Todos hablábamos al mismo tiempo. En realidad las palabras iban y venían
pero sobre todo si uno escuchaba, sin verlos, podía hacerse a la idea de que quienes
hablaban, al mismo tiempo, también se estaban encaramando, uno encima de otro, que en
realidad ya habían formado algo similar a una de esas olas altas, montañas de varios metros de
altura y agua y algas; y en la parte del frente, donde estaba el hombre de corbata azul, la ola
posiblemente lo abarcaría todo, lo cubriría, y eso éramos en esos momentos, brazos,
gritos, quejas y rostros gibosos.
Nadie quería tomar su turno y sin embargo todos actuaban como si ya las
cosas estuvieran hechas, me recordaba mucho a todo eso, aquel filme en donde un
grupo de personas queda atrapada o retenida en un aeropuerto extranjero, en un
país con alfabeto cirílico o algo similar. Recuerdo que la gente al principio y haciendo fila se ve a la gente que reclama, gente que se ve agotada pues acaba de bajar de un vuelo de decenas de horas. Quizás lucen insignificantes y pero a medida
que la historia avanza, ellos se toman la sala del aereropuerto donde los han acinado. Luego como los pescados ellos se multiplican y también los ánimos se vuelven inestables, y poco a poco la
situación pasa de ser pasiva y algo cómica a una de improvisación, de riesgo e inestabilidad.
A veces pienso que la gente en el filme, que se
supone retenida en el aeropuerto solo por ser
sudaca, o latina, o sospechosa de terrorismo, muestra un poco, algo de eso de la
autoestima nacional. Sin embargo, en las habitaciones, aquí en el sitio, los
talleristas entablábamos, levantábamos bunkers, o trincheras para luchar contra un
enemigo, la gran electricidad invisible, el peor, el que está en todos lados y al
mismo tiempo, y cuando él quiere . Ese loco o loca nos tenía molestos y era
suficiente un movimiento, una silueta extraña para que los fusiles descargasen, y entonces también estábamos más unidos que nunca.
Esto de ser uno solo me recuerda a los momentos en que todos decíamos cosas
al mismo tiempo, y puede ser que quiera relacionarlo con la idea de una sola
cabeza diciendo todas las cosas, o una misma boca con muchas lenguas, o muchas
bocas o muchas cabezas o lo que sea, pero siempre combinado por un mismo patrón,
en una misma raíz, nuestra naturaleza era pretender decir algo hacia la izquierda
porque en la derecha ya estaba otro, decir algo hacia arriba porque hacia abajo
estaban otros dos, de ese modo estábamos unidos por las espaldas, quizás por
las médulas como dos siameses, y era imposible seguir sin que alguien intentara
detenerse. Supongo que esa era la furia escondida de algunos hombres de traje
azul, que esperaban a que nuestros múltiples tentáculos poco a poco fueran
calmándose, diría, durmiéndose, aunque a veces algunos hombres daban sus
contenidos de modo que uno terminaba dormido, ellos girando como hélices, y eso era casi lo ideal, porque
aquellos lucían como hipnotizados, las hélices de sus cuerpos dando giros, y quizás ese hipnotismo era
intencionado, y tener a ciertos talleristas en ese estado permitía que los
contenidos se prolongaran, se transmitieran con menos dificultades, como en una escuela, como a través de un programa de teve. Hablar y
quejarse al mismo tiempo era un espectáculo conmovedor, cuando no desgarrador,
como si fuera uno quien coloca toda la carne y la roja en copas largas, usando la boca y los muñones brillantes, como explicar algo que nadie conoce, como dar un paseo en el sistema nervioso y esas cosas, y era harto difícil aceptar que amábamos el incendio y al mismo tiempo queríamos apagarlo y al soplarlo tomábamos más aires y lo amarillo se volvía rojo. Puede ser que todo esto resulte un poco exagerado, quizás sucedía en
otros centros y después de todo, que se puede esperar de tallleristas que son
encerrados en habitaciones durante cuatro o cinco horas, abriendo la boca para morder una férula plástica, escuchando como desaparecían palabras enteras, dejando cifras para las conclusiones, los resultados, estadísticas. Creo que nos volvíamos obsoletos en tiempos record, o sea, daba para pensar que seríamos y elaboraríamos no solo el material contantemente, sino, a nosotros
mismos, como si no fuera ya suficiente con tener que ser talleristas, y
lavadores de autos de medio tiempo, o cuidadores de autos, o profesores de
cuatro o cinco materias semanales, o fotógrafos y correctores de estilo y estibadores, y además de eso
investigadores sin wifi, con tres deadlines diarios. Un día terminaríamos todos,
todos los talleristas en mitad de la habitación, cuando no ocupándola toda como
una gran masa rosada, de múltiples ojos y múltiples miembros, como un gran y
rosado e informe javadehut, con la lengua o las lenguas colgadas en punta, y
tocando y lamiendo el suelo y su propio cuerpo. Creo que un día pude ver lo que miraba uno
de los perros de la terraza cercana al edificio, edificio en el que conseguí un armario de segunda mano,
y ese perro observaba con demasiado cuidado una luna, una luna fascinante y
dorada un poco cubierta por unas nubes y eso, pude entender, era para el perro
como una madre y era como si aquel pastor deseara el regreso o la entrada al
vientre; creo que yo soñé por todos en la habitación, y todos deseábamos que la
luna nos convirtiera en una de sus rocas, para que alguien, con una bandera y botas ortopédicas,
caminara sobre nuestras espaldas. Eso creí, éramos pedazos de luna, fragmentos dirigiéndose hacia todas partes.
Uno de los talleristas dijo algo sobre la importancia de tener a Claudio Willer entre
nosotros, para que, en la charla encuentro en el salón principal,
dijera por los parlantes ustedes no
entendieron nada y al mismo tiempo y luego de señalar al auditorio con un
dedo gigante, uno de esos dedos de goma, dedo de el equipo es el número
uno añadiera eso es lo que aún
pretendo. Las investigaciones apuntaban hacia el siglo XX y ese tiempo nos
pareció el más traicionero de todos los siglos. Creímos, dijo otro tallerista,
encontrar los orígenes de la niebla, entonces hablaron de filmes experimentales
pero sobre todo intentaron comparar aquel fenómeno con el humo de granadas
y hogueras en los filmes sobre el holocausto. Últimamente encontramos títulos
en los almacenes que empezaban a florecer por toda la ciudad, y uno ya no tenía
que realizar búsquedas en archivos detallados, y personas con nula experiencia
ponían a disposición la historia del universo en formatos para reproducir en cualquier equipo. Pudimos discutir noche y niebla, un documental de f. fassbinder, algo de A. resnais, algo con pozos y grandes orificios como campos o canchas de baloncesto lleno de cuerpo cubiertos por cal. Eso me hizo pensar en la luna y un perro sobre la terraza
de una casa. También observamos un documental sobre militares que incitaban discursos, y esos miles de hombres, levantaban las manos al mismo tiempo como manecillas de reloj, para saludar al paso de
las autoridades, y esa música, y ese sonido eran estimulantes, pero también le hacía
pensar a uno en tener una casa
con una esposa, y luego uno sobre ella deciendo mejor
tengamos hijos y mejor no hagamos mucho ruido o mejor no digamos nada y
cosas así, como las de los osos en las cuevas. A uno le entraban las ganas de
apagar la teve, y el devedé, pero aún nos faltaban conclusiones. Recuerdo que en
esos casos los talleristas buscaban información en la red, y quizás los informes
eran entregados con información sin previo cotejo. Esperábamos que el hombre de
corbata azul nos direccionara, y eso ocurría, y luego era cuestión de completar y
ampliar. De todos modos era imposible fechar el origen, y tampoco decidir si un
solo sitio era el responsable total; en realidad nuestra búsqueda, nuestro tema,
ya se había ido de las manos, por eso mirábamos y leíamos acerca de conquistas,
desapariciones, magnicidios, alguien dijo que de no encontrar un el inicio, deberíamos sistematizar, por lo menos, una bitácora, un mapa de las ruinas, de los rastros. Claudio Willer leí, en una de las hojas de mi cuaderno y junto a su
nombre dibujé una raya y luego una flecha, y al otro lado de la hoja escribí de nuevo la
palabra “niebla”.
Luego Patrick Marber, Antonia Van Drimmelen, John Calley y Cary Brokaw
dijeron que dos personas del reparto artístico habían sido nominadas como goldenglobes. Junto a la fotografía de los dos actores, se
levantaba una pequeña estatuilla dorada, que era como un prisma en cuyo vértice
superior descansaba, como en equilibrio, una esfera, que supongo sería la tierra; pero el aviso era
muy pequeño como para observar a guyana o uruguay. El filme se titulaba “An adapted
winning stage play” y su autor era Patrick Marber, quien además había escrito el
guión para el filme que según los diarios era una historia de amor para
adultos.
En la parte de atrás habían especificaciones técnicas:
Languaje english 5.1
(dolby digital)
english dts, eres un mentiroso, french (dolby surround)
Languaje english 5.1
(dolby digital)
english dts, eres un mentiroso, french (dolby surround)
Subtitles english, eres un mentiroso, french
1.85:1 anamorphic widescreen
Approx. 104 minutos
Mastered in high definition
eres un
mentiroso
COLOR
Luego Patrick Marber, Antonia Van Drimmelen, John Calley y Cary Brokaw
dijeron eres un mentiroso.
Luego me quedé hasta la doce observando el filme, y pensando cual de todos
los personajes tenía cosas en común con uno de mis compañeros talleristas; y
luego pensé lo que le diría al encontrarlo al día siguiente.
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