Eran exactas las seis de la tarde, Andrea lo sabía porque apenas había acabado de mirar por centésima vez su reloj. Además al fondo de la estación colgaba un reloj enorme, con dos manecillas que marcaban las seis de la tarde con un minuto. Decidió quedarse en ese lugar durante un minuto exacto, ni uno más ni uno menos, y pensó que al bajar las gradas para tomar su subterráneo, sacaría un peso de su monedero y compraría dos alfajores de chocolate blanco y uno de chocolate negro que lo sumergería en una taza caliente de leche. A Joaquín, su novio, le gustaba también el chocolate negro, pero en vista de que parecía que por tercera vez la dejaría plantada, decidió comprar un solo alfajor para la única taza, la de ella.
El invierno era impiadoso con los bonaerenses, que embutidos en sus bufandas y sus atuendos de lana parecían ser refugiados de alguna guerra en busca de víveres. Como en una de esas películas donde las ciudades han colapsado, los habitantes de ese vagón del subterráneo, lucían como sobrevivientes de un nuevo holocausto tecnológico: muchachos que encendían pantallas de cristal portátiles con información de revistas y periódicos al otro lado del océano. Auriculares en forma de diadema colgado de sus cráneos y con extensiones inalámbricas para hacer llamadas solo con pensar en un número. Ropa que cambia de color según la luz y la temperatura corporal. Dispositivos microscópicos capaces de reproducir música a nivel telepático. Libros impresos en papel couché. Punks sentados en el piso del último vagón. Mientras Andrea leía un libro de psicomagia y terapias tántricas, una voz que salía de los parlantes repetía: la isla está a su alcance. Ríndase. Todos los estímulos.
El subterráneo alcanzaba velocidades que juntaba los polos mas opuestos de la ciudad en cuestión de minutos o el tiempo suficiente para dejar caer un pañuelo, esperar que el hombre sentado en el lado opuesto se lo recogiera, sonreir medio en broma, medio con culpa, y esperar a que el sortilegio tomara efecto. De pañuelos botados y de hombres desconocidos vivía Andrea, y se puede decir que su corazón jamás sentía culpa, solo quizás cuando la cacería le traía esa especie, que se parecía a Andrea en genéro, solo entonces para estas, Andrea reservaba uno de los alfajores blancos.
3 comentarios:
tu marea me marea...
al dejar de leerte y perder los sentidos en otro punto, las letras se hacen sombras y el fondo se hace claro, como un negativo.
comic postpunkapocaliptico.
asi es viajar, por cierto un ticket de metro suele ser un buen separador
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