Estuvimos discutiendo, y nuestras caras empezaban a inflamarse, y un poco yo suponía que de ese modo debían verse los rostros de quienes estaban siendo alcanzados por algún fuego en forma de gas azul, y eso era como estar sentados y discutiendo en el centro de un incendio. Me miraba, y al mismo tiempo miraba al resto de talleristas, y eso era rápido, y pienso que llevaba un grabador de mano en lo ojos, que para entonces se habían vuelto aparatos capaces de registrar las cosas con verdadera prisa y exactitud. Una de las talleristas llevaba colgado de su cuello un enorme crucifijo, y me parece que estaba hecho de acero, y me gustaba creer que por el peso de aquel amuleto ella caminaba como un fantasma o como un dibujo, y también verla me hacía pensar en la madrastra de las películas de waltdisney, y ella, creo, apreciaba o disfrutaba que la miraran de esa forma. Un día que todos estuvimos reunidos, incluso los cursos superiores, viendo temas y los trabajos de actualización, al fin pude preguntarle que qué rayos hacía con la cara pintada de blanco, y era gracioso, porque ella tenía ese color de piel irreal, como esas personas que parecen muertos y su rostro o sus huesos eran bastante delgados, y demasiado pálido, y con el polvo en el rostro se veía como un algodón y eso sería el tema de lo irreal, era como ver el interior de un oso de felpa. Ella sonrió, o me miraba como si yo fuera a atacarla, y creo recordar que ella dijo algo sobre su acné, o sobre cubrir esas manchas, y a mí me pareció algo tierno o era como si el oso de felpa tuviera vida; no pude, sino, invitarla a tomar un helado y en realidad creo que esa tarde me sentí como un padre que acaba de encontrar a la hija que había perdido, o la hija desconocida, como en esas series mexicanas donde un hombre grande y corpulento y con el cabello desordenado, o sucio y de apariencia siniestra se despide al apuro de una mujer que intenta detenerlo, y luego ella cuenta, cómo ese hombre, un día, por cosas del trabajo, y ya quince años después de intentar detenerlo, regresa a ese pueblo, y se encuentra con esa mujer quien concebería a su hija, y luego el hombre decide que su hija es más importante que todo y empieza otro problema en la capital, y todos quieren ir para allá, y la esposa actual no sabe nada y todo es breve, y sencillo, en la serie mexicana que quizás se llama la virgedeguadalupe, y parece ficción, pero también parece bien normal, y luego nos casamos, como en la película del francés gaspár.
Bueno, eso pasó, dejé de mirar al resto de talleristas que tenían la misma edad, y todos habíamos escuchado los mismos temas populares, que ahora no sonaban a todas horas pero la mayoría tenía el peso de varios años más, y creo que al ver mi hija esposa, la tallerista de polvo blanco en el rostro, me sentí un poco mejor, e incluso me vi clavado de cabeza en la mitad de una tina llena con helado blanco, sintiendo como el cerebro se detenía y como los ojos se congelaban y la lengua un poco como que disfrutaba del sabor, que no era vainilla sino ronpasas, y luego de a poco ya yo estaba en ese sitio, y los pies dejaban de agitarse, y era ya una estatua, para una muestra, en cualquiera de los museos que abrían esos días, a todas horas, pues, empezaban ya las fiestas, y esas celebraciones para homenajear que la ciudad seguía en pie, y sobre todo, porque, no quedaba sino salir, y un poco distraerse, porque en la ciudad todo el mundo estaba bien dedicado a trabajar y a vacacionar en la costa cada vez que el trabajo les daba tiempo, o cuando el gobierno dictaba que podían detenerse, y entonces nos perdíamos los unos a los otros con la ayuda de todos, y era de ver cómo llenábamos las calles, y los bares, hasta dejar de hablar, y éramos esqueletos con agua por dentro. Ella miraba desde la mesas mis piernas que habían dejado de moverse, y que salían como dos cucharas o sorbetes desde la montaña de helado y dijo que por favor comiera, que no estaba bien que pidiera todo ese helado y lo dejara ahí, sin tocarlo. Luego yo trataba de recordar un viejo chiste que hablaba sobre un niño que quería comprar helados todos los días, algo sobre cucharas para helado o sobre un niño disléxico, o era que el niño luego tomaba los juguetes de su hermano mayor y los llenaba de caramelo, o el niño se había mordido la lengua, o no se qué, pero no lo recordaba y miraba que la tallerista seguía con su helado que no tenía fin, y luego me miraba y quizás creyó que la iba a atacar o ponerle mis dedos dentro de su helado y mejor le conté algo sobre música que escuchaba esos días, y eso pareció agradarle, es decir, de nuevo miró su helado, y su cuerpo ya no parecía contorsionado, y sus brazos incluso se estiraron, como si al fin estuvieran cómodos. Luego dije que el helado había estado muy bien y ella dijo que pensaba lo mismo y quizás en ese momento debía decir hasta otro día hija.
Luego la tarde continuó su paso ilustre y los buses echaban los humos sobre las personas que tomaban el smog y empezaban a fabricar un tipo de combustible.
Luego el sol quemaba los parabrisas y se escuchaba un silencio bastante inusual, y era como si el tiempo corriera hacia el otro lado, y en realidad era una tarde para tomarse fotos, y creo que el día se hizo más largo y un poco todo tenía una luz de cuadro de museo a las cuatro de la tarde o la luz de escuela indígena, y solo faltaban los perros corriendo tras una liebre o una cascada de agua vaporosa, en cuyo fondo se podían observar a los peces sonriendo, como contentos con los rostros de quienes los miraban, con un sombrero de copa y un bastón en sus aletas.
Luego el sol quemaba los parabrisas y se escuchaba un silencio bastante inusual, y era como si el tiempo corriera hacia el otro lado, y en realidad era una tarde para tomarse fotos, y creo que el día se hizo más largo y un poco todo tenía una luz de cuadro de museo a las cuatro de la tarde o la luz de escuela indígena, y solo faltaban los perros corriendo tras una liebre o una cascada de agua vaporosa, en cuyo fondo se podían observar a los peces sonriendo, como contentos con los rostros de quienes los miraban, con un sombrero de copa y un bastón en sus aletas.
Había algo aquella tarde sobre los árboles, algo que le hacía pensar a uno en CamilleCorot, y en el dios, y en la foto de dos hermanos anónimos; como si esperaran que respirara el árbol al caminar sobre el asfalto.
Luego estuve varios días rodando por los escalones y eso me tenía bien molesto, y andaba por las habitaciones gritando a los otros talleristas, y ellos me sonreían, y yo pensaba que no estaba del todo mal levantar la voz, o tener ese estado de ánimo, pero, en los talleres, con los chicos de educación básica las cosas no resultaron iguales, y ellos tuvieron tiempo para quejarse con uno de los inspectores, y luego recibí mi primer memo, y en este se detallaba el manejo descuidado que tenía con mis alumnos, y algo sobre el desorden en el diálogo, y, solo faltaba que me enviasen a charlar con uno de los especialistas, pero pude notar que la oficina donde se realizaba eso del direccionamiento de actitudes estaba aún cerrada, y mejor estaba pensando en las cosas pendientes y me sentí un poco miserable porque eran cientas, decenas de diminutas tareas que parecían no acabar. En el bar del colegio compré agüita carbonatada que venía dentro de un envase de un color verde esmeralda, y cuyo envase a la vez tenía la forma de una gota de agua, y noté que esa forma era bastante singular y que ayudaba a diferenciar la marca de entre el resto de ofertas, pero, resultó inútil dentro de mi maleta, su barriga inflamada, como gota que era, no permitía que mi maleta cerrara completamente. Luego compré dos galletas de veinte centavos y prácticamente me dí por almorzado. Una de las compañeras de corbata celeste me pidió que la acompañase a colocar seguro en su auto, y, a cargar con unos libros que ella acababa de corregir; y luego pidió que sujetara la compuerta de atrás, y era una compuerta que se quedaba de pie sola, porque su auto era un renault, y ella al verme con los brazos en alto dijo que bueno que está este pan y luego me dio la impresión de que estaba revisando las compras para su casa, y en una bolsa amarilla tenía sánduches de queso y lechuga o de lechuga y pavo, o no sé qué; luego estuvo metiendo y sacando cosas, en realidad las mismas cosas una y otra vez, y eso me puso nervioso, y ella dijo algo, pero no conmigo, y creo que yo estaba con el cuerpo de un esclavo egipcio como en el vídeo de thebeloved, y por un momento creo que también llevaba cadenas y joyas bañadas por el sol que a esa hora estaba maldito, y ella, a veces, detenía sus ojos sobre mi estómago, y luego miraba hacia el pubis, pero yo no estaba estimulado, y solo tenía ganas de beber mi agüita carbonatada. De todas maneras ella miraba por breves milésimas con sus ojos de rayos, y yo pensaba que nada era importante y ya se terminaría el día, y luego el siglo, y luego nos caerían caballos y esos jinetes con nombres de colores, y ella luego me dio su sánduche y dijo que comiera pero yo dije que lo haría en la noche.
Luego estuve resolviendo un cuestionario y eso me produjo catarro, y para calmarme salí a fumar un marlboro y bajé con cuidado para no rodar; y un poco mirando a las cosas, y buscando un momento para trepar a sus hombros, pero no bajaba nadie, y mejor charlé con otra tallerista aunque ella no parecía muy interesada, y era por eso que ella se reía de las cosas serias que y luego se ponía seria cuando yo decía cosas graciosas, y cuando me preguntó por qué lloraba yo respondí que no lloraba, sino, que estaba paralizado de la risa, y ella dijo me quieres violar no... y empezó a gritar en los pasillos violador, violador. Así estuvimos hasta el divorcio.
En la pared habían escrito usando aerosol y una plantilla la frase eres un mentiroso. Esa pared separaba las gradas de un departamento de estudios superiores, y si uno quería observar los carteles con horarios y fechas para matrículas tenía que levantar la cabeza o echarla cabeza hacia atrás. Supongo que el muro era semitransparente pues el sol quemaba, y las nubes sobre las montañas estaban anaranjadas como un pájaro y solo faltaba un sorbete, y algo de alcohol, y una boca sorbiendo de las nubes; como sorber fuego y gas de nube y eran quizás las seis de la tarde.
No hay comentarios:
Publicar un comentario