4/8/10

Mi labor como fotógrafo era presenciar en primerísimo primer plano el nacimiento, climax y autodestrucción del rock en uno de esos festivales organizados en los arrabales de la ciudad.


Del círculo salían expulsados como cohetes, cuerpos que parecían haber perdidos sus huesos, cabezas llenas de cabellos largos como muñecas, niños con cuerpo de adulto que vomitaban a los lados, gritando y levantando los brazos arrimados a los parlantes. El sol calcinaba por segundos y se volvía rápidamente a ocultar en ese sábado llamado literalmente Rock al pantano.

La banda que tocaba sobre el escenario bien podía bajar a enterrar sus instrumentos en uno de los tantos pozos del campo. De frente y a 20 metros del escenario observé como el doble bombo de la batería provocaba un temblor mientras la tierra era abierta como una boca hambrienta que se tragaba la amplificación y al ingeniero de sonido. El público que miraba con los ojos blancos, desde los bordes lanzó botellas y toda clase de inmundicias mientras el vocalista, ebrio y completamente inmune obligaba a sus compañeros a no abandonar la nave. Tarde era, el escenario se había transformado en un hueco negro e inmundo.

No hay comentarios: