8/1/14

seissexiessadies

Alguien cantaba en la terraza del edificio. Su voz sonaba bien, si grabas te compro el disco pensé. Luego estuve mirando cómo el resto del grupo improvisaba sobre sus instrumentos. Luego quise que haya otra bajista, luego pedí más volumen o más platillos. Cuando el sol quemaba sobre las partes cromadas el brillo anaranjado entró por nuestros ojos iluminándonos el interior y de paso quemando la piel y los forúnculos. Algunos de los talleristas mirábamos con asombro la forma en que nuestros corazones se abrían y cerraban al igual o al mismo ritmo que los pulmones. También observé una gran moneda de hierro en el interior del estómago de un hombre de corbata azul. Un poco sentí remordimientos de hacer este tipo de cosas que divertían al resto pero que en el fondo quizás no los divertían del todo. Luego buscaba poner mi cara más seria, esto es un rostro duro, sin una sola porción de felicidad o placer onanístico, casi un rostro de no saber que día es hoy. Sin embargo el resto, al mirarme empezó con eso de exigir que me callara o que dejara de preocuparme, que extrañamente yo ya estaba haciendo preguntas extrañas o lo que era peor, estaba actuando como si algo estuviera por ocurrir. No pienso hacer nada más dije, pero ya la banda tocaba uno de esos temas lentos, ya todos estaban abrazados y los que no habían empezado con eso de bajar y buscar puestos antes de que los talleres se llenaran a pesar de que los talleres nunca se llenaban. Ese tema, canción,  hablaba sobre un joven que reclamaba algo a su padre, algo sobre father, youleaveme, youwillneedme, o cosas así cantadas sobre una base lenta y pesada de batería y toms y como apoyada con la ayuda de un gran piano. El cantante me pareció muy conocido y decidí que debía de ser uno de esos hombres que salían fotografiados en las revistas americanas de música cuando todo el mundo vestía de militar y hablaba sobre charly, que charly son todos y que adoramos el olor de napalm por la mañana

Luego me puse a bajar y a bajar cada uno de los escalones y para hacer más tiempo los escalones no terminaban y para que no me cansara cada escalón estaba hecho o contenía unos diminutos cinco escalones y entonces yo pensaba que bien podía uno quedarse sentado y esperar que alguien más subiera para contarle a uno cuantos escalones quedaban por bajar. Luego pensé que también podía hacerme una bolita, como esas bolitas de miga que se les quita a las palanquetas o al pan bagué y luego pensé que abajo me esperaba una gran taza de café con una gran cuchara en el centro y decidí rodar los escalones hasta caer como el basketball dentro de la taza haciendo saltar el café caliente en la piernas de las personas que habían decidido poner sus mesas en la zona donde uno terminaba de bajar las escaleras. Pero me arrepentí, o no habían tazas; también pensé que sería más divertido que alguien bajara con un marlboro en la mano y me invitase a buscar un encendedor para yo poder decir algo como no jodas o regresa con el marlboro encendido o mejor deja el marlboro y lárgate o no regreses pero inexplicablemente ya me hallaba con un tallerista pagando con pequeñas monedas el valor de dos y además comprando algunas mentas sueltas y preguntándome de dónde sacábamos el dinero. Luego encendieron el cigarro con una llama que no quería quemar y tampoco servía para saber si eso sucedía pues al ponerla bajo mi palma el fuego aparecía del otro lado de la mano. Luego encontré una caja amarilla en mi chaqueta y luego tiramos las cenizas y el orificio parecía vacío, y detrás de nosotros estaban varias cruces que gracias a la luz del sol o al reflejo en las partes cromadas resultaban cálidas y por un momento pensé que era importante y sobre todo que era parte de algo, no solo del taller sino también como una tilde que es parte de la palabra café en un envase de cristal y tapa plástica que dice o tiene grabada la palabra café pero lleno con algo amarillo, quizás miel, o como si fuera un calcetín húmedo en medio de una tina de plástico en un patio junto a una máquina para lavar ropa, cubierto por una capa de detergente que se ha vuelto espuma y burbujas. Luego miré el cristal y la ciudad a los lejos, en realidad tan lejos como si la viera a través de un microscopio, seguía igual, parecía no haber cambiado luego de los siete primeros años de haberla visto, es decir, seguía azul, con sus materiales y su concreto sobre los edificios que pasaba según los rayos del sol por una serie de tonalidades, además de esa estraña cicatriz aunque más seguro estoy de que su forma es la de un muñón, con cosas o hilos colgantes y deshilachados por todos lados, por todos debajo del cielo anaranajado y creciendo como una larva, como un rizoma. De todos modos hasta los rizomas tienen un centro y en este caso el centro era el brillo de la colilla encendida aún con su tono rojizo y el humo era apenas una o quizás todas las ramificaciones. quitohumo. Nosotros esperábamos que al terminar el marlboro también terminaran las jornadas y quizás alguien del sexto o noveno piso bajara corriendo y tropezara hasta romperse la cabeza mientras terminaba de decir que todos debemos traer un trabajo final de cien hojas para el viernes pero el trabajo final tiene una calificación de más de la mitad de la nota pero el trabajo final será un tema escogido por nosotros y nosotros escogimos un tema nuevo como la calificación de un trabajo final y al final decidimos que ningún trabajo debe ser presentado mientras, de su boca saltaban pedazos de dientes y los tostados que había estado masticando mientras bajaba con apuro y antes de que la bolsa saltara de sus manos y su cuerpo saltara por la bolsa y nos viera abajo terminando el marlboro y empezara con eso de que todos debemos traer un trabajo final de cien hojas para el viernes pero el trabajo final tiene una calificación de más de la mitad de la nota pero el trabajo final será un tema escogido por nosotros y nosotros escogimos un tema nuevo como la calificación de un trabajo final y al final decidimos que ningún trabajo debe ser presentado. Luego llevamos su cuerpo al salón principal de aquel piso o alguien más lo hizo y nosotros pensamos que era bueno saber que eso iba a pasar porque, en realidad no había pasado y también para que nadie se lastimara miramos mejor hacia otra dirección hasta que alguien del quinto piso bajo y se colocó en mi cuello y empezó con eso de soy tus ojos y soy tu cuello, empezó con eso sin decirlo y yo ya perdí mis zapatos y casi que me pongo a bajar por el orificio pero luego los escalones me indicaron que debía pisarlos y seguirlos y eso era ir hacia la planta baja.

También sucedió que varias veces estuve haciendo fila en varios galpones al mismo tiempo y alguien me preguntó cuál era la mejor forma de felicitar en el día de la madre y yo dije que te partas la madre pinche cabrón y maricón que vendes tu puerco para comer puerco y esa persona se sintió tan maravillada que guardó silencio hasta cuando uno de los cajeros se aceró a preguntarle si deseaba algo más y el hombre dijo que era todo lo que tenía pero bien podía ponerle un par de asientos. Luego el hombre y en realidad muchas personas cargaban en sus manos muchas bolsas blancas y otros, los menos, llevaban bolsas azules o blancas también con aves o algo parecido que levantaban sus alas o lo que quedaban de ellas, bueno, las que podían porque la mayoría tenían las alas bien pegadas al cuerpo, y hacían gestos obscenos y se metías sus alas en sus culos y también se frotaban dentro de sus cuellos lánguidos y arrugados como mocos de pavo.  aladentrodecuello. Luego yo paré a uno de los hombres de uniforme blanco y boina roja o blanca, creo que para ese momento estaba usando o mirando con mis ojos en blanco y negro o solo blanco como estatua y dije que acá nadie es mentiroso y que los mentirosos no pueden hablar y tampoco usan oxígeno porque ellos son personas que viven debajo del mar a punta de hidrógeno y de gas pero sucede que en ciudades como las nuestras los hombres de canela y limón están en todas partes y cuando la lluvia llega es que ellos están haciendo mucho ejercicio en la gran rueda con su gran amigo el dios. Supongo que a nadie impresionó mi defensa pero pensándolo mejor creo que ya todos lo sabían puesto que nadie dijo nada ni intentó callarme. Luego añadí que esto era un galpón y no la tienda de granadas que todos creían pero ya entonces las filas habían sido reemplazadas por taxis o por autos de bomberos y pensé en la caja de acero y busqué botones que oprimir pero tuve que contentarme con acercarme a una mujer que se parecía a Lennon y el cajero antes le dijo que debía pagar algo así como seis sexys sadies. Varias personas se acercaron y luego estuvimos delante de los parqueaderos con muchos autos girando para salir antes de que lo hiciera el bus azul y empezó con eso de eres un mentiroso y eso que yo estaba ya subiendo con el marlboro en la mano pero pasaron quince minutos y yo seguía pensando que era un mentiroso.

Luego miré que tres personas subían a una camioneta ford llevando monedas de hierro en sus estómagos, eran unas monedas que vistas así parecían conchas, esa cosa del guayas, eso del espondylus. Luego estuve viajando en la ford 100 o 101 y no era divertido y tampoco entendí eso de la caja de cambios de solo tres velocidades. Y eres un mentiroso.

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Yo solo repetía las cosas que estaba por hacer, y ya esperaba estar bajando hacia el galpón. De todos modos olvidé el maletín y no quería importunar y menos que alguno de los talleristas regresaran a mirar y luego que uno de ellos se agarrara de mi cuello y al bajar fuera mostrándome todas las casas en las que había dejado la luz encendida o algo sobre cambiar bombillas por luces ahorradoras. Desde los cristales se observaba brillar aquella esfera perfecta y roja, yo limpié mis ojos hasta que las yemas empezaron a dejar marcas sobre la piel, unas marcas como de delgados cables o monedas, de todas formas reí, y casi deseé colocar mis dedos debajo de los pies, que gusto y que total sería eso de quitarse los pies y reptar un poco y sentir la humedad del césped eso del greengreengrass. Igual estaba muy apretado así que esperé a que todo se desinflara.

En esas situaciones uno debe llevar siempre algo, pinzas, un alicate, una aguja hipodérmica, una cinta de primus en bigdayout y un cassette con la música de Sweet Harmony. Al entrar pude observar todos sus deseos, habían demasiados uniformes apilados sobre un gran sillón reclinable, horas y relojes detenidos sobre los muros; dentro hice un vuelo raso, descubrí que sus botones no encendían al ser presionados. En algunos sitios menos excéntricos la mayoría de las veces recibía la ayuda y las atenciones de los dueños y me traían toallas limpias. Sus sitios, este sitio en realidad, me recuerda a lo que seremos tras terminar los talleres, escombros y varios hombres con cascos amarillos, nosotros, reconstruyéndonos. La finalidad de los talleres era mostrada sobre telas gigantes que colgaban en uno de los muros del edificio. No eran el orgullo del mismo, pero tranquilamente, podían serlo, algo rectangular y con dimensiones desproporcionadas cubriendo un muro de un edificio nunca puede pasar de modo desapercibido y ya me imaginaba presumiendo a la gente sí lee la tela, sí, pues detrás es donde cursamos... También cada habitación tenía su rectángulo a escala, un poster de metro y medio por algunos centímetros con una impresión con eso de nuestros objetivos y de lo que un día pondríamos en la cabeza de alguien. Había mucha confianza en que las cosas jamás cambiaran, en que todos, incluidos los últimos talleristas, nos oxidáramos mirando los cielos anaranjados y pidiendo que el fuego de la montaña terminase con todo, un poco eso del naturalismo intrínseco de los latinoamericanos. Por lo menos estaba claro que aquello era lo que estaba aprendiendo, por lo menos estaba bien seguro de volverme una especie de roca sagrada a la cual muchas personas se arrimarían o en la que se frotarían para ser fecundadas con la risa y el misterio de las cosas inexplicables que se vuelven claras, como un rayo en mitad de un concierto de los australianos. De modo extraño todos recibíamos las lecturas sin estar en aquel sitio. Nuestros ojos que cambiaban con la luz del día, miraban siempre en una sola dirección, pero aquel sitio contenía un orificio por el cual se accedía a otras habitaciones. Nadie lo sabía, nadie debe saberlo, ahora quizás sea inútil puesto que no sucederá sin que se cumplan determinadas condiciones. Las nuestras eran ideales, nosotros veníamos con la lengua atada a la suela de los zapatos, y nuestras manos apenas si descubrían el material en que se había convertido el oxígeno o la luz. De ese modo y al echar la cabeza hacia atrás uno observaba estos portales, nuestros rostros literalmente siendo absorvidos hacia un orifico y hacia otras habitaciones pero sobre todo mirando en primera persona lo que hacíamos, nosotros mismos, en tercera persona. Supongo, supuse, pero esto tampoco se lo dije a nadie que el tamaño o la altura del sitio era premeditado. Cómo sino, en un habitación con la mitad de la altura podía uno bailar con la cinta de Harmony?

Yo llevaba años persiguiendo uno de esos ascensores. De hecho, puedo decir que conocí la vida dentro de uno. La primera vez, la primera de todas las cosas, sucedió en espacios llenos de espejos, llenos de botones, lugares tibios y sospechosamente o circunstancialmente llenos. La primera vez que tuve los brazos en el suelo ya pude advertir de que se trataba la cosa. Luego recuerdo que éramos cientos, un millón de hombres uniformados y yo mirando desde sus ombligos, mirando que ellos miraban un ombligo invisible, un poco más, ligeramente más alto que ellos, ahora que lo pienso dentro de ese ascensor éramos un millón más dos. Arriba, millones y abajo. También recuerdo la música y las cantidades de horas que los loops daban vuelta una y otra vez y las orquestas de hombres midi con sus melodías en tono midi. Eso ocurrió en los años ochenta, de eso estoy seguro como que eran excelentes años para imprimir mujeres suecas con sombreros delante de playas o de palmeras encima de las fechas que se irían arrancando como cuando termina marz y uno cambia la página hacia abril cuando ya está el día por junio. La música midi está hecha con ordenadores y parece basada en una programación que reduce al máximo la electricidad y el sustain de los instrumentos. Lo que sonaría como una trompeta más un bongó y a ambos sumado un xilófono, midi por medio suena como una frase en clave morse, claro, una melodía donde se destaca uno de los principales instrumentos como en esas máquinas contestadoras de los bancos y de las empresas del gobierno. Nadie canta en midi pero al hacer llamadas una grabadora nos dejaba colgados sobre la electricidad del tono de espera y uno del otro lado tras diez minutos pedía a la electricidad hablar con algo, con alguien. El midi también se impondría unos años después en los bares y sería el centro de atención en las reuniones antes de chocar o destruir los jeeps de mamá con eso de mevoyal sobre.

La diferencia es abismal, y no es solo tecnológica. Acá se siguen construyendo las cosas por dentro, como si nadie quisiera que las vieran. Por ejemplo recuerdo unos galpones gigantescos y llenos de mujeres con zapatos dorados y bolsos también dorados colgando de sus huesos, de unos hombros casi cadavéricos, pero me refiero a que aquellos muros eran inexistentes, lugares para bailar madonna o algo de sweetharmony. Uno apagaba la visión de rayos y observaba pliegues y colores. Yo mismo subí hasta uno de los sombreros, uno con plumas reales pero doradas y dejé que me pasearan dentro de aquella tormenta, los hombros, mis hombros, los hombros. Supongo que esas intenciones de fabricar agua o de levantar muros de agua debió molestar a uno de los pescados sagrados y fue por eso que aplicó una tormenta infinit, algo para volar las plumas y luego todos éramos balsas y luego los bolsos hundidos como rocas. 

En esos sitios cercanos al mar donde solo hay páramos los botones hacen un ruido distinto al ser presionados. También las puertas son infinitamente más grandes, quizás se deba a la cantidad de gente que llega montada en sus caballos o manejando grandes camiones rojos, quizás camiones para apagar el fuego, muchos con las escaleras elevadas y con uno o dos pequeños hombrecitos sujetándose fuertemente de sus chalecos rojos y sus cascos rojos. Corría un rumor pero jamás lo observé, no pude conocerlo. De regreso pregunté si existía esa posibilidad pero acá sentí que me tenían por una persona que gustaba de hacer bromas, bromas que estarían buenas para una tarde de domingo, una tarde cualquier día pero ahora estaba en el galpón. Allá alguien habló o hablaba sobre la importancia de mantener con vida cosas que pronto dejarían de existir. Aquí alguien dijo que debajo del galpón aún tenían con vida a varios calicotéridos de lago Fagnano.También escuché muchas cosas, demasiadas palabras que parecían buscar una hoja o una cinta sobre la cual quedar grabadas y a la cual violar, como toma papel que debo ir al auto. Acá nadie, aunque tampoco conocía a muchas personas, estaba intentando volverse eterno o hacerse necesario. Ocurría sí que la electricidad estaba en todas partes y que cada vez habían menos reuniones en una casa para pedir prestado un teléfono. Las personas empezaban a lanzar las puertas con tanto gusto que pronto las casas sonaban como maderas que se estiraban o como pisos que por la noche tenían algun tipo de vida secreta. O sea que apenas si empezábamos a tener el sobrepeso característido de comer las veces que deseáramos a la hora que deseáramos de la mano de mujeres grandes como ataudes y en mesas rectangulares y de piedra oscura sobre platos en forma de triángulo. Supongo que pronto dejaría de importar que sirvieran manzanas masticadas y papas fritas lamidas, como si de caramelos de trataran.

Cómo hacen los bebés?

Claro que el orificio no hablaba, y claro que era inútil presionar los espacios donde antes estaban y pronto deberían brillar nuevos botones, pero, rayos, la maldita caja mecánica cubierta por dentro de espejos debía estar por llegar y es que el maldito edificio ya llevaba meses, quizás demasiadas semanas en reparaciones y todos caminábamos dentro con un casco amarillo y azul y de todos los colores como si perteneciéramos a un voluntariado de bandera multicolor?¿ Luego miré una vez más durante varias horas ese espacio hecho con paredes irregulares y dentro de cual colgaba un cable de acero absolutamente templado, cable gris y firme. Luego estuve girando tomado del cable como una de esas cancangirls haciendo aquello del pol pero luego mis manos se resintieron y aunque busqué había dejado en casa la lana para tejerme unos guantes, mientras algunos talleristas fumaban sus marlboros y mientras el cielo quería consumirse o dejarnos en manos de la electricidad. Todo eso ocurría sin prisas aunque yo subía y bajaba del cable como un verdadero primate y me faltaba hacer ah ah ah ah uh uh uh uh! Creo que también oriné en la terraza, pues, al final del cable había una ventolera, o un espacio quizás para colocar un aire acondicionado o una calefacción. Como he bajado de peso pude entrar con algo de trabajo. Entrar fue salir porque la terraza había sido pintada de amarillo y no encontré más que una especie de manual, una nomenclatura pegado a uno de los muros que pedía hallar los sitios que quedaban por pintar.


También escuché su frase y creo se grabó de una forma única. Creo que ya no tengo cerebro y sí creo que tengo un orificio más grande que el del sitio a donde también hay personas esperando con las manos en los botones. No sé quién habrá instalado el sistema eléctrico pero estoy seguro que tiene alguna falla, quizá hay filtraciones, pues ocurren cosas extrañas, chispazos. Por ejemplo además del sistema eléctrico parece que se han instalado varios sistemas de avisos o de carteles nocturnos. Como dentro de la cabeza todo es un mar de oscuridades y muros, estos carteles tienen o tendrían el fin de señalar direcciones o pasajes o discursos con extrema brevedad. No tengo prisa y sin embargo ahora tengo instalado estas series de cronómetros que parecen los marcadores del estadio de Nayón. Cada vez que quiero pensar, su frase, la frase ocupa la mitad de la casa, del orificio. La gente que vive cerca debe estar somnolienta con tanta luz y con tanto gas. Amo el neón pero esto esta fuera de mis órdenes y deseos. Un día dormí dentro de un colchón, a la siguiente noche también funcionó pero a la tercera los resortes rompieron la lámpara del velador y eso más el gas hicieron un poco de boom. El diario de la ciudad no publicó nada, pero si yo hubiera sido un periodista con algo de mala leche para lavar las caras huiera publicado un titular referente a la pirotecnia y eso de los octavos días antes de que termine otro año. Dormir dentro de un colchón es similar a tener dos ataudes encima o dos camas o dos somiers y también debajo de uno. Supongo que también pueden ser dos árboles y dos refrigeradoras encima, y debajo. Básicamente dormí en posición hombre de Vitrubio con los dedos en cada una de las esquinas. Mejor si es una cosa plaza y media o dos. Sin embargo en las noticias y en el programa donde durante las tres horas la gente se pasa bailando y mirando cómo otros bailan, ya estaban hablando sobre alguien que era mentiroso y mientras decían que eres mentiroso no dejaban de bailar, mientras también otros estaban bailando.

7/1/14

El regreso al regresar regresa al regreso

Luego llegaron sus cosas o eran los autos y eso de primera y retro y luego retro y hacer luces. Luego todo parecía salir desde la mitad de la calle y luego estuvimos cruzando junto a la tienda y a uno o dos bazares. Muchas personas cargaban bolsas y juguetes y muchas de ellas sonreían y otras se mordían los labios. Llegué a contar siete personas, hombres y mujeres, con la mitad del labio dentro de su boca y con una fila de dientes aprisionando la carne. Hice algo, creo que imité sus gestos, pensé que la próxima pondría más atención observando hacia donde dirigían sus miradas al morderse, o mordían con los ojos cerrados. Luego dejé de contar personas y empecé con los postes pero luego pensé que más divertido sería leer o memorizar y recordar el nombre de las calles. Como no sabía o no recordaba o no encontré los nombres las empecé a inventar, así estuve durante algunos minutos atareado y buscando palabras que sonaran distintas o impronunciables pero cercanas al castellano. Luego me di cuenta que no tenía ganas de caminar más así que me detuve al hallar un escalón donde fumarme un marlboro. El cigarro tenía un sabor demasiado suave como cuando uno escucha una canción llena con loops o baterías pero también cree haber dejado la puerta de casa sin candado. Luego llamé a WQ y WQ dijo que ese momento no estaba y dijo algo sobre mi nombre escrito en una pared cerca de su casa y de casa de QW, su pariente o novia o novio o mascota o médico. Alcancé a escuchar que oprimía las teclas de su aparato del diablo, o quizás le hablaba a su aparato recordándole que  lo iba a mandar al diablo si volvía a oprimir el seis y aparecía un cinco?¿. Luego estuve algunos minutos observando unas hormigas correr de un lado a otro y luego vi mis pies llevando zapatos y mis piernas cubiertas por pantalones. En la ventana, una de la muchas que habían sido abiertas, estaba escrito algo con pintura blanca. Yo estaba seguro de que la persona que había hecho eso debía usar zapatos y pantalones iguales a los de Mickeymouse, pero también pensé que era más probable que aquella persona fuera vestido de forma más ligera, quizás como Santro, el hombre de las patillas largas y oscuras, con esas camisas de lino o seda o terciopelo y con anillos de plata en las manos.

Luego pude ver a un tallerista que llevaba una corbata de un azul que no era ni azul eléctrico ni ese azul profundo capaz de tragarlo todo, como en las películas que recrean escenas nocturnas, con luces y mitades de cabezas o solo perfiles en la pantalla. Muchas veces encontraba en el camino personas que bajaban atadas las manos a sus espaldas, atadas mientras recitaban alguno de los textos o alguna de la leyes que se habían puesto en circulación, en las manos llevaban unas fotocopias y supongo iban a sacar más fotocopias. Luego no sé por qué creí que las leyes se publicaban a sí mismas. Esa tarde luego de dejar a las hormigas o sacudirlas pues subían por mi pantalón, coloqué las manos tras mi espalda esperando que una de las leyes se publicara frente a mi rostro. Un artículo ciento ocho, apareció detrás de uno de los antiguos motores, esas cajas eléctricas listas para irse en un barco pero antes en el piso de un camión con llantas nuevas. Luego tuve que memorizar el artículo o lo que sea que estaba en mis narices puesto que el único modo de tener las manos libres era recitar o repetir durante diez segundos parte de la ley. Como no estaba atado tomé el artículo que era como una nube suave y algo húmeda, pero antes le pregunté si le gustaba ser ley. Varias personas miraban desde uno de los balcones y observé que ellos habían atado sus artículos a las barras de uno de los pasamanos. Eran como las nubes de los cómics pero sin diálogos. Al dar unos pasos hacia atrás casi choco con un auto que venía en reversa, el conductor levantó sus manos, no sé si saludaba o trataba de decir que me detenga igual ví a un hombre de corbata azul con una revista en las manos. Debí decir guau o burf o ladrar. En realidad observé que otro hombre, uno que nunca antes había estado en nuestro taller, guardaba una pequeña lata de acero, una lata de pintura que podía ser blanca. Alcé la vista y el balcón parecía un barco y los artículos flotaban amarrados y las personas sacaban objetos de sus maletas y luego dejaban volar algunas aves o quizás eran ardillas, o quizás fotocopias, y uno de ellos se acercó a uno de los autos y encendió las plumas y luego alguien quizás del taller de ciencias dijo algo sobre las cosas de las que uno no se ríe, y usándose como ejemplo nos mostró el lugar dónde debía estar su ombligo. Todo eso creía yo estar viendo o presenciando pero en realidad pensé que podían ser las hormigas que terminaban su trabajo y empezaban a buscar problemas, quizás las tenía en una fila larga a través de mis oídos, luego me topé el ombligo y noté que allí estaba, en su sitio y también estaba cubierto por una remera, o polo, o camiseta con el estampado de un terrón de azucar que se derretía, un terrón de color anaranjado. Pensé que un dado o un cubo de hielo o un cubo de piedra pómez o mármol serían materiales más artísticos y entonces el estampado cambió pero yo ya no quería mirar nada y me dispuse a subir todos los escalones, al otro lado, o frente al balcón. El viento corría en todas las direcciones y era que todas las ventanas habían sido abiertas al mismo tiempo. 

Luego el agujero se llenó de las frases y entonces el botón encendió un letrero que aún no estaba instalado. El letrero ocupaba cada uno de los nueve pisos, en cada uno señalaba la posición de la caja, el número del piso al que pertenecía el letrero y la dirección a la que uno debería dirigirse. Lo raro fue que no pude encontrar botones para dirigirme hacia los lados o de un modo distinto, como la dirección de un rayo o la de un relámpago o como para caer en medio de un concierto de esa banda de australianos que hablan sobre los siete días de la creación en medio de una iglesia de la ciudad de Perthaustralia. Un hombre con carril en la espalda y con un traje diminuto se detuvo a limpiar algo blanco, quizás pintura, o vómito de ave, que había caído sobre sus zapatos formando algo como si el tumbado goteara, o como si en realidad el hombre fuera una materia suave, quizás corcho y era ya hombre derretido. Luego el agujero dejó que las frases o sonidos ocuparan los pisos y los talleres hasta que las orejas de los talleristas empezaron a inflarse y llenar el piso y cubrir las mesas y las sillas azules. Claro que en otras habitaciones los pisos eran distintos, incluso algunos antes habían sido barridos y también las sillas parecían venir de un sitio más lejano, como si las hubieran importado con más tiempo. Muchas personas sonreían mientras los pisos se llenaban y quizás la falta de oxígeno o de pañuelos para quitar el polvo de los cristales hacían que muchos bajaran y que otros hicieran fila frente a los botones, bajaban con las narices cubiertas con sus mangas o con bufandas. El agujero no era un lugar popular y pronto las cosas dejaron de salir, un objeto quizás impediría el paso. Yo buscaba algo escrito en el fondo, pero necesité una luz y esas cosas nunca las he cargado, también presioné uno de los orificios donde antes colgaba un botón (me refiero al antiguo sistema eléctrico) esperando que el orificio se encendiera, luego esperé a ver si me tiraba un luz o aunque sea una vela o un destornillador pero luego me arrepentí puesto que tampoco tenía con qué encenderla, así que debía el agujero tirarme las velas y los fósforos. En realidad me di cuenta o creí que yo era el muro, y que ya tenía escritas todas esas cosas en la ropa y en las uñas y en los mensajes que estaba a punto de recibir en mi pequeño bb. Esas palabras tan extensas como si estuvieran escritas con varias enes y con ocho o diez vocales. Luego encontré una oficina con una máquina para archivar folders y carpetas y cuadernos y la agenda con la lista y las notas y en una bandeja debían haber dos resmas de hojas en blanco, pero de un blanco distinto, no como el que había caído sobre los zapatos del hombre con carril en la espalda, abajo en la planta baja. La palabra xerox se repetía sobre las resmas, también hacía mucho calor pero esa habitación tenía una sola puerta. En la ventana del pasillo aparecían los trazos de la ciudad y las luces del galpón pero eso me lo contó uno de los talleristas de geografías justo cuando yo empezaba a cansarme de cargar las resmas y cuando tenía los pies en los escalones, o peldaños y creo iba rodando hacia arriba o hacia abajo y entonces eres un mentiroso.

Mi tíota pide espacio antes de que todo fragüe. In rod we trust

Todo estaba en la cabeza de "el gran borrador", pieza que colgaba de uno de los costados, junto al escritorio, el escrotorio. Muchas cosas ya no estaban y en el pizarrón quedaban las mitades o los ángulos de algunos gráficos. Nosotros observábamos desde la parte más baja del aula, en realidad, el aula tenía algunos espacios internos funcionando dentro, detrás de la misma puerta. Varias sillas azules estaban desocupadas y la superficie tenía un color opaco, casi cubiertas por algo similar a gel. Varios compañeros de taller, algunos de otros periodos, cargaban entre sus cosas esferográficos con tinta de gel. Sus cuadernos embarrarados de gel también servían para separar o reservar una de las mesas, el gel en los cuadernos cerrados resultaba en un brillo y un tono fosforescente, al terminar la jornada algo parecido al soylent green brillaba cegándonos y obligándonos a cerrar con llave el sitio. No teníamos nombre para llamar a aquella luz pero pensábamos en "el gran borrador" como la solución a todo. En una batalla imposible, el gel cubre al borrador y el borrador cae de espaldas al suelo. Luego J limpia tras usar cloro y luego las ventanas cerradas provocan gas, y sol y cloro destruyen al gel.

Íbamos por la tercera parte y aún quedaban veinte páginas. Cada uno de quienes ocupábamos la mesa estábamos interesados en saltarnos y ya preferíamos no tener las respuestas. El lápiz muchas veces corría antes de ser borroneado y también pasaba por varias manos, creo, creí que ninguno de nosotros era realmente parte del taller. Una especie de talleristas arrastrados hacia la parte más alta del edificio, una terraza sin líneas o señales, o por el contrario, una terraza pintada absoultamente de amarillo y con un solo mapa o leyenda mnemotécnica: Busque la zona que no esté pintada y píntela.

 Luego, otro día sí fuimos a la terraza, para otra actividad de actualización temática.

Una terraza con vitta o vista espléndida. Todos, otra vez, habíamos enceguecido. Era genial puesto que se cumplían todas las características que deseábamos, todos girábamos buscando lo que nos habían pedido, todos chocábamos amablemente, habían sitios falsos que nos obligaban a agacharnos y entonces los cráneos inevitablemente se encontraban. Al levantarnos contábamos con ambas manos las estrellas y los pájaros que revoloteaban como en un edén el edén, estrellas delgadas y aves de graznidos mínimos, esa era nuestra forma de vivir sobre la gran terraza mirando a través de los párpados, mirando manchas rojizo púrpuras. El sol quemando, pero también y como empujado el sol y bajando hasta volver al cielo una mancha anaranjada. Era hermoso, como un dedo, era ilimitado como un submarino, al instructor de corbata azul lo enviábamos por uno de los filos y sus brazos bajaban aleteando y rompiendo el aire y silbando como si algo bajara a través de un tubo de aire. Arriba todos contábamos seis, doce, diezyocho, veinticuatro, y alguien a su vez ya estaba intentando hacer lo mismo pero en el sentido contrario y entonces alguien lo tomaba por debajo de los brazos y la terraza parecía respirar. Entonces bajaba o se materializaba y todo era ese gel desboradado por los cuadernos, toda esa cosa que brillaba dentro de las maletas y los carriles y las bolsas de goma para cubrir las portátiles y por segundos mirábamos sin levantar las cabezas de frente al cielo y el sol entraba en las pupilas y corría como hielo por la garganta y por las encías y el gel y los rostros y las rodillas y veinte y ocho y treinta y dos y algunos abrazaban postes o se se sujetaban de las correas y casi desaparecíamos y vivía trostky y el sol era nuestro reflector.

Al ver su figura o su silueta tomé impulso para bajar con el estómago inflamado. El cuerpo y el aire se llevan tan bien y se corresponden o se agregan tan bien como la electricidad y una pluma azul. Una de esas galllinas o uno de esos pavos guardados en la cajuela de un jeep me miraba caer con una lentitud extrema. Al caminar ya con el estómago ideal, ya habiendo girado a tiempo, miré como el pavo o pollo dentro de la bolsa azul levantaba sus alas para saludarme. Caminé y caminé y bajé de nuevo varios escalones y parecía que estaba cerca de encontrar un sótano o algo similar a la habitación de las máquinas para calentar el agua. Luego el vómito cayó sobre el jeep y un dibujo de un hombre amarrillo cruzando la calle también recibió una tercera parte, quizás la mitad de la pizza y la coca. Por suerte ahí también alcancé a girar con eficiencia, casi apoyando las puntas de los pies sobre el filo, la acera tenía proyección de ser levantada en un futuro quizás unos dos o tres centímetros. Es la calzada dijo alguien que llevaba en sus manos bolsas blancas y un llavero de auto, uno de esos con el equipo para bloquear y desbloquear los seguros. Felices fiestas dije antes de continuar bajando los cientos de escalones y rodada o caía.

La ventana por la que había entrado antes de girar y antes de llegar al suelo tenía un orificio por el que podía pasar cualquier cosa, un objeto cúbico, un globo, un aparato para interceptar señal inalábrica de modem, un pavo, cualquier cosa. Luego miré los orificios en la pared, gargantas, entonces pensé que por aquella ventana pasaría cualquier cosa menos doce policías y dos tanques de butano o dos talleres de pintura artística.

Cómo brillaban todos los objetos que llenaban las filas de perchas! Uno de los hombres vestidos con un uniforme blanco y una pequeña boina blanca preguntaba si deseaban algo más, sí acaso necesitaban que alguien fuera a sus casas a escribir una receta nueva para preparar pan con naranja o canela con menta. Yo tenía los ojos grandes metidos entre dos carnes delgadas que me dejaban un espacio como de una cornisa, como del filo o como de una ventana apenas abierta. Afuera todo estaba en plan de darse la vuelta, en camino de llegar al punto medio antes de girar, pero dentro, el galpón era sólido y yo pensé que acababa de ser llevado como un mondadientes hacia un terrón de azúcar, necesitaba creer que estaba en el centro de una barra de turrón o en el centro de un cubo de algo como qué se yo, quizás en un cubo de coco. Sí, cualquier cosa en la cual no se puede estar, como si fuera posible estar en la mitad de un ladrillo, no? verdad? o en el centro de la punta de un rotulador, no? verdad? quería estar o creer que era sólido al igual que el galpón, cubo de coco, terrón, un dado de monopolio, un ladrillo. Pasaron varias horas y varios años y nadie sabía dónde colocar las bolsas o los carrilles y varios niños habían crecido hasta volverse personas de uniforme blanco y así observé que otros retiraban el dinero de las manos y otros preguntaban si no deseaban que alguien les escribiera una nueva receta para preparar pan con naranja o limón con nuez. Tras tanto tiempo ya las cosas no eran iguales y muchos galpones ya daban prioridad a tener más espacios vacíos, libres, no por salud, si no debido a la gran cantidad de visitas, de modo que luego pude entender que yo estaba sobre uno de los estantes junto a los objetos para las mascotas, quizás detro de una croqueta de pollo. Junto habían imágenes de cartón de perros alemanes mirando con la lengua afuera un gran plato de croquetas. También cachorros junto a los cartones de unas pequeñas aves, aves impresas sobre bolsas de semillas y de alpiste. Entonces sentí mucha, demasiada sed.

Luego dijo eso de eres un mentiroso con m de mariantonieta y con martes en marzo. Luego se fue pero en realidad ya se había ido hace muchas otras frases, yo miraba desde el centro de una palanqueta debajo o en la esquina cerca a los talleres mientras los buses tomaban impulso antes de empezar la cuesta o para evitar la luz anaranjada. Pero miraba hacia el taller y luego los brazos empezaron a diluirse al rozar el cuerpo, luego el cuello, y la nieve artificial empezó a encenderse. Quizás no era artificial y quizás lloverían dos días seguidos. Ya a cinco minutos en uno de los escalones deseé que los ascensores subieran hasta salir como pirotecnia por la parte más alta, la terraza del edificio. Luego estuve mirándome los pies y oyendo cómo crecían las plantas o el quicuyo a las seis y algo más. Luego pensé que era un excelente mes como para llamarlo septiembre, luego pensé en dar cuerda al reloj. Resultó ser un reloj de pila. Las paredes ya estaban escritas con letras claras pero algo torcidas, pensé en una de mis tías, luego mi tía llamó y quiso que mirara el fondo de la garganta, el gran orificio en el edificio A.K, mira a ver si viene el vagón, o algo de Nayón, no sé sí era mi tía. Hermana del tío?¿

En mitad o centro del prisma de madera o gran borrador seguro estaba yo y eres un mentiroso.

Arquería

Al mirar no pude dejar de buscar objetos. De un modo bien rebuscado, logré transformar cada una de los nociones que tuve delante. De este modo, en unos minutos estuve al fin encontrándome en un sitio radical. Estos sitios parecen o tienen la velocidad de las aspas dentro de un vaso de cristal, aquellas cosas de acero que giran rebanando y volviendo algo en su opuesto. Si antes yo deseaba tener tiempo, ahora el tiempo buscaba la manera de rodearme, si antes yo lucía como una piedra, ahora, al girar dentro del vaso, bien podían mis palabras ser parte de un diccionario, de una hoja dentro de un portafolio en una oficina de administración y tránsito y, sobre todo, los pies dentro de un par de botas en mitad de una playa frente a la cola de una ballena blanca.

Las cosas vistas desde este sitio adquirían todas las apariencias desconocidas, así, lo evidente era transformado y dividido. Una de las muchas tardes, del cielo y las nubes ya no caían gotas, quiero decir, ya no había cielo, el ruido y todos los motores estaban dentro de la montaña, cualquiera de las imágenes que pasaban por televisión a esa hora, hora de terceras y cuartas válidas, en que debía estar en el taller se parecían a mis compañeros, a las bocas y las oraciones que llenaban las hojas del cuaderno, a los brazos y piernas y cascos y mandiles y sus martillos. Esta programación era total, era permanente, y sucedía en todos los canales. Es verdad que yo estaba en el salón o un salón pero al mismo tiempo creo que algunos pasábamos o habíamos encontrado un modo de no estar allí. Parpadeé con verdadera fuerza, intenté descubrir el origen y el diámetro de aquella fascinación. También en varios momentos miré hacia todas las direcciones procurando encontrar una huella o una señal que me dirigiese hacia la puerta. Aún sigo convencido que fue a través de una puerta el cómo ingresamos a esta situación dentro y fuera, esta especie de electricidad. También hemos procurado, lo he notado, pasar muy, de modo silencioso. Debe ser eso de la costumbre, pero creo que muchos deseamos envejecer y oxidarnos, despedasarnos en ambos espacios, de frente y de espaldas. Podría adelantarme y decir que hay un destino y una especie de vida extrema, más allá del conocimiento, creo que todos pensamos que poco a poco alcanzaremos una especie de divinidad, por qué no creerlo? Quizás ocurran diez mil años más o en la mitad de ese periodo.

Eso, pero también el objeto frío sobre las mesas y las cantidades de cosas discutidas en breves lapsos, una especie de memoria aterradora, una cosa que parecía crecer o respirar cada vez que era nombrada. Nosotros estábamos allí para reproducirla pero sobre todo para hacerla total, para encenderla. Sobre las mesas los cuadernos eran llenados con aquella materia intocable y nosotros sin saberlo éramos artesanos de un tiempo único. El trabajo era puesto y estirado, y todos reíamos con satisfacción, sobre todo sabiendo que hacíamos las cosas sin pensarlas demasiado. Decir que éramos muchas voces sería como faltar o inventar. Fuimos la misma voz, el mismo salto hacia el lodo dentro de todos los cuerpos, el único pasajero probándonos durante la jornada. 

También al ser algo neófitos era probable que nuestro viaje durara un poco más de lo previsto. Los objetos pasaban de una mano a otra. Muchos de nosotros necesitábamos cierto asesoramiento, varias veces encontramos que una de las personas en el grupo parecía haber regresado de una de las aún desconocidas misiones. Lo dijo F, lo dijo G, lo decía K cada vez que metía su rostro en las páginas. H, J, I tomaban apuntes, creo que no eran apuntes exhaustivos pero de todas maneras podían ser leídos. Creo que por un momento tuve un pánico amenazador, el paso, el ritmo, yo debía estar en otro taller quizás mirando cómo el resto iba y venía, cómo el resto hacía para desaparecer. No lo pensé en ese momento pero sí es más justo repetirlo ahora: supongo que bien podía o debía yo salir de allí y dejar las cosas en su sitio con el fin de evitar catástrofes. También pensé en un uniforme, en una arma colgando de la cintura, los brazos cruzados. D parecía saber mis cosas y pronto me alcanzó con sus preguntas pero yo seguía caminando alrededor, con los brazos cruzados. D luego pidió detenernos. Explicar todo ello y delante de todo el grupo no era una opción. Sin embargo señalé que muchas de las respuestas que habíamos anotado tenían varias diferencias, sobre todo las que se referían a fechas, varias imprecisiones. Luego, inesperadamente todos me vieron levantarme y dejar de la mesa. Luego nos encontramos bajando algunos escalones y mirando detrás de los cristales el final del sol y el incendio del cielo. Vamos, dije, luego estuvimos buscando un sitio, sin saberlo, además, no costó más que volver uno o dos pisos, entre un montón de frases inesperadas o pisándonos cada vez que intentamos señalar algo como si quisiéramos exteriorizar nuestros fluidos. Yo quería mi cuerpo en posición horizontal y deseaba tener las luces apagadas pero no deseaba tener a nadie cerca. Era extraño, pero nadie notaba mi extrañeza, quizás arriba, quizás D, aunque pienso que más fue una cuestión de la mesa y de la cantidad de páginas en aquel cuestionario.

Luego estuve bajando mucho más, casi pude hallar un sótano, un coliseo entero debajo de todo el edificio. Quizás al llegar, creo, observé una puerta o uno de esos caminos abiertos sólo por fracciones de tiempo. Quizás imaginé el camino y la compuerta, quizás ya era arrastrado por la imaginación y por los propósitos de quienes se dirigían en dirección contraria.

Luego dijo aquello y yo deseé no estar más. Sus palabras tan claras debían tener una consistencia química. Supongo que respiré aquel gas durante los segundos necesarios. Aún deseo pedir explicaciones pero también sé que no servirán de mucho y que sólo profundizarán el problema. Siempre he buscado el modo de atravesar muros y de ser una pieza inexplicable, pero, estas cosas, me han vuelto real, físico.

Tú eres en y tú revientas con. Sus ojos eran azules. Sus dedos eran diez extensiones. De los dientes colgaban gruesas gotas de un gel o un moco o algo aceitoso. Su cabeza estaba cubierta por un casco o un sombrero de goma, que no podía ser ni lo uno ni lo otro. Había oxígeno en el galpón? Quién nos dirigía? Yo escuchaba sus frases, y quería abrir su boca hasta encontrar las otras mitades, sus frases decían cosas incompletas con la energía necesaria, suficiente. Era como golpear una campana pero solo dejarla sonar durante la mitad del tiempo. Sin embargo sus palabras quizás sí fueron completas. Eres un mentiroso, eres un farsante. Eres. La fila desbordaba el galpón. Varios autos giraban alrededor de la manzana. Unos hombres señalaban la ruta usando sus linternas, otros tenían sus gorras colgadas de la cintura. Estar en aquel sitio fue estar en todos los sitios, sitios de muros como gases. Fue curioso pensar que ya en el taller sabían de mí. También fue doloroso. Odiaba esa convicción. Odiaba que el taller estuviera junto, que allí desearan mi regreso. Todos los sitios son talleres desbordados por personas que llevan bolsas blancas en las manos. Muchas de las opciones no son más que felicidades breves e intensas. Una de esas brevedades hecha canción habla sobre la felicidad de tener entre las manos un arma tibia. Extraña puntería que hace blafff. Lo rojo. Su frase alcanzando el cuerpo a cinco minutos de distancia. Es decir, dos situaciones separadas. Siempre. Cada vez que doy la espalda observo sobre mi hombro. No es necesario apuntar. Ni siquiera es necesario cargar, no hacen falta proyectiles. Supongo que su poder y su influencia es superior, pues, sobre muchos muros vi escrito mi nombre, incluso mi tipo de sangre, incluso el contenido de mi estómago, todo, sin una sola falta ortográfica, en muros tan pulcros, en paredes lisas. No tardó ni un minuto, Qué eficacia! y sin hacer una sola llamada, sin usar un proveedor o un aparato inteligente.

Muro: eres un mentiroso.

4/1/14

aay no una burbuja anti-escape! burbuja: paafff!!!! : que facil... :: ¿por que creyó que un enorme globo detendría a la gente? eñ: CÁLLESE!, NO ME DIGA NADA!!

Sucede, siempre, cuando llega lo hace de manera imprevista, luego uno puede sacarse todas las cosas que lleva dentro, sobre el suelo los peines, fideos, sobres con estampillas pegadas y sin usar, es decir, uno obtiene, sin desear, la capacidad de observarse, de conocer sus propios centros, los múltiples sitios que un rato están de un lado y al siguiente, bueno, luego de unos segundos terminan envolviéndolo todo, como una sábana, como una toalla, como una de esas burbujas blancas que parecen hechas de goma pero que en realidad no soportan un filo o una punta de acero. Paafff. He visto este tipo de burbujas en varias películas pero sobre todo en series y en horas donde nadie cuida la casa. Cuando el escape es inminente, la burbuja entra en acción. La burbuja no sería poderosa sin la música incidental, por el martilleo, por el dramatismo de los instrumentos y las cuerdas, y el resto, casi todos los vientos. Además, qué inflama sino el viento? Lo que separa su interior del escapista es una membrana, un piel que se quiebra al ser pinchada por algo como un... tenedor plástico. Una de esas cosas poliuretanas que termina en el fondo de un tacho o de una bolsa oscura.

El poder está en detener el cuerpo. La burbuja se desinfla mientras toma el aire del individuo, o sea se infla hacia su interior, digamos por ejemplo en un... Juan Topo. Eso ha ocurrido también en aquellos filmes de presupuesto B, un hombre detenido debajo de la membrana con la boca abierta, una boca que se ahoga, o que ha intentado pedir auxilio. Eso le ocurre a Juan Topo, es cuestión de googlear. Ahí está su cuerpo detenido, lo prueban las imágenes.

Llevábamos varias horas mirando la misma pizarra. Todos parecían dormidos sobre sus sillas azules. También todos escribíamos con cautela, es decir, casi ni respirábamos, o lo hacíamos con el menor esfuerzo, apenas si vivíamos, como si de ello dependiera que el día o el taller terminara antes. Como si dejando de respirar uno lograra adelantar las horas, es imposible pensé. Luego reunimos a muchas personas alrededor de una sola mesa, cosas que ocurren sin que nadie las planificara, esas cosas que muchos acostumbran a decir que solo suceden, que solo se dan; alguien habló como si el piso lo escuchara, nos hablaba o le hablaba al piso? Luego alguien anotó en una de las fotocopias, en el revés, luego yo estaba ya entre ellos y entre sus brazos y sus lápices intentando que respondieran cosas sobre sinónimos o sobre las diferencias entre sonidos y las casi catorce vocales; ocurrió que pronto, como en un circuito, estuvimos avanzando en línea recta, sucedió que pronto yo deseaba estar en otro sitio, un lugar donde nadie me empujara de manera cortés, quizás mirando un televisor o escribiendo algo que saliera de mi cabeza y no ha través de mi cabeza, pero, pensé, era lo que había a esa hora, ese día, era lo que debíamos terminar. Luego las cosas se extendieron al punto de hacernos olvidar de nosotros mismos, de los ocho quizás la mitad parecía no necesitar ayuda, tarea hecha, a diferencia del resto, además quienes salieron parecían esperarnos al otro lado, en el pasillo. Miré que dos talleristas buscaban algo entre las sillas, apenas si las arrastraban, quizás buscaban respuestas debajo de las mesas pensé. M decía algo sobre preguntas que ya habíamos pasado, entonces continuamos con lo que quedaba, unas doscientas preguntas, cosas y tareas posteriores. M seguía cada tanto con cosas ya hechas y G graciosamente a veces regresaba sobre su folio y usaba su lápiz para señalar lo que deseaba comentar, cosas sobre significados similares, palabras traídas dentro de las gibas de algunos camellos, cosas que nos hacían reír con emoción puesto que todos quienes formábamos el grupo en algún momento terminamos bebiendo del agua de una de nuestras gibas. Que tienen sed decían, que mi giba está llena decíamos.

Luego desaparecimos como los delincuentes llevando toda la prisa enrollada en una corbata, formando barrullo, desatándolo pero también de modo que uno se preguntaba Cuándo sucedió? Quién es? A veces ocurren cosas que están más allá de nuestro control, un poder diminuto como si fuera el único botón del tablero de un sistema de energía, supongo energía descompuesta, esa de las grandes tres o cinco chimeneas. A cualquiera le hubiera gustado apuntar y descargar una cantidad ilimitada de pólvora sobre el pecho de quien se atreviese a presionar el único botón de aquel panel... botón rojo... botón de plástico... botón con la palabra Meltdown grabada en su centro... con poco ruido, ese silencio de cápsula de simulación con más muro y sillas de plástico y cosas que empiezan a volar sobre las ventanas y también sobre los  primeros quemados y sobre sus cabezas, segundos antes de conocer nuestra nueva condición de infrahumanos. Yo mismo bajaba los escalones pensando solo en la caja y en el marlboro, yo era una ceniza o el alquitrán llegando hacia las ventanas. Para no improvisar toqué mi bolsillo esperando que nadie lo hubiera tomado, ahí seguía, como una pluma, como un lunar de carne, como algo pegado al cuerpo. Luego encendimos los marlboros, luego buscamos un sitio tras arrastrar los pies de manera que parecíamos, yo por lo menos, obsesionados por encender el suelo, quemar, volar quizás los cristales alrededor de las habitaciones y al sitio mismo.

Así fue durante dos minutos, luego yo estaba sin cigarro y bajando más escalones, en realidad ya todos los escalones, con apuro, con un sentido perdido, quizás miraba con la nariz, quizás caminaba con el estómago, deseaba el cigarro perdido que empezaba a fijarse entre mis espacios, sobre y debajo o dentro de la lengua. Todos los escalones. El gran orificio conectaba cada uno de los ocho pisos, no lograré adelantar, dije, pero también creí necesario jamás volver a decirme nada mucho menos consejos. Soy, seré mi peor consejero, supuse.

Sus palabras, su manera de decir esas cosas, de decirlas como si carecieran de importancia, o de estómago, o al contrario, fijando cada sonido hasta que uno terminaba arrepentido de escuchar, de tener capacidades asociativas, de conocer aunque superficialmente el sentido o el significado de las cosas, eran las palabras que vuelan como ladrillos hasta dormirlo a uno, palabras que dicen tú eres ladrillos. Acerca de uno, lo conoce a uno. Cómo una persona repite cosas que siempre evitó? Mentir no tiene que ver con desconocer.

Los fines del mentir. Los caminos que parecen desenredarse frente a los ojos y bajo los pies. Mentir o engañar o desear cosas que no existen, o hablar ceros, o hablar corbatas. Ser, vivir dentro de nueve cortas y finitas letras. Cuando lo dijo, pensé en explosiones y cuando creí comprender algo, cuando tuve tiempo para relacionar algo personal con aquella impresión dudé, y eso me colocó un peso extra y de ese modo casi gratuito conocí un centro de la tierra, aquel sitio poblado por hombres con sus barrigas hinchadas de caras brillantes, casi minerales. La visión se hace recurrente hasta volverse lo que cubre y ocupa todos los cristales, la casa, el sitio, suponiendo que ésta es una gran casa, nueve pisos y un basement, una construcción llena de ventanas de color esmeralda, sitio propicio para observar de una ventana distinta, veinteycuatro, durante las veinticuatro horas del día. Eres, un, eres, un, eres, un, eres, un, eres, un, eres, un, eres, un, todo parece ser fresco, orgánico y húmedo como el comercial de un producto que acaba de salir, su rostro pensando ya en el futuro, eso era lo que sucedería, su mano y la estilográfica y las tazas y los platos y una alfombra y las portadas cubiertas, todo, casi, a dos centímetros de perder cruzar el alfeizar, a una hora de volver a casa para gritarle a la bicicleta antes de inflamar sus gomas, la mano, el dedo señalando el gran vacío en medio del patio, un sitio para guardar un auto, una palmera o hasta dos ascensores, eso, el futuro, yo, todos, la bolsa plástica que pendulaba de un lado a otro, lo cierto era sólido, ya estaba a la venta en todas las perchas en diferentes tamaños pero con la misma etiqueta, con los mismos colores en el diseño y con esos adhesivos de colores explosivos pegados para indicar que dos era igual a uno. Eres un A cómo nos tocaría? Es decir, de llevar uno en el bolsillo alcanzaría para el resto del taller?... luego pensé que apenas si alcanzaría para una porción. Un tenedor, una caja. Un tenedor dentro de una...

Eso era hacer fila en el galpón pero al final no llevé nada o llevé eres un mentiroso.

3/1/14

Pozo que llena el tumbado del sexto piso

De algún modo me veo desde esta silla persiguiendo cosas que no pueden verse, es decir, corriendo tras mis pasos. Al tirar hacia un lado el aire se vuelve un metal, ya sabe, esas cosas capaces de golpear e imposibles de levantar; pienso en similares, placas, bloques o grandes muros de hormigón como para cubrir un sitio. De alguna manera me veo corriendo detrás de algo que lleva dos o tres pasos de ventaja, es decir, al dar vuelta sus pasos que estaban ya han sido borrados y al volverlos a descubrir ya la tarde se ha vuelto un cielo anaranjado, una nube rosada y brillante, algo fantástico pero al mismo tiempo siniestro. Qué ocurre cuando algo de aquel gas baja hasta llenar las pupilas y hasta volverse sólido y pesado e incapaz de ser levantado por los delgados brazos? Ocurre, sucede que toda la voluntad se diluye hasta correr entre los dedos de forma que uno parece cargar en los pies con un charco, algo similar a lo que sucede con niños o con ancianos que cubiertos con una toalla dejan la pileta, el lago, o una ducha; la mancha, el charco, el líquido bajando, derramado, filtrado.

A pesar de la imposibilidad de mirarlo, el charco da prueba de su existencia. Antes, hace tres semanas yo estaba seguro de que las filtraciones en los tumbados se debían a tuberías y quizás al reacomodamiento de los pisos, para nadie es extraño que llevemos más de dos meses en un estado de semidesintegración con polvo, acero y varios kilos de escombros que parecen ocupar muchas de las aulas y las habitaciones, supongo que pronto realizaríamos un taller detallado sobre rocas, a fin de cuentas arriba quedan laboratorios de biología, de edafología, quien sabe tanto muro roto sirva para elaborar algún tipo de componente igual de sólido pero reciclado. De todas formas pensaba que las filtraciones y los continuos charcos debajo del alfeizar o debajo de los escritorios de las habitaciones administrativas tenían un origen estructural, y ers cosa de los primeros hombres de casco amarillo en los años cincuenta. Luego uno se va dando cuenta de la horrible responsabilidad de caminar durante seis u ocho horas alrededor de aquella planta. Nos hemos detenido frente a uno de los pequeños puestos de caramelos y he dicho algo sobre llevar dos y he sacado un montón de monedas que no alcanzarían ni para un cigarrillo y sin embargo en las manos tenemos ya un encendedor y algunas mentas dentro de envolturas azules. También hemos encendido nuestros cigarros y hemos dicho algunas cosas sin movernos o arrastrando los pies como si no quisiéramos ir hacia ningún lugar, esto es común pero al mismo tiempo nuevo, sorprendente pues, por lo general pasamos más tiempo yendo de arriba a abajo o entrando a las oficinas solo para perturbar o para pedir cosas que no necesitamos. Antes de bajar por ejemplo dejamos un poco de algún charco en el piso de madera del salón más grande del quinto piso. Luego está esa ceguera a la que me aproximo, quiero decir, quizás son años ya de cargar con aquella poma agujereada por la cual los tumbados andan inundados y gracias a la que los pisos inferiores se han convertido en una especie de cuevas, a las que ya solo faltan murciélagos y quizás algunas estalactitas... cosas creciendo de abajo hacia arriba y quien sabe, por el modo como se agita el edificio y la ciudad cada vez que algo grande ronca, de derecha a izquierda o de un lado hacia otro. Ahora ya da lo mismo inundar algo o nadar con peces del tamaño de una ascensor, imagino que aquellas cajas de acero bien podrían flotar o ser llevados por alguna corriente subterránea de manera hermética. Dos o tres personas dentro de ellas consumiendo el oxígeno hasta que se vuelva necesario buscar uno de aquellos lugares altos, muy altos, donde el sol ha sido cubierto y solo se observan nubes grises y relámpagos reventando en sitios inalcanzables, de alguna manera observo tres rostros o varios pares de ojos que parecerían esperar la mano que los levante, los alimente y los coloque sobre sillas reclinadas frente a un sol rojo que extrañamente calienta sin quemar, un sol que al mismo tiempo parece estar a tan solo unos kilómetros de la tierra. Imagino que aquellas cajas pesadas sobre el agua no son más que hojas de papel o incluso pequeños troncos o virutas o acaso cortezas de un árbol que lleno de musgo o líquenes ha sido atrapado en el fondo de aquel aún inexistente océano. Si sucediera, y eso nadie esperaría, abajo me abrazaría a aquel tronco hasta transformarme en uno de sus líquenes. Ya estoy convencido, es imposible levantar una de esas cajas, el hormigón se encargará de volver mis huesos en el legendario polvo.

Cajas con paneles de botones que no encienden.

Lo ha dicho del modo más sincero posible, en realidad lo ha dicho de varios modos y todos parecen querer decir lo mismo, lo ha dicho de espaldas, mirando hacia la calle y hacia los autos o quizás mirando hacia uno de esos lugares a los cuales uno se la pasa la vida evitando pensar y mucho menos ir y mucho menos hallar por accidente. Varios negocios sobre la acera repiten exactamente las mismas ofertas, luces parpadeantes dentro de pequeñas cajas de cartón o figuras de mazapán con los brazos en alto o en posición de recibir una bomba, como si arrodilladas esperaran la caída del sol amarillo que está a punto de despedirse y el cielo anaranjado. Aunque lo haya dicho una sola vez, en mi cabeza pareciera haberse formado una de esas cadenas largas, dentro de las cuales varias semanas son apretadas y ordenadas en una insoportable cortina de retazos. Varias veces y desde distintas posiciones, yo mirando una boca que parece a punto de tragarse toda la cuadra tras haber quedado vacía, una mano llena de muchos dedos, dedos hinchados y casi azules moviéndose con la agilidad de un caracol aunque más cercana es la idea de una de esas babosas comunes en esta época de lluvia, intentando llegar hacia un sitio más oscuro, sus dedos, liberando al resto del cuerpo como si se trataran de enfermos contorsionándose en mitad del estacionamiento, dedos dentro de un monedero. Supongo que mientras esto sucedía y mientras escuchaba que repetía aquella frase desgastada y desconocida varias personas terminaron bajo las ruedas de los muchos, de los millones de autos detenidos en una fila que duraría más de diez años, un hombre de pie en mitad de ellos parecía conducirlos. Imagino a esas personas sosteniendo sus bolsas blancas y tomadas de los guardachoques a fin de ser llevados o alcanzados hacia un lugar cerca de sus casas o de sus trabajos, quién no aprovecharía ser arrollado para de paso recibir uno de esos aventones? Lo que observé fue la mitad de su rostro, un rostro recortado casi con un rotulador de una manera tan eficiente, de modo que todo detrás no fueran más que sombras o siluetas sin forma, desenfocadas y delante sus huesos y sus esquinas. Recuerdo esas cosas que no duran más de dos segundos, menos, imágenes recurrentes, todo aquello antes de escuchar lo que yo ignoraba. Supongo que lo habrá pensado en aquel momento y todo detrás ya era una sola mancha oscura y blanca y brillante o gris al mismo tiempo, de ahí que uno pensaría vino o llegó la fuerza necesaria, como si para decir lo siguiente fuera necesario quitarle el color al gran mercado alrededor y al hacerlo añadirle el combustible del millón de autos sobre los cuatro millones de brazos y piernas que sostenían las bolsas blancas.

Quizás un hombre vestido con un uniforme blanco y una boina blanca preguntaba si alguien deseaba aprender cómo hacer panes de canela.

Eso fue lo que dijo. Eso estuvo dentro de cada una de las bolsas y mantenía llenos los tanques de los fiat de los compradores que hacían filas y que miraban las pantallas donde varios hombres de verde firmaban documentos y viajaban sobre una caja en forma de ascensor. Todo aquello también parecía estar escrito en algún sitio al que ahora ya no parece posible volver. Cómo diablos debe ser ese sitio? Eso me pregunto, pero también recuerdo que tras escuchar sus cosas, o mis cosas, muchas, demasiadas y desordenadas preguntas hacen fila o columna, siempre una nueva intenta colarse en una de las filas columnas a las cuales veo detrás de una ventanilla de cristal, con la cara de una persona que desea ir a almorzar o salir a fumarse un malboro o un parliament o quizás también volverse pregunta y también hacer fila o hacer columna. Una sola vez parece haber dicho aquello, pero aquello parece haberse vuelto una cosa total y múltiple, algo que parece no conocer fin, sino, que parece en sí el relleno de las cosas, queso y ritz. Luego creo caminar cubierto de aquel centro, atractivo de algún modo, centro que vuelve las calles y las aceras en sitios oscuros pero le da a uno la apariencia de esos seres fosforescentes y heróicos. Lo mismo sucede al pasar a través  de la garganta, todos los órganos se inflan o se inflaman volviendo más fuerte, más intensa la experiencia de exhalar o el tomar asiento en el autobus. De eso se trata, eso es exactamente, ese es el Ki, frases que entran para quedarse e interiores que inmediatamente, casi activados por un botón se vuelven la fotografía, la piel misma. Ahora no es hoy, con solo dejar de respirar el aire se vuelve agua y el sol deja de quemar hasta que la boca lo mastica y le arranca la superficie que de lejos, y tras las mordidas ha dejado de ser regular. Luego escuchar la misma frase, luego dejar que el cuerpo se transforme en uno de los libros y que de los pies comiencen a brotar ramas y hojas hasta ser cubierto por el charco. Y luego brillar azul en la punta de los dedos. Y luego eresunmentiroso.

2/1/14

Sobrepeso

A las tres de la tarde estábamos sentados juntos y mirando al profesor. Al mismo tiempo él nos miraba y quizás deseaba que nos calláramos o que abandonáramos la clase. Es cierto, cuando hablamos lo hacemos de modo que todos escuchen y de modo que todos se queden en silencio como si fuera importante lo que estamos hablando. Nunca lo que decimos es importante, de hecho parece que habláramos o señaláramos cosas tan comunes, insignificancias que quizás le importarían saber o conocer a un laboratorio de fármacos o quizás a algún partido político. Esas cosas que uno dice sin pensar en absoluto, manías, misterios, sueños o cosas que ocurrieron hace ya décadas, a veces saco conclusiones, tras haber hablado cosas del tipo: parece que estás viviendo una tercera o una cuarta vida, vidas que nunca terminan de entenderse, vidas que parecen copiadas o repetidas. El profesor desde su escritorio mira una revista que alguien acaba de alcanzársela, uno de esos textos publicados en las universidades en donde hay varias páginas llenas de ensayos y de información detallada, aquello de informar y estar a la vanguardia no ha pasado de moda, en realidad la revista parece aburrirlo pues lo vemos pasar una tras otra las hojas sin quedarse ni siquiera a mirar las fotografías o las ilustraciones; quien lo culpa si las ilustraciones de ese tipo de revistas siempre parecen hechas al apuro. Por un momento guardamos silencio pero solo somos nosotros pues en la parte de atrás siguen riendo e incluso parece que llevaran días sin mirarse, pues, pronto se escucha el deseo de planificar cosas y actividades para los días siguientes. Esos planes también son contados con brevedad pero con fuerza, de modo que todos quienes estamos adelante sabemos lo que parece sucederá. Incluso el profesor que parece querer decir algo, una palabra o dos salen de sus labios como balbuceos y yo antes de mirar al escritorio lo observo intentando reconocer si aquello va en serio.  

Afuera el clima es extraño. Parece un buen día de finales de verano, con el sol palideciendo sobre la caja y los cristales cubiertos de una gruesa capa de polvo, pero, transparentados por la fuerza. Sin embargo hay algo de frío, algo de corrientes que parecen entrar por todas las ventanas y al mismo tiempo parecería que todas las ventanas y las puertas de aquel viejo edificio hubieran sido abiertas al mismo tiempo o por la misma razón. De hecho, tras encender el cigarro el humo es llevado en varias direcciones, entonces como soldados o como refugiados arrastramos los pies y nos ponemos a la búsqueda. Arrastrar los pies no es la mejor idea pues parece que fuéramos levantando lo que queda del edificio, eso recordando que faltan algunos meses para que terminen los arreglos. Hay gente que baja con prisa cargando pesadas carretillas y gente que lleva cascos amarillos para evitar accidentes. Desde nuestra parada observamos no el patio de atrás, sino, uno de los escenarios donde muchas veces suelen realizarse eventos y encuentros entre facultades. En realidad todos abajo parecen tener contorsionados los cuerpos, quizás eso sucede por un efecto de la altura, estamos en el cuarto piso y desde allí las cosas lucen distintas, algunas mujeres tienen los cuerpos casi recostados sobre algunas de las gradas de cemento, otras en cambio han levantado las piernas, es decir, las han estirado a lo largo de las gradas y sea ya por el color de sus vestidos o por la distancia como quiero creer, algunas lucen como si les faltara, como si fueran mancas. También es gracioso observar a todos en general, es decir a la gente reunida, de pie, en círculos, muchso parecen estar congelados, pero en realidad hacen pequeños o cortos movimientos, también parecen conversar con cuidado, casi como respirando las palabras que es un modo gracioso de decir que ellos no emiten palabras, las palabras los viven y las palabras han sido las que han reemplazado al oxígeno. En todo caso todos parecerían llevar algo hipnótico, creo que algún tipo de sedante ha sido inoculado e imagino que debería caer desde la ventana justo en la mitad de uno de esos círculos solo para ver si terminamos todos, junto ami cuerpo incendiados y pidiendo calma. Luego observo que el humo otra vez se dirige a varias direeciones. 

Varias veces creo haber escuchado que decía eso de que alguien (yo) mentiroso, Creo que no quise entender o creo que lo comprendí tan claramente que al fin pude dejar de hablar y pensar en cosas que no venían a cuento. Quise entender totalmente cada parte del significado de esa palabra pero me costaba mucho, me pasó, como si de cargar un caballo en las espaldas se tratara. Además, pronto, inmediatamente fui vencido por el peso de las cosas, por pasar de un estado a otro absoluto, indefinible, oculto, sobre un sitio que parecía sostener mis pies. Eso era cierto, lo más poderoso y real que pude recordar. Luego estuve pidiendo un encendedor en una caseta de snacks o hamburguesas con la imagen de una fruit pintada en una ventana que parecía haber sido clausurada hacia ya muchos años. Luego el rebote y las continuas regresiones, es decir, aquella boca repitiendo que eres un mentiroso, eres un mentiroso, aquella rutina que pensé jamás presenciar, aquello de ser es una cosa inservible, y sin embargo parecía que los muros hablaran y que el suelo en cualquier momento estuviera dispuesto a levantarme hasta sobrepasar la altura de los árboles solo para luego dejarme caer, con ese peso tan común y con los brazos agitados como dos alas, eso es ideal, pero las cosas suceden siempre del modo más conocido, siempre sucede que uno se relaja sabiendo que debe esperar que cosas más inverosímiles y fantásticas ocurran, así, sencillamente, tras la sentencia y luego de agitar los brazos para suavizar el golpe, nada sucede, una mano sostiene mi culo, o una pinza me ha tomado el pelo para sostenerme en la mitad del cielo (!?), en la mitad de dos edificios llenos de agujeros  como para que pasen elefantes o ascensores llenos de elefantes. Desde esa distancia observo mis pies agitarse, por que sí, en ese momento en vez de caer sigo flotando o quizás ya muerto y esperando mi turno para reventar, o que diablos, intento que alguien observe pero misteriosamente o todos se han ido o todos han entrado en uno de los salones más amplios para observar detrás de los cristales a un hombre, o un ave, supongo que ni una ni otra. Luego el ejercicio que intuyo necesario, es decir, ya pasado el pánico comienzo a murmurarme cosas para bajar, de modo que luego de pensar con rudeza distingo lo evidente de lo necesario. El peso de saborear aquella frase, cada letra va tornándose en un plomo que sirve para acercarme al lugar de todos. Sin embargo, pienso, entonces me doy cuenta o me convenzo de ser o  parecer o pesar como algo real.

A.K, M.B.

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En la radio suena algo de eltico, eltico habla o murmura sobre despertar y desayunar lluvia y algo sobre figuras a lo lejos paradas a la espera de barcos, además añade que el mar es de oro y que al barco luego se lo traga el mar y el sol brilla, o el agua, o ambas cosas. Todo suena extremadamente irreal, luego bajamos, ya sin eltico y juntos pedimos cigarrillos. No hay apuro, parece que deseáramos caminar, mirar a través de los cristales, oír el rumor del agua que empieza a filtrar por el tumbado y, sobre todo, dejamos atrás al resto del grupo. Una de las esquinas junto a una puerta con barras de acero parece invitarnos, en realidad nos acomodamos junto al muro y dejamos que los dedos se impregnen y que los labios se oscurezcan. No pasa un minuto, incluso nos atropellamos brevemente con frases que caen desconectadas, la figura es exacta, es ese cubo que ocupa la mitad del día desde que abro los ojos hasta cuando la teve hace estática y ese ruido monocorde, delgada, larga, cadavérica o de museo, aparece como si acabara de salir de mis hombros, odio cuando algo sale desbordado, cuando uno de los fantasmas decide tomar una decisión o peor, aparecer, darse una vida en un momento inesperado pienso o me digo con el marlboro en la mano como si yo también acabara de salir de mis hombros; entonces ya está en las gradas, baja con la cabeza mirando hacia los escalones, o mirando hacia sus pies o mirando y buscándose las manos, como si las estuviera perdiendo, los huesos o buscando buscándose en la cintura de alguien, como si cada paso alejara o acercara, adelante atrás. Para el fin da lo mismo, pensé, luego creí ver que algo me atravesaba, un rato estaba al frente, al siguiente eso respiraba junto a mis pulmones, en un tercer momento era como un dóberman, detrás, a mis espaldas o con el hocico en mis muslos. Por un momento somos tres, brevemente el trío espera de pie, eso suena posible, que la puerta de barras de acero se abra, o, quizás, solo deseamos no volver a la habitación. No lo había notado pero cada uno de nosotros lleva una cruz colgada o impresa en alguna parte de nuestros cuerpos o de nuestras ropas, la una, dorada, grande y que luce extremadamente pesada y que cuelga de su cuello, pienso que es idéntica a esas cruces que desaparecen o se deshacen en la manos una vez que uno las cuelga en un muro; la otra la tenemos detrás, en realidad es el marco de una ventana, es decir, una cruz oscura y a contraluz a las seis de la tarde. La tercera está en mi mano izquierda, unas rayas que de a poco se han vuelto más profundas, supongo habré nacido con ella o es el resultado de tocarme el rostro con fruición y el uso prolongado de las bicicletas, eso de correr alrededor de la manzana. Una cruz de líneas delgadas y con el patibulum doblado hacia arriba, con sus puntas formando algo parecido a unos cuernos.

El humo pasó de mano en mano y al darme cuenta me encontraba bajando y al darme cuenta estaba con los pies sobre los escalones rodando hacia la planta baja y entonces intenté regresar y observé que solo quedaba la imagen de un orificio en el centro de un muro, un orificio por el cual podía pasar un avión de un solo motor o hasta dos ascensores. Tenía muchas ganas de ser un ascensor y de subir un edificio de cien pisos con una velocidad superior a la de sonicyouth hasta lograr el desplazamiento absoluto y la línea infinita que une los extremos de los rectágulos y luego pensé que observaría desde un edificio cercano como la caja de acero rompía el muro o el tumbado hasta salir desprendido como si el edificio acabara de vomitar aquella caja hacia el cielo, aunque yo sabría que la dirección que llevo o lleva la caja es el sol. Pasarían quizás dos horas en un viaje ni tan breve ni tan lento delante de aquella cortina negra o de aquel gas oscuro lleno de pequeñas partículas o vidrios eléctricos parpadeando sin orden, encendiéndose y apagándose mientras la caja recorrería ese espacio como si se tratara de un globo empujado y al mismo tiempo atraído, en todo caso o para que se entienda, un objeto con voluntad de perder la voluntad. En eso estaba al bajar los cuatro o nueve pisos con la sombra o el fantasma que atravesaba mis hombros, que estaba a la izquierda, y luego creo se metía entre los muros hasta cuando yo regresaba a mirar y sentía que algo miraba desde mi cuello y entonces no había ruidos, y todo el edificio parecía haber sido deshabitado, aunque, las luces acababan de ser encendidas, aunque alguien tenía el humo entre los dedos, camino a algún salón o camino hacia una de las habitaciones donde mirábamos casos de personas y de ministros con problemas del habla y discursos en señal abierta. Luego observé que me llevaba tres o cuatro escalones de ventaja, luego salté esos escalones intentando derribar su paso pero dos hombres subían en dirección contraria, aunque ahora que lo pienso quizás ellos fueron quienes evitaron que cayera de bruces o que lastimara mis manos y sus muslos al intentar tomar el pasamanos, supongo otra vez ya respiraban junto a mi pulmón y mi pulmón era como un motor oxidado.

Mira, dijo, tú eres de esas personas que se han acostumbrado a mentir. “Personas” pensé yo, colocando unas comillas alrededor. Te he escuchado aunque parezca lo contrario, y quizás estoy empezando a dudar de todo menos de lo que he escuchado. Sabes qué significa? Quiere decir que no terminaste la primaria y sigues dibujando un hombrecito con los brazos abiertos y luego lo recortas. Tú eres un mentiroso pero también un farsante porque no sabes qué nombre ponerle a tus hombrecitos recortados una vez que los has abierto. También he tenido lugar para pensar en otras dos cosas, la primera te vuelve más detestable y empeora lo que tú sabes de ti mismo y la segunda tiene que ver con tu patología. No quiero que me afectes ni que te metas en mis problemas... sabes a cuántas personas podemos afectar? di cualquier cosa... a ver, repite soy A. K. y tú eres M. B, dilo... dilo... no te me quedes observando como si no estuviera… sé sorprendente! Mientras decía estas cosas creo que de nuevo yo estaba caminando hacia la planta baja o siendo levantado del suelo por los dos hombres o quizás todo era producto del humo que salía por los muros y supongo tenía ganas de llorar mientras seguíamos de pie y los hombres caminaban con las bolsas blancas en las manos. Luego miraba mis pies, y creo que mis ojos ya estaban en el piso cinco o en el nueve y mis pies colgando del tumbado del piso cuatro y mi mano y un marlboro apenas habían llegado a un escalón frente al edificio. Dos momentos o dos nueve parecían juntarse y varias personas con trajes azules o corbatas azules y zapatos brillantes caminaban o daban vueltas, parecía que entrábamos y salíamos y decían o alguien dijo eres un mentiroso.

1/1/14

Dice que se fue a la guerra pero, también dice que no sabe cuándo regresará

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El día de ayer, varios autos pasaron al mismo tiempo, todos llevaban prisa y bolsas blancas en los cofres. Alguien debió ver que en los autos viajaban más de tres personas, y que cada tres metros estaban en eso de detenerse. Yo cargaba dos bolsas llenas con azúcar valdez, chocolate blanco, miel en polvo los molinos, servilletas, una revista de trucos fotográficos, una caja de mentas la estación mirán y una caja de hierbas en sobre, hierbas para infusiones con el dibujo de una mujer negra y gorda sobre la marca o nombre del producto. No era posible mirar hacia el otro lado de la ciudad, no solo porque ya era bastante tarde, ya todos los postes habían sido encendidos y los autos con sus luces altas parecían bailar y hacer atrás adelante o buscar como si se trataran de linternas; era bastante difícil pues muchas personas caminaban al mismo tiempo, muchos hombres llevaban faldas cortas o algo en lo que estaban envueltos y las mujeres, que parecían buscar algo y levantar los brazos y hacer eso del cabello, se mantenían de pie sobre la acera, algunas con las dos manos en los bolsillos, otras sosteniendo a un niño o dos niñas y con un aparato de celular pegado a la cabeza y con la cabeza como colgada del cuerpo. Yo, que preferí mirar y ser parte de aquella corriente tuve que esperar pocos minutos para cruzar al otro lado, a la otra acera, allí el hombre de los periódicos, al cual por primera vez encontré tan extraño, como si fuera un hombre que estuvo en mitad de la calle y ahora lo encontraba en la acera o como un policía, cargaba aún con su maletín azul lleno de diarios y debían ser los diarios de la tarde. Nunca lo había visto a esas horas y eso era algo para preocuparse; como estar en algo o como preguntar si ya se había publicado en los diarios.

Muchos mensajes que envié no fueron contestados, ni el día anterior ni el día de hoy, o sea, ya son o van cuatro días sin saber nada. En la caja de roja encuentro una muffin que supongo fresco y las chispas de chocolate y esas migas cubren la mesa y mi buzo negro y luego debo ponerme en pie para sacudir todo por la ventana. Hay vajilla y servilletas y muchos vasos vacíos y muchas envolturas que parecen necesitar nada más que un empujón para salir desprendidas hasta caer sobre mis pies, o sobre los zapatos y sobre la alfombra. El clima es excelente lo que equivale a aceptable, hoy también siento que hace el tiempo ideal para ahora sí sacar a Leo a pasear, con cuidado digo, pues hay varios autos circulando y mucho más por esa pequeña autopista y Leo a veces quiere correr o trotar y es como si los autos lo estimularan. De ese modo supongo que ambos podremos ejercitar lo que queda del cuerpo aunque Leo lleve las de ganar en resistencia y edad y eso sin contar que tiene cuatro patas. El suyo, cuerpo mamífero, el mío, algo más extraño, casi como la cola de una lagartija, una cola que está debajo de la suela de un zapato o en la mitad de una acera, en la mitad y al medio día. Ya de paseo Leo ladra a todo lo que se mueve y eso me parece un poco detestable y curioso, cómico a la vez, pues son varias las personas que corren y que intentan señalar al Leo y usan esas curiosas formas como si bendijeran o intentaran cuidarse de algo; entonces me quedo mirándolos y luego digo tranquilo Leo, y a las personas de las bendiciones es amistoso o no le tenga miedo. Ayer cerca de una de las iglesias de los brasileños hallamos un pollo arrollado, no quedaba más que un cuerpo que parecía más bien una careta de goma; no había sangre o ésta se había secado y luego convertido en polvo, las plumas del ave eran azules y grises. Luego de una hora llegamos al complejo, en realidad nos detuvimos en la acera del frente a mirar los autos entrar y a la gente bailar en uno de los salones, sería jueves, creo, buen día para la hora y media que nos tomaba hacer la actividad. Leo estuvo bien sentado en sus dos patas y sobre su culo, sostenido de su correa por mis manos, dentro, las personas nos miraban y ya bailaban o nunca lo hicieron, y lucían como si escondieran algo. Nadie se atrevió a pedirnos que pasemos o quizás deseaban que los miremos y nosotros tampoco queríamos hacerlo, ni entrar ni quedarnos demasiado tiempo, supongo que ahí de pie éramos náufragos o paisanos o dos perros o dos hombres con correas o algo así pero peor, o sea, algo cuatro veces, cuatro perro, cuatro hombres, cuatro cadenas, aunque por un poco del vino que parecían servir bien podía dejar a un lado las dudas y dar dos pasos y mirar si escondían de verdad algo, pero por qué esconderían algo a la vista de todos pues, el ventanal del complejo daba a la calle. Los autos estacionados en su mayoría eran pequeños furgones, uno estaba lleno de adolescentes, chicos que parecían recién duchados, con el cabello húmedo y en sandalias y mujeres que cargaban maletas y las guardaban en el furgón con apuro; el resto de personas estaba de pie junto a las puertas abiertas o corriendo como si tuvieran prisa o mirándonos a Leo y a mí. Pronto vi que era mala idea seguir frente a ese territorio y sentí como si violara eso que ellos escondían. Avanzamos tres cuadras más antes de iniciar el regreso, claro, por la misma acera.

La noche la pasamos dentro de su casa. Su casa es chica; si fuéramos más altos diría que estuvimos en una casa de muñecas, es decir, faltó bien poco para no caber, poco para golpearnos las cabezas o para meterla en una chimenea y con la llave de la ducha en las costillas y ambos intentando llegar con la esponja y no quemarnos los ojos y el jabón corriendo con el agua o haciendo chiiizz. Creo que dije por qué te gustan los lugares tan chicos donde uno ni siquiera está seguro si lo que piensa lo piensa uno o acaso lo piensa otro, alguien en otra de estas cajas para zapatos con electricidad y servicio de agua, alguien que de un modo imposible reemplaza, y sin esfuerzos, lo que está en tu cabeza o mi cabeza por lo que acaba de recordar o lo que estará por hacer. Luego pensé que esas cosas pasan en la iglesias, en las reuniones de fin de año, incluso sucede en el espacio, en esas historias donde un ordenador termina contagiado de un miedo irracional. Luego de escucharme esas y otras no pude sino que caer de espaldas y desear que un piano cayera también pero por partes sobre mi cabeza y sobre mis muslos y sobre mis brazos, deseaba que cada parte, es decir, cada una de las ochenta y cuatro teclas pesara, cada una, individualmente como el piano mismo, lo mismo deseé para cada una de las patas, lo mismo para cada una de las cuerdas, las cuales también deberían estirar mis brazos y mis piernas y mi cuello según lo que iba imaginando, en eso estaba, ya con el cuerpo en la mitad de la habitación, ya con el taburete cayendo en dirección a mi frente. Luego creí que mi cabeza se había vuelto un piano. Varias cosas como las mesas y el suelo y los muros parecieron crujir, entonces supe que no estaba ebrio y quizás solo andaba en aquel espacio en el que andrésramirez encontraba el opus ni buscado de los números. Ya en la calle encontré a conocidos y personas que al saludar miraban su reloj o gritaban en dirección a otro rostro, y luego fuimos invitados a continuar la noche, o empezarla o a cerrarla, es decir, detrás nuestro debía leerse un letrero con algo como apágame. Deseaba que Rayo estuviera por ahí para que me arrastrase de regreso a mi habitación o para que me mordiera y luego me escupiera o me arrancara las partes hasta dejarlas debajo o sobre la cama, pero eso sería un problema, pues no hay nada me empecé a decir que pudiera contra la gran mancha que cubrirá todo. Rayo nunca vino, a qué iba a venir? me dije, y luego me encontré amenazado varias veces por un tipo que estudiaba para abogado, y eso a pesar de que uno de sus compañeros, un tipo alto como un piloto de esos aeroplanos de un solo motor intercedía diciendo que estaban en un error. Casi amanezco debajo de una banca de piedra, pero mejor me puse a caminar.

Cuando dio vuelta, luego del tema con el abogado dijo eres un mentiroso. Así escrito parece algo sin importancia, pero si lo dibujara sería más palpable como una línea dibujada en un rectángulo de un extremo a otro, algo así como eres un mentiroso, pero con algo como eco. Luego, tras mi silencio dijo o añadió Es peor, no eres un mentiroso, creo que eres más bien un farsante. Un mentiroso sabe que miente, pero un farsante no sabe diferenciar la verdad de la mentira, lo real de lo... uhhhhhhh... de lo que no existe. Tú, un farsante, no tienes experiencia pero eres bueno dictando, díctame! Dime quién dicta farsante? Dicta mentiroso!

Luego vi que doblaba la esquina con la bolsa blanca en las manos y guardando al apuro y las espaldas parecían pegadas. Varios metros después, es decir, tras caminar o flotar entre velas o cera y las flores rojas y sobre las aceras, yo seguía sin comprender qué diablos era todo aquello de lo real y lo fantástico; luego pensé que debía caer un piano hacia arriba y arriba debía estar una alfombra me dije, y quería que ya fuera la navidad y que los hombres americanos de terciopopelo cargaran con los árboles del Canadá. Entonces me vino una gran sonrisa y entonces comprendí; supongo que me sentí menos atormentado y ya no tenía ganas de llorar o de meterme en el cofre de todos los autos parqueados. Luego un hombre me brindó o me alcanzó un encendedor, en realidad creo que se lo había exigido y estuve dándole a un asqueroso lark, no sé que pasó con mis marlboritos, sentado, así diez minutos sobre una de los escalones. Quise pedirle disculpas al hombre del encendedor porque seguro le debí haber arrancado el aparato en una de las inconsciencias célebres pero pensé que solo sería empeorar las cosas. Luego quise decir algo pero me encontré conmigo mismo y parece que me balbuceaba cosas sin sentido, como un hombre que levanta una espada o como alguien que intenta guardar viento en una lona de yute o cualquier imagen irracional, como si esas cosas estuvieran flotando alrededor de los árboles, del galpón o de las personas que usaban el sitio; cosas e imágenes anormales como tomar el teléfono con los pies o entrar de cabeza en la ecovía. Pensé que sería bueno escribir algo en una pared, tomé un pedazo de carbón de una vieja estufa en la mitad del jardín con el fin de escribir mi nombre varias veces en cualquier muro, el sitio estaba lleno de muros o era muros, algo así como A.K es un farsante porque no sabe cómo diablos ser un mentiroso. Al pararme frente al muro lo primero que esperé fue a quedarme solo: muro, carbón y A.K. Luego con extrañeza y mucho pánico vi que ya me habían escrito y eso me dejó con los bolsillos llenos de quinientas cosas, creo que eran quinientas figuras mías en miniatura que miraban un muro. Sobre la pared leí: Mambrú dice que no sabe cuándo vendrá y eso fue para el mandrake.

eresunmntiroso