2/2/14

Catorce vidas y miniS

Y eso... Un día intentamos entender al loco sabina y luego de varias medias horas llegamos, a secas, coldturkey, a duras conclusiones, y fue gracioso porque lo hicimos en mitad del pasillo, un poco estorbando con toda la mala voluntad a los otros talleristas que cruzaban con prisa pues rendían pruebas, y un poco hablando en voz alta palabras como corpiños, pelada de los cables o catorce vidas son dos gatos. Una tallerista se detuvo a escucharnos, un poco al disimulo, y J empezó con eso de la mujer que subió al escenario y que intentaba bajar a serrat porque estaba tan contenta que quería irse a casa cargando con música y madera. En realidad yo estaba contento porque cada vez, según yo, un poco entendía mejor las razones de algunos artistas, esa energía invisible y reversible capaz de componer cosas donde solo hay muros; y donde solo hay paneles con botones que alguna vez sirvieron y ahora estaban fuera de uso, botones que no encendían. En realidad nos tomó algún tiempo concluir que al loco de sabina le gustaba cantarle a todo aquello que estaba perdido. Eso quería decir que todas las cosas por las cuales nosotros luchábamos, en sabina eran agua quemada y nosotros, muchas veces, como don nadie bailábamos con cualquiera. Un poco eso era molesto, luego el círculo empezó a desaparecer y era que una u otra persona se acercaba casi en silencio a pedir cosas o para llevarnos hacia otro sitio, y un poco todos nos mirábamos mientras dábamos algunos pasos hacia atrás y parecía que al mismo tiempo nos decíamos, ve en paz, o ve en calma, o tienes mi permiso, o sigue no más, eso en vez de decir no ir, no seguir, no hemos terminado. De alguna manera ya éramos todos y todos buscábamos movernos de modo que nada quedara atrás. 

Ese círculo estaba formado por K, por N, por L, un poco menos por LL, quizás U, quizás R, quizás alguien del octavo, quizás alguien más del octavo, y muchas veces creímos que el tiempo no pasaba pero también ocurría lo contrario, y en esas ocasiones aprovechábamos para tirarnos al piso y sin respirar o con un solo aliento intentábamos contar toda una historia, como una película en un minuto, reíamos, buleábamos a alguien con eso de dónde estaban las motos, ocurría cuando uno de nosotros llevaba pantalones oscuros o cuando U traía su chaqueta de cuero y era graciosa pues su moto debía ser una pasolla, o una vespa, y al igual que ella seguro no hacer RUMMMMM sino riNnnnnnnnnn.

Un poco andábamos parándonos a hablar de cualquier cosa, en cualquier sitio, y esto se debía a que la carrera había perdido su centro estudiantil, y también a que se había realizado una evaluación, y algunas autoridades tenían auditorías encima, y esos eran problemas, pues solo nos quedaban los pasillos, y era molesto e inconveniente para discutir futuros sabotajes o acciones contra las políticas públicas y las del centro. Sin embargo, en un viaje hacia uno de los valles, N propuso algo, algo sobre una dependencia capaz de brindar asistencia a jóvenes y sus supuestas familias disfuncionales, y N usó esos términos, y a mí me pareció algo urgente, bastante razonable, pero sobre todo, y eso me preocupó, su propuesta se alejaba de las usuales manifestaciones de N, propuestas caracterizadas por un tono histriónico, por criterios subjetivos, epifanías. Creo que podíamos montar esa organización, acorde a las necesidades, que a veces en realidad no eran más que el resultado de desatenciones, dije a N que dejáramos que el tiempo colocara en el camino a una de esas autoridades, que nos palanqueáramos. Luego fui lustrabotas y en 1964 formamos el centro del muchacho trabajador.

Eso de hablar en cualquier sitio era molesto porque, generalmente, mientras sucedía, en otro lado (un poco como en otra antípoda) resultaba que otros guardaban silencio.

Luego estuve dentro del gran galpón y me sentía como alguien que acabara de levantarse y que no entiende muy bien qué mierda está pasando, y tenía junto a mí a una persona vestida absolutamente de negro, y era como estar en uno de los filmes de timburton, y un poco yo llevaba zapatos de piel y una chaqueta bien cara, y todo era extraño porque el galpón es un sitio para filmar comerciales tipo cocacolita y tipo lachispa de lavida ahora con más gas, estaba lleno de familias que nos miraban como si acabáramos de regresar del espacio, como si fuera el mono que habla y patina o como en ese filme del planeta donde dios es una ojiva nuclear, aunque luego dejaron de mirarnos, yo había dicho soy yo vestido de negro acompañándome y continuaron con sus cosas y esa persona siguió su camino y yo dije que guardaría el puesto y luego pensé que otros talleristas debían estar en el galpón, y busqué pero la mayoría eran oficinistas y amas de casa y luego exhalé y el galpón se inflamó.

Supongo que los frigoríficos saltaron en chispas o que los pavos se descongelaron, y luego varios hombres de traje blanco y boinas blancas llevaron sus escobas, y sus baldes con moscas acechando, pero eso habrá ocurrido de un modo discreto o quizás pensé todos éramos los hombres del congelador que acabábamos de descongelarnos.

Debo, pensé, tengo la obligación de decirle a alguien que los años habían hecho estragos en su rostro. Un poco era cosa de un homenaje al Mini ESE.

Luego me volví gato y de nombre me puse Paco. Un poco en honor a un viejo amigo y un poco dejando que la imaginación perforada de mi padre, mi padre el escrito, hiciera las cosas que le gustaban, es decir, lo que él quería, además los gatos en casa eran propiedad de mi padre. Un poco me daba miedo o repudio hablar del gato con otras personas, sobre todo porque era inevitable que preguntaran cómo me llamaba. Yo daba algunas vueltas antes de responder, y otras veces decía el nombre sin preámbulos, como quien quiere acabar las cosas de inmediato, y no faltaba un escandalizado que pensaba que mi familia era de esas que apologizaban el vicio; quizás sí, quizás era lo único que conocíamos. Un poco creo que me volví Paco dentro del galpón, para poder trepar a los hombros de algunas personas y desde allí esperar y vivir sus estrañas reacciones, y la mayoría era del tipo cámara escondida, algo así como qué ocurre?, por qué me ocurre a mí?, y yo no fuí!, y corro pero ojalá la encuentren! y muy divertido, se pasan, de grande quiero ser así...

Luego me puse a suponer que un hombre de camisa rosa llamaría por el altoparlante al dueño de un gatito que anda saltando sobre los coches y sobre los hombros de nuestros clientes. Habría terminado con algo como el gato se llama Paco y es muy lindo y parece que si nadie lo reclama pasará a ser propiedad de blockbuster entertainement y corporación Llanos. Por cierto el gato no dice miau, dice arre.

Igual, tuve tiempo para mirar al galpón desde un punto muy alto, en medio de dos reflectores que un poco chamuscaron mis bigotes. Las personas en su mayoría se paraban frente a los estantes y parecía que tomaban lo primero que les encadilaba la vista, y supongo que daba igual si compraban caballo que digamos raíz de vildigusroman. Bueno, dejé de ver esas cosas y luego intenté probar mis reflejos saltando y caminando sobre los cables que sostenían el techo, ese tipo de cables de acero que se usan para levantar vigas mediante plumas en la construcción de edificios, como los edificios nuevos de la colón (espero me guarden un departamento amarillo en la azotea). Me sentía bien, pero estar cerca del techo me hizo pensar que ya nada estaba en mis manos, o que todo era inevitable, y luego pensé que sería bueno perder una vidita así que busqué una licuadora encendida o un bidón con agua y entonces hice un clavado triple del tipo acapulco, patas estiradas, garras recogidas, luego la resucitación.

En los muros estaban escritas algunas cosas pero no las entendía, además estaba regresando de la muerte y eso es un poco oscuro, y mi cola aún no funcionaba bien.

Dos personas se acercaban hacia el galpón y una de ellas estaba sentada sobre los hombros de la otra, y en realidad la que estaba encima parecía agarrarse del aire, y se tambaleaba a cada paso, o era como si la una no supiera que tenía a alguien encima o como si la de encima no supiera muy bien hacia donde ir, un poco como subir a un elefante e intentar dirigirlo con el pensamiento. La gente se abría a su paso, y quizás, pensaban que debían dejarlos avanzar, entonces algunos detuvieron los autos, y los vendedores de bosques en las afueras del galpón se persignaron; luego ambos avanzaron cuando la luz estuvo en verde.

Luego yo ya no era gato, pero seguía en los hombros de alguien, o era que el hombre de camisa rosa dijo algo sobre ayudarme y tomó algunas cosas y las guardó en las bolsas blancas.

"Pero hace un rato yo esperaba la luz verde".

También ví a un gato en el techo del galpón y creo que el gato me estaba mirando. La otra persona ya estaba en el estacionamiento y los autos se manejaban solos y las espaldas parecían pegadas, y se estiraban; era una mancha negra y mi chaqueta bien cara.
Eres un mentiroso.

Corpiños con ralladura de naranja y peky enojado porque andamos muy bazuco y culiando deportivamente

Un día intenté escuchar a los otros talleristas; por lo general yo llegaba, miraba hacia el interior, luego colocaba mi maleta sobre una de las mesas, por lo general a una o dos mesas de distancia de la que estuviera ocupada y luego volvía salir, no sin haber dicho alguna cosa casi entredientes o habiendo creído que el resto se reía de la broma que se ma había ocurrido, bromas que en realidad eran observaciones sobre el calor que hacía, sobre las tareas que el resto estaban terminando en la habitación o sobre la posibilidad de querdarnos encerrados, sin más opciones, ya regreso decía, voy por una llave y un televisor en caso de quedarnos encerrados. 

Luego ponía Sumo a toda puta, y me largaba a los pasillos a jugar que me paraba sobre una tabla, y que las personas eran una especie de ola, y era que jugaba a montar la cresta y entonces cada tallerista era una oportunidad para girar, hacer algo de splashh y luego mostrar un poco mi tabla y un poco el desinterés y respeto y temor que sentía por ese océano que se supone le daba una motivación o una razón a mi deporte invisibe. En el ipod estaba el loco de petinatto quemándose la boca, los labios en llamas mientras el pelado hablaba de la mujer, el tornado, el jardín primitivo y uno podía llegar a convencerse, con ese fuego rozando los ojos, que todo estaba hecho y que no tenía sentido tomar las cosas, una por una, para darles algún orden. En realidad nada estaba hecho y uno estaba tan huérfano como siempre solo que medio estimulado por la velocidad, y eso pasa siempre que el mar revienta sobre la arena, y creo que estábamos aprendiendo a dominar el mar, pero, también aprendiendo a ser agua, espuma, sal, el tornado, el jardín primitivo y un poco la tabla y las piernas, y qué ganas ya siendo mar, de echarse a uno mismo desde la tabla para hacerla deslizar sobre la espuma.

Si el octavo piso era un mar, el sitio era un islote y ese islote parecía reducirse cada día, un poco como un cubo de azúcar rodeado de agua roja. Quizás por eso los talleristas faltaban a menudo y otros ya no habían regresado nunca, y supongo que un día llegarían sus ropas o sus viandas tupperware rotas, o con las tapas cambiadas, junto a sus libros o sus cuadernos escritos con gel verde. Una de ellas y cada vez que volvía y encontraba a G, lo abrazaba, y decía cosas como sigues siendo papá oso. Recuerdo que algunos talleristas habíamos perdido la memoria, pues, nos saludaban, y nosotros levantábamos la mano, más por educación o compromiso pero sus rostros nos provocaban desconfianza. Muchos ahora se buscaban la vida y otros habían levantando negocios en las afueras de la ciudad. Me parece que tener algo fuera de quito es necesario, siendo que acá un poco siente que la ciudad crece como una raíz, y eso implica que uno mismo empieza a tambalear al sentir las bases rotas, los brazos enrollándose en el cuello, es decir, a veces creyendo que la parte salvaje del campo no existe, dando solo paseos en bicicleta y oliendo la boñiga debajo de la cama, en las botas. De todas maneras las cosas parecían achicarse, y era como si los muros respiraran sobre uno, y como si los muros fueran la decoración de un día de reyes o un día para celebrar santos inocentes.

A veces se celebraba onomásticos y dos o tres cumpleaños y alguien llevaba una tarta preparada de manera artesanal, y también vasos plásticos, y también bebidas, y cola de naranja, pero siempre olvidaban las servilletas. En esas ocasiones algunos talleristas aprovechaban para darse a conocer, sobre todo aquellos que en clases mantenían silencios de asesino de masas o de tubo o probeta de ensayo. Aparecían los pseudo filósofos y sobre todo un puñado de comediantes que no parecían improvisados, tipos que debían estar en la teve pues sabían de memoria diálogos enteros de dibujos como los de cósmico, y algo de los plop del loco pájaro chileno. Entonces mientras la gente mordía la tarta, y algunos ya repitían, y algunos aún estaban fuera sin animarse a pasar, entonces, los comediantes pedían silencio y luego abrían los brazos como si fueran a echar a volar, ahí, en medio de la habiatación y luego estaban con eso de los niños tartosos, con eso de la isla para ocho personas, con un conde de callejón o no sé qué ocurrencias que nos tenían con los ojos grandes, y con las bocas como platos. También la gente comía en silencio, y quizás era comprensible que uno no estaba allí por la broma ni por el pastel, y quizás parecía que todo era circunstancial, eso que uno no atrae. Luego me venían a la mente frases y quizás era cierto que no teníamos idea de lo que hacíamos, dónde estábamos o quiénes éramos y eso era por aquello que había escrito un hombre de corbata azul, un tipo expulsado del centro, algo sobre el no saber ni conjugarse. Entonces, esa noche no estábamos, pero éramos o estábamos y no éramos, y quizás yo era uno y también dejaba estar en al otro o en lo otro, y me preguntaba si era conjugarse, si era posible estar sin ser. Los alumnos del centro no saben ni congujar el verbo ser. Supongo que hay que estar para luego dejar de ser. Luego el cumpleañero mordía la tarta, y luego lo tiramos por la ventana y al día siguiente se hablaba de lo bien que estuvo el día anterior y ya planeábamos el siguiente onomástico. Yo siempre respondía que el mío había pasado; nos tomaba dos días volver a ser los mismos, es decir, a jugar al mar, las olas, y de nuevo Sumo echaba por los auriculares a toda puta. 

Amigos de tarta, de caídas por la ventana y de chistes sobre arqueros pasados en merca.

A veces yo bajaba los escalones para ir un poco a fumar un marlboro y últimamente no lo hacía por sentir eso de la tensión y el cansancio; era cosa de disfrutar el alquitrán, la hoja de tabaco y la sensación de breve adrenalina, y en eso estaba, drogándome con cosas legales y desconectando todos los sensores como haciendo eso de resetear, estamos en mantenimientos, como con el sitio. Por lo general iba hasta el tercer piso y luego buscaba un lugar seguro, un lugar donde las personas no estaban detenidas o donde se cruzaba sin hacer demasiado caso. De necesitar una canción para ese momento, en medio de un piso y con hombres de casco amarillo alrededor, hubiera sido el discobabydisco de los corpiños a la madrugada. Un poco de misterio y mala leche, como si el cantante dijera no te acerques demasiado y como si en ese sitio estuvieran pasando las cosas que uno quiere que le pasen. De todos modos a veces el cigarro entre varios talleristas y a veces nos entusiasmaba hablar de las cosas que no habíamos hecho, y descubrimos que pocos se habían acostado con sus primos y primas, pero en realidad creo que jugábamos a ser tipos indeseables, al igual que las talleristas, menos talvés, un poco presumiendo de haber tocado una entrepierna, de haber besado una boca, y esas cosas, no sé si las decíamos para llenar un poco el tiempo o porque nos resultaban excesivamente graciosas, y siniestras; de hecho no parábamos de reír; quizás pensamos conocernos mejor hablando de nuestras cosas vergonzosas, tesoros y juguetes oxidados. Tesoros oxidados sería un título para un libro, título vendedor, y supongo en ese libro alguien explicará el valor de las cosas que nadie quiere mostrar y puede tener una serie de cuentos, sobre jóvenes que desaparecen sin dejar rastros y de cuyos amigos se presume su desaparición.

En medio de uno de esos pisos yo sentía que podía volverme humo y me gustaba esa sensación de no tener peso y un poco me disgustaba no sentirme importante, o valioso, pero igual me volvía pseudo invisible, y según yo, visitaba otras habitaciones y entraba en los ojos de otros talleristas y eso me hacía sentir importante, de un modo secreto, y creo que cada vez que encendía un cigarrilo era para entrar en las encías y para obligar a otros a tirarse por el gran agujero o por las ventanas.

El sol quemaba y el cielo anaranjado parecía un incendio. Uno también quería tocar con las manos la nubes o beber un poco de ese gas.

Cuando preguntó qué sucedía, yo solo alcancé a decir algo que había preparado dos o tres noches antes: he perdido la cabeza, la cabeza me permitía asociar las cosas y llevar un sombrero para no quemarme, ahora he perdido la cabeza y el sol se acerca a partir de las seis aeme. Era cierto, y nadie sabía bien como darme una mano, luego tuve que inventar cosas sobre la sordera, la ceguera y sobre los sentidos atrofiados e invité a que observaran unos vídeos de gusanos fuera de la tierra retorciéndose, y eso era casi como asistir a un laboratorio y un poco yo quería que todos llevásemos un microscopio. Mi cabeza no debía estar muy lejos y quizás yo la andaba perdiendo por puro gusto, para ejercitar la memoria antes de entrar en esas edades terminales, pero también era uno de mis vicios, desarmar y extraviar cada parte del cuerpo.

Quitarse la cabeza es sencillo y complejo a la vez, uno necesita otro cuerpo y una antena de recepción que puede ser un celular o el control remoto de un auto de juguete. Bastante básico, bastante cyberpunk y uno anda con ese aparato tapado, pegado, adherido en el cuerpo, y claro, si se mira con atención otro puede notar que uno ya es medio robot.

Quitarse la cabeza ayuda a pensar en menos cosas y a ser más libre, casi como el aterrizaje de una mosca sobre un plato con miel, y luego uno anda clavado en mitad del plato con las piernas o patas en los aires, agitándose, y con la boca llena de dulce y los ojos cerrados y eso es como si el muñeco de una torta de matrimonio fuera intencionalmente clavado en el tercer piso de la tarta, pero luego uno puede volver a hacer las cosas nada peligrosas de antes, pero necesita un disco de recuperación. Muy sencillo todo, nada que el DOS (deoese) no haya hecho antes.

/eresunmentiroso
//eresunmentiroso
//eresunmentiroso.dll

Mi cara brillaba como un monitor conectado a un sistema 386 de disco floppy.

Todo onda cyberpunk y al revés, o sea, viando de los 80 tas a los dos miles y de los dos miles a los ochentas.

Luego dijo eres un mentiroso.


1/2/14

televator

Alguien me estuvo preguntando que qué mierda andaba escuchando por esos días, y yo debí responder kyuss, o tame impala, o ikaracolt, pero dije lo primero que se me vino a la mente, y con una voz casi militar salió eso de The Mars Volta. Era verdad que no había dejado a esta banda, pero también al tenerla en el ipod la adelantaba, a no ser que fuera aegis, o quizás day of baphomets, que son temas con los que uno desearía ver el fin del mundo, esa gran llama violeta cuyo gas derrite o derretirá las rocas y los muros y volverá gas el mar. De todas maneras dije themarsvolta y pensé que la imagen de esos dos imbéciles, serviría para que M.B tenga un par de días para pensar en esas cosas, y en la música, y quizás también se anime un poco hasta dar con el trabajo solista de ambos, y quizás también con los filmes del mexicano. Recuerdo que esa banda tocó en santiagodechile y yo por esos años intentaba trabajar en la teve, y conseguía solo trabajos eventuales cargando cables y eso estaba bastante pesado, y bueno, pude hacerme con un par de entradas, y el show de los mars estuvo bien, y por momentos uno miraba algo que aún no existía, y esos momentos valían por todos los cables y los días que comería solo pasta y tomate, y todo era nuevo, y todos estábamos estáticos, y la música era otra cosa y todas las cosas al mismo tiempo, los volta juntaron ese día, y ya otros, en otras fechas, el siglo pasado, el que se fue, con el mundo que aún estaba por llegar; y en ese planeta el agua es roja, y los hombres y las mujeres están en varios lugares al mismo tiempo. Eso ocurrió en 2005, ahora la banda se ha separado, no existe, no gira, no toca. M.B dijo ah, de lujo, pero me pareció que solo era amable, y luego nos quedamos callados y no se preguntó nada más. 

Para no ponerme a llorar, busqué una cinta y por suerte alguien, quizás la tallerista chaleco nelson, había dejado su maleta y ahí encontramos cintas de liquid sound y algo de unida. Uno de ellos era el tercer album ouroborous y tenía dos o tres de esas "suites" interminables y luego estaba sonando el frances, la muda. Agradecí en silencio ser camarada de la tallerista chaleco nelson, y un poco me puse a pensar las tardes que pasábamos desnudos y tirados, tomando sol en mitad del campo. Recuerdo que llevábamos el trooper de mamá, y luego estábamos junto al río y las ropas en los asientos, y nosotros, no sé por qué torpes impulsos, recostados sobre el pasto, y quizás no habían personas cerca, o quizás no se atrevían a acercarse, pero en realidad estuvimos desnudos de frente al cielo, y la sensación de peligro y verguenza no se iba, pero al mismo tiempo, y tras convencerme que nada peligroso sucedería, creía que mi cuerpo se cargaba, como una inflamación, y extrañamente me sentía invulnerable, y de hecho quería que alguien viniera y practicaba eso de mirarlo a los ojos, y luego sonreía, y todo era hacer cosas sin sentido junto a chaleco nelson, que supongo anda por mardelplata o quizás por el estado de tabasco, no se sabe, ella a veces dice mevoyavolver y eso lleva uno, dos años.

Bueno, al sonar la cinta comprobé por qué eran tan buenos y si alguien pensaba lo contrario tendía que dedicarse a escuchar música concreta, quizás sonidos midi o esas canciones en los karaokes. Sonaban bien y luego dejé una nota junto a la cinta, decía nosotros no estamos. atte. mars

Luego estuve pensando que los volta habían inventado el mundo. Nosotros seguíamos siendo los egoístas de siempre y supliqué que no vuelvan a reunirse; tuve el tema hasta cuando me acosté y me alegré de que nadie los conociera, o quizás me alegraba de acostarme sin despedirme de nadie.

M.B miraba hacia algún sitio, pero yo no estaba muy seguro, y mejor intenté quedarme inmóvil o quizás dije algo y luego alguien fue a dejarnos en casa, recuerdo que pasamos frente a una estación de combustible puma, y las luces eran demasiado intensas y yo dije algo sobre como la luz difuminaba los bordes de los objetos, y creo que nadie me escuchaba y luego que hacían preguntas y que deseaban ir hacia calderón o hacia esmeraldas; yo pensaba ojalá los volta nunca más regresen pero estaba seguro de que así sería, porque esas cosas son predescibles, era como  ver a dos niños enojados, y también pensé que en unos meses estarían más enojados.

Luego estuve con varios temas de los volta en el ipod y la verdad parecía un tipo extraño, con los pies jugando a tocar la batería y con las manos agitándose en el aire, dentro de un autobus, eso fue un día que viajaba a latacunga. En realidad iba solo en el penúltimo asiento, y los asientos o espaldares eran tan altos que, visto desde la puerta, el interior del bus parecía vacío. Dos mujeres con lentes gruesos miraron, y creo que intentaban reconocerme, y yo también las miré, pero nunca las había visto en la ciudad y luego me resultaron absolutamente desconocidas. El haber dejado latacunga me había vuelto un poco como un turista, y eso no estaba mal, y además sin querer yo había alcanzado esa sensación de anonimato y bajo perfil que hace de la vida un placer o un acto prohibido, un acto por romper. Todos los días rostros nuevos a través de unas calles que eran las mismas desde hace décadas. Luego seguí jugando a que tocaba una batería invisible, y todo era acompañado por la velocidad del autobus que bajaba hacia Tambillo, que luego correría frente a Machachi como un maldito proyectil que volaría el peaje y por qué, no, al mismo Cotopaxi, cotopaxi con todo y cóndores y con las truchas azules que nadan dentro de chalupas; y eso era el vértigo, un licor que habían guardado en botellas diminutas que yo andaba bebiendo desde el 2004.

Un día Cedric me dijo que yo debía terminar las oraciones con un punto final. Esa madrugada estuve escuchando a dos equipos de fútbol cinco, y creo que habían llevado sus propias barras que animaban cada "jugada maestra". Eso era a las 2 o 2 y 30 de la mañana. Luego pensé que no era posible que la gente jugara al fútbol cinco hasta tan tarde, y al mirar a la ventana me pareció observar las luces de los reflectores, una luz intensa, o inmensa, blanca, como para iluminar el darksideof la luna y de paso filmar la odisea 2001. Luego dije que seguro estaba alucinando y que lo que escuchaba era parte de un sueño, y un poco y con algo de temor intente dormir, y creo que pasó media hora, y luego soñé que alguien me decía christian killer, y no era como si dijera que christian es un killer, no, decía, christian killer. En medio de la madrugada me puse a relacionar esas palabras con personas a las que había tratado, pensaba en alguien nuevo, quizás un o una tallerista de otro centro. Al día siguiente intenté hablar con G.D de aquel sueño, pero la contestadora dijo que era su día libre o que la llamara el jueves. Ojo, eso lo decía la contestadora, una voz eléctrica, y no ella, que pudo o no grabar el mensaje. Fue como llamar al servicio técnico del ietel.

Al día siguiente recibí algunos correos y entre ellos uno de G.D. Decía cosas sobre el trabajo, y también me había incluido unas fotografías, algo de su paso por sanmigueldelosbancos; en todas ellas sonreía, sería porque abrazaba a ernesto, su nuevoviejo, teamoodio novio. Como pensé que estaba,  intenté que respondiera sobre mis sueños christian killer; primero recibí un correo donde hablaba de tomarse tiempo, luego no escribió más y luego dijo ya regreso. Supuse que no podía hablarme y luego entendí por qué me había escrito y adjuntado esas fotos. Revisé otro correo y me pedían unas retenciones, el mensaje estaba marcado como urgente. Yo llevaba un tiempo haciendo fotografías para un ministerio y luego pensé que las fotos habían quedado bien, y al ver la fecha supuse que no era muy urgente. Luego G.D escribió que Guillermo buscaba a alguien libre. Lo pensé bien, y luego recordé que Guillermo trabajaba haciendo logos para empresas, dibuja o muere era, algo así como su lema, y a veces necesitaba fotógrafos y también contrataba sin preguntar. Luego lo llamé pero conectó con el buzón de mensajes; luego colgué el aparato y luego también olvidé eso de asesino de cristianos.

Al día siguiente estuve yendo al centro, y muchas caras se volvían para mirarme, y era extraño, en todos los rostros reconocía a alguien; saludaba, y ellos me miraban desconfiados, bueno, luego de pensarlo, algunos contestaban mi saludo y creo que regresamos unos siglos atrás, y solo faltaba que las campanas sonaran al mismo tiempo. Pensé que tanta campana en tanta iglesia podría activar las fallas sobre las que crecía la ciudad, y quizás un volcán podía encenderse. En el estacionamiento habían dos hombres, pero no parecían tener prisa, eran quizás las cinco. Algunos funcionarios llevaban varios días infiltrados en los centros, y en los normales, un poco mirando el día a día y planificando y transcribiendo lo que debía reemplazarse. Entrar al centro era como comerse un pan, cualquiera pasaba por autoridad, bastaba llevar traje y corbata azul o traje y corbata roja. También sucedía que nadie hacía preguntas, y era como si los guardias tuvieran orden de preguntarlo todo, pero también como si por experiencia, hubieran decidido no hacerlo, como si saber no cambiara las cosas.  Así estábamos todos, dormíamos con el enemigo.

Luego rodé por los escalones. Sobre los hombros de alguien observé las cámaras del circuito cerrado; las cámaras parecían seguir los movimientos de los autos. También vi un borde, y unos pies, supuse era la acera. Luego esperamos en una esquina la luz verde.

Eres un mentiroso


sorber seis de la tarde

Estuvimos discutiendo, y nuestras caras empezaban a inflamarse, y un poco yo suponía que de ese modo debían verse los rostros de quienes estaban siendo alcanzados por algún fuego en forma de gas azul, y eso era como estar sentados y discutiendo en el centro de un incendio. Me miraba, y al mismo tiempo miraba al resto de talleristas, y eso era rápido, y pienso que llevaba un grabador de mano en lo ojos, que para entonces se habían vuelto aparatos capaces de registrar las cosas con verdadera prisa y exactitud. Una de las talleristas llevaba colgado de su cuello un enorme crucifijo, y me parece que estaba hecho de acero, y me gustaba creer que por el peso de aquel amuleto ella caminaba como un fantasma o como un dibujo, y también verla me hacía pensar en la madrastra de las películas de waltdisney, y ella, creo, apreciaba o disfrutaba que la miraran de esa forma. Un día que todos estuvimos reunidos, incluso los cursos superiores, viendo temas y los trabajos de actualización, al fin pude preguntarle que qué rayos hacía con la cara pintada de blanco, y era gracioso, porque ella tenía ese color de piel irreal, como esas personas que parecen muertos y su rostro o sus huesos eran bastante delgados, y demasiado pálido, y con el polvo en el rostro se veía como un algodón y eso sería el tema de lo irreal, era como ver el interior de un oso de felpa. Ella sonrió, o me miraba como si yo fuera a atacarla, y creo recordar que ella dijo algo sobre su acné, o sobre cubrir esas manchas, y a mí me pareció algo tierno o era como si el oso de felpa tuviera vida; no pude, sino, invitarla a tomar un helado y en realidad creo que esa tarde me sentí como un padre que acaba de encontrar a la hija que había perdido, o la hija desconocida, como en esas series mexicanas donde un hombre grande y corpulento y con el cabello desordenado, o sucio y de apariencia siniestra se despide al apuro de una mujer que intenta detenerlo, y luego ella cuenta, cómo ese hombre, un día, por cosas del trabajo, y ya quince años después de intentar detenerlo, regresa a ese pueblo, y se encuentra con esa mujer quien concebería a su hija, y luego el hombre decide que su hija es más importante que todo y empieza otro problema en la capital, y todos quieren ir para allá, y la esposa actual no sabe nada y todo es breve, y sencillo, en la serie mexicana que quizás se llama la virgedeguadalupe, y parece ficción, pero también parece bien normal, y luego nos casamos, como en la película del francés gaspár.

Bueno, eso pasó, dejé de mirar al resto de talleristas que tenían la misma edad, y todos habíamos escuchado los mismos temas populares, que ahora no sonaban a todas horas pero la  mayoría tenía el peso de varios años más, y creo que al ver mi hija esposa, la tallerista de polvo blanco en el rostro, me sentí un poco mejor, e incluso me vi clavado de cabeza en la mitad de una tina llena con helado blanco, sintiendo como el cerebro se detenía y como los ojos se congelaban y la lengua un poco como que disfrutaba del sabor, que no era vainilla sino ronpasas, y luego de a poco ya yo estaba en ese sitio, y los pies dejaban de agitarse, y era ya una estatua, para una muestra, en cualquiera de los museos que abrían esos días, a todas horas, pues, empezaban ya las fiestas, y esas celebraciones para homenajear que la ciudad seguía en pie, y sobre todo, porque, no quedaba sino salir, y un poco distraerse, porque en la ciudad todo el mundo estaba bien dedicado a trabajar y a vacacionar en la costa cada vez que el trabajo les daba tiempo, o cuando el gobierno dictaba que podían detenerse, y entonces nos perdíamos los unos a los otros con la ayuda de todos, y era de ver cómo llenábamos las calles, y los bares, hasta dejar de hablar, y éramos esqueletos con agua por dentro. Ella miraba desde la mesas mis piernas que habían dejado de moverse, y que salían como dos cucharas o sorbetes desde la montaña de helado y dijo que por favor comiera, que no estaba bien que pidiera todo ese helado y lo dejara ahí, sin tocarlo. Luego yo trataba de recordar un viejo chiste que hablaba sobre un niño que quería comprar helados todos los días, algo sobre cucharas para helado o sobre un niño disléxico, o era que el niño luego tomaba los juguetes de su hermano mayor y los llenaba de caramelo, o el niño se había mordido la lengua, o no se qué, pero no lo recordaba y miraba que la tallerista seguía con su helado que no tenía fin, y luego me miraba y quizás creyó que la iba a atacar o ponerle mis dedos dentro de su helado y mejor le conté algo sobre música que escuchaba esos días, y eso pareció agradarle, es decir, de nuevo miró su helado, y su cuerpo ya no parecía contorsionado, y sus brazos incluso se estiraron, como si al fin estuvieran cómodos. Luego dije que el helado había estado muy bien y ella dijo que pensaba lo mismo y quizás en ese momento debía decir hasta otro día hija.

Luego la tarde continuó su paso ilustre y los buses echaban los humos sobre las personas que tomaban el smog y empezaban a fabricar un tipo de combustible.

Luego el sol quemaba los parabrisas y se escuchaba un silencio bastante inusual, y era como si el tiempo corriera hacia el otro lado, y en realidad era una tarde para tomarse fotos, y creo que el día se hizo más largo y un poco todo tenía una luz de cuadro de museo a las cuatro de la tarde o la luz de escuela indígena, y solo faltaban los perros corriendo tras una liebre o una cascada de agua vaporosa, en cuyo fondo se podían observar a los peces sonriendo, como contentos con los rostros de quienes los miraban, con un sombrero de copa y un bastón en sus aletas.

Había algo aquella tarde sobre los árboles, algo que le hacía pensar a uno en CamilleCorot, y en el dios, y en la foto de dos hermanos anónimos; como si esperaran que respirara el árbol al caminar sobre el asfalto.

Luego estuve varios días rodando por los escalones y eso me tenía bien molesto, y andaba por las habitaciones gritando a los otros talleristas, y ellos me sonreían, y yo pensaba que no estaba del todo mal levantar la voz, o tener ese estado de ánimo, pero, en los talleres, con los chicos de educación básica las cosas no resultaron iguales, y ellos tuvieron tiempo para quejarse con uno de los inspectores, y luego recibí mi primer memo, y en este se detallaba el manejo descuidado que tenía con mis alumnos, y algo sobre el desorden en el diálogo, y, solo faltaba que me enviasen a charlar con uno de los especialistas, pero pude notar que la oficina donde se realizaba eso del direccionamiento de actitudes estaba aún cerrada, y mejor estaba pensando en las cosas pendientes y me sentí un poco miserable porque eran cientas, decenas de diminutas tareas que parecían no acabar. En el bar del colegio compré agüita carbonatada que venía dentro de un envase de un color verde esmeralda, y cuyo envase a la vez tenía la forma de una gota de agua, y noté que esa forma era bastante singular y que ayudaba a diferenciar la marca de entre el resto de ofertas, pero, resultó inútil dentro de mi maleta, su barriga inflamada, como gota que era, no permitía que mi maleta cerrara completamente. Luego compré dos galletas de veinte centavos y prácticamente me dí por almorzado. Una de las compañeras de corbata celeste me pidió que la acompañase a colocar seguro en su auto, y, a cargar con unos libros que ella acababa de corregir; y luego pidió que sujetara la compuerta de atrás, y era una compuerta que se quedaba de pie sola, porque su auto era un renault, y ella al verme con los brazos en alto dijo que bueno que está este pan y luego me dio la impresión de que estaba revisando las compras para su casa, y en una bolsa amarilla tenía sánduches de queso y lechuga o de lechuga y pavo, o no sé qué; luego estuvo metiendo y sacando cosas, en realidad las mismas cosas una y otra vez, y eso me puso nervioso, y ella dijo algo, pero no conmigo, y creo que yo estaba con el cuerpo de un esclavo egipcio como en el vídeo de thebeloved, y por un momento creo que también llevaba cadenas y joyas bañadas por el sol que a esa hora estaba maldito, y ella, a veces, detenía sus ojos sobre mi estómago, y luego miraba hacia el pubis, pero yo no estaba estimulado, y solo tenía ganas de beber mi agüita carbonatada. De todas maneras ella miraba por breves milésimas con sus ojos de rayos, y yo pensaba que nada era importante y ya se terminaría el día, y luego el siglo, y luego nos caerían caballos y esos jinetes con nombres de colores, y ella luego me dio su sánduche y dijo que comiera pero yo dije que lo haría en la noche.

Luego estuve resolviendo un cuestionario y eso me produjo catarro, y para calmarme salí a fumar un marlboro y bajé con cuidado para no rodar; y un poco mirando a las cosas, y buscando un momento para trepar a sus hombros, pero no bajaba nadie, y mejor charlé con otra tallerista aunque ella no parecía muy interesada, y era por eso que ella se reía de las cosas serias que y luego se ponía seria cuando yo decía cosas graciosas, y cuando me preguntó por qué lloraba yo respondí que no lloraba, sino, que estaba paralizado de la risa, y ella dijo me quieres violar no... y empezó  a gritar en los pasillos violador, violador. Así estuvimos hasta el divorcio.

En la pared habían escrito usando aerosol y una plantilla la frase eres un mentiroso. Esa pared separaba las gradas de un departamento de estudios superiores, y si uno quería observar los carteles con horarios y fechas para matrículas tenía que levantar la cabeza o echarla cabeza hacia atrás. Supongo que el muro era semitransparente pues el sol quemaba, y las nubes sobre las montañas estaban anaranjadas como un pájaro y solo faltaba un sorbete, y algo de alcohol, y una boca sorbiendo de las nubes; como sorber fuego y gas de nube y eran quizás las seis de la tarde.

Centrodeinvestigaciones y controlremoto

Una tarde estuvimos observando el interior del gran agujero. Uno de los talleristas tomó por los hombros a otra tallerista y fingió que la tiraba al interior, y la tallerista parecía tener muchas ganas de caer y por ello cuando dieron dos pasos yo me acerqué para tirarla de verdad, y luego ella estaba en el subsuelo, quitándose algunas manchas y polvos que se le habían pegado al caer, y yo me reía, y ella estaba bastante molesta pero luego dijo algo y abrazó a otro tallerista y salió hacia donde estaban estacionados varios autos. Luego se hizo popular la frase esa de bajar por la vía rápida, y luego muchos empezaron a usar las gradas y eso sirvió para evitar los empujones, y eso molestaba a los hombres de casco amarillo pues estos todos los días cargaban sus carretillas con escombros y ahora también debían cargar con cuerpos inconscientes, y algunos cuerpos eran grandes como elefantes y por eso alguien puso una cinta amarilla alrededor de las puertas que llevaban al gran agujero, y además alguien dijo que los cimientos y las bases del sitio tendrían que ser reforzadas, eso por algunos cuerpos caídos las semanas pasadas, y eso un problema porque ya llevaban varios meses de trabajo. Luego volvimos a usar los escalones hacia el noveno aunque de subida encontramos filos y bordes rotos, y parecía que algunas personas habían caído de frente sobre los escalones frescos y por eso se sugirió usar cascos y yo usaba a veces un casco amarillo pero nunca comprobé si seria capaz de protegerme en una caída.

Algunos talleristas subían los escalones estudiando con los cuadernos abiertos en las manos, y muchos de ellos tuvieron que rendir algunos exámenes extra para aprobar los veintiocho puntos que era la calificación mínima, y recuerdo que también miraban al techo mientras rendían el examen, y yo pensaba que en el techo estaba pegado algún pizarrón en el cual se habían escrito previamente las respuestas, pero solo estaban los agujeros donde antes habían unas lámparas, y creo que quizás esos talleristas tenían alguna conexión mística con uno de esos dioses invisibles, y yo dije oye dios a mí también, pero cuando pensaba en esto los otros talleristas, que en verdad tenían fe, me miraban y de alguna forma censuraban mi indisciplina, o mi actitud superficial, y yo creo que el dios estaba con ellos porque no decía nada, pero también pensaba que ese dios era de aquellos que estaba con las minorías y por unas semanas intenté conocerlo, pero sus fieles eran personas que tenían sus recatos, y mientras yo andaba por las habitaciones haciendo ruidos, o intentando conocer a talleristas más jóvenes, ellos colocaban sus sillas azules en dirección hacia una meca, y hacían culto, pero no creo que era culto, sino, algo más filosófico, además guardaban sus libros sagrados entre los muslos. Sin embargo, varias veces compartimos mesas, y viajes, y una vez en un viaje hacia ibarra me invitaron a nadar desnudo en las aguas de una pequeña fuente de aguas verdosas, y esa agua era tibia, y ellos decían cosas entre ellos pero nadie me explicaba de qué se trataba todo, pero el agua era tibia, y hasta hirviente, y recordaba cuando mis papás me llevaban a unas fuentes dentro de una montaña en la vía al tena, y recordaba a mi padre, el escritor, trepadote en un gran trampolín, y, yo, tras de él, y mi madre abajo, gritando tíralo y yo luego empujando a mi padre que seguía con su temor a saltar, y solo me faltaba apuntarle con un revólver, y mi padre estaba en el filo del trampolín, y abajo el agua era verde como la de las fuentes, y echaba vapores. En esa ocasión decidí quitarme la ropa y entrar en la fuente, y algunas talleristas me abrazaron, y otras se quedaron dormidas o se hicieron las indiferentes tras mirarme el pito, mientras, yo intentaba curarme ciertas inflamaciones, sobre todo en los hombros. Una de las talleristas tenía unas tetas enormes, y ella se sentó sobre mis rodillas y me dio sus tetas como para que yo las chupara, y eso hice, y su piel era blanca y pálida y un poco me sentía como en la escena final del filme que escribió stanley, y el loco de anthony, y me daban ganas de morder sus brazos pero ello que me abrazaba tenía los ojos abiertos, y parecía hipnotizada, así que mejor guardé silencio y dejé de pensar en cosas y luego solo escuchábamos a otros talleristas dormidos, y luego al vapor que se pegaba en los muros y algunos nos acercamos y nos recostamos con una toalla en la cara.

En la parte más alta de la montaña vimos a dos unicornios, uno celeste y otro rosado que entrelazaban sus cuernos como si lucharan. Debían ser unicornios jóvenes pues los adultos suelen tener un color más oscuro.

Los exámenes intentaban conocer qué tanto habíamos asimilado durante los primeros tres meses. Muchos exámenes constaban de preguntas objetivas, pero también daban pie a que nosotros elaboráramos pequeñas teorías o pequeños ensayos que nos acercaban al trabajo de investigación que tanto se empezaba a priorizar. Esto de investigar manejaba un campo tan amplio y por lo mismo tan desconocido, un sitio en el cual era más fácil salir con nuevas dudas y tocaba replantearlo todo. Quizás por esto muchos talleristas decidieron enfocarse en trabajos de aplicación y luego discutían las reacciones y estaban en eso de la elaboración de manuales y metodologías. Según sus informes trabajo estaba en la evaluación y también buscaban causas a la poca atención en el proceso de enseñanza. Hablaban algo de la repetición inconsciente o débil de contenidos. Algunos intentamos centrar nuestra atención en los problemas que tenía el lenguaje, ya sea en la escuela primaria, ya sea en la educación superior pero aún no apuntábamos al verdadero cuaderno de trabajo, aquel espacio dominado por las radios, la teve y la construcción de códigos lingüísticos. La teve se había vuelto el profesor de tiempo completo, y nuestro país, la escuela, estaba actuando como el profesor de reemplazo. Eso era frustrante pero a la vez lo invitaba a uno a reflexionar. Quiero decir, varias discusiones improvisadas que tuve con dos o tres hombres de traje azul terminaban en las posiciones irreconciliables de yo enseño español, yo enseñaré ecuatoriano. Sin querer abrimos una brecha de matices culturales y quizás era el momento para inventar cualquier arquetipo capaz de cobijarnos, como el martinfierro, como el werther, como el sanchopanza, como el conde lucanor, el botija, jotajota, másnoblequeunalechuga, cualesquiera, un padre urgente.

Yo apoyaba al negroquesalíaenloscomercialesdefruit; pero, mi padre era mi padre, el escritor. Creo que muchos habíamos asimilado la idea de vivir entre varios mundos sin que por ello uno limitara a otro, y sin embargo también parecía que uno de esos mundos aún era un mito. Luego decidimos escribir muchas palabras usando la q por la c y luego cambiamos la h por la doble v y ya no decíamos voy pa tungurahua sino voy al tungurawua y también hola soy washinton por hola soy huashinton. Supe que alguien de noveno tenía pensado un argumento para una novela a la que titularía El huachiman.

Muchos tras los exámenes quedaron bastante comprometidos, y era común que al no alcanzar un determinado promedio subieran la roca de la segunda mitad del ciclo, y uno ya se predisponía a lo peor.

Luego estuve mirando al interior del agujero y un poco sentía una incomodidad en la garganta, y tenía carraspeos, y sentía flemas en la garganta y sin embargo luego estaba dándole al marlboro, y luego miraba cómo el humo subía hasta alcanzar formas extrañas, y en esas formas que no duraban ni un segundo intenté leer mi futuro, pero antes debía tomar un taller de lectura rápida de siluetas en humo de cigarrillo; y creo que observé un anuncio para un taller en una revista catalana, y me preguntaba cómo pude haber leído eso si ni siquiera tengo contactos catalanes en mis redes, aunque, una vez, vi un reportaje, o documental, de un barrio en una ciudad cerca de Horta-Guinardó y en ese distrito los vecinos parecían llevarse como personas civilizadas, pero en realidad era como si fueran colegas que siempre estaban resolviendo problemas, y metiéndose en otros problemas que en el documental no eran expuestos o tratados de manera explícita, porque el documental se trataba más de las dinámicas entre vecinos, de cosas espontáneas, y muchos vivían solos en casas o departamentos, y el tono general del filme, es decir su coloración tendía más a los grises, y a los colores apagados, desaturados, y varias veces llovía y eso le daba a la imagen un clima triste, y quizás en uno de esos muros, de ese barrio, que por cierto así se llamaba el filme, pude, o abré visto un anuncio para tomar clases de lectura rápida de siluetas en humo de cigarillo.

Espero no haber enfermado pues, enfermarse requiere de un seguro médico, y llevaba dos años sin una cobertura, y esperaba, tras mi último ciclo, iniciar alguna relación en la cual me brindasen alguna cobertura. Por lo general uno tenía un servicio médico para diagnóstico pero uno mismo debía gastarse con las medicinas, aunque, de un tiempo para acá ya se estaban produciendo genéricas, y a veces en los centro de salud uno obtenía de manera gratuita antibióticos, y a veces el tratamiento duraba dos semanas. Sin embargo, procuré guardar los marlboros, e incluso empecé a obsequiarlos. Un tallerista fumaba tres veces más que el resto de talleristas y además tenía la apariencia del hombre marlboro, y me daban ganas de preguntarle dónde había dejado el caballo y el sombrero, pero tenía la impresión de que respondería con alguna broma y más bien pregunté a otro tallerista que de qué barco se había bajado, como en un cuasi homenaje a la escena en que Mcfly regresa al pasado llevando un chaleco, y ya que el tallerista llevaba un chaleco similar, le pregunté oye, de qué barco te bajaste, y solo yo me reí, y creo que nadie estaba enterado de esa trilogía, ni de martin en el pasado, creo en 1955. 

Luego estuve rodando hasta la planta baja. Luego me trepé en sus hombros. Luego miraba un filo bastante uniforme, luego miré unos pies. Luego a las personas que caminaban con sus bolsas blancas en las manos. 

Unos hombres dirigían el tránsito y creo tenían controles remoto.

Luego dijo eres un mentiroso. El marlboro me miraba. Luego repitió que yo eres un mentiroso.
Luego, las espaldas que ya estaban separadas como a dos cuadras, parecían de nuevo pegadas, no de manera explícita pero sentía que la piel se nos estiraba, y se alargaba, como los dibujos animados.

Diez minutos después eres un mentiroso.



31/1/14

Lot casado con la sal

Un día mirábamos imágenes de los primeros escritores modernistas en el ecuador. Sus rostros habían sido dibujados con la técnica de la plumilla y en realidad no parecían muy jóvenes y creo que todos pensamos que ahora se envejece con menos prisa. Uno de ellos llevaba unas gafas muy grandes y tenía algo que lo distinguía. Luego supimos que su muerte no había quedado del todo clara, se supone que fue un suicidio pero, también parece que desde el punto de vista forense eso era muy complicado, aquello de sostener un arma en un lugar de tal extraño acceso.

Luego estuvimos recuperando algunos datos y de algún modo las principales ciudades estaban divididas entre aquellas donde exitía un diario y donde estaban las dependencias públicas. Luego pensamos que sería una gran idea el traer a uno de los familiares al centro para que nos hablara un poco sobre la obra y la vida, y en realidad queríamos meter las narices en la miseria de estos autores. Creo que por un momento deseamos que otros nos contaran la cosas antes de ser nosotros quienes las descubriéramos. En otra ocasión mantuvimos a diez autores sobre el escenario del salón tres, con varias tandas y aunque ellos querían retirarse, nuestras preguntas los obligaban y de ese modo entramos en sus cosas y un poco las cosas de la poesía. Algunos llevaban pequeñas botellas de licor y eso nos pareció autodestructivo, e instamos al autor a que dejase esas cosas, pero en realidad deseábamos que diera algunos sorbos en el escenario, pero el autor empezó con su lectura, la cuarta de la noche, y en el poema él saludaba a todos aquellos que lo habían invitado a compartir una mesa, y yo creía que otra vez era una navidad, y alguien dijo que dejara que pasara la pascua y los reyes, y nosotros dejábamos de respirar, y era como si sus palabras nos quitaran el aliento. A una de las autoras la felicitaron públicamente pero ella parecía demasiado acostumbrada a recibir esas atenciones, y apenas si movía la cabeza de un lado a otro o apenas si abría sus labios, y además tenía colgando del cuello una bufanda roja muy larga y voluminosa y a uno le entraban otras cuestiones, pero su voz era la de un monstruo marino, y supongo no hablaba palabras sino que hablaba agua, y yo me enamoré de su voz y la guardé por tres días. Uno de los autores repitió aquello de la muerte y el olvido, y supongo que todos entramos en una página capaz de sobrellevar esos desgastes y la página pasó entre todos los asistentes y la miraban y luego la ponían en otras manos. Luego supe que aquel autor también era servidor público y ahí se aprende un tipo de resistencia y uno piensa en personas secuestradas o rehenes en celdas de caña. Nosotros intentábamos comer una manzana y X la pelaba y luego nos pasaba un cubo de manzana pero un hombre se acercó, y con mucha prisa, y al mismo tiempo hablándole a alguien que lo seguía pidió que dejáramos de hacerlo, y yo recuerdo los ojos de V que lo miraba con odio o miedo o las dos cosas, y creo que incluso le escupió la cáscara y en el escenario los autores escuchaban con atención y por un momento el salón sonaba y respiraba como si estuviera completamente vacío o como si estuviera por el contrario repleto como una caja de zapatos. 

Creo que pasaron varias horas y eran pocos los talleristas que habían dejado el sitio. La mayoría no estaba dispuesta a regresar a las habitaciones, y algunas talleristas fumaban en la parte de los jardines, y pude ver que algunos hombres de corbata azul salían, y como intentando tomar algo de aire encendían sus larks y los luckystrike y creo que una sola persona tenía encendedor y ese encendedor parecía flotar o levitar entre sus rostros. En el escenario un autor extremadamente delgado parecía recitar algo que había guardado y por ello también parecía perdido el ritmo, y el poema tenía subidas y bajadas. Entonces la música del poema era un poco entrecortada y alguien debía girar las antenas para que la señal no se perdiera y era regresando a mirar a los asistentes, pero creo que alguien se dio cuenta y empezó con unas arengas y las risas le dieron un brío al asunto. El hombre delgado concluyó con y los aplausos parecían emotivos o interesados. Al terminar pregunté a K si recordaba el título del poema pero él ya andaba escribiendo algo en su teléfono, y creo que era importante porque luego dijo algo en voz baja. 

No sé cuántas horas habrían pasado pero fueron algunas más tras las fotografías y tras la gente que se acercaba, y era extraño pensar que aquellos autores eran quienes le dieron forma al siglo pasado y que quien sabe, si sobrevivirían al actual, quizás eran sus fantasmas que volvían del futuro. En el salón se servían algunas copas largas llenas de agua roja, y habían varias pinturas colgadas de las paredes y esas pinturas parecían paisajes y cosas así, motivos de colores saturados, donde un poco se perdía el sentido entre lo que estaba delante y lo que estaba en segundo y tercer plano, pero tampoco se trataba de ese arte que intencionalmente lo complica todo. Los cuadros en los muros, vistos desde un determinado ángulo parecían ser guardias, o vigilantes, o soldados que cuidaban el salón, y varias personas habían formado círculos y otras personas repartían copas largas y unas tres talleristas llevaban vestidos muy cortos y una de ellas sonreía, creo que le gustaba K, pero K estaba en la puerta, esperando a X, y a D, y a V, pero ellos seguían frente al escenario, detrás del hall, y todos hablaban y creo que muchos se estaban despidiendo y creo que el clima nos quemaba y luego saltábamos dentro de las copas.

Una talleristas dijo algo sobre la cereza del pastel y luego otra tallerista se pintaba los labios, de espaldas y frente a un cuadro donde una manzana oscurecía a una ciruela, y luego dos autores sostenían rebanadas de tarta en las manos y la tarta tenía una cubierta crujiente. También habían pequeñas cajas con lazos azules sobre una barra, y detrás de la barra un hombre de pie parecía un maniquí.

Luego tuvimos que realizar un resumen de todo lo que había ocurrido aquella tarde y muchos detalles se habían perdido. Cambiaron los nombres de los autores, ya no eran donoso, ni castillo, ni raúlpuma, ni orquera, tampoco araujopérez, tampoco orellanodíaz, tampoco vásquez, tampoco menacho, hubo un granda, hubo un margulisrillo, hubo un autor o autora de nombre franciscalavoe, un autor hualcavásconez, un autor queirolorosa, otro de nombre gil o gilbert, otro de apellido pasquelsalcedo, otro llamado manosalvas o manobanda, otro, o era una autora, descendiente de alemanes o suecos u holandese, y un poco el informe decidía por sí sobre la pertinencia o vigencia de la poesía del siglo XX en los centros de investigación, y un poco se dió pie a pensar que era necesario y urgente un instituto o un departamento que se encargara de la difusión y mantenimiento de los textos, aunque esto no se dijo, pero bien podía mover el piso de algún hombre de corbata roja.

Alguien en el informe añadió el título de una novela, algo así como Cam Pam, o Was milk for the mandrágora o Edith y Mamluk y Sod y Gom.
 
Luego estuvieron las fotos y las personas sonreían a cámara aunque otros se mantuvieron detrás de un cuadro que un artista dibujó durante un breve receso. El cuadro debía medir 2,2 por 1,8 metros.

Ya era tarde, y las luces del sitio quemaban nuestros trajes, y algunos abrimos las sombrillas y luego subimos al octavo piso; entonces volvimos a guardar las sombrillas y respondimos a una lista, y eso era para los informes mensuales de asistencia. Luego miramos diapositivas y los rostros de los primeros autores de la modernidad, y esos rostros estaban dibujados con la técnica de la plumilla, y sus rostros eran ya viejos, y apenas ellos tendrían algo así como veinte años, pero en realidad debían tener muchos más, aunque, una vez, mi padre el escritor dijo que antes los jóvenes se veían adultos más pronto.

En casa estuve revisando mi correo y rechacé todas las invitaciones, y luego recibí propuestas de editorial el conejo para realizar escrituras a cuatro manos, pero yo dije que eso estaba mal porque yo jamás había tenido cuatro manos, y empecé a escribir una carta para quejarme, pero eso me hizo ver a alguien detrás de mí, y eso me puso nervioso, y en vez de dormir intenté relacionar a todos quienes conocía, y no llegué muy lejos, pero si pude solucionar varios líos familiares, y luego me sentí responsable de todo lo que ocurría con mis hermanos, y con mis padres, y con mis socios, y con tres esposas, y me acordé que estaba casado, y no veía a A.A desde el mayo, y supuse que por no verlos tenía esos problemas. Según pensé, la solución sería buscar un empleo cercano, pero luego dije que la solución estaba en volver a vivir en casa de mis padres y para eso debía llevarles un nieto. Luego se me ocurrió que la solución era iniciar una empresa y entonces compré un auto para llevar reclusos de quito a saquisilí. También dije que se trataba de volverme un tipo más amable y menos egoísta, pero luego pensé que debía sincerarme y decidí que era momento para morirme, y dije entonces mejor me muero y así estuve hasta el día siguiente. Luego mamá me habló de las travesuras del gato y dijo que la casa estaba llena de sus pelos, y creo que ese rato una de las bolas con pelos salía por su garganta porque su voz se volvió carrasposa. Creo que siempre tenía pelusas en la garganta. Luego dijo algo del trabajo de mi padre, mi padre el escritor, y yo entendí que estaba a punto de sacar un nuevo libro y me sentí asustado, porque seguro yo estaría en mitad de una página seguro coleccionando cosas bien estrambóticas, y antes de colgar, escuché que mamá también decía algo sobre ir a cuenca.

Luego estuve en el octavo piso, pero subí con mucho cuidado porque todo andaba inundado, y luego conseguí un casco amarillo y un ingeniero me gritó que por qué no estaba trabajando, inmundo animal, y yo le apagué un marlboro en el cuello y dije que no debía gritar, porque se lo escuchaba perfectamente, pero creo que eso lo había visto la noche anterior en un filme español, algo sobre unos ecuatorianos que trabajaban de albañiles en madrid, así que mejor lancé un golpe que lanzó al ingeniero sobre unas varillas y quedó clavado como un camarón, y yo me asusté, y caminé hacia el piso, pero en realidad eso también lo ví en ese filme así que caminaba sobre los charcos con cuidado, y con mi casco amarillo, y si regresaba a mirar al tumbado observaba una gran mancha y era como si el tumbado hubiera reventado, y las gotas de agua rebotaban en los charcos y hacía mucho, bastante frío.

Luego leí en un muro la frase eres un  mentiroso. La había pintado con aerosol y con una plantilla, y no entendí cómo lo había hecho, si apenas pasaron diez minutos. Recuerdo que mi padre, el escritor,  escribió algo sobre lo insólito, aunque de eso luego encontré algo en la biblia.

La sorpresa es no ser la sorpresa.

Luego dijo eres un mentiroso.

28/1/14

Pore se ha vuelto hacia fuera y antisana en la frente

Esa tarde había decidido hacer eso del uno dos uno dos. Al tomar mi aparato celular pude ver que ya tenía más de treinta años y que varias de las teclas para oprimir y llamar a otra persona habían perdido el color y la impresión del número que les correspondía, entonces al llamar, alguien que sí tenía gas y otras dos personas hablaron sobre temas domésticos y algo sobre el arreglo que terminó volviéndose obra. La verdad nunca antes había escuchado sobre estas cosas y me pareció casi imprescindible u obligatorio mantenerme un rato al teléfono, aunque, luego dije queda poco tiempo y luego pensé que a ese paso sería imposible llegar al otro siglo, a menos claro que desarrollara mi máquina sónica, en todo caso dije por favor, no terminen ni vayan a colgar hasta mi regreso y un silencio parecía enredarse entre ellos, y alguien gritaba pegado o pegada a un muro, se escuchaban sus palabras arrastrarse sobre la pared antes de llegar al parlante, y luego pensé que mejor bajaba y tomaba uno de esos bloques que funcionan con dos monedas. Del otro lado las cosas estaban apretadas, lo que quiere decir que tocaba intentar, quien sabe, por unos minutos o varios años. Ya andaba medio desesperado con eso de dejar las cosas para luego y la verdad empezaba a creer que tenían razón y que un día alguien se encargaría de desaparecerme en mitad de la noche, aunque, específicamente, tipo tres o cuatro de la mañana.

No sabía la inteligencia que había adquirido pero ya era algo sobrenatural y pronto me di cuenta de la importancia de ser peterparker. Eso de ser especial acarreaba una infinidad de posibilidades y las muertes llegaron para regresar luego con los cuerpos pálidos y luego los hombres hablando sobre las cosas que empezaban a desaparecer o a formarse entre los ladridos de los perros y eso era paralizante, pues, en varios momentos pude ver lo que miraban ellos, sus ojos se aferraban a la imagen de la luna, una luna brillante pero que al mismo tiempo era difusa; me parece sobre todo por una cuestión del tiempo, el clima, eso de las nubes, y además el perro sobre la casa no dejaba de dar pasos, pasos que parecían precisas y seguras y firmes pisadas, como habrá sido hacia mucho tiempo atrás. Eso de los hombres pálidos era ya una característica. Con un poco de suerte pude salir aunque, no del todo ileso, sin embargo, algunos estamos ahora, o al regresar, combatiendo al virus a través de sustancias o antibióticos y vitamina B6, y nos vemos en la necesidad de elaborar nosotros mismos el compuesto que apenas si alcanza para una semana pero si la cosa es apretada entonces para par de días. Ahí es cuando todo se vuelve lento, y seguimos dentro de uno de los perros que pasean como olfateando las sombras en mitad de la calle y sobre la terraza. Recuerdo que sobre la terraza de techo amarillo era imposible encontrar animales pero eso mientras pasábamos en ella, y presumo que las cosas deben ser distintas en fechas como febrero o marzo, y luego creo que es bueno mirar a las nubes a ver si resulta una nueva imagen una de esas que despierta y evoca y aterra el nervio del animal; química hecha de luz y gas. Bueno, eso de la inteligencia de pronto estaba ligado a esto de mirar a través de los animales y con el tiempo deseé que todo tipo de especies caminaran cerca de mi sitio antes de dormir. Yo buscaba en la noche sus ojos o sus párpados cerrados. A veces encontraba pasajes extensos que eran cubiertos en segundos, como si un gran tubo me aspirara para volver hacia lo que tenían delante, casi siempre personas, desconocidos que intentaban eso de saltar una milla, luego dos millas, luego seis millas en saltos enormes, imposibles, en paisajes llanos y de tonos marrones. Creo que empecé a tomar y guardar varias cosas de esas visitas y luego creo que decidí abrir unos pequeños espacios, unos como cortes para futuras presencias, y luego, al entrar y verlos salir golpeaba sus narices y era delicioso sentir la roja salpicando y no nos estremecíamos, de hecho éramos varias personas dentro y al mismo tiempo y por poco empezábamos una reunión y faltaba estirar nuestras colas y apretar un cigarro entre los dientes, y dábamos vueltas en la terraza, y alargábamos el cuello, y sobre nosotros estaba la luna, clara, aunque tapada y las nubes eran gases que viajaban empujadas por un viento desconocido que llenaba los muros y la ciudad era plana como un disco y nosotros le hablábamos, aullábamos, y arriba la luz era amarilla.

Ya era inteligente, y esa era la cosa que me hacía pensar y me ponía a asociar la noche con los perros en medio de la autopista, pero eso también me estaba volviendo un hombre tonto. Creo que en algún momento del día alguien había sacado huesos de mi cráneo, y luego de hallar una fuente de agua mineral empezaron con eso de la distribución, y eso de poner comerciales y vallas y pronto ya éramos marca líder, y luego nos cambiaron los envases por botellas de cuello alargado y de cristal, a veces de un cristal azul o uno verde y yo me sentía muy a la moda y pensé que podría iniciar una carrera en eso de enseñar a otros como hacer la diferencia en un mundo de fuentes minerales a las cuales solo falta derramarlas, eso, y luego todo era agradecer o agradecerme cada día, con algo similar a la fe ciega. Sin embargo, tenía aún que solucionar las cosas pendientes y eso estaba denso, pues, cada vez la fuente se alejaba un poco más, y a alguien brillante se le ocurrió la idea de altura, de poner un refugio permanente y luego ya era un sitio obligado, y muchos decían que en efecto es... fascinante y otros decían que lo verían cuando alguien lo ponga en un calendario que quepa en el bolsillo de un levis, y yo quería un pantalón lee, que no pisen mucho al entrar al refugio que estaba en mitad de mi frente, y un par de clases de francés para sorprender a la profesora Amalfitano, aunque, ya sabía que eso iba a durar menos de un día y luego miraba a la profesora pero yo ya estaba dormido, y esas cosas le hacen a uno querer ser parte del mundo, pero el mundo es una cosa que funciona siempre desde los botones de un control de dos o tres botones, y sin embargo luego vi que estaba apretando el lugar en donde se colocaban las baterías, y eso era extraño, porque el pequeño espacio estaba cubierto por una tapa, la cual a su vez estaba asegurada por un tornillo y no tenía más que un poco de uñas y mejor no me arriesgaba y mejor lo dejaba para abrirla al hallar quizás un cuchillo para pan, pero los botones estaban bien, y creo que estaba hecho de if y luego puse el disco de las altas esferas o altas esperanzas o altas emergencias, y aunque odiaba todo ese sonido, no quedaba sino acostarse para que la ventisca dejara otras camas y otros glaciares, aunque, quizás no era viento y quizás nadie estaba en el hielo pero me han dicho que uno debe creer en eso de los sentidos y yo decía claro, tiene su lógica. 

La tarde caía y el sonido era un círculo del infierno que giraba y sonaba como si estuviera por estallar, y en las noticias hablaban de la tecnología y además debíamos escoger un alcalde, y en la teve sugerían que nos íbamos a quemar como el petróleo y nada era claro, disparaban y varios mig hacían piruetas, y en el canal ocho bailaban con antorchas en la arena. No sabía como sería dormir en mitad de un autopista y luego estaba con una toalla blanca para manos dándole a los bichos pero los bichos se perdían sobre una pared también blanca, y dije esta noche tocará meter la cabeza en latacunga y en hotel y ya me sentía perdiendo la respiración y dije mierda, debo tomar más agua de la fuente imperial pero dormir en mitad del colchón era buena idea, pues, pensé recibir todos esos datos como el hombre de vitrubio y ya estaba asistiendo a varias jornadas de uno dos uno dos y luego el refrigerador y uno sabe que mejor con agua del antisana.

La tarde caía y yo estaba metido de cabeza y la cabeza era un cráter y además pronto estaría escribe y repite, pero las teclas empezaban a marcar a otros lugares, y al caminar y tomar los escalones la cosa empezó a ir al revés, y luego yo estaba en el escalón 4 del escalón 76 y eso era una cosa para motivarse, y pensaba que pronto sería un gran hombre rodeado de mapas y situaciones del tipo bienvenido, pase, usted... es usted verdad?, y sobre todo de lugares con un par de sillas desocupadas y con trajes grises porque gris es el nuevo rojo. Luego quise ser director de un instituto que realizaba textos para cubrir la nueva demanda en el sector de lo tecnológico, pero, me ofrecieron algo en el área de actualización y luego miré mis manos, la cara anterior y dije mierda, se cagó todo porque antes tenía más años y ahora ya la cosa está echada y mañana tendré 25 menos un día. Por si acaso igual me felicité, un poco temiendo que nunca más tendría oportunidad y dije de qué sirve eso de tener eso de los refugios capaces de dirigirse hacia arriba cada vez que entrabas en los ojos y paseabas por la azotea, y el perro aulló y vi con sus ojos una nube, y eso era nuevo, y eso era lo mejor que nadie creería que podía suceder, porque, ya lo habían dicho una vez y alguien miraba el canal diez. 

Luego caí y mientras, solo miraba, y vi que eran muchos escalones y luego vi muchas ventanas y todas estaban hechas con arena y con pies.

Alguien dijo eres un mentiroso y la cosa se puso en los pantalones y luego estuve mordiendo la cosa y luego se quedó un poco entre los dientes y la saliva era espesa.

Luego alguien dijo eres un mentiroso y yo dije que qué debía decir? pero lo dije sin querer y eso fue peor porque salió o salí como empujado y luego eres un mentiroso.



bon pregunta, ron responde y luego parece conocerme bien

En algún momento, mientras rodaba por los escalones, recordaba el viaje y lo que pasaba detrás, del otro lado de las ventanillas. Todo era almacén sony y todos los almacenes estaban rodeados por un cerramiento mínimo pero al mismo tiempo monumental, y el concreto colocado era como planchas o como bloques gigantes que formaban grises muros, perfectos, como si cada bloque fuera fabricado y llevado luego en grandes plataformas para luego ser levantados hasta que alguien pide que las cosas salgan como en el papel, y luego las placas formando algo similar a paneles simétricos de un gran rompecabezas rectangular hecho de piezas rectangulares, y uno solo deseaba quedarse mirando esos muros que rodeaban el almacén sony y uno quería quedarse en mitad de los muros y luego sacar una fotográfica y hacerse algunos de esos retratos con las líneas tan regulares y mejor si el cielo estaba azul, cosa de que el corte, y los bordes, fueran perfectos, derechos era como clavarse desde un trampolín a una pileta azul en cámara lenta y con toda la velocidad ralentada, dos días de caída. También quería ser una especie de borde de muro, o ser las líneas que se recortaban sobre el cielo azul porque todo lucía fuera del mundo, era una de esas cosas que uno espera encontrar quizás en ciertos libros impresos en papel couché y, pensaba que era, ya, hace mucho, que no miraba con atención o por más de diez segundos el mismo objeto, un mismo objeto. Luego el tren o el vagón avanzaba pero era un autobús porque nos deteníamos a cada semáforo y sentía recuerdos por mis paseos en las alcantarillas y sobre todo por el calor y la gran ola que nos empujaba por las escaleras hasta dejarnos borrachos en las calles. Uno de los talleristas tomaba el primer diario de uno de los puestos y, además, buscábamos sitio para tomar un café aunque terminábamos la mayor parte de veces hablando solos y caminando en sentidos opuestos o yo más allá pues, uno de ellos se quedaba unos barrios antes que el mío y en el mío había mucho pochoclo y poco café  y yo caminaba y el día era oscuro como los amaneceres en la playa cuando el agua está en todos lados y entonces uno pesa más de lo normal. Pero, ya de regreso pensaba de nuevo en que estaba cayendo por los escalones y quizás alguien debería levantarme, pero, ya no estaba cerca, en ese día de mañana oscura como en la costa, ni en ese otro país lleno de calles y cables y de iglesias hechas con concreto y altas como agujas, pero si estaba cayendo y nadie me levantaba y dije que alivio o que rabia mientras leía algo escrito en un muro y por la velocidad y por eso de que iba cayendo no pude entender, y luego estuve en la planta baja y varios hombres con cascos amarillos bajaban carretillas llenas de material y muros y varillas dobladas y todo lo amontonaban bien cerca de una puerta que ya no funcionaba y ya era más de cuatro meses y ya debían terminar.

Luego estaba yo caminando junto, y preguntaba cosas, y yo pensé claro, como si no me conociera y creo que eso era cierto, pues, cada vez que yo me acercaba y ponía su mano sobre su hombro, pues, yo pensaba que sería ideal iniciar una especie de relación, donde se sintiera algo más que nuestro dominio en temas y tópicos y eso de all about the dead, the local héroes and their guns, and the fabulous four sábado en calderón quizás algo que pase por el te doy un quiño, tú me das una patada, y Ramiro cobra a quienes se rían y eso era nuevo, un invento, como lo que yo al parecer respondía. En realidad preguntaba cosas sobre mi vida y yo no pude sino sentirme extraño, pues, la última vez que alguien me había hecho preguntas personales, y sobre esas cosas, ocurrió, pensé, como hace diez años. Entonces, quise creer que una persona que quería saber eso que ya no tenía importancia era alguien a quien debía conservar, y mantener cerca, para hablar cuando la memoria empezara a irse, y eso me motivó durante los siguientes diez años, y, la verdad, cada mañana me despertaba pensando el cuándo fue que me preguntaron y luego ya sumarían veinte años y algo dentro se inflamaba y luego ya estaba yo pegado al techo, y, desde allí disparaba algo que no era necesariamente una flecha pero sí, algo capaz de hacerme creer que todo iba a durar para siempre pero sobre todo dije viviré por siempre y eso también de al fin eres inmortal. Entonces estaba junto y decía eso de mi vida y lo que recordaba de ella cuando era un efebo y yo hablaba y yo estaba en mis palabras y en lo que hacía en ella cuando era un efebo, y vi que su cabeza se inclinaba como si quisiera decirme que estaba entendiendo todo eso que yo decía, y sentí ganas de que nunca llegáramos y luego desaparecimos, y luego los autos hicieron chu chú chu o era que calentaban los motores, o era que habían llenado el tanque con diesel, y octanos menores a la cantidades de ochenta y cinco y noventa y todos llegaban con minutos a su favor por la calidad del aire comprimido, y todas las talleristas entraban en fila, y un hombre entregaba unos recibos con el nombre de la cooperativa que auspiciaba el uso de aquellos transportes de color azul y muchas personas iban por la mitad de la acera con un niño en la mano y con una o dos bolsas blancas de las que salían los tallos de un planta blanca que remataba en algo verde, y además algunas de ellas estaban envueltas por una banda de goma de color rojo, y los semáforos, y nosotros y luego la calle inclinada, y nosotros levantando las manos antes de cruzar.

Yo no quería estar en ningún sitio y sin embargo estaba ya en mitad de cientos de personas que llevaban sus cochecitos de supermercado y miraban como si dos cuerpos pintados con acrílico o vestidos con lonas de yute o sin zapatos o dos sobrinos del presidente kenedy hubieran entrado, pero también éramos dos cuerpos y dos limones del tamaño de una pelota inflable y también dos gotas de agua que suspendidas en el aire parecían despreocupadas por caer o estallar, y también dos integrantes, uno de NIN y otro de OQOTSA y yo dije otra vez soy inmortal y saludé y la gente respondió son inmortales y todo el galpón se llenó de líquido pues ellos estallaron, y nosotros cerramos los ojos y la boca pero fue divertido, pues, eran muchos gustos y uno cree que algo así solo puede gusto a un plato de electricidad pero fue rápido, y eran pasillos para dulces, pasillos para detergentes, pasillos para almohadas, pasillos para pan, pasillos para legumbres y todos también antes de mirarnos habían estado suspendidos solo que no lo notamos.

Yo esperaba, y eso duró muchos días, y luego alguien dijo que mejor me fuera a casa pues ya empezaba a ser muy raro que yo continuara tantos días dormido en mitad de aquel sitio, y, además, esos días llegarían muchas personas durante muchas horas y era ilógico y que seguro yo los haría estallar como gotas de agua. En realidad ya estaba fuera del galpón pero de todos modos seguía mirando y buscando entre los pasillos y debajo de las bolsas de fab y de las cajas con arena y un poco dije era de esperar porque cada vez que nos separábamos terminábamos separados. También le pedí a una de las personas que me guardara el puesto y esa persona era un mermarciano disfrazado de persona porque dijo que no hay problema pero luego dije que debía ser un pepinillo o un rábano que acaba de perder su empleo, pues, los mermarcianos suelen ser más bajos, y su barriga era redonda, y este señor era una señora, y no la recordaba de los días en que el ocho estaba en el siete aunque acá siempre ha estado en el cuatro, y eso es lo que dicen incluso al trepar a un auto amarillo lléveme al canal cuatro. Luego estuvo la historia de la búsqueda y luego una especie de lucha entre lo que está bien y aquello que se ha vuelto nocivo, y ambos nos ahorcábamos y luego estuvimos tirados, y luego el suelo se puso frío como los muros de los almacenes sony pero en el suelo uno no podía contrastarlos con un fondo azul así que dije ayúdame a girar el suelo para que quede frente al cielo azul como en el almacén sony, o sea, entre el cielo azul y nosotros y luego las personas cayeron como en los filmes experimentales franceses, como hombrecillos azules y sin cabello o como como pequeños soldaditos a los que se los ha desnudado y que al caer preguntan por sus fusiles, y cabello, y ropa y luego ya no nos ahorcábamos y luego mirábamos los ingredientes de las cosas que llevábamos.

Un hombre preguntó si alguien quería que le preparasen o le enseñasen a preparar pan con canela y la gente tenía en sus manos unos tickets y en letras rojas se señalaba que era turno y yo miraba el gorro o boina del hombre y sus manos llenas de huesos y dedos y las luces eran fuertes y muchas personas salían con sus bolsas blancas.

Un hombre manejaba los autos y los autos tenían detrás del volante a otros hombres y era raro porque siempre anunciaban en los noticieros eso de que los robots ahora, los robots ayer y dije me parece que ya lo habrán anunciado, pero no me animé, y luego el hombre manejaba otros autos, demasiados en realidad y todos giraban y se detenían para que subieran talleristas porque ya era tarde, y ese señor me saludó, y al hacerlo los autos dejaron de moverse, y al bajar la mano los autos volvieron a eso de que estaban siendo manejados, y luego el hombre o yo me estuvo o me estuve manejando hasta dejarme sentado en un escalón.

Ambos estuvimos pegados, y luego el señor de los autos nos separó y las espaldas se estiraban como esas máscaras en las películas de joaquín bond o creo que era una de las misión imposible quizás la que dirigió bartolomépalma y luego estaba en el escalón y ya no vi para dónde tomó.

Dijo eres un mentiroso. Y dijo otras cosas que parecía conocer muy bien.

Las espaldas se estiraban como las máscaras de goma en la película de los triple espías. 
 
1996
110 min.
PAÍS



macdeep

Eso de ser inmortal ya no me estaba gustando, ni flaco, pues, intentaba caer y romperme algo pero solo lograba la inconsciencia y además pasaba noches enteras girando en mitad de la cama, y entonces una noche descubrí que quería dormir en la mitad del colchón, quizás entre los resortes o no lo sé, quizás con los brazos y las piernas abiertas como el hombre de Vitrub así que hice eso de la equis sobre la cama, pero no pude transportarme hacia el interior así que dije que sería buena idea llamar a Leonardo, para que me fabricase un cuchillo o un destornillador o alguna cosa para abrir el colchón. De todas maneras quedaba descansar demasiado pues ya eran varias semanas en que poco a poco, todos los talleristas nos habíamos contagiado del insomnio, solo unos cuantos habían corrido del sitio apenas sintieron esa presencia ya inevitable. Recuerdo una tallerista, a la que le faltaban dos créditos para terminar con su investigación, la cual sin decir una sola palabra dio vuelta y bajó los escalones cuando todo el sitio tenía la apariencia de siempre, y al mirarla, y tras llamarla algunos quizás solo recordásemos que caminó como si fuéramos voces en mitad de un mar y eso era como empujarla o como cubrirla por otro otro mar. De todas maneras no era la primera en salir del sitio, pero nosotros sí que estábamos siendo dominados a diario por la larga enfermedad. La enfermedad empieza con síntomas de cansancio y quizás se torna y se propaga en actitudes amenazantes que no pasan de ser juegos que parecen bromas, y que definitivamente son más amenazantes que reales. Lo extraño, la eficacia de la enfermedad radica en su duración; alguna vez escuché decir que las personas de cierto pueblo habían sobrevivido tres años sin dormir; yo creía saber que la vida en los pueblos era algo similar a un retrato oscuro matizado de días que carecen de un valor que no sea el de mantener a salvo el orgullo. Sin saberlo íbamos por un camino similar, y varias veces nos encontrábamos unos encima de otros, tomados de los hombros o intentando ahorcar a la otra persona usando su bufanda, usando las piernas como tijeras, recuerdo varias veces en que al mirar al tumbado esperaba que no cayera nada más que aquellas aguas filtradas pues no tenía otra energía, ni siquiera la necesaria para defenderme o cubrirme. Sin embargo, siempre encontrábamos a talleristas inconscientes en medio de la mesa aunque, quizás otros se fabricaban técnicas para engañar a la enfermedad aunque esto, también era pensar con delirios o casi dormidos.

Nadie podía engañar a la enfermedad pero quizás lo más parecido era, adelantarse a ella, esconderse. Parece que la primera enferma fue una tallerista de los barrios cercanos a Amaguaña. Otros dijeron que ella, tuvo algo pendiente en una institución de créditos donde realizó una investigación, algo respecto a porcentajes, en todo caso algo financiero y quizás algo menos importante, tomado como algo grande, sin embargo se la miraba llegar a deshoras, siempre con pretextos o explicaciones que nadie había pedido pero también sería por lo evidente de sus faltas; semanas enteras por las que los hombres de corbata azul nos preguntaban como si no lo hubieran hecho ya antes. Algunos llegamos a suponer que estaba cerca de emprender alguna inversión de riesgo, y que esa era su verdadera profesión, un poco manejar cosas por aquí, un poco vender y revender, chulco a baja escala. Varias tardes salimos a comer junto a otros talleristas, pero era más lo que callaba y por un impulso, quizás, muchos decidimos que era mejor tratar de entenderla en eso que evitaba. Con el tiempo las cosas fueron menos esclarecedoras, o sea, poco había que descubrir, y dos años después su aspecto era algo siniestro y en verdad asistíamos a un deterioro, ella y nosotros y la gran habitación, y quizás eso era lo que todos queríamos y lo que ella quería para sí.

Tal vez coincidimos todos en varios asuntos al mismo tiempo, y quizás todos estábamos más en otros sitios y esos sitios no podían salir de nuestra habitación. La habitación fue adecuada para brindar los mejores servicios y apenas nosotros empezábamos a adecuarnos a ella llegaban las cosas inaceptables, y las desapariciones. Primero eran las cortinas que tras su falta ya no nos protegían de los soles de mayo, cortinas bien pesadas que nadie explicaba cómo lavar o planchar y era que llevaban semanas desaparecidas. Luego el cambio de asientos, de lo individual a lo grupal, entonces tuvimos que realizar trabajos aunque casi siempre, en esas bancas sillas azules dobles, trabajaba el de la derecha, y el otro, junto, realizaba un ejercicio de aplicación, y luego el primero comprobaba si existían avances, y luego el otro daba la vuelta a la página para desplegar cientos de preguntas y entonces se levantaba a consultar con otras parejas, dos personas podían aprobar mejor que una.









Luego estaban las desapariciones de los aparatos inalámbricos, portátiles, cables, cedes de arranque y lentes de proyección. Enumerado esto y de esta manera, se constituye en documento infamemente histórico, pero, visto como lo haría un tallerista, en ese momento, resulta en otra lectura. Los talleristas apenas nos estábamos acostumbrando o quizás si apenas habíamos añadido estas informaciones y, sin aviso un día, todo fue un correr en otra dirección. La única dirección, supongo. El centro, nos habían advertido al inscribirnos, sería sitio para el esclarecimiento de ideas y para la práctica de diseños que podían no ser anticipados. Entonces nació la pregunta, y en ella, a veces, para alejar el insomnio, nos concentrábamos.

La pregunta era eso de sí acaso el gran sabotaje era una orden central. Luego todos éramos posibles culpables, y sospechosos, y pasábamos de ser saboteadores a delincuentes, y de empleados públicos a traidores, era como saltar de a a c y de b hacia cualquier lado y eso era bien desgastante. De todos modos pensamos que las desapariciones podían ser resueltas a través del circuito cerrado de teve, pero, eso de comprobar que algunos eran o éramos funcionarios encubiertos, necesitaba otra lógica. Sin embargo en los pasillos siempre se encontraba a talleristas hablando de cosas y preguntando sobre trabajos, saldos por caducar, dineros o préstamos de una o dos horas de talleres, cedes para presentaciones orales, listas llenas con firmas y números del trabajo social, y si uno se ponía a sospechar, podía inferir varios motivos y varios modos de ser íntegro sin serlo realmente. Con el tiempo aprendí a decir que no trabajaba en nada y que tenía unos ahorros de los cinco años que viví en la embajada, en Montevideo. Luego añadía, de modo atropellado, que si era posible nunca trabajaría en nada y que me iba a dedicar a criar animales y a sembrar mi comida, así tendría algo de tiempo para la producción artística. De todos modos en ese tiempo ya todos estábamos con la enfermedad y nada se quedaba en la memoria, y era como vivir en medio de una nube que salía o era el producto que quemaba en mitad de nuestro cráneo.

Es decir, quemar, y la nube, y la enfermedad, era, este momento.

Mientras más preguntábamos, más cosas inexplicables aparecían, pero, ahí éramos, varios, los que coincidíamos con los orígenes de las cosas. Luego un día intentamos contactar a la tallerista que alcanzó a abandonar la nave pero fue inútil, y eso que todos manejaban bases extensas y bastante detalladas de datos; yo también había diseñado una sistema de datos pero era evidente que llevaba otro nombre y otro avatar, y esas cosas impedían una comunicación fluida pero mi intención era la de salvaguardarme del insomnio, aunque, ya todo seguiría siendo inútil.
La tallerista podía darnos alguna solución, aunque, era más probable que el no tenerla hubiera motivado su escape.

Luego estaba parado frente al gran orificio pensando en cómo será eso de sentir los huesos rotos y en eso de mantener los ojos abiertos durante algunos minutos y luego eso de la pérdida de la luz o quizás algo como los años de vivir dentro del orificio sin que nadie sepa algo ni nadie se lo pregunte. A un lado del gran orificio habían, varios paneles con botones que no servían para nada y que al apretarlos hacían un ruido como de bisagra vieja. Muchas personas caminaban sin prisa pero tampoco con demasiada emoción pues yo estaba casi dentro del orificio, con una pierna estirada, como si fuera a probar por mí mismo, qué tienen dentro los orificios que unen los nueve pisos de un sitio; pero nadie decía o dijo algo como ten cuidado que puedes perder el equilibrio y entonces me decía o me dije que quien mejor que yo para hacerme perder el equilibrio pero ni caía, ni me volvía hacia atrás y simplemente seguía en un centro o en equilibrio como un paracaidista, y creo que apretaba los botones y nada ocurría y luego colocaba los dos pies en el suelo y entonces miraba a los escalones y le gritaba al primero en aparecer que si estaba de bajada, usara la vía rápida y mi mano le señalaba el orificio y ojalá me decía, alguno tomase el agujero para tomar el tiempo como gaseosa anaranjada y un poco para hacer algo distinto, pues, últimamente, todo era similar, las horas, las ventanas, el insomnio que duraría un año más, como mínimo, esas cosas a las que estábamos o estaríamos volviendo ya acostumbrados, y a las que vivíamos o viviríamos con cierto temor y cierta irresponsabilidad. Varias habitaciones semi vacías eran su resultado.

Eres un mentiroso durante algunas horas pero quizás fueron dos o diez minutos, pero ningún sonido podía extenderse por tanto tiempo; eso de la acústica pero quizás debíamos estudiar algo con respecto a los campos cuánticos, y, eso de las posibilidades de juntar varias trayectorias.


Eres un mentiroso y luego estaba en un escalón y luego eres un mentiroso y estaba con un marlboro y no sabía como encenderlo y eres un mentiroso y pensaba en amaguaña y en una caja con una galleta roja impresa en un cartón de trigo y quise comprar una chaqueta en llamas, y luego una piedra también en llamas.



Eres un mentiroso