Roberto Retama tocaba el piano como un hijo bastardo de Stranvinsky. Desde la avenida Sir Elton John, hasta las puertas oxidadas del parque Botánico, los gatos del barrio se sentaban sobre sus colas recogidas a escuchar el preciso opus que Roberto Retama regalaba cada martes y jueves. Un miércoles, embutido en su cuerpo de chorizo y cubierto por un abrigo negro, Roberto Retama tomó el colectivo 107 y se internó por 13 meses en el castillo donde dormía su madre y sus 16 hermanas. Su misión era quitarse ese cuerpo de chorizo y volver a Roma convertido en una saludable costilla, antes de que los gatos uno de esos jueves lo buscaran para empezarlo a morder.
Su cabello era como una peluca de látigos en guerra y bajo los efectos de una botella de champagne más 16 pastillas de antidepresivos. Mi rostro era una bolsa para boxeo hinchada como un delfin asfixiado guiado por la mano de un brazo de mar una noche de agüaje. La motocicleta, la carretera, los pueblos y la madrugada eran los proyectiles que escuchábamos zumbar como una flotilla marciana de Decepticons. Faltaban cinco minutos para recoger nuestros cascos.
Jim Morrison aullaba que hagamos el amor y sin pensarlo ni un instante acuchilló a una de sus fans mientras la policía lo levantaba como a un criminal. Con mi cámara logré sacar una instantánea donde se advierte el carácter infantil del homicidio.
La máquina de escribir me mira con sus ojos de cangrejo y con la tecla espaciadora me invita a acercarme. La botella que traigo en las manos chorrea una lengua de espuma que cubre el suelo hasta mis rodillas. La luz que sale del foco que cuelga como araña en el centro exacto de la habitación derrite las paredes mientras los vecinos de los departamentos contiguos observan sentados en unos sillones con forma de retretes el programa de preguntas y respuestas auspiciado por un chocolate de una marca roja muy popular. La máquina de escribir me invita con su tecla espaciadora a sentarme frente a ella, mientras observo que he estado escribiendo sobre revistas y portadas de películas que había olvidado devolver. La máquina ha tomado con su tenaza la botella y la mastica con las teclas del uno al diez.
Al despertar Roberto Retama escuchaba el sonido de la ciudad que equivalía a pájaros cantando sobre los cables de electricidad y teléfonos. Roberto Retama por dos minutos en la mañana era feliz, dichoso, respiraba contento y despierto. Luego los cables de los teléfonos que cubrían el ciento por ciento de la ciudad cubrían a los pájaros y a sus nidos, envolviéndolos como momias hasta la nueva salida del sol. Entonces Roberto Retama en silencio y con el pulso acelerado dudaba entre tomar una ducha o volver con todo su cuerpo al colchón. Luego y en simultáneo los teléfonos de todo el edificio timbraban, y quienes llamaban, porteros, padres, enfermeras, pedían comunicarse con la central, con Santiago, con el canal de Panamá, con el mismo Roberto y Roberto congelado entre la puerta de su habitación y el living o el comedor perdía primero los brazos, luego las rodillas y por último sentía como su cabeza abandonaba su cuerpo, que luchaba con los cables y las antenas del aparato telefónico que sonaba sobre su velador. El reloj de pared marcaba las 7 de la mañana. Entonces Roberto contestaba cada llamada mientras tomaba una ducha y en televisión repetían Delicatessen.
2 comentarios:
bla bla blah
Excelente!!! sujetando las manos y entrelazando los dedos líquidos.
Su color es el amarillo.
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