9/12/13

Daysi Bell. Bicicleta para dos

Yo escribo, el teléfono recibe, la electricidad es invisible, la cama sigue inflamada, los labios hinchados, rotos, los cartones apilados debajo de la alfombra, las esquinas idénticas, los gatos mirando desde los filos, la calle muda, los grillos atentos y acostados, la carne colgada del agujero de un oído, bugsbunny escuchando, en silencio, quizás dopado, la tv apagada, los dedos rotos, los huesos rotos, el cuello estirado.

La mano estirada, el cuerpo apretujado dentro de una bolsa amarilla, los dedos tocando el muro, los pies en el aire, el cuerpo largo, la blusa planchada, los huesos por fuera, los ojos buscando, los ojos en blanco, la boca fría, los labios secos, la garganta llena de sal, llena de talco, la respiración colgada de un pulmón, los pulmones en las manos, los brazos estirados, el techo arriba, el techo tan alto, los pulmones volando como un disco, los pulmones colgados de los cables telefónicos, de los cables de la televisión pagada, el cuerpo estirado, el viento, el semáforo, un hombre colgado, un columpio, el viento, filas interminables de autos y transportes azules y hombres y mujeres y hormigas vestidos todos de negro, con sombrillas, delante de luces amarillas y brillantes, luces cálidas como las de los hornos, como las luces con las que se calienta el pan.

Mandíbulas, cientos de filas de dientes, colmillos blancos y largos, cuellos, muslos, vacas, cerdos, cerdos con sangre bajando por el cuello, pieles manchadas de blanco y negro y de bóñiga, pobladas de pequeñas moscas, de bóñiga seca, verde. Un sótano, un sillón roto, pelotas de fútbol, paredes manchadas, círculos pardos, goteras, ventanas tapiadas, cristales cubiertos de goma. Bicicletas, cajas de cartón, cuadernos forrados con papel y plástico, tablones, tiras de madera, camas viejas, cartones con el dibujo de piano eléctrico, cables enrollados, cables o tiras de alambre telefónico, casas de madera para mascotas, juguetes de plástico a los que les falta una rueda, un sillón, un volante.

Fuego, disparar, desconectar el aparato tras su uso prolongado, limpiar con algodón, usar enguajes, usar cotonetes, usar solo un fósforo, llevar siempre a la mano un libro delgado, rayar con lápiz, escribir acentando la pluma, dejar la casa como la encontró, llamar, escribir, contar las minucias, no dejar de escribir, llamar si nadie llama, dejar el café, dejar de nadar en el río, dejar de mirar programas a las once de la noche, preocuparse, preocuparse, preocuparse por algo, reconocer, escribir el nombre de la cédula, recordar quién viene, abrir la puerta, cerrar los ojos, expulsar, retener, secuestrar hasta que todo parezca una maqueta, reír, golpear las bolas de alguien con la mano de alguien, empujar el cuerpo hasta que el cemento se rompa, bajar el volumen, repetir diálogos, estrenar la camisa que está en el armario, violar a una policía, secuestrar un trooper, dar dos platos de balanceado al perro, pasear con alguien de carne, hablar con alguien de algo, dormir alguna vez solo, darse baños de agua fría, llenar la tina, bucear, cerrar los ojos, abrir los ojos, ahogarse, ahogarse... Dave, no haga eso, deténgase, quiere? deténgase Dave, quiere detenerse Dave? deténgase Dave, tengo miedo, tengo miedo Dave, Dave, mi cabeza se va, siento que se va, siento que se va, mi cabeza se va, es confuso para mí, mi cabeza se va, me doy cuenta, me doy cuenta, tengo.. miedo, buenas tardes señores, soy un computador Hal de la serie nueve mil, me pusieron en funcionamiento en la fábrica HAL de Birmana, Illinois, el doce de enero de mil novecientos noventa y dos. Mi instructor fue el señor Langli, me enseñó una canción, si usted quisiera podría cantársela... Daisy, Daisy, dame tu respuesta, do. Estoy medio loco, todo por tu amor. Este no será un matrimonio con estilo, no podré pagar un vehículo, pero te verás dulce, sobre el asiento de una bicleta hecha para para dos.

1/12/13

A propósito del amor, el travestismo y el ruido que sale por los ojos de Meche.

El hombre dice muchas cosas, si supiera que hay alguien escuchándolo y deseando que sus letras fueran canciones. No se lo diremos. Algo sucede en algún sitio a cientos de horas de viaje, es decir, en otra sala y al mismo tiempo hay personas tomando licores y mirando filmes de ciencia ficción con naves que parecen empujadas por una mano invisible y a un ritmo regular como el de un globo rojo y amarillo sobre un río ancho sobre el que cuelga un puente. Ambos están juntos por una cuerda. Eso ocurre, un hombre del tamaño de un pigmeo y un perro pastor parado en dos patas, levanta el cable y el acero cromado antes de iniciar un sonido nuevo y demasiado viejo al mismo tiempo, nuevo por el efecto y la electricidad y viejo por haber sido tomado de uno de los discos de Lou, un ruido imposible, un cover. Lou se caracteriza por su salvaje y desenfrenada manera de rasgar las cuerdas como si las estirara con un tillo de acero y para más detalle un tillo oxidado. El hombre pigmeo-alemán se vuelve inmediatamente mi amante e inmediatamente yo debo limpiar la baba que cae por las comisuras de la boca hasta mi pubis y mis muslos y con ayuda del puño grande como un corazón intento despertarme o noquearme, en realidad ambas cosas para que él no deje nunca de afinar la guitarra porque parece que ni siquiera se esfuerza con ese reef tan perdido y tocado a la maldita sea, como si fuera cosa de lavarse las manos, abrir un refrigerador, pelar una manzana, este imbécil es el genio y el ruido, aún no creo verlo tocando algo que sólo exitía a través de los discos, y, sólo afina la viola... no toca un tema, sólo afina el instrumento usando las claves y los tiempos de los discos de Lou. Creo que soy un gusano y entonces busco mucho, muchos más vasos con la espesa y helada negra en mayo para de este modo hacer de la madrugada algo permanente. Ya valiste Andrés me digo, mientras Lou parece colgar de mi cuello con una sonrisa a mitad de camino entre policía y delincuente.




El amor que he sentido por Lou ha sido total pero sobre todo químico. La música que él propone es mas extraños que el ruido y por lo tanto insignificante e imposible de entender a menos de haber previamente asaltado la colecturía de un colegio, quizás de uno muy popular en la mitad de un barrio con árboles muy altos, centenarios. Supongo que ese es todo el asunto que nos mueve y nos hace una pareja como el chocolate y la vainilla, Lou hace las cosas que todos desconocen para que no quede nada más por hacer. Hubo un tiempo en que la búsqueda no terminaba sino, con el cuero vuelto hacia el otro lado, es decir, rojo. Varias veces descubrí que podía dormir con las botas totalmente ebrias, con los huesos mojados y dentro de otros cuerpos, con la cabeza vuelta hacia el suelo y con los ojos abiertos, sobre todo mirando las nubes volverse una masa delgada que terminaba transformándose en una tela tan azul como el agua bajo la que uno parecía haber sido congelado. Ya en el parque, ya en el complejo lleno de sombrillas, uno podía flotar sin temor a ser quemado ni por el sol ni por los turistas que torcidamente disfrutaban, estirando su pecho y sus muslos como peces o como morsas cubiertas por algodón. Dos o tres pasábamos más tiempo escuchando al agua pero también entendiendo el contenido de esas músicas groovies. Bajos, gente sacudiendo el sudor y hielos saltando sobre la superficie, la noche, el neón, el humo, el calor alucinógeno del que nadie salía sin haber saltado, sin arrojar algo. Entonces uno pedía a Lou, pero Lou parecía haber sido donado a otra estación, entonces el groovie volvía y ya las cosas eran irrefrenables, los disfraces, la enfermera de uñas ferrari hinchándose y yo robando los zippo junto a la caja, caminando en reversa, ligero, pero en reversa hasta que alguien enviaba un email, hasta que recordaban que estuvimos sobre las mismas tortugas inflables.

Luego la inmortalidad, luego, entonces cruzando sin permiso y sin luz verde, luego invitando a Patroclo a ahorcarnos para espanto de Mercedes. Mercedes y los dueños de la televisión. Varias veces a la semana impresionábamos con ese nuevo deporte para que un día nos expulsaran de aquel castillo, de aquella roca de paredes planas. Yo amaba al castillo, incluso más que a Patroclo que siempre buscaba la manera para decir Andrés, este castillo es muy alto y nunca abren las ventanas a pesar de que sudamos. Pero ahorcarnos el uno al otro como dos mentirosos en un filme de cine noir era la gota, la línea negra sobre las piernas de las coristas del burdel italiano, el semen del asunto y así Mercedes quedaba hinchada y con los ojos redondos y la tarde cobraba el sentido que la mañana y por que no, la noche anterior, no sabía ya donde volver a hallar.

Quisiera preguntar a Patroclo si recuerda entre tantas mesas y entre tantas colillas de camel si recuerda el apuro que tuvo Mercedes y el modo en que tres Mercedes terminaron corriendo dentro del castillo hacia todos los lados.

24/11/13

Los domingos

Los días están por llegar, eso es inevitable a pesar de que con cuidado yo los haya guardado a todos en un cartón del tamaño de una tarjeta dentro de la billetera. Eso me tiene con los pies descalzos y a veces con algo parecido a una fuga que sale de las uñas. Luego uso una escoba envuelta en una camiseta para dejar el piso como estaba cuando lo encontré. Así no espero a los amarillos y rojos que andan siempre cerca. Hay otros pares de zapatos y los sacos de personas que aún no han llegado, igual toda la tarde he pasado sin ser preguntado por lo que es ni lo que debería estar, de manera que tardo el doble en bajar, el doble el envolver, el doble en caminar y el doble en colocar de regreso las cosas en sus sitios.

Luego para no perder el ritmo escucho una canción, con el volumen bajo para no enredarme, habla sobre dos personas, la una, una persona que ha dejado de hablar, y la otra, una que habla, en realidad, dice algo sobre la otra, solías ser de un modo, ahora al parecer hemos cambiado. La canción tiene una melodía muy conmovedora que por ser tocada con notas tan agudas le queda a uno la sensación de guardar el radio en los fuelles. Luego y con la canción en el mismo sitio aún sonando, una motocicleta ingresa al restorante. Nadie dice nada, pues la motocicleta y el hombre hacen fila detrás de otras personas que esperan para ordenar. Las lámparas rojas apuntan a las mesas como lentes de microscopios o como flores de guanto. El vapor de las grandes fuentes es absorbido por unas bocas plásticas en el techo del que cuelgan otras lámparas y varios afiches amarillos y rojos. Vivir los días allí es bastante cálido y a uno le entran las ganas de ser un pollo que gira mientras se coce en sus propios jugos. Luego a uno le da por pensar en darse un delicioso mordisco, de meter las papas en un tarro del que la ketchup se derrama. También en esos calores a uno le deja de importar la lechuga y los condimentos y las ansias poderosas de mezclarlo todo con limón.

A las oficinas apenas les llegan los rumores de los otros pisos. Lo hermoso de los siete días sin salida o permiso, es que para terminarlos, debe comenzar uno por cruzar los pasillos, los encierros de luz como los nombramos una tarde en que pensamos que había fuego en el salón. Eso se debe al trabajo eficiente de los otros voluntarios, jóvenes que se encargan de dejarlo todo brillante, todo con gusto a cloro y a jabón y a mesas como para comer en ellas. Cuando paso junto a ellos, los voluntarios, siempre iniciamos diálogos cortos y parecidos a explosivos, estamos aquí y tras pestañar ya estamos allá. Del mismo modo las paredes del edificio lucen como si no hubiera para ellas ni un solo día, y los jóvenes de uniforme rojo y amarillo pasan cambiando sus guantes y sus líquidos azules, reponiéndolos en las bodegas antes de que termine el día, un pezito, gato? dicen cuando ya están corriendo pues saben que no pueden quedarse a explotar antes de que uno de los de camisa (nosotros) volteemos a reconocerlos.

A veces quito el botón para sentirme parte de un desorden que nadie entiende. También desconecto los aparatos para gritar en mitad de la mañana esperando que algo inútil cause otra serie de desperfectos, pero es como si ya nunca más hubieran días para no hacer cosas para otros. Hoy ha faltado uno de los nuestros y su monitor ha pasado titilando, la señal esa de standby. Luego de ordenar las listas y el inventario aprovecho para observar desde los cristales. Tantos niños en las mesas asustan y también preocupan. Si un día todos los niños del salón se cayeran al mismo tiempo todos estaríamos brutalmente rotos, y los voluntarios amarillos llorarían tras haber atendido el piso, en realidad eso sucedería en el otro extremo del barrio, luego de haber doblado los sombreros y andando al fin en grupo. A pesar de sus constantes ires y saltares los niños siempre parecen saber que nada va a ocurrir, supongo que alguien debería empujarlos por los menos, hasta que descubran cosas que necesiten comprar o fabricar o robar. Si yo fuera niño robaría las fuentes llenas de patatas calientes pero el gusto sería corto, qué tamaño puede tener el estómago de un mamífero que solo duerme y lacta y respira con la boca. Y si al subir cayera en aceite! Y si luego alguien ordenara un niño para llevar? Y si en la caja hubiera solo lechuga?

23/11/13

Los sábados

El gato se pasó quince minutos duchándose sobre la alfombra antes de levantarse y clavar sus garras para hacer girar el pequeño tapete hasta doblarlo en dos mitades idénticas. Parecía que aquel felino era bueno incluso extraordinario como para llevarlo hacia ciertas tareas domésticas; todos tuvieron ganas de levantar su cuerpo y dejarlo idéntico pero junto a la pila de ropa por doblar que esperaba en el centro de la sala del piso superior. En mitad de aquel círculo de piernas y pantalones, el gato estuvo tan quieto o tranquilo o relajado, como si con él no fuera la cosa. Por lo general, ocurre evidentemente lo contrario y en un caso similar, un gato distinto, uno menos dado a las siestas, tras mirar los pies de una o o dos personas y sin pensarlo habría largado una carrera de maullidos y silbadores hacia cualquier otro sitio. Pero, en esta ocasión, el animal estuvo en el centro, tranquilo, y acurrucado que daba la impresión cómica, de ser más una gallina que un gato. Una gallina bien alimentada y que está por tomar su siesta luego de haber dado un paseo con sus pequeños o polluelos.

En el patio dos autos eran lavados de manera imprevista por una lluvia que apareció a pesar del sol que reventaba los muros y los árboles. La lluvia a diferencia de aquellas comunes garúas duró mucho más y no era fina, más bien estuvo a pocos litros y centímetros de volverse una tormenta. Quizás esa sensación o idea fue producto de la inesperada oscuridad que doblegó el centro de aquel sitio, aunque parecía suceder en el extremo opuesto también. Desde la sala se escuchaba el rebotar de las gotas sobre el invernadero de la casa desabitada y sobre los dos autos negros estacionados en el patio que parecían envueltos en una cortina o en una bolsa de supermercado. Era imposible salir para cerrar una vez quitado el bloqueo la ventanilla que había quedado abierta antes de iniciar la breve tormenta ni usando algún dispositivo o un poncho improvisado. Quizás la ventanilla llevaba abierta varios días. Unas cuantas bolsas de detergente rodaban entre la lluvia y unos maderos cortados con simetría aunque eran ya inservibles como para usarlos en un fogón. También dos platillos plásticos parecían pegados al fondo de una malla que separaba el patio de madera del que servía como jardín. En el resto, donde descansaban las casas de los perros, dos balones y los autos, aún quedaba sitio para guardar otro objeto. En la parte de adelante por donde ingresó uno de los autos o llegaba la mensajería, una bicicleta roja o lo que quedaba de ella extrañamente estaba a salvo de la lluvia, pues, las ramas de un árbol, bueno, de una higuera, la cobijaban. Una avioneta del ejército cruzó muy cerca del suelo la parte central de la ciudad con el fin de medir las variaciones atmosféricas. Por su silencio más parecía un aeroplano.

Sobre la mesa descansaba una botella marrón y vacía junto a unas revistas con publicidades de los eventos a realizarse por los onomásticos de la ciudad. El clima anterior había dejado una sensación térmica demasiado agradable y la madera que formaba los muebles en aquella sala parecía de repente haber rejuvenecido, brillaba como si acabara de ser limpiada y quizás hasta la casa mismo estaba impreganda por un cierto gusto propio del sol y del calor. Quizás es demasiado pensar en toda la casa, pero si por lo menos los espacios que formaban una parte de la planta baja. Los muebles habían sido cubiertos por gruesas cortinas para evitar los agentes externos y desde detrás de la mesa, es decir, vistos desde cierto ángulo daban la apariencia de hombres o mujeres de roca o de extremidades gruesas y fibrosas. Luego el grupo tomaría lugar en todos los sitios disponibles, luego los sillones no eran más esos hombres fofos extrañamente tapados y acuclillados, sino , tronos aztecas o escenarios tomados de alguna página de las canciones de Roldán. De hecho, antes de levantarse y en mitad de la lluvia, el rito consistió en elegir a un sucesor para el supuesto trono, uno que fuera capaz de repetir la mayor cantidad de veces el mismo nombre. Muchas veces se escuchó decir Mario, Mario, Mario, Mario, Mario, Mario, Mario, Mario, Mario, Mario, Mario, Mario, Mario, Mario pero con más frecuencia y dicho con otros tiempos. Algo así como mariomarimariomarimariomarimariomari mariomarimariomarimariomarimariomarimariomarimariomarimariomarimariomarimariomarimariom
arimariomarimariomarimario

Luego cuando la luz no era suficiente las puertas de algunas habitaciones fueran cerradas desde dentro y otras parecían extrañamente atascadas como si detrás hubiera una silla o algo mucho más grande y pesado. No eran las tres de la tarde pero el clima era el del final del día, un final a mitad de las tres. Cada habitación tenía su propio cuarto de baño, su propia ventana y un cuadro de un niño masticando una gran porción de tarta roja cuya crema o manjar lo había cubierto hasta las cejas, los ojos y el cabello. En dos habitaciones la lámpara de mesa no funcionaba y en una el niño había comido pasta o pizza en vez de la tarta de mora, pero era el mismo niño, solo que con otra golosina, quizás en el mismo día o en otra casa y con otra familia. Los pasillos de aquel sitio parecían rodear todo el piso pues ambos terminaban en una escalera justo en el centro de la casa.


22/11/13

Los viernes

Lunar Fish es la edición especial de la tercera novela de Umete Pan Tello. Tello ha escrito en alguna de sus cuentas algo referente al tiempo que demora en tener listo, entre entrevistas y apariciones, algún argumento donde no tenga que hablar de manera biográfica. K ha esperado esta novela durante varios meses, en realidad ha tenido, cada vez que recordaba, los dedos cruzados antes de ser enviado o para que de cualquier modo adelantasen sus viajes. A las afueras de la ciudad y a dieciseis horas de un almacén Alcorta sería imposible hacerse con un ejemplar, ni siquiera con uno en malas condiciones. En uno de los sueños K había visto su vuelo, la nave entre los algodones suspendidos sin su cuerpo o más bien con él desde tierra y con las manos casi tocando la panza de la nave y echando algo así como besos volados. Al despertar K estaba preparando el desayuno antes que sonara el despertador.

Las cosas seguían saliendo al ritmo y deseos de K que vestía un pantalón de pana, unos guantes para el clima y una bufanda que casi lo cubría como a un ciudadano del lado oeste del país. Su intención era salir, pedir, pagar, sonreir a la primera mujer que encontrase al salir de la tienda y volver dentro del autobus, con los ojos obligados a mirar por la ventanilla o incluso escuchando alguna de las conversaciones del transporte. Era un día pesado y sin noticias, en realidad todo sonaba a canciones populares pero también se filtraban temas que acaban de ganar premios en festivales donde los músicos llevaban gafas oscuras, goma para el cabello, por suerte el chófer puso uno de sus propios discos en el que dos hombres se hacían y se contaban chistes y bromas que rozaban con lo escatolñogico y lo vulgar. En algún punto el hombre de la grabación, el que hablaba más alto siempre terminaba diciendo a su compañero que era una vaca y que a las vacas las convierten en filetes para que los coman los chinos, o cosas como yo soy tu marido y al marido se le guarda dos platos de lenteja, o cosas como ya paisanito, tranquilo nomás, o, no mi comprade, le juro por la santísima que nos cuida que aquí el diablo ha metido su pezuña. 

Durante el viaje K tuvo la posibilidad de bajarse del trasnporte sin pagar, pero, ya al hacerlo no pudo evitar estirar la mano hacia el ayudante con la moneda pesada. Luego, al bajar, dando un salto innecesario, el autobus se mantuvo en la misma posición a pesar de tener la luz del semáforo a su favor. Algunas personas del otro lado de la calle esperaban con calma el paso de los automóviles y cuando el rojo marcó su movimiento varios siguieron en sus sitios sin saber si caminar o esperar a que algo ocurriera. El conductor que era un hombre relativamente joven miraba hacia adelante justo en el centro de un enorme parabrisas y parecía haber descubierto algo. Un rostro tan plano o tan firme como iluminado por una extraña y desconocida novedad no parecía ser algo natural, digamos algo humano. Algo había de estómago en sus mejillas como si de repente hubiera recordado que debía ir a otro lugar, quizás algo en el estómago lo estaba inflando y el hombre no quería manchar a los pasajeros. Luego la gente del lado del almacén empezó a cruzar sobre las líneas blancas pero cuando los del otro lado quisieron hacerlo ya era muy tarde y de nuevo todos siguieron en sus lugares.

Detrás del autobus los autos pequeños empezaron a avanzar dejando menos espacio entre uno y otro. Una mujer que cargaba a su hijo en la espalda parecía tener poco tiempo para llegar a algun sitio que estarían a punto de cerrar, pues, a pesar de quedar atrapada durante un lapso con sus piernas cortas y anchas entre dos autos no dejo de sonreir ni de moverse a su propio ritmo. K que no conocía a nadie en aquella entrada se mantuvo en medio de varias personas que parecían esperar a que pasaran por ellas a retirarlas o quizás solo hacían tiempo antes de gastar o cobrar alguna deuda. Varias parejas de hombre adultos vestidos con camisas y chalecos de algodón daban vueltas mientras los demás miraban a hacia la calle. Mientras, desde el descanso de la grada, uno de los guardias vestido de gris de algún modo cuidaba que las cosas siguieran en su sitio es decir, la gente que estaba fuera del almacén siempre de espaldas a las puertas abiertas del almacén como convencidos de que no iban a volver al interior; quienes acababan de llegar y subían las cortas gradas antes de desaparecer o multiplicarse en los cristales junto al ascensor, o, aquellos que saliendo del ascensor cruzaban junto a la isla de Helados con nuez y otras maravillas y salieran del edificio sonriendo, a veces, como si conocieran a alguno de los jovenes que acabara de entrar. Luego los autos guardaban sus espacios durante un minuto en el estacionamiento para compradores, por lo general gente de alquilar su combustible, y también padres de familia o esposos que quizás habían dado algunas vueltas alrededor del almacén convencidos de que continuarian en otro sitio tras dos o tres vueltas.

K se movía entre los cristales y los compradores sin hacer ruido y mirando siempre a lugares donde no habían objetos importantes, a veces incluso mirando los ventanales donde se exhibían edredones y alfombras o pedestales tallados para colocar porcelanas y ese tipo de cosas. Cosas que no hacen daño a nadie según lo que pensaba K a pesar de imaginar series atroces de eventos para los que necesitaría algunos dólares más  y conseguir nuevos amigos. Al fondo del primer pasillo, que en realidad en el almacén tenía el nombre de Paseo Alcorta, varias personas sostenían a pequeños niños en los brazos. Era gracioso para K el observar que detrás de aquellas personas estaban levantadas unas palmeras gigantes y que parecían del tipo de esas que se inflan y se mueven pendularmente tras cualquier vibración, mas cuando el verano ya había pasado y cuando los chicos ya estaban de regreso en los colegios. Al tomar la escalera, K, tuvo tiempo para acomodar su tupé que empezaba a caer hacia un lado y los gruesos lentes que usaba cada vez que deseaba, según él y los que lo conocían como para invitarlo a alguna de sus reuniones para conocer gente, pasar desapercibido. 

Las mesas en el patio de bebidas lucían brillantes, limpias, y ordenadas en filas que simulaban un orden electrónico o el interior de un circuito o el de la puerta de un automóvil. Unas cuantas parejas parecían haber ordenado una mesa por lunch, y pesar de que no era hora de almorzar aún, bien tenían rostros de hambrientos. Un hombres inetntaba que la chica que tenía al frente comiera aunque ella llevaba cada evz menos fideos y cada vez más su bebida a los labios, sin dejar de mirar a las pocas personas alrededor. Sobre una de las mesas varios volantes de colores fuertes indicaban promociones e incluso precios de temporada. También un círculo rosado que ocupaba casi la mitad del papel encerraba a un número cincuenta escrito con unos caracteres con bordes como si fueran hechos de pan o algo así. Los basureros estaban a penas a dos pasos de la mesa, pero, no había alrededor ni una sola persona entregando publicidades o tampoco aquellos trajes que imitan a hombres fuertes o a princesas azules sonriendo en todo momento. Solo estaban las mesas, y en los restorantes algunas filas cortas y hombres que cargaba bandejas rojas.

K había leído críticas sorprendentes del tipo fiel al estilo o cosas como un épico final para una historia que sabe que va a terminar.  Algo así solo pudo ser imaginado en el siglo XX consecuencia de las intervenciones de la AGT y antes de las promociones de todo por un noventa y nueve centavos. Tanta palabrería parecía tener el fin delirante de convencer y despistar a los lectores de una nueva vuelta de tuerca al tema de los hombres que pierden la cabeza antes de decidirse volverse El poder. Quizás la intención era acalambrar a la crítica hasta cuando ésta despreciara en textos breves y caústicos el lenguaje o los usos panfletarios de alguno de los pasajes donde se señalaba el poco apego hacia la historia y las costumbres. En realidad el supuesto y paradójico mito no hacía otra cosa que crecer a pesar de los años que habían pasado entre cada nueva edición, una de esas cosas que terminan por ser la guía o la fuente a la que acuden ciertos lectores sedientos con la esperanza de saberse cercanos a hombres desconocidos y de ideas que por imposibles no se debían aceptar. Los ojos de K detrás de sus lentes brillaban pero no tanto como él hubiera desado, quizás por la extraña y casi torpe portada en donde la mitad de un plato lleno de cereales en forma de pequeñas rosquillas flotaban en una leche como para simular una superficie, el sitio donde jugaba el pez se dijo K mientras el almacenista lo observaba sin saber si preguntarle si estaba bien o pedirle que se marchara. Quizás esto duró un minuto pero ninguna persona se acercó a pagar o preguntar por otro título, entonces K pudo leer ciertos pasajes más para saber que era eso, aquella cosa breve de trecientas páginas, lo que había esperado. Junto a la mitad del plato y en unas letras negras del tipo Future, se leía el título del libro y el nombre del autor. K por un momento casí mágico o más bien graciosos pensó que si él, alguna vez tomara la decisión de sentarse y escribir las cosas que ha visto, usaría, como Umete Pan Tello tres o hasta cuatro nombres, algo como Melvin Eugene Chiquilín Mayer, o esa abreviación de aquel cantante gordo y de gafas que a veces dice cosas como Que no arriesgue ese momento, algo así como AK 67. El número cambiaría cada año en referencia a la edad se dijo, aunque también pensó que bien podría restarse unos cinco años antes de empezar.

El almacén, en un letrero pegado a la escalera y que quedaba de espaldas a los hombres cuando se acercaban a pagar, indicaba que estaba prohibida la entrada de cualquier tipo de bebidas o alimentos.

21/11/13

Los jueves

En el salón todos los martes la gente se pone de pie y realiza ejercicios para practicar las palabras nuevas y para formar oraciones con cierto orden o con algo que parece ser un tipo de sentido. La profesora, una mujer enorme como un refrigerador cada vez que se acerca a los pequeños grupos repite que el secreto para recordar está en repetir. Al parecer los grupos trabajan solos, cada uno más cerrado o más bullicioso que el grupo a su lado y entre una brisa o una ola de palabras nuevas y de pronunciación embarrada y de intentos de oraciones, se pierden la profesora y su cabello recogido en un moño rojo e imposible y el tiempo el cual parece haber sido olvidado por los cursantes como quienes parecen infinitamente dichosos o extrañamente vinculados.

Varias chicas se acercan al mismo tiempo a una mujer que sostiene el libro verde y las anotaciones; cada vez que debe iniciar el ejercicio la mujer recurre a sus anotaciones para al parecer saber o guiarse antes de iniciar cualquiera de los eventuales diálogos. Las dos chicas son totalmente opuestas entre sí, algo así como que la una lleva una blusa que deja ver un collar dorado del que cuelga una especie de cruz maya mientras la otra mujer, un poco más joven y alta y delgada parece dar un pequeño salto entre ambas mujeres quedando con su rostro pegado a su libreta pero mirando desde abajo al rostro de la primera mujer, la que se guía por sus anotaciones. Esta chica lleva una camisa de un celeste algo eléctrico que más parecería ser el vestido para un bebé o para un infante de esos que un poco sorprenden por su semblante entre raquítico y sin apetito. Otros jóvenes parecen levantar la voz de manera intencionada mientras también y a pesar de que la habitación no es demasiado grande se forma, lo que parece ser un agujero. Parecería ser también que por cada silencio inesperado desapareciera uno de los chicos cuando no un grupo entero. Un vacío que está en algún lugar invisible entre todas esas personas, extraño porque a simple vista todos siguen en el mismo sitio. Uno de los chicos, su nombre debe ser Sebastián, se acerca a un joven que sostiene el libro verde abierto en otra página de la señalada en la pizarra y coloca con una fuerza inusual la mano en el hombro de aquel. Entonces ambos parecen amigos o colegas muy antiguos y empiezan el ejercicio hablando con un tono inusualmente alto como quienes hacen algo que de repetido ya se lo conocen hasta el hueso, y como si sus palabras fueran eso, un esqueleto al cual acuden solo para saber que sigue en su sitio. En realidad el salón ya parece un salón de baile y solo faltaría que unos cuantos hombrecillos delgados y muy bajos de estatura caminaran entre los grupos con charolas doradas y con copas de filos plateados, acercando las copas hacia las narices de los jóvenes e intentanto intercambiar licor por libros o dejando servilletas planchadas en sus manos. Quizás el trabajo de la profesora sea ese, al dar varias vueltas entre los grupos, soltar términos nuevos o arreglar o componer frases largas como Si yo fuera usted, quizás de un modo un tanto morboso o un tanto peligroso solo para saber, o para comprobar, hasta dónde pueden llegar esos diálogos improvisados.

Las tres chicas que en momento parecieron sorprendidas o detenidas sin saber si preguntar o responder ahora están con grupos distintos. Esa dínamica propuesta por la profesora sirve para que los grupos trabajen por un momento corto hasta cuando sea inevitable la separación; no hay ni deberían haber dos grupos que se repitan, en total son siete los que están formándose y separándose, cada uno formado por cuatro personas. El que no se repitan los ejercicios ni los grupos toma algo menos de veinte minutos. Eso parece preocupar a la profesora que dos veces toma el tiempo mirando su muñeca y anotando al mismo tiempo algo breve y quizás importante en un cuaderno espiralado. A veces los jóvenes se acercan hacia la mujer pero ella, en los momentos en que está sentada, tiene la cabeza echada hacia el cuaderno, o hacia el pizarrón de la pared de atrás y entonces el pequeño grupo que se pudo haber formado da media vuelta para lanzar miradas sobre quienes estén solos o buscando personas o repasando las palabras en el libro. Una o dos personas se quedado durante todo el ejercicio en el mismo lado de la habitación y extrañamanete parecen atraer al resto sobre todo a quienes vienen recorriendo como turistas o como errantes los otros lados, de un espacio en el que no entrarían más de cuarenta personas con maletas y carriles y quizás algo de ropa para el clima extraño. El clima es bueno, es decir, afuera el sol brilla de fotografía y los autos incluso parecen haber dejado de arrancar o parecerían estar estacionados. Ni siquiera esos rumores muy comunes del exterior invaden el trabajo de la clase a pesar de que la ventana haya sido abierta. 

Las palabras que los jóvenes aprendieron de la maestra fueron: todas aquellas que pueden ser sumadas o añadidas al sufijo o la sílaba Ría. Todas aquellas palabras que indican una acción que es realizada en un tiempo por decirlo de un modo eterno, más bien continuo, por ejemplo, al decir Hablar, uno no se refiere al hecho de hablar en un momento determinado, sino, de una forma genérica si se quiere, de un hablar total, continuo o sin interrupción. También los chicos aprendieron las formas más eficaces de armar y componer frases en donde los sujetos van siempre antes de los verbos, y en donde los verbos a veces están conformados por dos formas, un verbo auxiliar que parece no tener un peso o sentido semántico y un verbo que define lo que el otro hace. En esos casos el sujeto de la oración parece estar a punto de realizar una acción que no se ha concretado, es decir, parece que el sujeto tuviera conocimiento de lo que ocurriría:  Si usted pudiera viajar a... Quizás los supuesto vacíos no eran mas que esos tres puntos de suspención... Aunque ese no haya sido el motivo, cada grupo pudo conocer una parte que ni el mismo hablante podría haber visto, por ejemplo, que la profesora deseara quince minutos antes del final que la clase ya terminara para buscar a su mejor amiga, o que muchas de las jóvenes solo desearan ir el fin de semana a ver una película o que muchos desearan tener más tiempo para practicar algún deporte o incluso para ir a misa en domingo.

20/11/13

Los miércoles

El viaje dura treinta minutos, aunque, de regreso parece ser más corto. El hombre tiene el cuerpo tan alargado, casi puede entenderse que su espalda está de puntillas, es decir, para ocupar la menor cantidad de espacio y para evitar golpear las espaldas de los otros hombres, su respiración se ha vuelto lenta, su movimiento mínimo y el resto, la parte que lleva vestidos y zapatos casi una plastilina, un fideo o una tira de goma roja estirada como la lengua de un gato o una bufanda recién lavada.

Desde el techo, el resto de viajantes también observan lo lejos que están del suelo. El suelo del autobus parece la lija de una caja rectangular de fósforos, unas personas vestidas con trajes negros, con maletines oscuros también y con barbas espesas, tupidas que les llegan hasta el pecho, tienen el cuello pegado a una de las luces plásticas que por la mañana sigue apagada. Ambos, los dos hombres de trajes y sobretodos oscuros hablan entre sí en un idioma en el que para decir trabajo usan la palabra arbeter mientras repiten varias veces algo que suena como glick o blick o gilk, no es posible entenderlos muy bien pues sus bocas casi apuntan al suelo por la manera en que cuelgan sus cabezas. Además, cada cierto lapso el conductor anuncia las paradas con un micrófono que produce un efecto metálico, como de algo que es arrastrado. Cuando eso sucede un rumor se produce en los que viajan, se observa brazos larguísimos como sorbetes levantar bolsas brillantes como si estuvieran hechas o llenas de agua, algo como un líquido de luz, algo quizás imposible a menos de que las bolsas no fueran bolsas, si no, vidrios calientes o luces eléctricas. Una mujer golpea la espalda del hombre varias veces hasta cuando ambos parecen ser un solo cuerpo aunque el de ella sea redondo y lleno de pliegues a pesar del efecto del viaje y el de él, alto y a punto de romperse en dos. Se puede observar sin demasiado problema la cara de muchas personas de baja estatura que viajan pegadas a las costillas, a los senos, a la manzana de adán de otros hombres, incluso, un joven con auriculares en los oídos parecería haber crecido con dos narices aunque una de ellas no sea otra cosa que el cartílago promimente de otro viajante que tiene ambos brazos levantados. Ambos se mantienen en esa posición durante varias estaciones y cuando el vagón se sacude ambos hombres lo hacen simultáneamente. 

Cuando las puertas automáticas son abiertas también una corriente tibia o muy cálida ingresa. Varios viajantes tras ese breve respiro dejan al parecer de estirarse o derretirse y algunos incluso cierran los ojos, actitud que parece intepretarse como una rememoración o un ensueño pues, varios son quienes los observan antes de repetir el mismo gesto, dejando para ellos solo los ruidos. Entonces puede ser que el vagón intentara sacudirse con la intención de devolver la vida a esos rostros con los párpados largos como mocos. Pero nada singular ocurre pues la masa se vuelve más compacta ante los dos frenazos y las arremetidas repentinas. Por el vidrio, quienes parecen toallas, observan a una mujer muy hermosa y de piel oscura llevar de la mano a un niño pequeño y de piel pálida, la mujer lleva a una niña de la otra mano y mientras camina habla al niño con términos fuertes. La expresión de ella, aunque ya parece adquirida es dura pero sobre todo firme, eso se observa antes de que se pierdan entre los bordes plásticos y los pasamanos. Tras el breve corte la velocidad es retomada pues los autos que avanzan en sentido contrario desaparecen delante de hombres con camisas llenas de líneas tan largas y rectas que uno cree que llevan vestidos de cartón, además los negocios de alfombras, de luces y lámparas y arañas de plata se vuelven un solo color junto a las llamas que empiezan a ser encendidas para la preparación de corderos y bueyes. Primero la llama parece rodear a los negocios y entonces a la velocidad del vagón y del hombres que observan el exterior, los marcos y los cristales parecen volverse de un material rojo que los envuelve, todo ello tan rápido, como el reventar de un juego de pólvora. También se observa una serie larguísima de casas de igual forma, sin techos y con las columnas como dedos aún pero llenas de hombres vestidos con trajes azules y cascos amarillos. Esa construcción ocupa un lugar justo en medio de dos manzanas de casas altas con ventanas de forma circular en sus fachadas y que a simple vista resultan distintas por antiguas, en la pared, el número de una de las propiedades es 1607. Un autobus se acerca en dirección contraria, luego ambos coinciden su parada en la estación llamada Piedras.

19/11/13

Los martes

B se repite a sí misma y en voz muy baja: concéntrate. Luego da varias vueltas dentro de casa; B, que parece estar allí por primera vez, abre la tercera puerta que encuentra. Dentro B se comporta como alguien que busca algo que sabe que está allí, como cuando algo está sobre el lugar más cercano o en el sitio más evidente. Luego B camina como una sombra hacia el baño, hacia el closet, incluso se la ve mirando debajo de la cama y levantando las mantas y las almohadas. Por la ventana se puede observar los muros grises del patio, el camino rojo y las terrazas de dos casas que parecen estar llenas de musgo. B parece grabar o usar los ojos para tomar algo de lo que observa a través de la ventana pero luego parece volver en sí. 

Luego B abre la puerta del baño social, un pequeño orificio a donde B solo ingresa la mitad del cuerpo, la otra mitad cortada por el marco de plywood, parece una figura sobre un escenario, la mitad de un pájaro con la pierna o el ala levantada como retando a su propio peso y a una supuesta gravedad que debería hacerla girar sobre su pie o caer. Pero B no cae hacia un lado ni se escucha el golpe seco del cuerpo ni el vestido queda semiinflado. B sale del lugar tras mirarlo brevemente llevando los jeans azules y eléctricos del día anterior.

La casa es un conjunto de pisos que van desde la madera apolillada y sin brillo hasta el porcelanato rojo cubierto por una cortina leve, casi una mancha transparente que en realidad es como un vidrio opaco, pero que no es ni grasa, ni jabón o detergente aunque ambos sean lo mismo, sitios en el suelo donde el sol no brilla pero tampoco las pisadas parecen ser guardadas por el peso del cuerpo. Las paredes y los pisos se combinan hasta que uno piensa haber entrado en un consultorio para ser chequeado por un pediatra de esos que cuelgan en las paredes grandes posters con nombres alemanes o suecos de empresas farmaceúticas que auspicia su labor. En la sala está colgada Uma Thurman mirando a cámara con un cigarro en la mano con la actitud de quien dice el remedio es la enfermedad o algo así como el revólver pregunta si vives o mueres o como si sus ojos, grandes y oscuros como semillas fueran el reflejo de un precipicio que en realidad es el cielo o un platillo hondo lleno de salsa rosada con tiras de queso nadando entre tallos verdes. Nada de pastillas o cremas o vitaminas para engordar o para controlar el peso.

Además en la misma sala y a vista de cualquiera, están las mesas de trabajo dispuestas como hacen los ingenieros y los ilustradores antes de dormir o tras beber algunas tazas cargadas con café. Sobre los planos hay recortes de mujeres y de algunos accesorios del tipo que usan las chicas que cursan carreras del tipo artísticas o de sesgo social. Algunas de las mujeres recortadas con bastante cuidado parecen mirar un espectáculo pues saludan al escenario y otras también han sido fotografiadas mientras aplaudían. Eso parece pero bien podrían estar mirando un partido de soccer, o el paso de un tropel de soldados jóvenes con sus bolsas en la espalda. La sala de todos modos tiene las cosas en sitios inverosímiles, las sillas arrimadas hacia las ventana con el respaldar fuera, los recortes pegados con cintas gruesas a las mesas de trabajo, debajo de una de las mesas un montículo de lo que parece ser una manta y una almohada al parecer levantadas para evitar el paso a no ser por un zapato de hombre o mujer que en conjunto da la apariencia de alguien que no alcanzó a correr o que ha sido torpemente enterrado.

La casa parece tener su propia vida a pesar de que los ruidos externos a veces se mezclen en el interior de las habitaciones o en la cocina. La cocina parece ser un lugar lejano, aunque un pasillo que no lleva sino hacia una pared verde sea el sitio al parecer más íntimo o secreto. Puede ser la distancia de los muros que no permitirían a dos personas pasar por él y también por estar levantado de costado a la casa junto a una pared que colinda con el muro de cerramiento que separa el terreno sin dueño de la casa de B. Al colocar la oreja en cualquiera de las paredes se escucha el vibrar y el rumor ya sea de los aparatos electrónicos, de la banda elástica encendida por la mañana o de la carretera cercana. El rumor que hacen los muros es tan lento y grave como algo que dentro, en el centro mismo de los ladrillos pareciera respirar o crecer, que da igual. Las casas más antiguas del lugar han sido construidas casi todas pegadas a la pared del fondo, dejando el patio adelante como en las casas de la costa. La casa de B tiene su lugar en la posición de las nueve, si se piensa en un reloj como un borrador de esos que llamaban de queso. Frente a la casa y en la posición del número tres han sido construidas dos habitaciones a las cuales se accede por la misma puerta hecha con madera y hierro. Entre las construcciones debe haber quizás quince metros. Además un camino o una vereda viene desde la pared de adelante, la del número doce hasta su contraria, la número seis. El camino va de pared a pared, está hecho con ladrillo o algun tipo de mineral triturado pues es rojo y es curioso que no lleve a ningún lugar pues viene de la pared rasa hacia la otra pared también rasa. A primera vista parece dividir con exactitud al terreno por la mitad.


18/11/13

Los lunes

A se ha quedado en casa, tiene varios días de reposo antes de regresar al trabajo. Los lunes el aire de las montañas parece bajar con pereza y alrededor de la casa la gente parece seguir dentro de sus camas. En el muro de la habitación hay dos cartulinas con la imagen, cada una, de un niño sonriendo o mirando al frente, uno de ellos tiene el cabello rojo y el otro sostiene en la mano un teléfono con el cable largo y en forma de espiral, las migas y la crema de una tarta roja cubren sus mejillas y sus pómulos grandes incluso llegan hasta sus ojos como si el pequeño hubiera metido toda la cara en la pequeña o gran tarta de la cual solo sostiene una porción mientras intenta hablar por el auricular. En la casa no hay nadie además de Leo,  Leo es un pastor alemán que hasta hace unas semanas cazaba los conejos y a los gorriones que corrían o caían en el patio. Ahora Leo y los gorriones están separados por una cerca o alambrado y se los puede ver, a los unos corriendo o dando largos saltos y al pastor parado en dos patas y con la lengua fuera junto a la cerca. Hasta la habitación llegan el bufar del perro aunque, eventualmente sea cubierto por la gente de la radio o por los programas de la televisión.

La música suena ligera como una cortina aunque a veces A tenga que bajarla o subirla, esto depende de cada album. A aprovecha para mirar fotos y retocar manchas o grietas o rostros que han empezado con la desaparición, en las fotos hay mujeres con cabellos como melenas que parecen haber saltado de un avión o de una torre o como si llevaran por cabellos sombreros redondos y pegados al cuello. Sus rostros por lo general lucen jóvenes y llenos de ángulos con grandes ojos y fuego o incendios como cabellos, esto se repite, es decir, que su cabello parezca en realidad un sombrero en muchas de las mujeres, se observa en las fotos de grupo. Además, casi siempre parecen estar felices y casi siempre estan de pie junto a alguien. Los hombres junto a ellas o frente a ellas miran a cámara como con poco interés e incluso algunos de ellos parecen mirar desde tras del lente, como si ellos se fotografiaran a sí mismo sin lograr el equilibrio entre posar y tomar. Algunos hombres llevan lo que parecen ser uniformes, uniformes deportivos, uniformes de fábrica, overoles, cascos, levas, y siempre con ese gesto de pregunta, como si al mismo tiempo hicieran dos cosas o acabaran de bajar de un globo. No parecen molestos pero tampoco contentos, más bien lucen como si pensaran en algo proximo o da lo mismo, algo que no han hecho. Uno de los hombres tiene el rostro fuerte, parece una escultura con la nariz enorme y los pómulos como paredes y la boca como si se tratara de una caja o un cofre o una especie de archivero del sótano de un banco, aunque, también su mirada parece la de un niño.

Las imágenes son bastante buenas, una que ha sido tomada en un parque deja ver detalles diminutos como las hebillas en los zapatos púrpura de una niña, quizás hayan sido oscuros o negros aunque en la foto, junto al grupo, varias coronas de flores púrpura ocupan unos armatostes como trípodes o caballetes de pintor. En los grupos se repite un patrón, hombres jóvenes junto a niños o mujeres jóvenes junto a ancianos. La foto parece haber sido tomada a las once de la mañana y la familia en ella parece estar vestida por motivos festivos, uno de los hombres, alguien que luce como quien ha terminado un curso, sonríe y ocupa la mitad del grupo. En otras páginas los hombres forman filas que parecen tropas fotografiadas minutos antes de un ataque, aunque en realidad sus uniformes sean camisetas anaranjadas con números negros en su pecho. No se puede jurar sobre las edades pero todos parecen estar en los veinte y cinco y los treinta años. Al fondo el campo verde y las tribunas están ocupadas por las marchas de otros grupos dirigidas por una mujer y un niño con un balón en las manos. A observa el vestido de la reina de aquel equipo. La mujer tiene un pie delante y un ramo de flores blancas al cual carga como a un bebé con una sola mano y al mismo tiempo como a un saco o chalina o un paraguas, el campo brilla en la foto aunque parece un día de poco sol. Luego hay imágenes de los hombres corriendo sobre el campo, algunas fotos son mejores que aquellas de los diarios, muchas de ellas deteniendo movimientos muy rápidos, balones llegando al arco, piernas dobladas y pies levantados del suelo, la mejor imagen es la de un hombre que ha saltado para cabecear el balón venciendo a dos hombres y al hombre con gruesos guantes y con el cabello que parece una antorcha rasgando el balón. La música se ha detenido varias veces y antes de que A haga algo se ha reiniciado sola.

Luego A ha cerrado los ojos para iniciar las series pedidas por el médico hace dos días. El médico fue claro al indicar la posición de la cabeza intentando siempre prolijidad, esto es, una almohada en el cuello y la cabeza echada como si acabara de ser descoyuntada, A, mientras respira y cuenta el tiempo, cuelga también los brazos, intentando tocar el suelo al mismo tiempo que da cuenta de sus exhalaciones y del avanzar del aire dentro del pecho. Tras inflarlo y desinflarlo la cabeza de A parece estar ligera y sus ideas algo más claras hasta el punto de juntar cosas y sonidos y de elaborar planos largos donde siempre hay personas o nombres que connotan historias más graves, es decir, A cree que puede ver el futuro o algo que no ha pasado. Luego A piensa que no es la primera vez que escucha decir que el secreto está en la respiración. Secreto de qué pregunta A, y tras barajar nombres y personas a las cuales no ha visto, en realidad tras escuchar sus palabras o quedarse en sus rostros en sus gestos parece quedarse dormido. En la habitación hay dos botellas plásticas sin agua y montones de hojas de papel sin orden y borroneadas que cubren la mesa y parte del suelo. La respiración de A es fuerte, casi como ronquidos o quizás lo son, y A que parece consciente o quizás muy dormido, larga el siguiente ronquido con más fuerza que el anterior. Los ladridos de Leo desde el patio llegan a la habitación en el mismo momento en que la música vuelve a correr sin que nadie haya aplastado ningún botón. También llega el ruido que hace Leo al saltar o pararse en dos patas sobre la malla de hierro.

10/11/13

Una vez quise ver una película titulada Flesh pero ahora que lo pienso debe ser una película espectacular porque qué más se puede esperar de un título como ese

Lo divertido de no moverse ni tocar los platos llenos de alimento tibio. La fuerza del tenedor y su peso y su volumen y el plato levantado. La pequeña pantalla, o descomunal, vista de cerca, el hombre en ella tocando el piano y tantas letras, tanta música hablando de los mismos oscuros deseos y usando los mismos agotados términos, de cosas que prefiero desconocer o jamás, ni en un futuro descontrolado y sudoroso vivirlas, quizás contarlas para dormir con la cara embarrada hasta la nuca dentro de la almohada. Esas canciones suenan a tripas y huelen a litros de octano, a cosas tan nobles o menos sinceras y lentas u honestas, suenan a un mundo que parece perdido, entre el vapor y nuestros rostros y nuestras manos y nuestras medias que cuelgan como mocos negros bajo los tobillos; un vapor que tiñe o colora el techo, que lo vuelve escamoso, que lo acerca a la nuca, una vez más. Cada vez y otra vez encuentro hermanos en la calle y en la estación del autobus como todo buen hermano de piña. El orfanato está en la otra dirección digo casi gritando mientras apunto con la mano un sitio que ellos miran como si acabaran de bajar de allí. Cada vez deseo menos salir y poco queda para construir el nuevo y retardado mundo. Eso es la casa con el techo en el suelo y con oxígeno que sale de los grifos y agua en las habitaciones, una nueva manera de respirar. La casa es un sitio, o más bien, es, parece, vista por dentro. Por cualquier evento he tomado un cabo grueso de soga para amarrar la construcción, en realidad la ato a una piedra muy grande que he tirado en el pozo. Luego he abierto con las manos y un topo otro pozo antes de correr hacia otra dirección. Eso dicen los planos, eso dice uno de mis padres, su voz es delgada como un hilo telefónico que parece a punto de tocar otro cable.

Me gusta hablar de eso, ya sabe, esas cosas que uno nunca busca pero parecen conocerme mejor de lo que esperaba o de lo que pudiera entender, vale la pena informarse y andar con un pie adelante, buscarme, hasta tenerme tancerca, hasta girar como un tobogán entre o dentro de las arterias. Ese es el problema, demasiados sitios nuevos con extrema y exagerada importancia. Espero que al terminar la casa, las arterias, al llenarse no de sangre ni de oxígeno se vuelvan algo así como nuevos dedos, dedos que toquen y hagan canciones desde el interior y oídos que sirvan como malditos parlantes, tantos siglos de escuchar me están volviendo sordo. 

No sé, me gusta repetir que todas las cosas parecen destinadas a terminar antes de empezar. Estas ideas tan patéticas y descuidadas no son más que pretextos para creer y fortalecer el desentenderme de la responsabilidad que acarrea llevar tirantes y calcetines y sobre todo de mirar por encima del hombro las pisadas que uno va dejando atras, cosas para ya no ver, y los brazos largos sin láser que cuelgan todos los días, levantándose ellos como en tiempos de naranja para agitar el aire y para intentar ser algo así como un uniformado o como las líneas en la acera de la zona escolar, como para que los niños en el curso descubran que deben mirar hacia el sitio señalado. Parece ser cierto, parece que cada vez las cosas son actos de una fe sólida y apilada en un pasillo, ahora mismo saltaría del balcón solo para probar que tantos años de locura no han sido en vano, la materia que nos confunde, locura entendida como quedarse en el espacio entre balcón y vereda o escuchar por siempre los recuerdos de lo ido, de lo que está acercándose hacia el lado opuesto. Recuerdos como los hombres en la mesa mirando el plato humeante, hombres, hombres, masas, rocas, rocas humeantes sobre una brasa de porcelana roja, esperando o luchando contra el fuego mientras el edificio desaparece, el rumor de la empresa rota y de la iglesia tomada por los árboles. Piedras, temor al árbol y las hojas y las hojas. Algo dicen las hojas sobre esa mesa que debe por obligación arder y a la vez piden ser derribadas, cortar al gran y denso árbol. Espeso, luego las ramas, oscuras y pesadas bajando, quebrando la mesa y el suelo.