El monstruo lanzaba fuego de su boca que quemaba los bosques que se extendían bajo nuestros pies. Sobre su hombro yo miraba, como el espectador privilegiado que era y también en el fondo esperaba culpable que el monstruo decidiera lanzar ese fuego sobre mi diminuto cuerpo.
La luna miraba al bosque, al monstruo y era cortada y maquillada por la nubes y por un aviso de lluvia.
El monstruo lanzando un rugido tomó con sus largas manos dos montañas y las elevó por encima de sí. Las montañas cayeron haciendo temblar el suelo, y mi cuerpo sobre su hombro sintió ese estremecimiento. Con los ojos cerrados y alargando los brazos el monstruo desprendía rocas gigantes que amputaba de esas montañas y en un rápido movimiento me las mostraba antes de volverlas a lanzar con el propósito de destruir la tierra sobre la que caminábamos sonámbulos. En cada uno de sus movimientos se sentía un temblor de intensidades mayores que lograron activar la lava de ciertos volcanes. Entonces, como en un vómito lento, los cráteres expulsaron sales rojas y brillantes en silencio aunque sobre un temblor que despertaba a otros animales. Casi satisfecho y sin mirarme el monstruo me dejo sobre una valle y caminó a esconderse detrás de aquel volcán. Su propósito, aquel de mostrarme su fuerza había terminado. Acepte mi culpa pero creí innecesaria su violencia.
Cuando la luna observaba desde el centro mismo de la bóveda el monstruo volvió, ya sin furia, ya sin odio, y como un humano cansado me pidió lo ayudara, se acostó junto a mí, y susurró gravemente que solo quería dormir.
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