La clase de historia estaba llegando a su fin. El profesor había sacado las cintas del reproductor de video, había apagado el televisor, la luz seguía en off y una cierta modorra se mantenía en los pupitres de todos los que se mantenían con la cabeza agachada, al borde, casi del sueño. Al encender las luces, el profesor, visiblemente nervioso también encendió un cigarro y pidió que por favor alguien le trajera un café de la máquina. La clase había tratado el tema de la modernidad en el cine del género mudo y las imágenes de películas como Metrópolis y Tiempos modernos más que impresionar, a diferencia de la película de Buñuel y el ojo mutilado, había generado una crítica tonta y bastante olvidable.
El profesor, un hombre corpulento pero joven aun, mecía el azucar de su vaso de plástico con una palita tan delgada como un palillo para dientes que daba la impresión de que en cualquier momento se iba a quebrar para ahogarse entre la espuma del expreso. Era tan delgada como una aguja que además raspaba el fondo del vaso de plástico produciendo un sonido largo y agudo, parecido al sonido que hacen los frenos de los trenes al llegar a una estación. Ese ruido de frenos y metales se mezclaba con la exposión de uno de los chicos que aprovechaba el fin de la clase para ganarse unos puntos extras y por supuesto exonerar el examen final. Alguien desde el fondo gritó que Chaplin es un poeta y Keaton un burócrata mientras el resto de los alumnos habían empacado sus cuadernos y esperaban hablar de Burroughs y algunas adaptaciones.
El ruido fue seco, como un costal de arena golpeando un suelo de mármol. Detrás del escritorio una cortina de humo se elevaba, alta y se confundía con el eco de aquel cuerpo que había caído hace segundos. En círculo los alumnos observaban las manos del maestro que habían estrujado el cigarrillo y el vaso de café convirtiéndolos en una mancha lodoza sobre su camisa blanca de verano. Uno de los muchachos salió empujando a los otros, en especial a quien intentaba ganarse esos puntos extras, y su grito se escuchó en los salones contiguos cosa que en minutos estaban todos, incluso el guardia que trabajaba en la puerta de entrada y de salida.
La profesora de lógica pidió que dejaran espacio para que entrase el aire. El director golpeaba el pecho del maestro y soplaba fuerte dentro de su boca. Lo que nadie notó, solo una de las mujeres de limpieza era que la máquina de café botaba más azúcar de lo normal, los 5 gramos que le habían prohibido al corpulento profesor.
1 comentario:
dos pulgares arriba!!!
debió ser el jabón de la baldosa o las babas de alguien que dormía con la boca abierta.
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