3/2/14

betrayed in progress

Bueno, la situación era bastante inestable. Muchas veces entre talleristas nos sometíamos a juegos sádicos y no era raro que un tallerista agrediera a otro o que una tallerista pidiera explicaciones y todos hicieran como que no escucharan, y parecíamos niños, y decíamos que la pared es mía, y que la ventana es mía y que los focos son míos y también pedíamos atención, o la exigíamos o la tomábamos de los otros, los obligábamos a mirarnos, y no hacíamos nada, ellos observaban y nosotros callábamos y luego escribíamos en los cuadernos con mucho orden, bien prolijos. En realidad éramos niños muy grandes, muy avanzados en cuerpo como en experiencias pero realidad desprotegidos. Muchos talleristas tenían sus propias familias, muchos eran migrantes y hablaban sobre días en la ciudad y días en el campo, sobre vivir en un piso y vivir en el patio de una casa, habían exconvictos y uno o dos exyonquies. Supongo que muchos entramos al centro con el fin de cerrar esos círculos torcidos, y también, un poco, con la esperanza de lo desconocido. Lo que no sabíamos es que, por mucho que nos opusiéramos, más pronto (y sin saberlo) seríamos afectados, un poco como gobernados por la fuerza, o el orden de quienes tenían experiencias con grupos. Por eso andábamos como gritando y como peleados con la vida, como pidiéndole que nos devolviera algo, no sé, como cobrándonosla. En realidad queríamos ser libres, libres como para dar órdenes, pero aún no sabíamos dirigirnos y por eso cumplíamos esa premisa, eso de que no había nada más peligroso que un loco con un arma.

De todas maneras nadie salía muerto, aún, y eran varias las experiencias que alimentaban, creo, el insomnio; eso durante varios meses. Por ejemplo, en manos de un exconvicto asistimos, sin interés, a un decapitamiento; en sentido metafórico. De alguna manera los hombres de corbata azul miraban o presenciaban estos hechos y eso hacía más oscura la cosa, y uno no sabía para dónde mirar porque a cualquier lado estaba la voz de víctor (así lo llamamos) y sobre todo escuchábamos sus argumentos y, no hay nada peor, supongo, que asesinar con autorización. Luego supimos que aquel tallerista tenía un proceso encima, algo inventado por el centro, por algun hombre de corbata roja, aprovechando el desorden y eso del estado de transición. Sin embargo, algo decía el código de convivencia con respecto a las faltas entre talleristas, y así fue, pero víctor no tuvo que soportar ningún informe. 

En breves palabras aquel tallerista mandó a callar a otro en mitad de un foro, un desacuerdo entre lengua de origen y lengua vernácula. En realidad todo pasó por un breve escándalo, esas cosas inaceptables para un centro y que los talleristas calificaron de momento grotesco.

De todos modos los encuentros no terminaban y luego estaban otros liderazgos que intentaban sacar partido a las coyunturas de tipo religioso-político. Con el tiempo algunos llegamos a creer que el término politiquero se podía aplicar con los ojos cerrados; jamás había sido tan pertinente. Muchas ocasiones el discurso, que empezaba por mostrar aspectos iconográficos e históricos, terminaba en arengas que nos invitaban a ir en contra de todos y en especial en contra de los grupos dominantes, unos a favor, otros en contra y luego las cosas hacían un viceversa. Para un grupo como el nuestro esas palabras eran palabras al viento y nos gustaba verlas flotando y eran los hombres de corbata azul quienes las tomaban y luego nos las volvían a traducir. Luego nos sentíamos justificados, contentos, creíamos entender y ser parte o tener una cuota, una parte del mango. Podíamos pasar una hora escuchando quejas sobre el gobierno, sobre venezuela, sobre los hospitales, sobre los sueldos, y quizás eran cosas que apenas conocíamos y también eran cosas que habíamos escuchado todos los días, quizás durante más de veinte años. Quizás teníamos, (como se tiene una fiebre) una profunda incredulidad. Supongo que todo lo que deseábamos era terminar los ciclos para de una vez enrolarnos en la burocracia, y de una buena vez asegurarnos un papel en los archivos de los catorce millones, es decir, no teníamos medios, ni energías para otra cosa que no fuera dirigir una clase con 35 alumnos. Bueno, pienso que muchos éramos aún muy jóvenes como para conocer y creer en lo que no nos había tocado, como si nos faltaran pruebas, y también era eso de ver a las cosas convertirse en otras, como aquello de los nuevos profesionales y eso de los organismos que ahora realizaban estudios, estadísticas y también contrataban, firmaban, como si así colocaran resultados para confirmar lo que el cliente esperaba. El problema no es derecha o izquierda, el problema es el capital. Luego alguien dijo que entre luchar y callar muchos habían elegido mirar, es decir, dijo, sacrificaban su derecho. Era fácil aparentar desconocimiento y quizás eso nos volvía invisibles, místicos, seres peligrosos; los fundadores de un partido mudo, quizás un partido parapolítico.

Varias veces estuvimos discutiendo sobre prioridades,  me gustaba escuchar que los jóvenes estaban en la punta de la pirámide. Aunque, yo creía que importaban más los padres. Varios talleristas habían tenido encuentros o malos entendidos con alumnos de centros secundarios, y había una discusión con respecto a sus actitudes y en eso también entraba aquello de la recepción de los contenidos. Esto encuentros referían a acosos por parte de alumnos, al revés de como comúnmente ocurriría, acosos masculinos, femeninos, y tampoco había mucha voluntad de aprender; había actitud para ser, demostrar, imitar, una especie de voluntad trastocada. También era común observar a varias jóvenes con sus bebés en los brazos y uno de los padres, generalmente mamá, tirando fuego y cuadernos en llamas al departamento de orientación, un capítulo entero titulado Familia nuclear ardía frente a la puerta y uno de los inspectores corrió para hacer una llamada. Un día las profesoras llevarán sus bebés en brazos, y sus padres parecerán sus hermanos mayores. Las talleristas estaban acostumbradas, eso decían, a las bromas de los alumnos pero algunas, muy pocas, solían explicar, en ese momentos, lo que a ellos les ocurría.

Y esos alumnos escuchaban, como si les hablara un árbol. 

L solía hablar con los chicos fuera de clases y eso parecía lo más apropiado, en realidad era una charla bastante informal, en mitad de las canchas de baloncesto y por lo general en el tiempo dedicado para el recreo. Yo creo que asistí a la rehabilitación de uno de los jóvenes, pude ver el trabajo en proceso, lo que los gringos llaman el work in progress. Un poco admirado conversaba con L y ella me sabía explicar aquello de hablar como un amigo, y aquello de mostrar interés en el otro, un poco como la psicología transpersonal pensé. Luego aquel muchacho mejoró sus notas y ya no parecía preocuparse por entrar a clases y quizás habían otras cosas por hacer, quizás el trabajo nunca iba a terminar.
Era cierto? Evitamos la autodestrucción?

Recuerdo que una de las talleristas solía invitarme a fumar marlboros en la parte de la terraza, allí todo el suelo estaba pintado de amarillo. A veces yo intentaba decir algo pero ella parecía estar en otro sitio, pensando en algo lejano. Me parecía una gran persona porque en realidad destacaba en la habitación, además tenía amistad con algunos de los hombres de corbata azul y era agradable, es decir, olía bien, tenía su atractivo, era joven y quizás su familia tenía dinero pues siempre vestía con chaquetas que parecían costosas o calzaba diferentes pares de zapatos, ahora que lo pienso un día me dijo algo sobre sus trabajos como fotógrafa o como correctora. Sonaba como algo cool. Sin embargo las dos o tres ocasiones que estuvimos cerca ella parecía un poco perderse, como si estuviera en dos sitios, en la terraza, y en otro al cual no me permitía entrar. Yo quería saber más de ella y creo que algunas noches me descubrí pensando en su misterio o en cosas triviales como su olor, un poco a laboratorio y a cigarrillo, y creo que un día dije que no estaba bien ni era saludable obsesionarse por algo que no conocía así que la llamé, y la verdad esperaba que no me contestara.  Tras poco tiempo la escuché del otro lado, un poco como siempre parecía lejana, aunque también escuché que pedía a alguien que esperara unos minutos porque su amigo A.K. la estaba llamando. Eso me puso contento y era el saber que mi nombre estaba en ese sitio, sea quien fuera la persona que la acompañaba; no me sentía importante pero sí estimado, como podría sentirse un colega, o un hermano menor. Luego ella dijo que debía colgar porque iba a pasar el resto del día con su padre. Yo quise decir que estaba loco por ella, o que empezaba a tener insomnio pero al decirlo las líneas parecían perderse, escuchaba que ella decía que hable más claro y yo dije que llamaría de otro sitio y entonces salí hacia una máquina de monedas.

Varios días estuvimos juntos, creo que fueron algunas semanas pero fueron un poco irreales y creo que esa era la forma de vida que llevaban las personas casadas. Era extraño tener a alguien encima, alguien como preocupado de tus necesidades y de que todo esté siempre bien, y se sentía como una gran vacación con todos los gastos pagados. O sea, era como salir con una secretaria y una enfermera y una mamá y una mujerzuela y la dueña de un país y no podía pedir más, y fue en honor a esos días que decidimos casarnos de verdad. Luego en casa resolvíamos las tareas juntos aunque ella estaba a punto de terminar su investigación.

Luego ella estuvo en la cama con uno de los hombres de corbata azul o eso había ocurrido uno o dos años antes de conocernos, no lo sé. Luego alguien dijo que los hombres o que los caballeros no tenían memoria, no lo sé, quizás eso solo fue un sueño.

Luego creímos que tener hijos era parte de crecer y no había apuro y yo le sacaba en cara el haber estado con un hombre de corbata azul, ella lo tomó mal y ese noche dormí en el sillón y al día siguiente ella no fue a trabajar y se quedó todo el día en la cama, pero sí fue al centro y luego regresó sola a casa y la verdad yo me sentía un poco traicionado, y creía que apenas habíamos empezado y no podíamos contarnos aún nuestras miserias.

Luego llegaron unas largas vacaciones y ella dijo que iría para otavalo, vacaciones con los tíos dijo, y pienso que debía quererlos mucho, y quería que me llevase y recuerdo que su padre por esos días me pidió que lo visitara. Luego habló sobre el tiempo, y sobre los días que no son iguales jamás y luego dijo con un tono un tanto oscuro, como de policía que me alejara de N.N. Norma Narvaéz o Nina Nuñez o Narcisa Noroña o Nubia Nérida, N.N. La primera esposa. Yo dije que podía irse al diablo y que buscara otro tipo con quien apostar, bueno, dije que no quería hacerlo porque la quería de verdad. En el fondo ya no sabía qué diablos sentía por N.N, pero si estaba seguro de no querer que se alejara. Era un poco como un niño al que le quieren quitar uno de sus juguetes. Luego dos hombres de traje azul me hablaron de cosas que solo N.N y yo habíamos hablado y eso me dejó bien preocupado, quizás fue solo una gran casualidad, en realidad decían que yo me estaba volviendo una especie de amenaza, y también que ella llevaba tiempo protegiéndose de mí. Antes de llorar le puse un nombre a la cosa, betrayed in progress, luego me fui a dormir pero antes comimos higos en la cama, y ella los mordía, y los colocaba entre los labios, y era muy bella, y sus labios eran suaves y luego nos masticamos, y al despertar yo ya no hablaba castellano, y me asusté, y luego me volví a dormir.

Un día para olvidar las cosas me monté sobre los hombros de alguien, pero luego leí eres un mentiroso. Sentí que era una gran casualidad.


No hay comentarios: