debería ganar mucho dinero anunciando por televisión las bondades que ni yo mismo conocía de los baños de aerosol. Una de las paredes empezó a llamarme pero yo estaba buscando algún peldaño sobre el cual colocar los huesos y la carne y el marlboro pero todos los pisos habían sido bajados o nivelados como si alguien quisiera que yo no me sentara con mis huesos o que nadie levantara los pies, la cosa horizontal pero luego pensé que cómo diablos iban a alcanzar los pisos superiores pero recordé el gran orificio y la caja futura. La caja futura estaba claro que sería un sitio ascéptico pero aún no existía. Por eso mismo observé como las paredes se llenaban con mis nombres y con eso de que yo era un mentiroso y casi me emocioné hasta que la garganta quiso tomar un taxi, observando con dudas como mi nombre era bien conocido, mejor me dije, de lo que yo mismo me conozco, pero luego pensé que eso era imposible porque ya hace mucho tiempo había decidido que no quería ya conocer nada. Así estuve durante quince minutos que bien contados fueron tres horas con la cabeza abierta y con los muros contándome sobre misioneros y ríos y peces y sobre despertarme en la madrugada. También me quedé dormido abrazado a una piedra creyendo que era un escalón y en el sueño caminaba hacia el taller, en el camino cambiaba la primera letra y luego las paredes mostraban bentiroso, pentiroso, fentiroso, y no sé si soñaba o eran las siete pero alguien tenía la maleta sobre una silla azul y luego eres un mentiroso.



8/1/14

el jabón ya que anoche me lavé los dientes con cloro y cepillé mi cabello con la esponja

Ninguna cosa estaba en su lugar original. Parecía una alucinación. Mis dedos eran muchísimo, bien cortos. Los pisos de cada una de la plantas estaban fuera de posición, en palabras técnicas  desnivelados; a qué hora sucedió? Quizás llevaba ocurriendo ya varios meses y como uno es bueno con los números y con eso de contar las cosas diría que quizás se trataban de dosmil o tresmil horas, suficiente, dije o pensé, pero, y extrañamente, el edificio, entero, seguía, era parte del gran rizoma gris y alargado que se extendía en forma de ciudad.

Quise que dijera alguna cosa sorpredente, algo similar a las frases que uno lee mientras viaja dentro del gusano rojo, de pie o arrimado. Cosas como de tu pánico y de tu tristeza depende mi felicidad. Sé, por experiencia que esas cosas solo se pueden observar en los baños o en los muros de lugares extremadamente lumpenescos, quien sabe, abajo, junto al teatro Uv. Quizás pueden aparecer grabados sobre la madera de las puertas de una iglesia, con letras grandes, como si se tratara de un edicto y del desafío a la majestad y a sus impuestos. Como los muros lucían libres o pulcros decidí escribir la frase en la mitad de dos pisos, en el sitio en que se unen o parecen juntarse por obra de las gradas y los pasamanos. Luego verifiqué y apenas si hacía falta girar la cabeza y observar las letras hechas con grafitos brillantes y grises, letras alargadas como huesos o como los dedos de un dibujo animado que dentro de un horno eléctrico ha empezado a derretirse. Si por mí fuera, si de mí dependiera habría esperado toda la tarde a observar cuántos hombres de corbata azul y cuántos de los talleristas se detenían. En realidad esperaba que alguien saltara por la ventana, una ventana cubierta por un marco con forma de cruz o incluso y ya en el clímax de lo absurdo creí que alguien empezaría a llorar y a buscar a quien abrazar con fuerza, con toda la carne fuera tras leer el muro. Apenas terminé de escribir y bajé uno o dos peldaños para observar la obra y fue que alguien que parecía uno de los hombres de corbata amarilla se detuvo a dos pasos de mi espalda. Con una característica y desconocida flexibilidad hice como si nada ocurriera e incluso tras girar, me permití decir algo inteligente como buenas tardes subinspector, ya el taller de ciencias ha entrado. De todos modos luego estuve trepado sobre los hombros de alguien intentando girar su cuello pero esto debió suceder al hacer fila en el galpón. Alguna cosa atemporal como esas imágenes de las cabezas de otros logró entrar en nuestras retinas o quizás se coló en el piso a través del orificio y luego yo estaba de nuevo con dos pisos o dos momentos similares pero poco entretenidos y supongo eran dos edificios en sitios opuestos o quizás era la terraza y el basement. Intenté encontrar la parte cómica de ser una especie de pan en medio de dos panes o de piso entre dos pisos e intenté reír pero no logré contagiarme por mi propio humor extraño. Mientras sucedía ya habían dado vuelta y ya llevaban varios minutos tomados de la barra o del marco de otra ventana, esperando que el edificio siguiera en pie o quizás dando pequeños golpes para que todo dejara de sacudirse hacia los tumbados, supongo que empezó mientras bajaba en los hombros de alguien. También quise decir algo inteligente para escuchar alguna respuesta tonta o poco pensada, algo como que día espléndido y eso que parece septiembre o algo como más sabe el hombre de los zapatos que los zapatos de un pescado. Supongo su cabeza estaba llena de arena y agua y en realidad quería escuchar que alguien también dijera mi cabeza está ocupada por una gran burbuja que parece inflada por el jabón ya que anoche me lavé los dientes con cloro y cepillé mi cabello con la esponja de la cocina. 

Las cosas sorprendentes ocurren cuando caes hacia el tumbado y observas que todos tienen ojos y narices y corbatas y un estampado de los calzoncillos rojos de mickeymouse, idéntico a uno que acababas de lavar o dibujar y camas y alimentos en lata dentro de bolsas plásticas en la mitad del refrigerador y entonces te dan ganas de tener las medias y los pantalones planchados y la alfombra aspirada y varios niños conduciendo autos de supermercado, siguiéndote no en fila, sino, en un desorden como si fueran abejas o las bolas en una mesa de billar que provoca, a su paso, la desaparición de las personas que han ocupado las filas y que conducen los coches en el gran galpón. Una especie de piara de cerdos negros o de caballos de páramo o esa cosa autonombrada la guerrilla no negocia con ningún gobierno. Imagino los uniformes rojos y un rehén (yo) en el frente y atado sobre los coches de ruedas y acero y secuestrado y torturado (comillas) por esas pequeñas manos, manos que amenazan con hacer un nuevo orificio y esas cosas de niños siendo grandes. 

El orificio del sitio tenía décadas de antiguedad. Así como el sitio. Más que el sitio. Se notaba la ausencia de controles y sobre todo el abandono. Sin embargo alrededor, cada fin de semana, los talleristas novatos continuaban sus combates sobre una pileta que ocupaba casi una hectárea del sitio, en la parte cercana a los hospitales y la estación del metro. Esa construcción tenía un sistema que mantenía el fluido constante del agua, flujos de pequeños chorros, cientos, que giraban a través y alrededor de un juego de luces submarinas. Una ocasión casi a medianoche algunos talleristas nuevos estuvimos metidos en aquellas aguas y caminando sobre las luces submarinas, sin ropa, abrazados o mirando como orinábamos, con los cristales llenos de una bébida tibia o a veces demasiado caliente, mirando también como bobos como las luces giraban y entendiendo y comparando a los hombres y luego pidiendo que llegara un taxi. Luego alguien metió un taxi en el sitio y todos fuimos arrinconados detrás de una cámara de vídeo y luego todos perdimos la memoria por lo menos dos años. El orificio seguía vivo o esperando las cajas o como si necesitara
un severo choque eléctrico como cuando uno de los futuros autobots encuentra el cadaver del viejo Prime. Claro, todos pestañábamos al recordar el agua a media noche vista al medio día, y eso sería luego de los dos años de amnesia.

Ayer intenté hablar con esos muros pero solo recibí una descarga similar a una explosión y era como escuchar que vibraran o era que tenían algo dentro. También era como si el aire apenas fuera perturbado. También pregunté casi gritando dentro de una habitación que había sido desarmada si sabría qué esperábamos. Llevábamos horas y todos aprovechamos para desatender nuestras obligaciones y pronto muchos talleristas llegaron de la mano o la cola de pescados a medio cocer. El profesor miraba la situación pero también pasaba brevemente las páginas de una publicación que alguien había colocado sobre su escritorio. Una de esas revistas impresas en los talleres de los centros de educación avanzada, algo que contenía eso de Las investigaciones dominadas por el discurso de la opinión y la traducción. Cosas hechas para olvidar que hay cuerpos húmedos y sin brazos sentados  arrimados sobre las sillas y con lápiz en la mano, o en las colas. Más bien olvidé todo y traté de formar mesa y el trabajo giró en torno a las varias fotocopias que apenas empezábamos a resolver. Preguntas sobre el uso del latín o sobre Giros en los textos sagrados durante los siglos XV y XVI. La verdad es que nuestras caras luchaban por no quedar pegadas en el tumbado como si se trataran de sombreros que acaban de volar como en las caricaturas de Pepo donde un viento inesperado parece empujar a los muñecos de lápiz hacia el otro lado del cuadro o hacia la siguiente viñeta. Nuestra viñeta difería de esta broma porque en realidad nuestras caras luchaban por parecer rostros humanos o como si acabaran de despegarse de las mesas. 

Preguntamos al unísono la veinteydos, la veinteyseis, la treinta, la cuarenta y dos, y por poco logramos mantener las cosas en su sitio. Los borradores de goma volvían como avesmensajeras trayendo firmas y números extranjeros sobre sus lomos y yo los pasaba a mi agenda y las sillas aunque reclinadas nos dejaban alcanzar sitios inesperados como la fila del centro. Así también resultamos ilesos frente a las colaboraciones inesperadas del resto de talleristas quienes tiraban sus fotocopias en nuestras mesas sugiriendo que si las resolvíamos (sus cuestionarios) terminaríamos bien pronto.

Al ponerme de pie todos hicieron lo mismo y procuraron devolver las fotocopias pero sin lanzarlas pero los demás esperaban en el pasillo. Eso quizás lo imaginé porque en realidad estuve rodando sobre los escalones y luego flotando o sostenido por la mano de uno los fabulosostennenbaum que también había colocado un esparadrapo en mi frente. Cuando la alarma suene, dijo estarás perdido. Yo pensé, con algo metido o colgado entre las piernas, que se refería a la música de esa canción llamada Perdido en mí, luego eso que estaba colgado o metido entre las piernas apareció o brilló en el marco de una de las ventanas, quizás en el piso número cuatro.

Al escuchar sus cosas me dieron ganas de salir y tomar un colectivo hasta su casa para que tomara el volante o para que lleváramos al autobus a dar algunas vueltas sobre la línea del tren que acababan de inaugurar y eso sería el viernes o eso sería pasando lasso. Quise que tomara tres o más días subir hacia la cima de aquella montaña salvaje o gibesca en medio de Riobamba y quise que todos los hombres ocuparan los vagones y todos humedecieran las galletas y el bizcocho en una taza rebosante de cocoa hirviente. Imaginaba a hombres antiguos con rostros zurcados por líneas como grandes mapas de alto o bajo relieve, cubiertos por sus ponchos rojos con los dientes ya podridos y con las galletas, cubiertas por chispitas, saliendo por las comisuras, las migas. Los miré sonriendo y con los ojos encendidos pero a la vez grises y quise que en ese viaje ellos comieran mis brazos y mi cuerpo como en esas novelas donde una especie de hombre sin dientes decide oler mejor que todas las cosas, mejor incluso que el ano de un caballo y termina dentro del estómago de uno yl uego pensé que no sería justo intoxicar a esas personas que debían saber poco de trenes y mucho del tiempo y poco de sombreros negros y de vendajes negros en una mano quemada por algo a gas, como la mujer en la novela de márquez y mucho sobre filas para trocar una cabeza de lechuga por una caja de jeringuillas cubiertas con números y vocales con dos o más tildes. Además pensé que un cuerpo inservible como el mío, además, lleno de cosas inservibles como palabras y signos de puntuación saltando por los ojos, sólo serviría para iniciar una especie de teoría sobre un monolito y sobre los monitos cuando empezaban a comunicarse. Mientras todos subían la montaña, y eso era a mitad de la costa o de la sierra o de ambos, yo miraba uno de los muros cerca del agujero donde poco a poco iban apareciendo las frases que ya conocía. Duró mucho menos de lo que esperaba y fue en silencio o en medio del ruido de los hombres sorbiendo la cocoa. Luego el monolito se dirigió de un impulso hacia el sol y luego lo traspasó como un dardo a una tira de queso pero antes nos dejó cerca del sitio, y yo miraba el agujero y luego siguió hacia el sol o ya venía de regreso y leí de nuevo eso de eres un metiroso.

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Alguien cantaba en la terraza del edificio. Su voz sonaba bien, si grabas te compro el disco pensé. Luego estuve mirando cómo el resto del grupo improvisaba sobre sus instrumentos. Luego quise que haya otra bajista, luego pedí más volumen o más platillos. Cuando el sol quemaba sobre las partes cromadas el brillo anaranjado entró por nuestros ojos iluminándonos el interior y de paso quemando la piel y los forúnculos. Algunos de los talleristas mirábamos con asombro la forma en que nuestros corazones se abrían y cerraban al igual o al mismo ritmo que los pulmones. También observé una gran moneda de hierro en el interior del estómago de un hombre de corbata azul. Un poco sentí remordimientos de hacer este tipo de cosas que divertían al resto pero que en el fondo quizás no los divertían del todo. Luego buscaba poner mi cara más seria, esto es un rostro duro, sin una sola porción de felicidad o placer onanístico, casi un rostro de no saber que día es hoy. Sin embargo el resto, al mirarme empezó con eso de exigir que me callara o que dejara de preocuparme, que extrañamente yo ya estaba haciendo preguntas extrañas o lo que era peor, estaba actuando como si algo estuviera por ocurrir. No pienso hacer nada más dije, pero ya la banda tocaba uno de esos temas lentos, ya todos estaban abrazados y los que no habían empezado con eso de bajar y buscar puestos antes de que los talleres se llenaran a pesar de que los talleres nunca se llenaban. Ese tema, canción,  hablaba sobre un joven que reclamaba algo a su padre, algo sobre father, youleaveme, youwillneedme, o cosas así cantadas sobre una base lenta y pesada de batería y toms y como apoyada con la ayuda de un gran piano. El cantante me pareció muy conocido y decidí que debía de ser uno de esos hombres que salían fotografiados en las revistas americanas de música cuando todo el mundo vestía de militar y hablaba sobre charly, que charly son todos y que adoramos el olor de napalm por la mañana

Luego me puse a bajar y a bajar cada uno de los escalones y para hacer más tiempo los escalones no terminaban y para que no me cansara cada escalón estaba hecho o contenía unos diminutos cinco escalones y entonces yo pensaba que bien podía uno quedarse sentado y esperar que alguien más subiera para contarle a uno cuantos escalones quedaban por bajar. Luego pensé que también podía hacerme una bolita, como esas bolitas de miga que se les quita a las palanquetas o al pan bagué y luego pensé que abajo me esperaba una gran taza de café con una gran cuchara en el centro y decidí rodar los escalones hasta caer como el basketball dentro de la taza haciendo saltar el café caliente en la piernas de las personas que habían decidido poner sus mesas en la zona donde uno terminaba de bajar las escaleras. Pero me arrepentí, o no habían tazas; también pensé que sería más divertido que alguien bajara con un marlboro en la mano y me invitase a buscar un encendedor para yo poder decir algo como no jodas o regresa con el marlboro encendido o mejor deja el marlboro y lárgate o no regreses pero inexplicablemente ya me hallaba con un tallerista pagando con pequeñas monedas el valor de dos y además comprando algunas mentas sueltas y preguntándome de dónde sacábamos el dinero. Luego encendieron el cigarro con una llama que no quería quemar y tampoco servía para saber si eso sucedía pues al ponerla bajo mi palma el fuego aparecía del otro lado de la mano. Luego encontré una caja amarilla en mi chaqueta y luego tiramos las cenizas y el orificio parecía vacío, y detrás de nosotros estaban varias cruces que gracias a la luz del sol o al reflejo en las partes cromadas resultaban cálidas y por un momento pensé que era importante y sobre todo que era parte de algo, no solo del taller sino también como una tilde que es parte de la palabra café en un envase de cristal y tapa plástica que dice o tiene grabada la palabra café pero lleno con algo amarillo, quizás miel, o como si fuera un calcetín húmedo en medio de una tina de plástico en un patio junto a una máquina para lavar ropa, cubierto por una capa de detergente que se ha vuelto espuma y burbujas. Luego miré el cristal y la ciudad a los lejos, en realidad tan lejos como si la viera a través de un microscopio, seguía igual, parecía no haber cambiado luego de los siete primeros años de haberla visto, es decir, seguía azul, con sus materiales y su concreto sobre los edificios que pasaba según los rayos del sol por una serie de tonalidades, además de esa estraña cicatriz aunque más seguro estoy de que su forma es la de un muñón, con cosas o hilos colgantes y deshilachados por todos lados, por todos debajo del cielo anaranajado y creciendo como una larva, como un rizoma. De todos modos hasta los rizomas tienen un centro y en este caso el centro era el brillo de la colilla encendida aún con su tono rojizo y el humo era apenas una o quizás todas las ramificaciones. quitohumo. Nosotros esperábamos que al terminar el marlboro también terminaran las jornadas y quizás alguien del sexto o noveno piso bajara corriendo y tropezara hasta romperse la cabeza mientras terminaba de decir que todos debemos traer un trabajo final de cien hojas para el viernes pero el trabajo final tiene una calificación de más de la mitad de la nota pero el trabajo final será un tema escogido por nosotros y nosotros escogimos un tema nuevo como la calificación de un trabajo final y al final decidimos que ningún trabajo debe ser presentado mientras, de su boca saltaban pedazos de dientes y los tostados que había estado masticando mientras bajaba con apuro y antes de que la bolsa saltara de sus manos y su cuerpo saltara por la bolsa y nos viera abajo terminando el marlboro y empezara con eso de que todos debemos traer un trabajo final de cien hojas para el viernes pero el trabajo final tiene una calificación de más de la mitad de la nota pero el trabajo final será un tema escogido por nosotros y nosotros escogimos un tema nuevo como la calificación de un trabajo final y al final decidimos que ningún trabajo debe ser presentado. Luego llevamos su cuerpo al salón principal de aquel piso o alguien más lo hizo y nosotros pensamos que era bueno saber que eso iba a pasar porque, en realidad no había pasado y también para que nadie se lastimara miramos mejor hacia otra dirección hasta que alguien del quinto piso bajo y se colocó en mi cuello y empezó con eso de soy tus ojos y soy tu cuello, empezó con eso sin decirlo y yo ya perdí mis zapatos y casi que me pongo a bajar por el orificio pero luego los escalones me indicaron que debía pisarlos y seguirlos y eso era ir hacia la planta baja.

También sucedió que varias veces estuve haciendo fila en varios galpones al mismo tiempo y alguien me preguntó cuál era la mejor forma de felicitar en el día de la madre y yo dije que te partas la madre pinche cabrón y maricón que vendes tu puerco para comer puerco y esa persona se sintió tan maravillada que guardó silencio hasta cuando uno de los cajeros se aceró a preguntarle si deseaba algo más y el hombre dijo que era todo lo que tenía pero bien podía ponerle un par de asientos. Luego el hombre y en realidad muchas personas cargaban en sus manos muchas bolsas blancas y otros, los menos, llevaban bolsas azules o blancas también con aves o algo parecido que levantaban sus alas o lo que quedaban de ellas, bueno, las que podían porque la mayoría tenían las alas bien pegadas al cuerpo, y hacían gestos obscenos y se metías sus alas en sus culos y también se frotaban dentro de sus cuellos lánguidos y arrugados como mocos de pavo.  aladentrodecuello. Luego yo paré a uno de los hombres de uniforme blanco y boina roja o blanca, creo que para ese momento estaba usando o mirando con mis ojos en blanco y negro o solo blanco como estatua y dije que acá nadie es mentiroso y que los mentirosos no pueden hablar y tampoco usan oxígeno porque ellos son personas que viven debajo del mar a punta de hidrógeno y de gas pero sucede que en ciudades como las nuestras los hombres de canela y limón están en todas partes y cuando la lluvia llega es que ellos están haciendo mucho ejercicio en la gran rueda con su gran amigo el dios. Supongo que a nadie impresionó mi defensa pero pensándolo mejor creo que ya todos lo sabían puesto que nadie dijo nada ni intentó callarme. Luego añadí que esto era un galpón y no la tienda de granadas que todos creían pero ya entonces las filas habían sido reemplazadas por taxis o por autos de bomberos y pensé en la caja de acero y busqué botones que oprimir pero tuve que contentarme con acercarme a una mujer que se parecía a Lennon y el cajero antes le dijo que debía pagar algo así como seis sexys sadies. Varias personas se acercaron y luego estuvimos delante de los parqueaderos con muchos autos girando para salir antes de que lo hiciera el bus azul y empezó con eso de eres un mentiroso y eso que yo estaba ya subiendo con el marlboro en la mano pero pasaron quince minutos y yo seguía pensando que era un mentiroso.

Luego miré que tres personas subían a una camioneta ford llevando monedas de hierro en sus estómagos, eran unas monedas que vistas así parecían conchas, esa cosa del guayas, eso del espondylus. Luego estuve viajando en la ford 100 o 101 y no era divertido y tampoco entendí eso de la caja de cambios de solo tres velocidades. Y eres un mentiroso.

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Yo solo repetía las cosas que estaba por hacer, y ya esperaba estar bajando hacia el galpón. De todos modos olvidé el maletín y no quería importunar y menos que alguno de los talleristas regresaran a mirar y luego que uno de ellos se agarrara de mi cuello y al bajar fuera mostrándome todas las casas en las que había dejado la luz encendida o algo sobre cambiar bombillas por luces ahorradoras. Desde los cristales se observaba brillar aquella esfera perfecta y roja, yo limpié mis ojos hasta que las yemas empezaron a dejar marcas sobre la piel, unas marcas como de delgados cables o monedas, de todas formas reí, y casi deseé colocar mis dedos debajo de los pies, que gusto y que total sería eso de quitarse los pies y reptar un poco y sentir la humedad del césped eso del greengreengrass. Igual estaba muy apretado así que esperé a que todo se desinflara.

En esas situaciones uno debe llevar siempre algo, pinzas, un alicate, una aguja hipodérmica, una cinta de primus en bigdayout y un cassette con la música de Sweet Harmony. Al entrar pude observar todos sus deseos, habían demasiados uniformes apilados sobre un gran sillón reclinable, horas y relojes detenidos sobre los muros; dentro hice un vuelo raso, descubrí que sus botones no encendían al ser presionados. En algunos sitios menos excéntricos la mayoría de las veces recibía la ayuda y las atenciones de los dueños y me traían toallas limpias. Sus sitios, este sitio en realidad, me recuerda a lo que seremos tras terminar los talleres, escombros y varios hombres con cascos amarillos, nosotros, reconstruyéndonos. La finalidad de los talleres era mostrada sobre telas gigantes que colgaban en uno de los muros del edificio. No eran el orgullo del mismo, pero tranquilamente, podían serlo, algo rectangular y con dimensiones desproporcionadas cubriendo un muro de un edificio nunca puede pasar de modo desapercibido y ya me imaginaba presumiendo a la gente sí lee la tela, sí, pues detrás es donde cursamos... También cada habitación tenía su rectángulo a escala, un poster de metro y medio por algunos centímetros con una impresión con eso de nuestros objetivos y de lo que un día pondríamos en la cabeza de alguien. Había mucha confianza en que las cosas jamás cambiaran, en que todos, incluidos los últimos talleristas, nos oxidáramos mirando los cielos anaranjados y pidiendo que el fuego de la montaña terminase con todo, un poco eso del naturalismo intrínseco de los latinoamericanos. Por lo menos estaba claro que aquello era lo que estaba aprendiendo, por lo menos estaba bien seguro de volverme una especie de roca sagrada a la cual muchas personas se arrimarían o en la que se frotarían para ser fecundadas con la risa y el misterio de las cosas inexplicables que se vuelven claras, como un rayo en mitad de un concierto de los australianos. De modo extraño todos recibíamos las lecturas sin estar en aquel sitio. Nuestros ojos que cambiaban con la luz del día, miraban siempre en una sola dirección, pero aquel sitio contenía un orificio por el cual se accedía a otras habitaciones. Nadie lo sabía, nadie debe saberlo, ahora quizás sea inútil puesto que no sucederá sin que se cumplan determinadas condiciones. Las nuestras eran ideales, nosotros veníamos con la lengua atada a la suela de los zapatos, y nuestras manos apenas si descubrían el material en que se había convertido el oxígeno o la luz. De ese modo y al echar la cabeza hacia atrás uno observaba estos portales, nuestros rostros literalmente siendo absorvidos hacia un orifico y hacia otras habitaciones pero sobre todo mirando en primera persona lo que hacíamos, nosotros mismos, en tercera persona. Supongo, supuse, pero esto tampoco se lo dije a nadie que el tamaño o la altura del sitio era premeditado. Cómo sino, en un habitación con la mitad de la altura podía uno bailar con la cinta de Harmony?

Yo llevaba años persiguiendo uno de esos ascensores. De hecho, puedo decir que conocí la vida dentro de uno. La primera vez, la primera de todas las cosas, sucedió en espacios llenos de espejos, llenos de botones, lugares tibios y sospechosamente o circunstancialmente llenos. La primera vez que tuve los brazos en el suelo ya pude advertir de que se trataba la cosa. Luego recuerdo que éramos cientos, un millón de hombres uniformados y yo mirando desde sus ombligos, mirando que ellos miraban un ombligo invisible, un poco más, ligeramente más alto que ellos, ahora que lo pienso dentro de ese ascensor éramos un millón más dos. Arriba, millones y abajo. También recuerdo la música y las cantidades de horas que los loops daban vuelta una y otra vez y las orquestas de hombres midi con sus melodías en tono midi. Eso ocurrió en los años ochenta, de eso estoy seguro como que eran excelentes años para imprimir mujeres suecas con sombreros delante de playas o de palmeras encima de las fechas que se irían arrancando como cuando termina marz y uno cambia la página hacia abril cuando ya está el día por junio. La música midi está hecha con ordenadores y parece basada en una programación que reduce al máximo la electricidad y el sustain de los instrumentos. Lo que sonaría como una trompeta más un bongó y a ambos sumado un xilófono, midi por medio suena como una frase en clave morse, claro, una melodía donde se destaca uno de los principales instrumentos como en esas máquinas contestadoras de los bancos y de las empresas del gobierno. Nadie canta en midi pero al hacer llamadas una grabadora nos dejaba colgados sobre la electricidad del tono de espera y uno del otro lado tras diez minutos pedía a la electricidad hablar con algo, con alguien. El midi también se impondría unos años después en los bares y sería el centro de atención en las reuniones antes de chocar o destruir los jeeps de mamá con eso de mevoyal sobre.

La diferencia es abismal, y no es solo tecnológica. Acá se siguen construyendo las cosas por dentro, como si nadie quisiera que las vieran. Por ejemplo recuerdo unos galpones gigantescos y llenos de mujeres con zapatos dorados y bolsos también dorados colgando de sus huesos, de unos hombros casi cadavéricos, pero me refiero a que aquellos muros eran inexistentes, lugares para bailar madonna o algo de sweetharmony. Uno apagaba la visión de rayos y observaba pliegues y colores. Yo mismo subí hasta uno de los sombreros, uno con plumas reales pero doradas y dejé que me pasearan dentro de aquella tormenta, los hombros, mis hombros, los hombros. Supongo que esas intenciones de fabricar agua o de levantar muros de agua debió molestar a uno de los pescados sagrados y fue por eso que aplicó una tormenta infinit, algo para volar las plumas y luego todos éramos balsas y luego los bolsos hundidos como rocas. 

En esos sitios cercanos al mar donde solo hay páramos los botones hacen un ruido distinto al ser presionados. También las puertas son infinitamente más grandes, quizás se deba a la cantidad de gente que llega montada en sus caballos o manejando grandes camiones rojos, quizás camiones para apagar el fuego, muchos con las escaleras elevadas y con uno o dos pequeños hombrecitos sujetándose fuertemente de sus chalecos rojos y sus cascos rojos. Corría un rumor pero jamás lo observé, no pude conocerlo. De regreso pregunté si existía esa posibilidad pero acá sentí que me tenían por una persona que gustaba de hacer bromas, bromas que estarían buenas para una tarde de domingo, una tarde cualquier día pero ahora estaba en el galpón. Allá alguien habló o hablaba sobre la importancia de mantener con vida cosas que pronto dejarían de existir. Aquí alguien dijo que debajo del galpón aún tenían con vida a varios calicotéridos de lago Fagnano.También escuché muchas cosas, demasiadas palabras que parecían buscar una hoja o una cinta sobre la cual quedar grabadas y a la cual violar, como toma papel que debo ir al auto. Acá nadie, aunque tampoco conocía a muchas personas, estaba intentando volverse eterno o hacerse necesario. Ocurría sí que la electricidad estaba en todas partes y que cada vez habían menos reuniones en una casa para pedir prestado un teléfono. Las personas empezaban a lanzar las puertas con tanto gusto que pronto las casas sonaban como maderas que se estiraban o como pisos que por la noche tenían algun tipo de vida secreta. O sea que apenas si empezábamos a tener el sobrepeso característido de comer las veces que deseáramos a la hora que deseáramos de la mano de mujeres grandes como ataudes y en mesas rectangulares y de piedra oscura sobre platos en forma de triángulo. Supongo que pronto dejaría de importar que sirvieran manzanas masticadas y papas fritas lamidas, como si de caramelos de trataran.

Cómo hacen los bebés?

Claro que el orificio no hablaba, y claro que era inútil presionar los espacios donde antes estaban y pronto deberían brillar nuevos botones, pero, rayos, la maldita caja mecánica cubierta por dentro de espejos debía estar por llegar y es que el maldito edificio ya llevaba meses, quizás demasiadas semanas en reparaciones y todos caminábamos dentro con un casco amarillo y azul y de todos los colores como si perteneciéramos a un voluntariado de bandera multicolor?¿ Luego miré una vez más durante varias horas ese espacio hecho con paredes irregulares y dentro de cual colgaba un cable de acero absolutamente templado, cable gris y firme. Luego estuve girando tomado del cable como una de esas cancangirls haciendo aquello del pol pero luego mis manos se resintieron y aunque busqué había dejado en casa la lana para tejerme unos guantes, mientras algunos talleristas fumaban sus marlboros y mientras el cielo quería consumirse o dejarnos en manos de la electricidad. Todo eso ocurría sin prisas aunque yo subía y bajaba del cable como un verdadero primate y me faltaba hacer ah ah ah ah uh uh uh uh! Creo que también oriné en la terraza, pues, al final del cable había una ventolera, o un espacio quizás para colocar un aire acondicionado o una calefacción. Como he bajado de peso pude entrar con algo de trabajo. Entrar fue salir porque la terraza había sido pintada de amarillo y no encontré más que una especie de manual, una nomenclatura pegado a uno de los muros que pedía hallar los sitios que quedaban por pintar.


También escuché su frase y creo se grabó de una forma única. Creo que ya no tengo cerebro y sí creo que tengo un orificio más grande que el del sitio a donde también hay personas esperando con las manos en los botones. No sé quién habrá instalado el sistema eléctrico pero estoy seguro que tiene alguna falla, quizá hay filtraciones, pues ocurren cosas extrañas, chispazos. Por ejemplo además del sistema eléctrico parece que se han instalado varios sistemas de avisos o de carteles nocturnos. Como dentro de la cabeza todo es un mar de oscuridades y muros, estos carteles tienen o tendrían el fin de señalar direcciones o pasajes o discursos con extrema brevedad. No tengo prisa y sin embargo ahora tengo instalado estas series de cronómetros que parecen los marcadores del estadio de Nayón. Cada vez que quiero pensar, su frase, la frase ocupa la mitad de la casa, del orificio. La gente que vive cerca debe estar somnolienta con tanta luz y con tanto gas. Amo el neón pero esto esta fuera de mis órdenes y deseos. Un día dormí dentro de un colchón, a la siguiente noche también funcionó pero a la tercera los resortes rompieron la lámpara del velador y eso más el gas hicieron un poco de boom. El diario de la ciudad no publicó nada, pero si yo hubiera sido un periodista con algo de mala leche para lavar las caras huiera publicado un titular referente a la pirotecnia y eso de los octavos días antes de que termine otro año. Dormir dentro de un colchón es similar a tener dos ataudes encima o dos camas o dos somiers y también debajo de uno. Supongo que también pueden ser dos árboles y dos refrigeradoras encima, y debajo. Básicamente dormí en posición hombre de Vitrubio con los dedos en cada una de las esquinas. Mejor si es una cosa plaza y media o dos. Sin embargo en las noticias y en el programa donde durante las tres horas la gente se pasa bailando y mirando cómo otros bailan, ya estaban hablando sobre alguien que era mentiroso y mientras decían que eres mentiroso no dejaban de bailar, mientras también otros estaban bailando.

7/1/14

El regreso al regresar regresa al regreso

Luego llegaron sus cosas o eran los autos y eso de primera y retro y luego retro y hacer luces. Luego todo parecía salir desde la mitad de la calle y luego estuvimos cruzando junto a la tienda y a uno o dos bazares. Muchas personas cargaban bolsas y juguetes y muchas de ellas sonreían y otras se mordían los labios. Llegué a contar siete personas, hombres y mujeres, con la mitad del labio dentro de su boca y con una fila de dientes aprisionando la carne. Hice algo, creo que imité sus gestos, pensé que la próxima pondría más atención observando hacia donde dirigían sus miradas al morderse, o mordían con los ojos cerrados. Luego dejé de contar personas y empecé con los postes pero luego pensé que más divertido sería leer o memorizar y recordar el nombre de las calles. Como no sabía o no recordaba o no encontré los nombres las empecé a inventar, así estuve durante algunos minutos atareado y buscando palabras que sonaran distintas o impronunciables pero cercanas al castellano. Luego me di cuenta que no tenía ganas de caminar más así que me detuve al hallar un escalón donde fumarme un marlboro. El cigarro tenía un sabor demasiado suave como cuando uno escucha una canción llena con loops o baterías pero también cree haber dejado la puerta de casa sin candado. Luego llamé a WQ y WQ dijo que ese momento no estaba y dijo algo sobre mi nombre escrito en una pared cerca de su casa y de casa de QW, su pariente o novia o novio o mascota o médico. Alcancé a escuchar que oprimía las teclas de su aparato del diablo, o quizás le hablaba a su aparato recordándole que  lo iba a mandar al diablo si volvía a oprimir el seis y aparecía un cinco?¿. Luego estuve algunos minutos observando unas hormigas correr de un lado a otro y luego vi mis pies llevando zapatos y mis piernas cubiertas por pantalones. En la ventana, una de la muchas que habían sido abiertas, estaba escrito algo con pintura blanca. Yo estaba seguro de que la persona que había hecho eso debía usar zapatos y pantalones iguales a los de Mickeymouse, pero también pensé que era más probable que aquella persona fuera vestido de forma más ligera, quizás como Santro, el hombre de las patillas largas y oscuras, con esas camisas de lino o seda o terciopelo y con anillos de plata en las manos.

Luego pude ver a un tallerista que llevaba una corbata de un azul que no era ni azul eléctrico ni ese azul profundo capaz de tragarlo todo, como en las películas que recrean escenas nocturnas, con luces y mitades de cabezas o solo perfiles en la pantalla. Muchas veces encontraba en el camino personas que bajaban atadas las manos a sus espaldas, atadas mientras recitaban alguno de los textos o alguna de la leyes que se habían puesto en circulación, en las manos llevaban unas fotocopias y supongo iban a sacar más fotocopias. Luego no sé por qué creí que las leyes se publicaban a sí mismas. Esa tarde luego de dejar a las hormigas o sacudirlas pues subían por mi pantalón, coloqué las manos tras mi espalda esperando que una de las leyes se publicara frente a mi rostro. Un artículo ciento ocho, apareció detrás de uno de los antiguos motores, esas cajas eléctricas listas para irse en un barco pero antes en el piso de un camión con llantas nuevas. Luego tuve que memorizar el artículo o lo que sea que estaba en mis narices puesto que el único modo de tener las manos libres era recitar o repetir durante diez segundos parte de la ley. Como no estaba atado tomé el artículo que era como una nube suave y algo húmeda, pero antes le pregunté si le gustaba ser ley. Varias personas miraban desde uno de los balcones y observé que ellos habían atado sus artículos a las barras de uno de los pasamanos. Eran como las nubes de los cómics pero sin diálogos. Al dar unos pasos hacia atrás casi choco con un auto que venía en reversa, el conductor levantó sus manos, no sé si saludaba o trataba de decir que me detenga igual ví a un hombre de corbata azul con una revista en las manos. Debí decir guau o burf o ladrar. En realidad observé que otro hombre, uno que nunca antes había estado en nuestro taller, guardaba una pequeña lata de acero, una lata de pintura que podía ser blanca. Alcé la vista y el balcón parecía un barco y los artículos flotaban amarrados y las personas sacaban objetos de sus maletas y luego dejaban volar algunas aves o quizás eran ardillas, o quizás fotocopias, y uno de ellos se acercó a uno de los autos y encendió las plumas y luego alguien quizás del taller de ciencias dijo algo sobre las cosas de las que uno no se ríe, y usándose como ejemplo nos mostró el lugar dónde debía estar su ombligo. Todo eso creía yo estar viendo o presenciando pero en realidad pensé que podían ser las hormigas que terminaban su trabajo y empezaban a buscar problemas, quizás las tenía en una fila larga a través de mis oídos, luego me topé el ombligo y noté que allí estaba, en su sitio y también estaba cubierto por una remera, o polo, o camiseta con el estampado de un terrón de azucar que se derretía, un terrón de color anaranjado. Pensé que un dado o un cubo de hielo o un cubo de piedra pómez o mármol serían materiales más artísticos y entonces el estampado cambió pero yo ya no quería mirar nada y me dispuse a subir todos los escalones, al otro lado, o frente al balcón. El viento corría en todas las direcciones y era que todas las ventanas habían sido abiertas al mismo tiempo. 

Luego el agujero se llenó de las frases y entonces el botón encendió un letrero que aún no estaba instalado. El letrero ocupaba cada uno de los nueve pisos, en cada uno señalaba la posición de la caja, el número del piso al que pertenecía el letrero y la dirección a la que uno debería dirigirse. Lo raro fue que no pude encontrar botones para dirigirme hacia los lados o de un modo distinto, como la dirección de un rayo o la de un relámpago o como para caer en medio de un concierto de esa banda de australianos que hablan sobre los siete días de la creación en medio de una iglesia de la ciudad de Perthaustralia. Un hombre con carril en la espalda y con un traje diminuto se detuvo a limpiar algo blanco, quizás pintura, o vómito de ave, que había caído sobre sus zapatos formando algo como si el tumbado goteara, o como si en realidad el hombre fuera una materia suave, quizás corcho y era ya hombre derretido. Luego el agujero dejó que las frases o sonidos ocuparan los pisos y los talleres hasta que las orejas de los talleristas empezaron a inflarse y llenar el piso y cubrir las mesas y las sillas azules. Claro que en otras habitaciones los pisos eran distintos, incluso algunos antes habían sido barridos y también las sillas parecían venir de un sitio más lejano, como si las hubieran importado con más tiempo. Muchas personas sonreían mientras los pisos se llenaban y quizás la falta de oxígeno o de pañuelos para quitar el polvo de los cristales hacían que muchos bajaran y que otros hicieran fila frente a los botones, bajaban con las narices cubiertas con sus mangas o con bufandas. El agujero no era un lugar popular y pronto las cosas dejaron de salir, un objeto quizás impediría el paso. Yo buscaba algo escrito en el fondo, pero necesité una luz y esas cosas nunca las he cargado, también presioné uno de los orificios donde antes colgaba un botón (me refiero al antiguo sistema eléctrico) esperando que el orificio se encendiera, luego esperé a ver si me tiraba un luz o aunque sea una vela o un destornillador pero luego me arrepentí puesto que tampoco tenía con qué encenderla, así que debía el agujero tirarme las velas y los fósforos. En realidad me di cuenta o creí que yo era el muro, y que ya tenía escritas todas esas cosas en la ropa y en las uñas y en los mensajes que estaba a punto de recibir en mi pequeño bb. Esas palabras tan extensas como si estuvieran escritas con varias enes y con ocho o diez vocales. Luego encontré una oficina con una máquina para archivar folders y carpetas y cuadernos y la agenda con la lista y las notas y en una bandeja debían haber dos resmas de hojas en blanco, pero de un blanco distinto, no como el que había caído sobre los zapatos del hombre con carril en la espalda, abajo en la planta baja. La palabra xerox se repetía sobre las resmas, también hacía mucho calor pero esa habitación tenía una sola puerta. En la ventana del pasillo aparecían los trazos de la ciudad y las luces del galpón pero eso me lo contó uno de los talleristas de geografías justo cuando yo empezaba a cansarme de cargar las resmas y cuando tenía los pies en los escalones, o peldaños y creo iba rodando hacia arriba o hacia abajo y entonces eres un mentiroso.

Mi tíota pide espacio antes de que todo fragüe. In rod we trust

Todo estaba en la cabeza de "el gran borrador", pieza que colgaba de uno de los costados, junto al escritorio, el escrotorio. Muchas cosas ya no estaban y en el pizarrón quedaban las mitades o los ángulos de algunos gráficos. Nosotros observábamos desde la parte más baja del aula, en realidad, el aula tenía algunos espacios internos funcionando dentro, detrás de la misma puerta. Varias sillas azules estaban desocupadas y la superficie tenía un color opaco, casi cubiertas por algo similar a gel. Varios compañeros de taller, algunos de otros periodos, cargaban entre sus cosas esferográficos con tinta de gel. Sus cuadernos embarrarados de gel también servían para separar o reservar una de las mesas, el gel en los cuadernos cerrados resultaba en un brillo y un tono fosforescente, al terminar la jornada algo parecido al soylent green brillaba cegándonos y obligándonos a cerrar con llave el sitio. No teníamos nombre para llamar a aquella luz pero pensábamos en "el gran borrador" como la solución a todo. En una batalla imposible, el gel cubre al borrador y el borrador cae de espaldas al suelo. Luego J limpia tras usar cloro y luego las ventanas cerradas provocan gas, y sol y cloro destruyen al gel.

Íbamos por la tercera parte y aún quedaban veinte páginas. Cada uno de quienes ocupábamos la mesa estábamos interesados en saltarnos y ya preferíamos no tener las respuestas. El lápiz muchas veces corría antes de ser borroneado y también pasaba por varias manos, creo, creí que ninguno de nosotros era realmente parte del taller. Una especie de talleristas arrastrados hacia la parte más alta del edificio, una terraza sin líneas o señales, o por el contrario, una terraza pintada absoultamente de amarillo y con un solo mapa o leyenda mnemotécnica: Busque la zona que no esté pintada y píntela.

 Luego, otro día sí fuimos a la terraza, para otra actividad de actualización temática.

Una terraza con vitta o vista espléndida. Todos, otra vez, habíamos enceguecido. Era genial puesto que se cumplían todas las características que deseábamos, todos girábamos buscando lo que nos habían pedido, todos chocábamos amablemente, habían sitios falsos que nos obligaban a agacharnos y entonces los cráneos inevitablemente se encontraban. Al levantarnos contábamos con ambas manos las estrellas y los pájaros que revoloteaban como en un edén el edén, estrellas delgadas y aves de graznidos mínimos, esa era nuestra forma de vivir sobre la gran terraza mirando a través de los párpados, mirando manchas rojizo púrpuras. El sol quemando, pero también y como empujado el sol y bajando hasta volver al cielo una mancha anaranjada. Era hermoso, como un dedo, era ilimitado como un submarino, al instructor de corbata azul lo enviábamos por uno de los filos y sus brazos bajaban aleteando y rompiendo el aire y silbando como si algo bajara a través de un tubo de aire. Arriba todos contábamos seis, doce, diezyocho, veinticuatro, y alguien a su vez ya estaba intentando hacer lo mismo pero en el sentido contrario y entonces alguien lo tomaba por debajo de los brazos y la terraza parecía respirar. Entonces bajaba o se materializaba y todo era ese gel desboradado por los cuadernos, toda esa cosa que brillaba dentro de las maletas y los carriles y las bolsas de goma para cubrir las portátiles y por segundos mirábamos sin levantar las cabezas de frente al cielo y el sol entraba en las pupilas y corría como hielo por la garganta y por las encías y el gel y los rostros y las rodillas y veinte y ocho y treinta y dos y algunos abrazaban postes o se se sujetaban de las correas y casi desaparecíamos y vivía trostky y el sol era nuestro reflector.

Al ver su figura o su silueta tomé impulso para bajar con el estómago inflamado. El cuerpo y el aire se llevan tan bien y se corresponden o se agregan tan bien como la electricidad y una pluma azul. Una de esas galllinas o uno de esos pavos guardados en la cajuela de un jeep me miraba caer con una lentitud extrema. Al caminar ya con el estómago ideal, ya habiendo girado a tiempo, miré como el pavo o pollo dentro de la bolsa azul levantaba sus alas para saludarme. Caminé y caminé y bajé de nuevo varios escalones y parecía que estaba cerca de encontrar un sótano o algo similar a la habitación de las máquinas para calentar el agua. Luego el vómito cayó sobre el jeep y un dibujo de un hombre amarrillo cruzando la calle también recibió una tercera parte, quizás la mitad de la pizza y la coca. Por suerte ahí también alcancé a girar con eficiencia, casi apoyando las puntas de los pies sobre el filo, la acera tenía proyección de ser levantada en un futuro quizás unos dos o tres centímetros. Es la calzada dijo alguien que llevaba en sus manos bolsas blancas y un llavero de auto, uno de esos con el equipo para bloquear y desbloquear los seguros. Felices fiestas dije antes de continuar bajando los cientos de escalones y rodada o caía.

La ventana por la que había entrado antes de girar y antes de llegar al suelo tenía un orificio por el que podía pasar cualquier cosa, un objeto cúbico, un globo, un aparato para interceptar señal inalábrica de modem, un pavo, cualquier cosa. Luego miré los orificios en la pared, gargantas, entonces pensé que por aquella ventana pasaría cualquier cosa menos doce policías y dos tanques de butano o dos talleres de pintura artística.

Cómo brillaban todos los objetos que llenaban las filas de perchas! Uno de los hombres vestidos con un uniforme blanco y una pequeña boina blanca preguntaba si deseaban algo más, sí acaso necesitaban que alguien fuera a sus casas a escribir una receta nueva para preparar pan con naranja o canela con menta. Yo tenía los ojos grandes metidos entre dos carnes delgadas que me dejaban un espacio como de una cornisa, como del filo o como de una ventana apenas abierta. Afuera todo estaba en plan de darse la vuelta, en camino de llegar al punto medio antes de girar, pero dentro, el galpón era sólido y yo pensé que acababa de ser llevado como un mondadientes hacia un terrón de azúcar, necesitaba creer que estaba en el centro de una barra de turrón o en el centro de un cubo de algo como qué se yo, quizás en un cubo de coco. Sí, cualquier cosa en la cual no se puede estar, como si fuera posible estar en la mitad de un ladrillo, no? verdad? o en el centro de la punta de un rotulador, no? verdad? quería estar o creer que era sólido al igual que el galpón, cubo de coco, terrón, un dado de monopolio, un ladrillo. Pasaron varias horas y varios años y nadie sabía dónde colocar las bolsas o los carrilles y varios niños habían crecido hasta volverse personas de uniforme blanco y así observé que otros retiraban el dinero de las manos y otros preguntaban si no deseaban que alguien les escribiera una nueva receta para preparar pan con naranja o limón con nuez. Tras tanto tiempo ya las cosas no eran iguales y muchos galpones ya daban prioridad a tener más espacios vacíos, libres, no por salud, si no debido a la gran cantidad de visitas, de modo que luego pude entender que yo estaba sobre uno de los estantes junto a los objetos para las mascotas, quizás detro de una croqueta de pollo. Junto habían imágenes de cartón de perros alemanes mirando con la lengua afuera un gran plato de croquetas. También cachorros junto a los cartones de unas pequeñas aves, aves impresas sobre bolsas de semillas y de alpiste. Entonces sentí mucha, demasiada sed.

Luego dijo eso de eres un mentiroso con m de mariantonieta y con martes en marzo. Luego se fue pero en realidad ya se había ido hace muchas otras frases, yo miraba desde el centro de una palanqueta debajo o en la esquina cerca a los talleres mientras los buses tomaban impulso antes de empezar la cuesta o para evitar la luz anaranjada. Pero miraba hacia el taller y luego los brazos empezaron a diluirse al rozar el cuerpo, luego el cuello, y la nieve artificial empezó a encenderse. Quizás no era artificial y quizás lloverían dos días seguidos. Ya a cinco minutos en uno de los escalones deseé que los ascensores subieran hasta salir como pirotecnia por la parte más alta, la terraza del edificio. Luego estuve mirándome los pies y oyendo cómo crecían las plantas o el quicuyo a las seis y algo más. Luego pensé que era un excelente mes como para llamarlo septiembre, luego pensé en dar cuerda al reloj. Resultó ser un reloj de pila. Las paredes ya estaban escritas con letras claras pero algo torcidas, pensé en una de mis tías, luego mi tía llamó y quiso que mirara el fondo de la garganta, el gran orificio en el edificio A.K, mira a ver si viene el vagón, o algo de Nayón, no sé sí era mi tía. Hermana del tío?¿

En mitad o centro del prisma de madera o gran borrador seguro estaba yo y eres un mentiroso.