5/2/14

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Todos hablábamos al mismo tiempo. En realidad las palabras iban y venían pero sobre todo si uno escuchaba, sin verlos, podía hacerse a la idea de que quienes hablaban, al mismo tiempo, también se estaban encaramando, uno encima de otro, que en realidad ya habían formado algo similar a una de esas olas altas, montañas de varios metros de altura y agua y algas; y en la parte del frente, donde estaba el hombre de corbata azul, la ola posiblemente lo abarcaría todo, lo cubriría, y eso éramos en esos momentos, brazos, gritos, quejas y rostros gibosos.

Nadie quería tomar su turno y sin embargo todos actuaban como si ya las cosas estuvieran hechas, me recordaba mucho a todo eso, aquel filme en donde un grupo de personas queda atrapada o retenida en un aeropuerto extranjero, en un país con alfabeto cirílico o algo similar. Recuerdo que la gente al principio y haciendo fila se ve a la gente que reclama, gente que se ve agotada pues acaba de bajar de un vuelo de decenas de horas. Quizás lucen insignificantes y pero a medida que la historia avanza, ellos se toman la sala del aereropuerto donde los han acinado. Luego como los pescados ellos se multiplican y también los ánimos se vuelven inestables, y poco a poco la situación pasa de ser pasiva y algo cómica a una de improvisación, de riesgo e inestabilidad. A veces pienso que la gente en el filme, que se supone retenida en el aeropuerto solo por ser sudaca, o latina, o sospechosa de terrorismo, muestra un poco, algo de eso de la autoestima nacional. Sin embargo, en las habitaciones, aquí en el sitio, los talleristas entablábamos, levantábamos bunkers, o trincheras para luchar contra un enemigo, la gran electricidad invisible, el peor, el que está en todos lados y al mismo tiempo, y cuando él quiere . Ese loco o loca nos tenía molestos y era suficiente un movimiento, una silueta extraña para que los fusiles descargasen, y entonces también estábamos más unidos que nunca.

Esto de ser uno solo me recuerda a los momentos en que todos decíamos cosas al mismo tiempo, y puede ser que quiera relacionarlo con la idea de una sola cabeza diciendo todas las cosas, o una misma boca con muchas lenguas, o muchas bocas o muchas cabezas o lo que sea, pero siempre combinado por un mismo patrón, en una misma raíz, nuestra naturaleza era pretender decir algo hacia la izquierda porque en la derecha ya estaba otro, decir algo hacia arriba porque hacia abajo estaban otros dos, de ese modo estábamos unidos por las espaldas, quizás por las médulas como dos siameses, y era imposible seguir sin que alguien intentara detenerse. Supongo que esa era la furia escondida de algunos hombres de traje azul, que esperaban a que nuestros múltiples tentáculos poco a poco fueran calmándose, diría, durmiéndose, aunque a veces algunos hombres daban sus contenidos de modo que uno terminaba dormido, ellos girando como hélices, y eso era casi lo ideal, porque aquellos lucían como hipnotizados, las hélices de sus cuerpos dando giros, y quizás ese hipnotismo era intencionado, y tener a ciertos talleristas en ese estado permitía que los contenidos se prolongaran, se transmitieran con menos dificultades, como en una escuela, como a través de un programa de teve. Hablar y quejarse al mismo tiempo era un espectáculo conmovedor, cuando no desgarrador, como si fuera uno quien coloca toda la carne y la roja en copas largas, usando la boca y los muñones brillantes, como explicar algo que nadie conoce, como dar un paseo en el sistema nervioso y esas cosas, y era harto difícil aceptar que amábamos el incendio y al mismo tiempo queríamos apagarlo y al soplarlo tomábamos más aires y lo amarillo se volvía rojo. Puede ser que todo esto resulte un poco exagerado, quizás sucedía en otros centros y después de todo, que se puede esperar de tallleristas que son encerrados en habitaciones durante cuatro o cinco horas, abriendo la boca para morder una férula plástica, escuchando como desaparecían palabras enteras, dejando cifras para las conclusiones, los resultados, estadísticas. Creo que nos volvíamos obsoletos en tiempos record, o sea, daba para pensar que seríamos y elaboraríamos no solo el material contantemente, sino, a nosotros mismos, como si no fuera ya suficiente con tener que ser talleristas, y lavadores de autos de medio tiempo, o cuidadores de autos, o profesores de cuatro o cinco materias semanales, o fotógrafos y correctores de estilo y estibadores, y además de eso investigadores sin wifi, con tres deadlines diarios. Un día terminaríamos todos, todos los talleristas en mitad de la habitación, cuando no ocupándola toda como una gran masa rosada, de múltiples ojos y múltiples miembros, como un gran y rosado e informe javadehut, con la lengua o las lenguas colgadas en punta, y tocando y lamiendo el suelo y su propio cuerpo. Creo que un día pude ver lo que miraba uno de los perros de la terraza cercana al edificio, edificio en el que conseguí un armario de segunda mano, y ese perro observaba con demasiado cuidado una luna, una luna fascinante y dorada un poco cubierta por unas nubes y eso, pude entender, era para el perro como una madre y era como si aquel pastor deseara el regreso o la entrada al vientre; creo que yo soñé por todos en la habitación, y todos deseábamos que la luna nos convirtiera en una de sus rocas, para que alguien, con una bandera y botas ortopédicas, caminara sobre nuestras espaldas. Eso creí, éramos pedazos de luna, fragmentos dirigiéndose hacia todas partes.

Uno de los talleristas dijo algo sobre la importancia de tener a Claudio Willer entre nosotros, para que, en la charla encuentro en el salón principal, dijera por los parlantes ustedes no entendieron nada y al mismo tiempo y luego de señalar al auditorio con un dedo gigante, uno de esos dedos de goma, dedo de el equipo es el número uno añadiera eso es lo que aún pretendo. Las investigaciones apuntaban hacia el siglo XX y ese tiempo nos pareció el más traicionero de todos los siglos. Creímos, dijo otro tallerista, encontrar los orígenes de la niebla, entonces hablaron de filmes experimentales pero sobre todo intentaron comparar aquel fenómeno con el humo de granadas y hogueras en los filmes sobre el holocausto. Últimamente encontramos títulos en los almacenes que empezaban a florecer por toda la ciudad, y uno ya no tenía que realizar búsquedas en archivos detallados, y personas con nula experiencia ponían a disposición la historia del universo en formatos para reproducir en cualquier equipo. Pudimos discutir noche y niebla, un documental de f. fassbinder, algo de A. resnais, algo con pozos y grandes orificios como campos o canchas de baloncesto lleno de cuerpo cubiertos por cal. Eso me hizo pensar en la luna y un perro sobre la terraza de una casa. También observamos un documental sobre militares que incitaban discursos, y esos miles de hombres, levantaban las manos al mismo tiempo como manecillas de reloj, para saludar al paso de las autoridades, y esa música, y ese sonido eran estimulantes, pero también le hacía pensar a uno en tener una casa con una esposa, y luego uno sobre ella deciendo mejor tengamos hijos y mejor no hagamos mucho ruido o mejor no digamos nada y cosas así, como las de los osos en las cuevas. A uno le entraban las ganas de apagar la teve, y el devedé, pero aún nos faltaban conclusiones. Recuerdo que en esos casos los talleristas buscaban información en la red, y quizás los informes eran entregados con información sin previo cotejo. Esperábamos que el hombre de corbata azul nos direccionara, y eso ocurría, y luego era cuestión de completar y ampliar. De todos modos era imposible fechar el origen, y tampoco decidir si un solo sitio era el responsable total; en realidad nuestra búsqueda, nuestro tema, ya se había ido de las manos, por eso mirábamos y leíamos acerca de conquistas, desapariciones, magnicidios, alguien dijo que de no encontrar un el inicio, deberíamos sistematizar, por lo menos, una bitácora, un mapa de las ruinas, de los rastros. Claudio Willer leí, en una de las hojas de mi cuaderno y junto a su nombre dibujé una raya y luego una flecha, y al otro lado de la hoja escribí de nuevo la palabra “niebla”.

Luego Patrick Marber, Antonia Van Drimmelen, John Calley y Cary Brokaw dijeron que dos personas del reparto artístico habían sido nominadas como goldenglobes. Junto a la fotografía de los dos actores, se levantaba una pequeña estatuilla dorada, que era como un prisma en cuyo vértice superior descansaba, como en equilibrio, una esfera, que supongo sería la tierra; pero el aviso era muy pequeño como para observar a guyana o uruguay. El filme se titulaba “An adapted winning stage play” y su autor era Patrick Marber, quien además había escrito el guión para el filme que según los diarios era una historia de amor para adultos.

En la parte de atrás habían especificaciones técnicas: 

Languaje english 5.1 
(dolby digital)
english dts, eres un mentiroso, french (dolby surround)
 Subtitles english, eres un mentiroso, french

1.85:1 anamorphic widescreen
Approx. 104 minutos
Mastered in high definition
eres un mentiroso
COLOR

Luego Patrick Marber, Antonia Van Drimmelen, John Calley y Cary Brokaw dijeron eres un mentiroso.

Luego me quedé hasta la doce observando el filme, y pensando cual de todos los personajes tenía cosas en común con uno de mis compañeros talleristas; y luego pensé lo que le diría al encontrarlo al día siguiente.

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